Prologo de El Libertino

domingo, 29 de noviembre de 2015




Sucedió en la biblioteca, y eran los interlocutores los señores Delmont y Verbouc. Era evidente que había versado, por increíble que ello pudiera parecer, sobre la entrega de la persona de Bella al señor Delmont, previo pago de determinada cantidad, la cual posteriormente sería invertida por el complaciente señor Verbouc para provecho de “su querida sobrina”. 
No obstante lo bribón y sensual que aquel hombre era, no podía dejar de sobornar de algún modo su propia conciencia por el infame trato convenido. 
—Sí —decía el complaciente y bondadoso tío—, los intereses de mi sobrina están por encima de todo, estimado señor. No es que sea imposible un matrimonio en el futuro, pero el pequeño favor que usted pide creo que queda compensado por parte nuestra —como hombres de mundo que somos, usted me entiende, puramente como hombres de mundo— por el pago de una suma suficiente para compensaría por la pérdida de tan frágil pertenencia. 
En este momento dejó escapar la risa, principalmente porque su obtuso interlocutor no pudo entenderle. 
Al fin se llegó a un acuerdo, y quedaron por arreglarse únicamente los actos preliminares. El señor Delmont quedó encantado, saliendo de su torpe y estólida indiferencia cuando se le informó que la venta debía efectuarse en el acto, y que por consiguiente tenía que posesionarse de inmediato de la deliciosa virginidad que durante tanto tiempo anheló conquistar. 
En el ínterin, el bueno y generoso de nuestro querido padre Ambrosio hacía ya algún tiempo que se encontraba en aquella mansión, y tenía lista la habitación donde estaba prevista la consumación del sacrificio. 
Llegado este momento, después de un festín a título de desayuno, el señor Delmont se encontró con que sólo existía una puerta entre él y la víctima de su lujuria. De lo que no tenía la más remota idea era de quién iba a ser en realidad su víctima. No pensaba más que en Bella. 
Seguidamente dio vuelta a la cerradura y entró en la habitación, cuyo suave calor templó los estimulados instintos sexuales que estaban a punto de entrar en acción. 
¡Qué maravillosa visión se ofreció a sus ojos extasiados! Frente a él, recostado sobre un diván y totalmente desnudo, estaba el cuerpo de una jovencita. Una simple ojeada era suficiente para revelar que era una belleza, pero se hubieran necesitado varios minutos para describirla en detalle, después de descubrir por separado cada una de sus deliciosas partes; sus bien torneadas extremidades, de proporciones infantiles; con unos senos formados por dos de las más selectas y blancas colinas de suave carne, coronadas con dos rosáceos botones; las venas azules que corrían serpenteando aquí y allá, que se veían al través de una superficie nacarada como riachuelos de fluido sanguíneo, y que daban mayor realce a la deslumbrante blancura de la piel. Y además, ¡oh! además el punto central por el que suspiran los hombres: los sonrosados y apretados labios en los que la naturaleza gusta de solazarse, de la que ella nace y a la que vuelve: ¡la source! Allí estaba, a la vista, en casi toda su infantil perfección. 
Todo estaba allí menos… la cabeza. Esta importante parte se hacía notar por su ausencia, y las suaves ondulaciones de la hermosa virgen evidenciaban que para ella no era inconveniente que no estuviera a la vista. 
El señor Delmont no se asombró ante aquel fenómeno, ya que había sido preparado para él, así como para guardar silencio. Se dedicó, en consecuencia, a observar con deleite los encantos que habían sido preparados para solaz suyo. 
No bien se hubo repuesto de la sorpresa y la emoción causadas por su primera visión de la beldad desnuda, comenzó a sentir los efectos provocados por el espectáculo en los órganos sexuales que responden bien pronto en hombre de su temperamento a las emociones que normalmente deben causarlos. 
Su miembro, duro y henchido, se destacaba en su bragueta, y amenazaba con salir de su confinamiento. Por lo tanto lo liberó permitiéndole a la gigantesca arma que apareciera sin obstáculos, y a su roja punta que se irguiera en presencia de su presa. 
Lector: yo no soy más que una pulga, y por lo tanto mis facultades de percepción son limitadas. Por lo mismo carezco de capacidad para describir los pasos lentos y la forma cautelosa en que el embelesado violador se fue aproximando gradualmente a su víctima. Sintiéndose seguro y disfrutando esta confianza, el señor Delmont recorrió con sus ojos y con sus manos todo el cuerpo. Sus dedos abrieron la vulva, en la que apenas había florecido un ligero vello, en tanto que la muchacha se estremecía y contorsionaba al sentir el intruso en sus partes más íntimas, para evitar el manoseo lujurioso, con el recato propio de las circunstancias. 
Luego la atrajo hacia sí, y posó sus cálidos labios en el bajo vientre y en los tiernos y sensibles pezones de sus juveniles senos. Con mano ansiosa la tomó por sus ampulosas caderas, y atrayéndola más hacia él le abrió las blancas piernas y se colocó en medio de ellas. 
Lector: acabo de recordarte que no soy más que una pulga. Pero aun las pulgas tenemos sentimientos, y no trataré de explicarte cuáles fueron los míos cuando contemplé aquel excitado miembro aproximarse a los prominentes labios de la húmeda vulva de Julia. Cerré los ojos. Los instintos sexuales de la pulga macho despertaron en mí, y hubiera deseado —sí, lo hubiera deseado ardientemente— estar en el lugar del señor Delmont. 
Mientras tanto, con firmeza y sin miramientos, él se dio a la tarea demoledora. Dando un repentino brinco trató de adentrarse en las partes vírgenes de la joven Julia, falló el golpe. Lo intentó de nuevo, y otra vez el frustrado aparato quedó tieso y jadeante sobre el palpitante vientre de su víctima. 
Durante este periodo de prueba Julia hubiera podido sin duda echar a rodar el complot gritando más o menos fuerte, de no haber sido por las precauciones tomadas por el prudente corruptor y sacerdote, el padre Ambrosio.
Julia estaba narcotizada. 
Una vez más Delmont se lanzó al ataque. Empujó con fuerza hacia adelante, afianzó sus pies en el piso, se enfureció, echó espumarajos y... ¡por fin! la elástica y suave barrera cedió, permitiéndole entrar. Dentro, con una sensación de éxtasis triunfal. Dentro, de modo que el placer de la estrecha y húmeda compresión arrancó a sus labios sellados un gemido de placer. Dentro, basta que su arma, enterrada hasta los pelos de su bajo vientre, quedó instalada, palpitante y engruesando por momentos en la funda de ella, ajustada como un guante. 
Siguió entonces una lucha que ninguna pulga sería capaz de describir. Gemidos de dicha y de sensaciones de arrobo escaparon de sus labios babeantes. Empujó y se inclinó hacia adelante con los ojos extraviados y los labios entreabiertos, e incapaz de impedir la rápida consumación de su libidinoso placer, aquel hombrón entregó su alma, y con ella un torrente de fluido seminal que, disparado con fuerza hacia adentro, bañó la matriz de su propia hija. 
De todo ello fue testigo Ambrosio, que se escondió para presenciar el lujurioso drama, mientras Bella, al otro lado de la cortina, estaba lista para impedir cualquier comunicación hablada de parte de su joven visitante. 
Esta precaución fue, empero, completamente innecesaria, ya que Julia, lo bastante recobrada de los efectos del narcótico para poder sentir el dolor, se había desmayado.


Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)


 (Continuará…)




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4 comentarios:

* dijo...

El lienzo me parece precioso. Dice mil cosas.
Y, por otro lado, ya me parecía a mí que la pulga, a estas alturas de la fiesta, no empezara a sentir envida de los humanos. Bueno, al menos de uno de estos rufianes :-) que ya no saben qué artimañas utilizar para satisfacer sus más bajos instintos :-)

En fin, no digo nada que todo se me entiende... Y, entre sorpresa y sorpresa, me salen las uñas y las ganas de coger un látigo y empezar a dar sin contemplación alguna...

Besos de Pecado, mi querido D. Sayiid.
Tenga usted buena tarde y mejor noche :)

Sayiid Albeitar dijo...

Mi querida amiga, es que, visto lo visto, por muy pulga que uno sea..., es difícil no impregnarse del ambiente de lujuria y perversión que nos muestra nuestra querida amiga.
Hombres dispuestos a todo con tal de satisfacer sus más bajos instintos...
La naturaleza humana a flor de piel...
El sexo y el placer como eje de todo movimiento...
Y no me vale decir que al Señor Delmont le han engañado, pues como bien se sabe, quien roba a un ladrón, tiene cien años de perdón, y quien engaña a un fullero, a un desaprensivo, a un personaje sin escrúpulos..., no diré yo que se merezca cien años de perdón, ni tan siquiera diez, pero estará conmigo en que al menos se merece la felicitación por haber engañado al engañador...
Habrá que ver que cara pone cuando se entere de que ha desvirgado a su querida, pura y angelical hija, y no a la sobrina de su querido amigo...
Al fin y al cabo, el acto es el mismo, no?
Pues que en su castigo lleve su penitencia...

Besos pulgosos desde la mansión, mi querida amiga, y tenga vuesa merced una ideal velada...

valentina dijo...

Sepa usted, que estoy enganchadísima a esta historia... ;)

Sayiid Albeitar dijo...

Mi querida valentina..., sepa usted..., que no es la única jejejeje
Pero no se preocupe, que aun nos queda "pulga" para rato :-)
Y me da que la cosa no va a ir a menos..., sino todo lo contrario...
Disfrutemos pues de las aventuras de nuestra minúscula amiga, que a buen seguro, no nos defraudarán...

Besos, valentina, y gracias por su visita.
Espero verla por aquí a menudo :-)

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