Prologo de El Libertino

lunes, 23 de noviembre de 2015




El mayor de los dos agarró a Bella por la cintura. También Tim intentó hacerlo, así como meter sus manos por debajo de sus ropas. Entrambos la zarandearon de un lado a otro, hasta que un repentino empujón la hizo caer sobre el heno. Su falda no tardó en volar hacia arriba. 
El vestido de Bella era ligero y amplio, y la muchacha no llevaba calzones. Tan pronto vio la pareja de hombres sus bien torneadas y blancas piernas, que dando un resoplido se arrojaron ambos a un tiempo sobre ella. Siguió una lucha en la que el padre, de más peso y más fuerte que el muchacho, llevó la ventaja. Sus calzones estaban caídos hasta los talones y su grande y grueso carajo llegaba muy cerca del ombligo de Bella. Esta se abrió de piernas, ansiosa de probarlo. Pasó su mano por debajo y lo encontró caliente como la lumbre, y tan duro como una barra de hierro. El hombre, que malinterpretó sus propósitos, apartó con rudeza su mano, y sin ayuda colocó la punta de su pene sobre los rojos labios del sexo de Bella. Esta abrió lo más que pudo sus juveniles miembros, y el campesino consiguió con varias estocadas alojarlo hasta la mitad. Llegado este momento se vio abrumado por la excitación y dejó escapar un terrible torrente de fluido sumamente espeso. Descargó con violencia y, al tiempo de hacerlo, se introdujo dentro de ella hasta que la gran cabeza dio contra su matriz, en el interior de la cual vertió parte de su semen.
 
—¡Ah, me estás matando! —gritó la muchacha, medio sofocada—. ¿Qué es esto que derramas en mi interior? 

—Es la leche, eso es lo que es —observó Tim, que se había agachado para deleitarse con la contemplación del espectáculo—. ¿No te dije que era bueno para joder? 

Bella pensó que el hombre la soltaría, y que le permitiría levantarse, pero estaba equivocada. El largo miembro, que en aquellos momentos se insertaba hasta lo más hondo de su ser, engrosaba y se envaraba mucho más que antes. 
El campesino empezó a moverse hacia adelante y hacía atrás, empujando sin piedad en las partes íntimas de Bella a cada nueva embestida. Su gozo parecía ser infinito. La descarga anterior hacía que el miembro se deslizara sin dificultades en los movimientos de avance y retroceso, y que con la brusquedad de los mismos alcanzara las regiones más blandas. 
Poco a poco Bella llegó a un grado extremo de excitación. Se entreabrió su boca, pasó sus piernas sobre las espaldas de él y se asió a las mismas convulsivamente. De esta manera pudo favorecer cualquier movimiento suyo, y se deleitaba al sentir las fieras sacudidas con que el sensual sujeto hundía su ardiente arma en sus entrañas. 
Por espacio de un cuarto de hora se libró una batalla entre ambos. Bella se había venido con frecuencia, y estaba a punto de hacerlo de nuevo, cuando una furiosa cascada de semen surgió del miembro del hombre e inundó sus entrañas. 
El individuo se levantó después, y retirando su carajo, que todavía exudaba las últimas gotas de su abundante eyaculación, se quedó contemplando pensativamente el jadeante cuerpo que acababa de abandonar. 
Su miembro todavía se alzaba amenazador frente a ella, vaporizante aún por efecto del calor de la vaina.
Tim, con verdadera devoción filial, procedió a secarlo y a devolverlo, hinchado todavía por la excitación a que estuvo sometido, a la bragueta del pantalón de su padre. 
Hecho esto el joven comenzó a ver con ojos de carnero a Bella, que seguía acostada en el heno, recuperándose poco a poco. Sin encontrar resistencia, se fue sobre ella y comenzó a hurgar con sus dedos en las partes íntimas de la muchacha. 
Esta vez fue el padre quien acudió en su auxilio. Tomó en su mano el arma del hijo y comenzó a pelarla, con movimientos de avance y retroceso, hasta que adquirió rigidez. Era una formidable masa de carne que se bamboleaba frente al rostro de Bella. 

—¡Que los cielos me amparen! Espero que no vayas a introducir eso dentro de mí —murmuró Bella.
 
—Claro que si —contestó el muchacho con una de sus estúpidas sonrisas. Papá me la frota y me da gusto, y ahora voy a joderte a ti. 

El padre conducía en aquellos momentos el taladro hacia los muslos de la muchacha. Su vulva, todavía inundada con las eyaculaciones que el campesino había vertido en su interior, recibió rápidamente la roja cabeza. Tim empujó, y doblándose sobre ella introdujo el aparato hasta que sus pelos rozaron la piel de Bella. 

—¡Oh, es terriblemente larga! —gritó ella—. Lo tienes demasiado grande, muchachito tonto. No seas tan violento. ¡Oh, me matas! ¡Cómo empujas! ¡No puedes ir más adentro ya!¡Con suavidad, por favor! Está totalmente dentro. Lo siento en la cintura. ¡Oh, Tim! ¡Muchacho horrible! 

—Dáselo —murmuró el padre, al mismo tiempo que le cosquilleaba los testículos y las piernas—. Tiene que caberle entero, Tim. ¿No es una belleza? ¡Qué coñito tan apretado tiene! ¿no es así muchachito? 

—¡Uf! No hables, padre, así no puedo joder. Durante unos minutos se hizo el silencio. No se oía más ruido que el que hacían los dos cuerpos en la lucha entablada sobre el heno. Al cabo, el muchacho se detuvo. Su carajo, aunque duro como el hierro, y firme como la cera, no había expelido una sola gota, al parecer. Lo extrajo completamente enhiesto, vaporoso y reluciente por la humedad. 

—No puedo venirme —dijo, apesadumbrado. 

—Es la masturbación —explicó el padre. —Se la hago tan a menudo que ahora la extraña. 

Bella yacía jadeante y en completa exhibición.
 Entonces el hombre llevó su mano a la verga de Tim, y comenzó a frotarla vigorosamente hacia atrás y hacia adelante. La muchacha esperaba a cada momento que se viniera sobre su cara. 
Después de un rato de esta sobreexcitación del hijo, el padre llevó de repente la ardiente cabeza de la verga a la vulva de Bella, y cuando la introducía un verdadero diluvio de esperma salió de ella, para anegar el interior de la muchacha. Tim empezó a retorcerse y a luchar, y terminó por morderla en el brazo. 
Cuando hubo terminado por completo esta descarga, y el enorme miembro del muchacho dejó de estremecerse, el jovenzuelo lo retiró lentamente del cuerpo de Bella, y ésta pudo levantarse. 
Sin embargo, ellos no tenían intención de dejarla marchar, ya que, después de abrir la puerta, el muchacho miró cautelosamente en torno, y luego, volviendo a colocar la tranca, se volvió hacia Bella para decirle: 

—Fue divertido, ¿no? —observó—. Te dije que mi padre era bueno para esto. 

—Sí, me lo dijiste, pero ahora tienes que dejarme marchar. Anda, sé bueno. 

Una mueca a modo de sonrisa fue su única respuesta. Bella miró hacia el hombre y quedó aterrorizada al verlo completamente desnudo, desprovisto de toda prenda de vestir, excepción hecha de su camisa y sus zapatos, y en un estado de erección que hacía temer otro asalto contra sus encantos, todavía más terrible que los anteriores. 
Su miembro estaba literalmente lívido por efecto de la tensión, y se erguía hasta tocar su velludo vientre. La cabeza había engrosado enormemente por efecto de la irritación previa, y de su punta pendía una gota reluciente. 

—¿Me dejarás que te joda de nuevo? —preguntó el hombre, al tiempo que agarraba a la damita por la cintura y llevaba la mano de ella a su instrumento. 

—Haré lo posible —murmuró Bella. 

Y viendo que no podía contar con ayuda alguna, sugirió que él se sentara sobre el heno para montarse ella a caballo sobre sus rodillas y tratar de insertarse la masa de carne pardusca. 
Tras de algunas arremetidas y retrocesos entró el miembro, y comenzó una segunda batalla no menos violenta que la primera. Transcurrió un cuarto de hora completo. Al parecer, era el de mayor edad el que ahora no podía lograr la eyaculación. 

¡Cuán fastidiosos son!, pensó Bella. 

—Frótamelo, querida —dijo el hombre, extrayendo su miembro del interior del cuerpo de ella, todavía más duro que antes. Bella lo agarró con sus manecitas y lo frotó hacia arriba y hacia abajo. Tras un rato de esta clase de excitación, se detuvo al observar que el enorme pomo exudaba un chorrito de semen. Apenas lo había encajado de nuevo en su interior, cuando un torrente de leche irrumpió en su seno. Alzándose y dejándose caer sobre él alternativamente, Bella bombeó hasta que él hubo terminado por completo, después de lo cual la dejaron irse.


Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)


 (Continuará…)




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