Prologo de El Libertino

domingo, 6 de diciembre de 2015




Durante algunos momentos permanecieron ambos ausentes, bañados en la exudación de sus mutuos raptos, y jadeantes por el esfuerzo realizado, hasta que un ligero ruido les devolvió la noción del mundo. Y antes de que pudieran siquiera intentar una retirada, o un cambio en la inequívoca postura en que se encontraban, se abrió la puerta del tocador y aparecieron, casi simultáneamente, tres personas. 
Estas eran el padre Ambrosio, el señor Verbouc y la gentil Julia Delmont. Entre los dos hombres sostenían el semidesvanecido cuerpo de la muchacha, cuya cabeza se inclinaba lánguidamente a un lado, reposando sobre el robusto hombro del padre, mientras Verbouc, no menos favorecido por la proximidad de la muchacha, sostenía el liviano cuerpo de ésta con un brazo nervioso, y contemplaba su cara con mirada de lujuria insatisfecha, que sólo podría igualar la reencarnación del diablo. Ambos hombres iban en desabillé apenas decente, y la infortunada Julia estaba desnuda, tal como, apenas un cuarto de hora antes, había sido violentamente mancillada por su propio padre. 
—¡Chist! —susurró Bella, poniendo su mano sobre los labios de su amoroso compañero—. Por el amor de Dios, no se culpe a sí mismo. Ellos no pueden saber quién hizo esto. Sométase a todo antes que confesar tan espantoso hecho. No tendría piedad. Estese atento a no desbaratar sus planes. 

El señor Delmont pudo ver de inmediato cuán ciertos eran los augurios de Bella. 

—¡Ve, hombre lujurioso! —exclamó el piadoso padre Ambrosio—. ¡Contempla el estado en que hemos encontrado a esta pobre criatura! Y posando su manaza sobre el lampiño monte de Venus de la joven Julia, exhibió impúdicamente a los otros sus dedos escurriendo la descarga paternal. 

—¡Espantoso! —comentó Verbouc—. ¡Y si llegara a quedar embarazada! 

—¡Abominable! —gritó el padre Ambrosio—.
Desde luego tenemos que impedirlo. 

Delmont gemía.
 Mientras tanto., Ambrosio y su coadjutor introdujeron a su joven víctima en la habitación, y comenzaron a tentar y a acariciar todo su cuerpo, y a dedicarse a ejecutar todos los actos lascivos que preceden a la desenfrenada entrega a la posesión lujuriosa. Julia, aún bajo los efectos del sedante que le habían administrado, y totalmente confundida por el proceder de aquella virtuosa pareja, apenas se daba cuenta de la presencia de su digno padre, que todavía se encontraba sujeto por los blancos brazos de Bella, y con su miembro empotrado aún en su dulce vientre.

 —¡Vean cómo corre la leche piernas abajo! — exclamó Verbouc, introduciendo nerviosamente su mano entre los muslos de Julia—. ¡Qué vergüenza! 

—Ha escurrido hasta sus lindos piececitos                 —observó Ambrosio, alzándole una de sus bien torneadas piernas, con la pretensión de proceder al examen de sus finas botas de cabritilla, sobre las que se
podía ver más de una gota de líquido seminal, al mismo tiempo que con ojos de fuego exploraba con avidez la rosada grieta que de aquella manera quedó expuesta a su mirada. 

Delmont gimió de nuevo. 

—¡Oh, Dios qué belleza! —gritó Verbouc, dando una palmada en sus redondas nalgas—. Ambrosio: proceda para evitar cualquier posible consecuencia de un hecho tan fuera de lo común. Únicamente la emisión de un hombre vigoroso puede remediar una situación semejante. 

—Sí, es cierto, hay que administrársela —murmuró Ambrosio, cuyo estado de excitación durante este intervalo puede ser mejor imaginado que descrito.

Su sotana se alzaba manifiestamente por la parte delantera, y todo su comportamiento delataba sus violentas emociones. 
Ambrosio se despojó de su sotana y dejó en libertad su enorme miembro, cuya rubicunda e hinchada cabeza parecía amenazar a los cielos. 
Julia, terriblemente asustada, inició un débil movimiento de huida mientras el señor Verbouc, gozoso, la sostenía exhibiéndola en su totalidad. 
Julia contempló por segunda vez el miembro terriblemente erecto de su confesor, y. adivinando sus intenciones por razón de la experiencia de iniciación por la que acababa de pasar, casi se desvaneció de pánico. 
Ambrosio, como sí tratara de ofender los sentimientos de ambos —padre e hija— dejó totalmente expuestos sus tremendos órganos genitales, y agitó el gigantesco pene en sus rostros. 
Delmont, presa del terror, y sintiéndose en manos de los dos complotados, contuvo la respiración y se refugió tras de Bella, la que, plenamente satisfecha por el éxito de la trama, se dedicó a aconsejarle que no hiciera nada y les permitiese hacer su voluntad. 
Verbouc, que había estado tentando con sus dedos las húmedas partes íntimas de la pequeña Julia, cedió la muchacha a la furiosa lujuria de su amigo, disponiéndose a gozar de su pasatiempo favorito de contemplar la violación. 
El sacerdote, fuera de sí a causa de la lujuria que lo embargaba, se quitó las prendas de vestir más íntimas, sin que por ello perdiera rigidez su miembro durante la operación y procedió a la deliciosa tarea que le esperaba. "Al fin es mía", murmuro. 
Ambrosio se apoderó en el acto de su presa, pasó sus brazos en torno a su cuerpo, y la levantó en vilo para llevar a la temblorosa muchacha al sofá próximo y lanzarse sobre su cuerpo desnudo. Y se entregó en cuerpo y alma a darse satisfacción. Su monstruosa arma, dura como el acero, tocaba ya la rajita rosada, la que, si bien había sido lubricada por el semen del señor Delmont, no era una funda cómoda para el gigantesco pene que la amenazaba ahora. 
Ambrosio proseguía sus esfuerzos, y el señor Delmont sólo podía ver, mientras la figura del cura se retorcía sobre el cuerpo de su hijita, una ondulante masa negra y sedosa. Con sobrada experiencia para verse obstaculizado durante mucho rato, Ambrosio iba ganando terreno, y era también lo bastante dueño de sí para no dejarse arrastrar demasiado pronto por el placer, venció toda oposición, y un grito desgarrador de Julia anunció la penetración del inmenso ariete. 
Grito tras grito se fueron sucediendo hasta que Ambrosio, al fin firmemente enterrado en el interior de la jovencita, advirtió que no podía ahondar más, y comenzó los deliciosos movimientos de bombeo que habían de poner término a su placer, a la vez que a la tortura de su víctima. 
Entretanto Verbouc, cuya lujuria había despertado con violencia a la vista de la escena entre el señor Delmont y su hija, y la que subsecuentemente protagonizaron aquel insensato hombre y su sobrina, corrió hacia Bella y, apartándola del abrazo en que la tenía su desdichado amigo, le abrió de inmediato las piernas, dirigió una mirada a su orificio, y de un solo empujón hundió su pene en su cuerpo, para disfrutar de las más intensas emociones, en una vulva ya bien lubricada por la abundancia de semen que había recibido. Ambas parejas estaban en aquel momento entregadas a su delirante copulación, en un silencio sólo alterado por los quejidos de la semiconsciente Julia, el estertor de la respiración del bárbaro Ambrosio, y los gemidos y sollozos del señor Verbouc. 
La carrera se hizo más rápida y deliciosa. Ambrosio, que a la fuerza había adentrado en la estrecha rendija de la jovencita su gigantesco pene, hasta la mata de pelos negros y rizados que cubrían su raíz, estaba lívido de lujuria. Empujaba, impelía y embestía con la fuerza de un toro, y de no haber sido porque al fin la naturaleza la favoreció llevando su éxtasis a su culminación, hubiera sucumbido a los efectos de tan tremenda excitación, para caer presa de un ataque que probablemente hubiera imposibilitado para siempre la repetición de una escena semejante. 
Un fuerte grito se escapó de la garganta de Ambrosio. Verbouc sabía bien lo que ello representaba: se estaba viniendo. Su éxtasis sirvió para apresurar a la otra pareja, y un aullido de lujuria llenó el ámbito mientras los dos monstruos inundaban a sus víctimas de líquido seminal. Pero no bastó una, sino que fueron precisas tres descargas de la prolífica esencia del cura en la matriz de la tierna joven, para que se apaciguara la fiebre de deseo que había hecho presa de él. 
Decir simplemente que Ambrosio había descargado, no daría una idea real de los hechos. Lo que en realidad hizo fue arrojar verdaderos borbotones de semen en el interior de Julia, en espesos y fuertes chorros, al tiempo que no cesaba de lanzar gemidos de éxtasis cada vez que una de aquellas viscosas inyecciones corría a lo largo de su enorme uretra, y fluían en torrentes en el interior del dilatado receptáculo. Transcurrieron algunos minutos antes de que todo terminara, y el brutal cura abandonara su ensangrentada y desgarrada víctima. 

Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)


 (Continuará…)



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4 comentarios:

María Perlada dijo...

Gritos, gemidos, violentas embestidas, fiebre, descargas brutalmente lujuriosas y.... XXX.... XXX... Como sigas te censuran el blog jajaja, mi querido amigo Sayiid.

Un beso dulce de seda.

* dijo...

Esta historia va a acabar con mis uñas.
Esta semana llevo largas. Hechas para clavarse pero por deseo no por ganas de otra cosa... Se me rebota la imaginación. Tanto, que igual las afilo todavía más.
Tanto deseo desbordado y desorbitado, tanta lujuria que es tal que se queda pequeña en su propio concepto bajo la banda sonora de lamento, gruñidos, gemidos y seguro que mil maldiciones.

Besos de Pecado, BPP, mi querido D. Sayiid.

Sayiid Albeitar dijo...

Todo eso y un poco más, mi querida amiga...
Y no creo que me lo censuren, más que nada porque los censuradores son los que más disfrutan con mi mansión jejejejeje...
¿Tu te imaginas lo que se aburrirían si me lo cerraran?
No, no, yo creo que, en todo caso, me animarán a seguir con ello jajajajaja

Besos, sin censura, mi querida María, y feliz velada en la mansión.

Sayiid Albeitar dijo...

Cuidado, milady, no se os vayan a clavar a vos misma, presa de la excitación....
Ya sabe vuesa merced que la qe a "uña mata..., a uña muere" jejejejeje
Además..., cuando el deseo ha sido demasiado?
Nunca, nunca, nunca, es suficiente, y hay que cultivarlo, cuidarlo y regárlo (cada cual con lo que considere oportuno), para así hacerlo crecer cada día más y más...
Que ya se sabe que órgano que no se usa..., se atrofia...
Y no lo digo yo, que lo decía el insigne Darwin ;-)

Besos, mi querida lady PI, y ya sabe, nunca diga que es suficiente..., por mucho que sea...

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