Prologo de El Libertino

domingo, 15 de noviembre de 2015




Antes de que ninguno de los dos pudiera contestar a la observación, llegó a la tranquila alcoba un griterío procedente del exterior, que acabó por atraer la atención de todos los presentes, no obstante que cada vez se debilitaba más. 
Llegando a este momento debo poner a mis lectores en antecedentes de una o dos cosas que hasta ahora, dadas mis dificultades de desplazamiento, no consideré del caso mencionar. El hecho es que las pulgas, aunque miembros ágiles de la sociedad, no pueden llegar a todas partes de inmediato, aunque pueden superar esta desventaja con el despliegue de una rara agilidad, no común en otros insectos. 
Debería haber explicado, como cualquier novelista, aunque tal vez con más veracidad, que la tía de Bella, la señora Verbouc, que ya presenté a mis lectores someramente en el capítulo inicial de mi historia, ocupaba una habitación en una de las alas de la casa, donde, al igual que la señora Delmont, pasaba la mayor parte del tiempo entregada a quehaceres devotos, y totalmente despreocupada de los asuntos mundanos, ya que acostumbraba dejar en manos de su sobrina el manejo de los asuntos domésticos de la casa. 
El señor Verbouc había ya alcanzado el estado de indiferencia ante los requiebros de su cara mitad, y rara vez visitaba su alcoba, o perturbaba su descanso con objeto de ejercitar sus derechos maritales. 
La señora Verbouc, sin embargo, era todavía joven —treinta y dos primaveras habían transcurrido sobre su devota y piadosa cabeza— era hermosa, y había aportado a su esposo una considerable fortuna. 
No obstante sus píos sentimientos, la señora Verbouc apetecía a veces el consuelo más terrenal de los brazos de su esposo, y saboreaba con verdadero deleite el ejercicio de sus derechos en las ocasionales visitas que él hacía a su recámara. 
En esta ocasión la señora Verbouc se había retirado a la temprana hora en que acostumbraba hacerlo, y la presente disgresión se hace indispensable para poder explicar lo que sigue. Dejemos a esta amable señora entregada a los deberes de la toilette, que ni siquiera una pulga osa profanar, y hablemos de otro y no menos importante personaje, cuyo comportamiento será también necesario que analicemos. 
Sucedió, pues, que el padre Clemente, cuyas proezas en el campo de la diosa del amor hemos ya tenido ocasión de relatar, estaba resentido por la retirada de la joven Bella de la Sociedad de la Sacristía, y sabiendo bien quién era ella y dónde podía encontrarla, rondó durante varios días la residencia del señor Verbouc, a fin de recobrar la posesión de la deliciosa prenda que el marrullero padre Ambrosio les había escamoteado a sus confreres. 
Le ayudó en la empresa el Superior, que lamentaba asimismo amargamente la pérdida sufrida, aunque no sospechaba el papel que en la misma había desempeñado el padre Ambrosio.
 Aquella tarde el padre Clemente se había apostado en las proximidades de la casa, y. en busca de una oportunidad, se aproximó a una ventana para atisbar al través de ella, seguro de que era la que daba a la habitación de Bella.
 ¡Cuán vanos son, empero, los cálculos humanos! Cuando el desdichado Clemente, a quien le habían sido arrebatados sus placeres, estaba observando la habitación sin perder detalle, el objeto de sus cuitas estaba entregado en otra habitación a la satisfacción de su lujuria, en brazos de sus rivales. 
Mientras, la noche avanzaba, y observando Clemente que todo estaba tranquilo, logró empinarse hasta alcanzar el nivel de la ventana. Una débil luz iluminaba la habitación en la que el ansioso cura pudo descubrir una dama entregada al pleno disfrute de un sueño profundo. 
Sin dudar que sería capaz de ganarse una vez más los favores de Bella con sólo poder hacer que escuchara sus palabras, y recordando la felicidad que representó el haber disfrutado de sus encantos, el audaz pícaro abrió furtivamente la ventana y se adentró en el dormitorio. Bien envuelto en el holgado hábito monacal, y escondiendo su faz bajo la cogulla, se deslizó dentro de la cama mientras su gigantesco miembro, ya despierto al placer que se le prometía, se erguía contra su hirsuto vientre. 
La señora Verbouc, despertada de un sueño placentero, y sin siquiera poder sospechar que fuera otro y no su fiel esposo quien la abrazara tan cálidamente, se volvió con amor hacia el intruso, y. nada renuente, abrió por propia voluntad sus muslos para facilitar el ataque. 
Clemente, por su parte, seguro de que era la joven Bella a quien tenía entre sus brazos, con mayor motivo dado que no oponía resistencia a sus caricias, apresuró los preliminares, trepando con la mayor celeridad sobre las piernas de la señora para llevar su enorme pene a los labios de una vulva bien humedecida. Plenamente sabedor de las dificultades que esperaba encontrar en una muchacha tan joven, empujó con fuerza hacia el interior. 
Hubo un movimiento: dio otro empujón hacia abajo, se oyó un quejido de la dama, y lentamente, pero de modo seguro, la gigantesca masa de carne endurecida se fue sumiendo, hasta que quedó completamente enterrada. Entonces, mientras, entraba, la señora Verbouc advirtió por vez primera la extraordinaria diferencia: aquel pene era por lo menos de doble tamaño que el de su esposo. A la duda siguió la certeza. En la penumbra alzó la cabeza, y pudo ver encima de ella el excitado rostro del feroz padre Clemente. 
Instantáneamente se produjo una lucha, un violento alboroto, y una vana tentativa por parte de la dama para librarse del fuerte abrazo con que la sujetaba su asaltante. 
Pero pasara lo que pasara. Clemente estaba en completa posesión y goce de su persona. No hizo pausa alguna: por el contrario, sordo a los gritos, hundió el miembro en toda su longitud, y se dio gran prisa en consumar su horrible victoria. Ciego de ira y de lujuria no advirtió siquiera la apertura de la puerta de la habitación, ni la lluvia de golpes que caía sobre sus posaderas, hasta que, con los dientes apretados y el sordo bramido de un toro, le llegó la crisis, y arrojó un torrente de semen en la renuente matriz de su víctima. 
Sólo entonces despertó a la realidad y, temeroso de las consecuencias de su ultraje, se levantó a toda prisa, escondió su húmeda arma, y se deslizó fuera de la cama por el lado opuesto a aquel en que se encontraba su asaltante. Esquivando lo mejor que pudo los golpes del señor Verbouc, y manteniendo los vuelos de su sayo por encima de la cabeza, a fin de evitar ser reconocido, corrió hacia la ventana por la cual había entrado, para dar desde ella un gran brinco. Al fin consiguió desaparecer rápidamente en la oscuridad, seguido por las imprecaciones del enfurecido marido. 
Ya antes habíamos dicho que la señora Verbouc estaba inválida, o por lo menos así lo creía ella, y ya podrá imaginar el lector el efecto que sobre una persona de nervios desquiciados y de maneras recatadas había de causar el ultraje inferido. Las enormes proporciones del hombre, su fuerza y su furia casi la habían matado, y yacía inconsciente sobre el lecho que fue mudo testigo de su violación. 
El señor Verbouc no estaba dotado por la naturaleza con asombrosos atributos de valor personal, y cuando vio que el asaltante de su esposa se alzaba satisfecho de su proeza, lo dejó escapar pacíficamente. 
Mientras, el padre Ambrosio y Bella, que siguieron al marido ultrajado desde una prudente distancia, presenciaron desde la puerta entreabierta el desenlace de la extraña escena. 
Tan pronto como el violador se levantó tanto Bella como Ambrosio lo reconocieron. La primera desde luego tenía buenas razones, que ya le constan al lector, para recordar el enorme miembro oscilante que le colgaba entre las piernas. 
Mutuamente interesados en guardar el secreto, fue bastante el intercambio de una mirada para indicar la necesidad de mantener la reserva, y se retiraron del aposento antes de que cualquier movimiento de parte de la ultrajada pudiera denunciar su proximidad. 
Tuvieron que transcurrir varios días antes de que la pobre señora Verbouc se recuperara y pudiera abandonar la cama. El choque nervioso había sido espantoso, y sólo la conciliatoria actitud de su esposo pudo hacerle levantar cabeza. 
El señor Verbouc tenía sus propios motivos para dejar que el asunto se olvidara, y no se detuvo en miramientos para aligerarse del peso del mismo.


Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)


 (Continuará…)



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2 comentarios:

* dijo...

Ya lo digo yo: Si no hay mal que por bien no venga. Si un despiste así lo tiene cualquiera...
Eso me hace recordar una cosa, ahora que pienso... que no me equivoco de habitación nunca :-) ni de escalera para llegar a ella...

Besos de Pecado, BPP, mi querido D. Sayiid... ¿Los desea equivocados o cómo?

Sayiid Albeitar dijo...

Mi querida lady PI, aquí se podría decir aquello de "nunca es tarde, si la picha..., perdón, quería decir..., si la dicha es buena.."
O aquel otro que dice "más vale llegar a tiempo que rondar un año.."
En todo caso, una vez que se va y que se está allí, ¿por que no aprovechar la ocasión?

Comprendo que no se equivoque nunca, mi querida amiga, pues siempre tuvo buen sentido de la orientación y, por lo visto, siempre acaba en el mismo lugar...
Peor lo llevo yo, que visito tantos rincones y alcobas que, un día de estos, me equivocaré y acabaré mal..., muy mal..., y si no, al tiempo ;-)
Sólo espero que, cuando eso ocurra, sean generosas conmigo y no me lo tengan demasiado en cuenta...

Besos desde la mansión, mi querida amiga, siempre certeros.

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