Prologo de El Libertino

martes, 22 de diciembre de 2015




Comenzó entonces una serie de actividades eróticas. Ambrosio se recostó sobre el canapé, e hizo que Bella se arrodillara sobre él con el fin de aplicar sus labios sobre su húmeda vulva, para llenarla de besos y toques de lo más lascivo y depravado que imaginarse pueda. 
El señor Verbouc, no queriendo ser menos que su compañero, jugueteó de manera igualmente libidinosa con la inocente Julia. Después la tendieron sobre el sofá, y prodigaron toda clase de caricias a sus encantos, no ocultando su admiración por su lampiño monte de Venus, y los rojos labios de su coño juvenil. 
No tardaron en verse evidenciados sus deseos por el enderezamiento de dos rígidos miembros, otra vez ansiosos de gustar placeres tan selectos y extáticos como los gozados anteriormente.  
Sin embargo, en aquel momento se puso en ejecución un nuevo programa. Ambrosio fue el primero en proponerlo. 

—Ya nos hemos hartado de sus coños —dijo crudamente, volviéndose hacia Verbouc, que estaba jugueteando con los pezones de Bella—. Ahora veamos de qué están hechos sus traseros. Esta adorable criatura sería un bocado digno del propio Papa, y Bella tiene nalgas de terciopelo, y un culo digno de que un emperador se venga dentro de él. 

La idea fue aceptada enseguida, y se procedió a asegurar a las víctimas para poder llevarla a cabo. Resultaba monstruoso, y parecía imposible el poderlo consumar, a la vista de la desproporción existente. El enorme miembro del cura quedó apuntando al pequeño orificio posterior de Julia, en tanto que Verbouc amenazaba a su sobrina en la misma dirección. Un cuarto de hora se consumió en los preparativos, y después de una espantosa escena de lujuria y libertinaje, ambas jóvenes recibieron en sus entrañas los cálidos chorros de las impías descargas. 
Al fin la calma sucedió a las violentas emociones que habían hecho presa en los actores de tan monstruosa escena, y la atención se fijó de nuevo en el señor Delmont. 
Aquel digno ciudadano, como ya señalé anteriormente, se había retirado a un rincón apartado, quedando al parecer vencido por el sueño, o embriagado por el vino, o tal vez por ambas cosas. 

—Está muy tranquilo —observó Verbouc. 

—Una conciencia diabólica es mala compañía — observó el padre Ambrosio, con su atención concentrada en el lavado de su oscilante instrumento. 

—Vamos, amigo, llegó tu turno. He aquí un regalo para ti —siguió diciendo Verbouc, al tiempo que mostraba en todo su esplendor, para darle el adecuado ambiente a sus palabras, los encantos más íntimos de la casi insensible Julia—. Levántate y disfrútalos. ¿Pero, qué ocurre con este hombre? ¡Cielos!, que... ¿qué es esto? 

Verbouc dio un paso atrás. 
El padre Ambrosio se inclinó sobre el desdichado Delmont para auscultar su corazón. 

—Está muerto —dijo tranquilamente. 

Efectivamente, había fallecido.

Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)


(Continuará…



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