Prologo de El Libertino

jueves, 3 de diciembre de 2015




Tan pronto como hubo acabado el  combate, y el vencedor, levantándose del tembloroso cuerpo de     la     muchacha, comenzó a recobrarse del éxtasis provocado por tan delicioso encuentro, se corrió repentinamente la cortina, y apareció la propia Bella detrás de la misma.
 Si de repente una bala de cañón hubiera pasado junto al atónito señor Delmont, no le habría causado ni la mitad de la consternación que sintió cuando, sin dar completo crédito a sus ojos, se quedó boquiabierto contemplando, alternativamente, el cuerpo postrado de su víctima y la aparición de la que creía que acababa de poseer. 
Bella, cuyo encantador "negligée" destacaba a la perfección sus juveniles encantos, aparentó estar igualmente estupefacta, pero, simulando haberse recuperado, dio un paso atrás con una perfectamente bien estudiada expresión de alarma. 

—¿Qué... qué es todo esto? —preguntó Delmont, cuyo estado de agitación le impidió incluso advertir que todavía no había puesto orden en su ropa, y que aún colgaba entre sus piernas el muy importante instrumento con el que acababa de dar satisfacción a sus impulsos sexuales, todavía abotagado y goteante, plenamente expuesto entre sus piernas. 

—¡Cielos! ¿Será posible que haya cometido yo un error tan espantoso? —exclamó Bella, echando miradas furtivas a lo que constituía una atractiva invitación.

—Por piedad, dime de qué error se trata, y quién está ahí —clamó el tembloroso violador, señalando mientras hablaba la desnuda persona recostada frente a él. 

—¡Oh, retírese! ¡Váyase! —gritó Bella, dirigiéndose rápidamente hacia la muerta seguida por el señor Delmont, ansioso de que se le explicara el misterio. 

Bella se encaminó a un tocador adjunto, cerró la puerta, asegurándola bien, y se dejó caer sobre un lujoso diván, de manera que quedaran a la vista sus encantos, al mismo tiempo que simulaba estar tan sobrecogida de horror, que no se daba cuenta de la indecencia de su postura. 

—¡Oh! ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho? —
sollozaba, con el rostro escondido entre sus manos, aparentemente angustiada. Una terrible sospecha cruzó como rayo por la mente de su acompañante, quien jadeante y semiahogado por la emoción, indagó: 

—¡Habla! ¿Quién era...? ¿Quién? 

—No tuve la culpa. No podía saber que era usted el que habían traído para mí... y no sabiéndolo… puse a Julia en mi lugar. 

El señor Delmont se fue para atrás, tambaleándose. Una sensación todavía confusa de que algo horrible había sucedido se apoderó de su ser; un vértigo nubló su vista, y luego, gradualmente, fue despertando a la realidad. Sin embargo, antes de que pudiera articular una sola palabra, Bella —bien adiestrada sobre la forma en que tenía que actuar— se apresuró a impedirle que tuviera tiempo de pensar. 

—¡Chist! Ella no sabe nada. Ha sido un error, un espantoso error, y nada más. Si está decepcionado es por culpa mía, no suya. Jamás me pasó por el pensamiento que pudiera ser usted. Creo —añadió haciendo un lindo puchero, sin dejar por ello de lanzar una significativa mirada de reojo al todavía protuberante miembro— que fue muy poco amable de ellos no haberme dicho que se trataba de usted. 

El señor Delmont tenía frente a él a la hermosa muchacha. Lo cierto era que, independientemente del placer que hubiere encontrado en el incesto involuntario, se había visto frustrado en su intención original, perdiendo algo por lo que había pagado muy buen precio. 

—¡Oh, si ellos descubrieran lo que he hecho! — murmuró Bella, modificando ligeramente su postura para dejar a la vista una de sus piernas hasta la altura de la rodilla. 

Los ojos de Delmont centellearon. A despecho suyo volvía a sentirse calmado; sus pasiones animales afloraban de nuevo. 

—¡Si ellos lo descubrieran! —gimió otra vez Bella.

Al tiempo que lo decía, se medio incorporó para pasar sus lindos brazos en torno al cuello del engañado padre. 
El señor Delmont la estrechó en un firme abrazo.
 
—¡Oh, Dios mío! ¿Qué es esto? —susurró Bella, que con una mano había asido el pegajoso dardo de su acompañante, y se entretenía en estrujarlo y moldearlo con su cálida mano. 

El cuitado hombre, sensible a sus toques y a todos sus encantos, y enardecido de nuevo por la lujuria, consideró que lo mejor que le deparaba su sino era gozar su juvenil doncellez. 

—Si tengo que ceder —dijo Bella—, tráteme con blandura. ¡Oh, qué manera de tocarme! ¡Oh, quite de ahí esa mano! ¡Cielos! ¿Qué hace usted? 

No tuvo tiempo más que para echar un vistazo a su miembro de cabeza enrojecida, rígido y más hinchado que nunca, y unos momentos después estaba ya sobre ella. 
Bella no ofreció resistencia, y enardecido por su ansia amorosa, el señor Delmont encontró enseguida el punto exacto. 
Aprovechándose de su posición ventajosa empujó violentamente con su pene todavía lubricado hacia el interior de las tiernas y juveniles partes íntimas de la muchacha. 
Bella gimió. 
Poco a poco el dardo caliente se fue introduciendo más y más adentro, hasta que se juntaron sus vientres, y estuvo él metido hasta los testículos. 
Seguidamente dio comienzo una violenta y deliciosa batalla, en la que Bella desempeñó a la perfección el papel que le estaba asignado, y excitada por el nuevo instrumento de placer, se abandonó a un verdadero torrente de deleites. El señor Delmont siguió pronto su ejemplo, y descargó en el interior de Bella una copiosa corriente de su prolífica esperma. 

Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)


 (Continuará…)





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4 comentarios:

María Perlada dijo...

Bien dentro todo, que nada quede fuera, como debe ser, para que ella siga disfrutando profundamente de los placeres carnales de manera lujuriosa, parece que Bella si le ha cogido el gustillo:-), verdad mi querido amigo, Sayiid?

Un beso dulce de seda.

* dijo...

Aquí, quien pasa hambre es porque quiere. Está claro. Pero siempre con los mismos, ya cansa, ¿no? Tanta fogosidad y no sale de arre -) :-)

Besos de Pecado, mi querido D. Sayiid.

Sayiid Albeitar dijo...

Parece, lady María?
Yo me apostaría el cuello a que le ha cogido el gustillo..., y hasta el gustazo jejejeje.
Menuda nos ha resultado la señorita bella..., con lo modosita que parecía al principio...
Para que te fíes de las apariencias... :-)

Besos, mi querida María, y feliz velada, en la mansión.

Sayiid Albeitar dijo...

Vaya, vaya, lady PI..., así que vuesa merced piensa que en la variación..., está el buen gusto, no es así?
No, si por algo sois... "Puramente Infiel" :-)
Habrá que esperar a ver si nuestra querida amiga aprende nuevos trucos o, por el contrario, se conforma con lo que tiene hasta ahora...
Yo apostaría por lo primero..., pero váyase usted a saber...
Como dije hace un momento, las apariencias engañan, y a veces las más fogosas son las más aburridas y viceversa..., pero sólo a veces ;-)

Besos y viceversas, mi querida amiga, y no me pregunte si yo pienso igual que usted..., porque no se lo pienso decir :-)

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