Prologo de El Libertino

jueves, 17 de diciembre de 2015




Entretanto el padre Ambrosio, con los ojos semicerrados, los labios entreabiertos y las ventanas de la nariz dilatadas, no cesaba de batirse contra las hermosas partes íntimas de la joven Bella, cuya satisfacción sexual denunciaban sus lamentos de placer.  

—¡Oh, Dios mío! ¡Es... es demasiado grande... enorme vuestra inmensa cosa! ¡Ay de mí, me llega hasta la cintura! ¡Oh! ¡Oh! ¡Es demasiado; no tan recio, querido padre! ¡Cómo empujáis! ¡Me mataréis! Suavemente… más despacio… Siento vuestras grandes bolas contra mis nalgas. 

—¡Detente un momento! —gritó Ambrosio, cuyo placer era ya incontenible, y cuya leche estaba a punto de vertirse—. Hagamos una pausa. ¿Cambiamos de pareja, amigo mío? Creo que la idea es atractiva. 

—¡No, oh, no! ¡Ya no puedo más! Tengo que seguir. Esta hermosa criatura es la delicia en persona. 

—Estate quieta, querida Bella, o harás que me venga. No oprimas mi arma tan arrebatadoramente. 

—No puedo evitarlo, me matas de placer. Anda, sigue, pero suavemente. ¡Oh, no tan bruscamente! No empujes tan brutalmente. ¡Cielos, va a venirse! Sus ojos se cierran, sus labios se abren... ¡Dios mío! Me estáis matando, me descuartizáis con esa enorme cosa. ¡Ah! ¡Oh! ¡Veníos, entonces! Veníos querido… padre... Ambrosio. Dadme vuestra ardiente leche... ¡Oh! ¡Empujad ahora! ¡Más fuerte… más… matadme si así lo deseáis! 

Bella pasó sus blancos brazos en torno al bronceado cuello de él, abrió lo más que pudo sus blandos y hermosos muslos, y engulló totalmente el enorme instrumento, hasta confundir y restregar su vello con el de su monte de Venus. Ambrosio sintió que estaba a punto de lanzar una gran emisión directamente a los órganos vitales de la criatura que se encontraba debajo de él.

—¡Empujad, empujad ahora! —gritó Bella, olvidando todo sentido de recato, y arrojando su propia descarga entre espasmos de placer—. ¡Empujad... empujad... metedlo bien adentro...! ¡Oh, sí de esa manera! ¡Dios mío, qué tamaño, qué longitud! Me estáis partiendo en dos, bruto mío. ¡Oh, oh! ¡Os estáis viniendo… lo siento...! ¡Dios mío… qué leche! ¡Oh, qué chorros

Ambrosio descargaba furiosamente, como el semental que era, embistiendo con todas sus fuerzas el cálido vientre que estaba debajo de él. Al fin se levantó de mala gana de encima de Bella, la cual, libre de sus tenazas, se volteó para ver a la otra pareja. Su tío estaba administrando una rápida serie de cortas embestidas a su amiguita, y era evidente que estaba próximo al éxtasis. 
Julia, por su parte, cuya reciente violación y el tremendo trato que recibió después a manos del bruto de Ambrosio la habían lastimado y enervado, no experimentaba el menor gusto, pero dejaba hacer, como una masa inerte en brazos de su asaltante. 
Cuando al fin, tras algunos empujones más, Verbouc cayó hacia adelante al momento de hacer su voluptuosa descarga, de lo único que ella se dio cuenta fue de que algo caliente era inyectado con fuerza en su interior, sin que experimentara más sensaciones que las de languidez y fatiga. Siguió otra pausa tras de este tercer ultraje, durante la cual el señor Delmont se desplomó en un rincón, y aparentemente se quedó dormido.


Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)


(Continuará…


============================================================================================================================================


No hay comentarios:

______________________________________________________________________________________________________________________________________________