Prologo de El Libertino

viernes, 30 de enero de 2015




En lugar de príncipe azul, fue al primo León a quien vimos desembarcar, quiero decir apearse del cabriolé recién pintado de su padre. Continuaba igual de presumido, suficiente y un tanto memo. No nos habíamos visto desde hacía aproximadamente tres meses, desde aquel domingo en que se nos informó de nuestro exilio a Nogent—le—Rotrou. El no había cambiado, pero yo, a juzgar por su cara de asombro, sí. León había dejado a una chiquilla a la que podía mirar por encima del hombro, y encontraba a una jovencita tan atractiva como las que veía de lejos en las terrazas de las cervecerías del Barrio Latino, o quizá más.
El perdió buena parte de su soberbia, y yo me hice merecedora de unos «¡prima, prima!» sumamente amables. Lo más curioso era que Max también parecía intimidarle, a pesar de su aspecto i sus ropas descuidadas de ayudante de jardinero. Y es que, si bien uno era el hijo único del notario y otro el primo pobre, Max poseía, a la misma edad que León, esa especie de seguridad irónica que garantiza a un joven el éxito con las mujeres; me refiero a haber ensartado o jodido a dos o tres. Una vez situado en el lugar que le correspondía, León, que percibía aquellas diferencias, resultó más bien un compañero de vacaciones agradable y cada vez más cercano a nosotros.
Al trío que formábamos se unió poco a poco mi amiga Odette. Al ser la única de su edad que vivía en aquella casa tan grande, se aburría muchísimo, y su madre la animó para que viniera a pasar las tardes a casa de los Crapart, adonde ya venía de vez en cuando desde antes de las vacaciones, en particular cuando la señora de Courmanche se iba a pasar tres o incluso cuatro días a París para resolver sus asuntos. Aquellas tardes regresaba a casa cuando oscurecía, en compañía de la vieja criada. Unos quince días antes de que llegara León, y un poco después de lo que he contado a propósito de Max, su madre tuvo que trasladarse a Chartres y, de allí, a París. Estaría ausente durante tres, o seguramente cuatro días, y aceptó de buen grado la proposición que le hizo la tía Yvonne, a instancias mías, de confiarnos a Odette durante aquel tiempo.
Esta, pues, llegó por la tarde, con su camisón y sus cosas de aseo. Para alojarla, sólo estaba disponible mi dormitorio y una habitación pequeña en un pabellón que daba al jardín, pero que estaba aislado del resto de la casa.
Mi tía pensó que a lo mejor le daba miedo permanecer por la noche tan alejada, y ordenó a Adéle que llevara un colchón y una almohada a mi habitación, que era lo suficientemente amplia como para que durmiéramos en ella las dos.

—Así podremos charlar todo lo que queramos —me dijo Odette—, ya que pasaré dos noches en vuestra casa.

Después de cenar, ella subió primero y yo me quedé para ayudar a Adéle a quitar la mesa. Cuando llegué, ella ya estaba acostada y completamente tapada. Mientras me desnudaba, hablamos de tonterías, de la cena, de los deberes que nos habían puesto para las vacaciones y cosas por el estilo. Tal como acostumbraba a hacer en aquellos días tan calurosos, me quité toda la ropa, incluidos calcetines y bragas, para refrescarme echándome un poco de agua por los hombros antes de ponerme el camisón. Apenas eran las ocho y las persianas no estaban echadas. Pasé varias veces por delante de sus narices desnuda, o más bien por debajo, ya que el colchón estaba en el suelo. Ella me preguntó sorprendida:

—¿Te quedas así todas las noches cuando vas a acostarte?

—Sí —respondí con toda tranquilidad—, ¿por qué no? La puerta está cerrada, estoy en mi casa y hace calor. ¿Tú no lo haces nunca en tu habitación?

—No... No me atrevo... Dicen que no se debe hacer...

—No me dirás que te acuestas con la camiseta puesta, ¿verdad?

—No, por supuesto, pero no me quedo totalmente desnuda, como tú. Me pareces muy guapa, ¿sabes, Lucienne? Tienes la belleza de una verdadera mujer...

—¿Cómo lo sabes, si nunca has visto a ninguna mujer completamente desnuda?

Como se sentía un tanto incómoda estando a ras del suelo mientras yo permanecía de pie, se decidió a sentarse en el colchón.

—¡Buena idea! —exclamé—. Si hubieras seguido acostada, habría acabado por pisarte. Ven —añadí, tirando de ella por un brazo—, no seas boba. Vamos a sentarnos en mi cama, estaremos mejor.

Ella obedeció sin rechistar, pero se resistió un poco cuando intenté quitarle el camisón.

—Pero, Odette —dije—, si yo te dejo que me veas desnuda, también tengo derecho a verte a ti. Estoy segura de que eres tan hermosa como yo — añadí, mimosa—, o incluso más.

—Sí, creo que tienes razón —respondió—. Además, contigo me apetece.
Pero no le dirás a nadie que me he quitado el camisón, ¿verdad?

—Pues claro que no —le aseguré, mientras acababa de quitárselo—. Tendría que estar loca para hacerlo. Ahora podemos comparar. Pero, primero, vamos a besarnos.

La estreché entre mis brazos y acerqué mi boca a la suya, esforzándome por separar sus labios para deslizar mí lengua entre ellos, igual que me había hecho un día el doctor Boulay. Ella se resistió un momento, pero luego cedió y me correspondió con el mismo entusiasmo. Estábamos tan pegadas una a otra, que sentía sus pechos y su vientre contra los míos. Mi excitación iba en aumento, pero llevaba el máximo cuidado para no asustarla con algún gesto apresurado. Sin embargo, muy pronto me di cuenta de que no tenía nada que temer en ese sentido. Desde luego, yo era para ella la primera, como por otra parte ella lo era para mí si no contaba a Adéle, y mucho menos a los chicos y los hombres. Jugar con pichas y ofrecer el ojete es totalmente diferente a entregarse con pasión a una chica de tu misma edad, que te devuelve todas la caricias que le haces y que le enseñas a saborear. No obstante, yo contaba con la ventaja de saber mí o menos adonde quería ir a parar y qué deseaba.
En cuanto empezamos a besarnos de nuevo, entrelazando nuestras lenguas, deslicé una mano por su vientre e introduje el dedo medio entre sus muslos apretados hasta alcanzar el clítoris. Ella me dio enseguida todas las facilidades, separando las piernas como si no esperara otra cosa. Ya tenía el coño bastante húmedo, más bien de sudor que de jugo, ya que era virgen, pero el resultado era el mismo: mi dedo iba y venía entre sus «labios», y yo sentía su clítoris cada vez más. Odette me estrechaba contra ella y, en su excitación, me babeaba en la boca y me mordía los labios. De repente gozó, como lo hacen las chiquillas, sin mojar pero tensando todo el cuerpo, y prácticamente se desplomó en mis brazos. No tuve más que empujarla un poco para que se dejara caer en la cama, jadeando.

—¡Oh, querida Lucienne! —gimió al recobrar el aliento—. ¿Por qué me has hecho eso?

—Porque da mucho gusto —respondí, tumbándome junto a ella y besándola suavemente en los labios—. Dímelo, dime que da mucho gusto.

—¡Ah, sí! Es como..., como... No sé... Tienes la sensación de que vas a desvanecerte, pero al mismo tiempo deseas que no se acabe nunca... Lo haremos otra vez, ¿verdad, mi querida Lucienne? —exclamó, ofreciéndome su lengua—. ¡Oh, sí! Hazlo, hazlo, siento que me invade de nuevo —añadió, mientras le acariciaba los pezones, ya bastante consistentes y totalmente erectos.

—No, no, Odette —respondí—, ahora no. Te pondrías enferma. Dentro de un rato o mañana por la mañana, sí, te lo prometo. Además —proseguí—, no eres la única habitante del planeta, cielo. A mí también me gusta...

—¡Oh, perdóname, perdóname Lulu! —gimió—. No había pensado en ti. Sí, ahora te lo haré yo, pero no sabré cómo si no me ayudas. Ni siquiera sé cómo explicarme... Debes de pensar que soy idiota, ¿verdad? Tú ya lo habías hecho con otras chicas, ¿no es cierto? No estoy celosa, pero me doy cuenta de que no soy la primera.

—Sí que lo eres —repliqué—. Sólo he estado con una o dos, pero les hacía esto como podía haberles hecho cualquier otra cosa. En cambio, tú serás mi amiguita de verdad a partir de hoy. La prueba está en que a ellas no las besé como a ti. ¿También te gusta eso?

Sin responder, se abalanzó sobre mi boca, y su lengua comenzó a moverse febrilmente. Al mismo tiempo, para poder arrimarse más a mí, me agarró las nalgas con las dos manos, por lo que nuestros vientres no cesaban de chocar uno contra otro. Era una sensación mil veces más intensa y agradable que la de sentir el vientre de un muchacho golpeando tu trasero para introducir la picha; o, por lo menos, completamente distinta. Yo la imité, pasando una pierna entre las suyas para intentar frotar mi nido contra el suyo, al tiempo que deslizaba una mano por sus nalgas. Muy de vez en cuando, Odette tomaba aliento, pero sus labios volvían a fundirse con los míos de inmediato. Aceptó sin rechistar que le tocara con el dedo medio el ojete, el cual estaba tan mojado de sudor que permitió la entrada y alojó el dedo en su interior sin el menor gesto de rechazo. Una vez dentro, comencé a moverlo y, separando un momento mi boca de la suya, le pregunté:

—Y esto, Dédette, ¿también te gusta?

— ¡Oh! Sí, sí —me susurró al oído—, pero me da vergüenza. Meter un dedo ahí es una cochinada.

Y de nuevo me hizo la misma pregunta:

— ¿Por qué me haces eso?». Y yo le di la misma respuesta: «Porque da mucho gusto. Y lo que da gusto no es ninguna cochinada».

—Además —añadí—, así es como si fuera tu amiguito.

—¿Mi amiguito? —preguntó sorprendida—. ¿Es eso lo que les hacen a las mujeres? ¿En el trasero?

Era más o menos la misma pregunta que yo le había hecho a Adéle hacía seis meses. Una pregunta de ésas que gustan a quien se le hacen, y que lo excitan, pues no hay nada más excitante que enseñar lo que los imbéciles llaman «una guarrada» a alguien que, como vulgarmente se dice, acaba de caer de la higuera; siempre y cuando a ese alguien le guste aprender, por supuesto. Y en este caso resultaba tanto más excitante para mí cuanto que se trataba de la primera clase que impartía, de modo que improvisaba lo que iba a hacerle descubrir a medida que ella descubría la novedad anterior.

—Sí y no —respondí para salir del paso—. Te meten el dedo para ponerte a punto y para que te entren ganas de que te metan el chisme.

—¿El chisme? ¿Quieres decir el grifo del pipí? ¿Pueden metértelo? Hubiera podido burlarme de ella, pero ¿por qué iba a hacerlo? No tenía más que unos meses más que ella, precisamente los que me separaban de la misma infancia ignorante. Respondí, pues, con seriedad, sin sacar mi dedo de donde estaba:

—Sí, pueden porque el grifo del pipí se les pone duro cuando les gusta una chica. ¿Lo sabías?

—Bueno..., en cierto modo..., pero no con exactitud... Entonces, ¿es lo mismo que hacen los caballos? Porque lo de los caballos sí lo sé. Una vez vi a uno en Tichebray que se peleaba con una yegua para meterle el chisme. El de los hombres, ¿cómo es de grande? ¿Más que mi dedo?

—¡Oh, mucho más! —respondí emocionada—. Más que dos dedos juntos —precisé, introduciendo otro junto al primero—. No te hago daño, ¿verdad?

Aparentemente, no, ya que había comenzado a retorcerse y a suspirar de tal modo que me resultaba un tanto difícil mantenerlos en su lugar. Yo mantenía la calma, no porque no tuviera ganas de que me masturbara y me metiera un dedo donde ella tenía los míos, sino porque sabía que disponíamos de buena parte de la noche, e incluso de unas horas durante el día y otra noche para repasar todo el catecismo de las caricias entre mujeres, un catecismo del que no conocía más que las primeras palabras, pero que las de más aventuras y mi imaginación no iban a tardar en revelarme. Entonces surgió la inevitable pregunta: 

—V..., ¿es así como se hacen los niños? 

—¡Oh! No quieras correr tanto —respondí—. Eso es algo más complicado. Odette —dije, apartándome de ella—, ahora vamos a mirarnos. Todavía hay claridad. Date la vuelta para colocarte enfrente de la ventana y abre las piernas. Yo te explicaré lo que veo. ¿Quieres?

—¿Crees que debemos hacerlo? Es lo que el vicario me pregunta siempre cuando me confieso, si he mirado a otras chicas o chicos, y si me miro al espejo. Pero, si tú quieres, yo también. No se lo contaré al confesor. ¿Y tú?


—Bueno —respondí evasiva—, yo creo que los curas no tendrían que preguntarnos esas cosas. ¿Acaso les pregunto yo a ellos lo que hacen por la noche, en su habitación, con su gobernanta?

(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 



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miércoles, 28 de enero de 2015




"Los dioses han hecho dos cosas perfectas: la mujer y la rosa".

Solón.

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martes, 27 de enero de 2015

Buenas noches, amigos y amigas de la mansión. En esta fría velada de invierno os traigo, con objeto de caldear vuestros ateridos corazones, el segundo relato erótico de nuestra amiga Thea Tharyn.
Espero que lo disfrutéis tanto como yo lo he disfrutado, y que las palabras de nuestra ardiente amiga hagan hormiguear vuestras mentes y vuestros cuerpos…
Que lo disfrutéis
Feliz velada en la mansión.

Sayiid

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NUNCA JAMÁS

Iona, agitada, excitada, temblaba exaltada, desde su sueño profundo, no dejaba de dar vueltas en su cama, visualizando, sintiendo, gozando uno de sus siempre repetidos sueños lujuriosos.

Andrew, le acababa de sorprender pidiéndole se abandonara a un juego perverso, tentador, prohibido, morboso, lujurioso, ella estaría sometida a ser Su Esclava Sumisa, él sería Su Dueño, a ella le pareció un juego perversamente tentador, por lo que, no pudo rechazarlo.

Andrew comenzó a cubrirle los ojos con un pañuelo de seda negro, y con otro pañuelo del mismo color le ató las muñecas colocándoselas hacia atrás. Iona, semidesnuda, de rodillas en la cama, no podía moverse, ni tampoco podía ver, pero sí podía sentir cómo Su Dueño le iba rasgando con unas tijeras el fino y transparente vestido rojo, el corset y el tanga negros que iba tirándolos al suelo junto con los zapatos negros de tacón de aguja.

Andrew sujetó fuerte su nuca tirándole del pelo, comenzándoselo a acariciar con sus húmedos labios, lamiendo su cuello, chupando su piel por toda la geografía de su espalda, marcando con su lengua untada en nata: -Soy tu Dueño-, susurrándole al oído palabras obscenas: -Eres Mi Sumisa y te voy a follar toda-. Con sus manos estrujaba sus grandes y turgentes pechos, pellizcando y retorciendo con sus dedos los erectos pezones, llevándoselos a su boca mordisqueándoselos con furia, mientras que ella jadeaba de placer como una gata en celo, estaba siendo poseída, dominada, endemoniada por su Dueño, quién no dejaba de abusar de ella, de tocarle, de lamerle, de estrujarle, de pervertirle, de tentarle, de beberle cada rincón de su cuerpo, mientras ella, no podía hacer nada porque estaba atada y con los ojos tapados, aunque no dejaba de gemir con agudos chillidos, y su corazón se aceleraba cada vez más, y más, y más excitada estaba, con este juego perverso, tentador y morboso que la estaba llevando a la agonía y delirio más intenso que jamás hubiese imaginado.

Iona, arrodillada a cuatro patas, chorreando su coño como una gata en celo, abierta de piernas, deseosa de ser penetrada por Su Dueño, le pedía a gritos: -¡fóllame, Mi Dueño! ¡soy tu Esclava Sumisa! ¡viólame de dolor y placer! ¡no te detengas! ¡estoy en tus manos!-

Andrew, al escuchar las obscenas y lujuriosas palabras de Su Sumisa, exclamó: -¡eres mi esclava! te quiero toda para mí, voy a follarte como te mereces para que me sientas dentro de ti, quiero que sufras la agonía del inmenso dolor y placer-, y comenzó a acariciarle el clítoris con sus labios, a introducirle por su vagina su lengua bailando entre su coño, retorciéndoselo de placer, llenando su boca del jugo que escurría por todo su sexo. 

Andrew, lujuriosamente excitado por Su Sumisa, exclamó: -Ahora vas a saber lo que es bueno, Mi Putita Zorra, te voy a follar desde el mango de tu coño hasta lo más profundo de tu boca, con esta dura y grande polla que tiene Tu Dueño para atraversártela por todo tu cuerpo y vas a llorar de inmenso placer-.

Andrew, se fue desabrochando la cremallera del pantalón, que ya no le cabía su polla de lo excitado que estaba, para follar profundamente el coño de Su Sumisa, pero...

¡¡Rinnnggggggggggggg!!!! suena el despertador, excitada y desbordada de humedad como estaba Iona , se despertó, exclamando: -¡maldito despertador!-, encendió la luz de la lámpara de la mesilla, y aún con los ojos semicerrados, pudo ver que se había hecho tarde, exclamando: -¡ya es hora de levantarme!-. 

En su interior sintió cómo la rabia se apoderó de su cuerpo, por haberse quedado colgada en la mitad de su excitante y tentador sueño del cual no supo cómo terminaría, y del que por su parte, no hubiera querido despertar nunca jamás.
Thea Tharyn


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lunes, 26 de enero de 2015




Más tarde, en el prostíbulo, me enteré por las chicas de que a esa postura, la de colocarse con las piernas encogidas sobre los pechos (lo cual no queda demasiado elegante), se le llama de «la rana», y a la otra, la de estirarlas para apoyarlas en la espalda del hombre (que resulta más bonita), «del cisne». Si el cliente deseaba ensartarte al estilo normando, había que ponerse un cojín bajo el culo para estar segura de que no se equivocaría de camino; o, aún mejor, para darle la oportunidad de que eligiera entre los dos.
Ciertamente, Max y yo habíamos adquirido muchos conocimientos desde aquel domingo, hacía cuatro meses, en que nos encontramos uno contra otro a la salida del baño. Yo ya no era una principiante, pero de ahí a descubrir totalmente sola una forma de hacer el amor que la mayoría de mujeres continúan ignorando al abandonar este sucio mundo, había un gran trecho... Sin embargo, la naturaleza es sabia; más que los libros.
Por desgracia, el solaz que acababa de ofrecerme, y sobre todo aquel nuevo modo de hacer que me ensartaran, hicieron que me subiera de nuevo la fiebre del culo. El resfriado volvió a atacarme, y esta vez con más fuerza aún. Salí del dormitorio de Max acalorada, con el vestido arrugado y los muslos impregnados de jugo, y me dirigí al mío para lavarme mientras él regresaba al jardín. Una vez allí, me tendí en la cama con las piernas en alto, e imaginé que Lucas o cualquier otro hombre entraba en silencio, se desabrochaba con una mano y se aproximaba a mí, empalmado, para metérmela sin pronunciar una sola palabra; y, en esta ocasión, me la metía donde yo comenzaba a desearlo, como a una mujer, y no como a una chiquilla.
Evidentemente, por suerte no vino nadie, ya que de hacerlo habría sido más bien mi tío o mi tía, en lugar de Lucas, y yo me hubiera sentido fatal. Pero ensoñaciones similares son el pan nuestro de cada día de las señoritas, y, mediante ellas, éstas acaban indefectiblemente por constatar que:

Mi madre tenía razón, ahora lo veo, nuestra felicidad reside en nuestros dedos.

Los míos ya estaban recorriendo la hendidura en busca del clítoris. Dedicándome a estas prácticas durante mis primeras semanas en Nogent, había descubierto que éste se hinchaba y se endurecía al frotarlo, y ahora conseguía gozar con bastante facilidad. Aquel día se me ocurrió utilizar las dos manos: una para el clítoris, y el dedo medio de la otra para la hendidura, donde lo introduje con suavidad. La abertura era muy sensible, pero no resultó doloroso, de manera que imprimí más rapidez al movimiento y metí todo el dedo, imaginando que era una minúscula minina. Resultaba sumamente agradable, pues en mi maniobra recogía los restos del jugo de Max que todavía fluían de mi culo. Del dedo a la vela, todas las mujeres lo saben, no hay más que un paso. Yo jamás había oído hablar de esa forma de iluminarse el vientre; pero, cuando una muchacha no puede apartar de su mente la imagen de una polla en erección, comienza a buscar a su alrededor algún objeto que se le parezca y que tal vez pueda sustituirla. Y una vela es algo que se encuentra en todas las mesillas de noche. Supongo que nuestras tatarabuelas ya conocían el truco, y que los cirios que compraban no debían de servir tan sólo para sus oraciones. Hice, pues, lo mismo que tantas otras, con una satisfacción pasable. A base de dedos y de vela, logré proporcionarme un pequeño goce. Era mejor eso que nada, así que a partir de entonces lo practiqué con regularidad, para distraerme mientras esperaba a mi Príncipe Azul.

(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 



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sábado, 24 de enero de 2015




A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.
Óscar Wilde


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viernes, 23 de enero de 2015




En esta época del año,
que me ocurra es normal,
¡¡ si a a todos nos pasa igual…!!
¡¡ Me he pillado un buen “gripón”!!

¿Y qué es un gripón?
¿Es una moto averiada?
¿Es un grupo en desbandada?
¿Un tapón de quita y pon?

Pues no, señores y señoras…
un gripón es…,
y disculpen la expresión,
una  gripe descontrolada.
una gripe desaforada,
una gripe del Santo Copón.

¿ Y cómo se cura gripe tan malvada,
que me deja anestesiada,
la libido y la razón?

Pues dicen que sudando en la cama,
y tomando antigripales,
que si bien, no te curan los males,
te ayudan a sentirte mejor.

Y digo yo…:
que si de sudar en la cama se trata…
¿No sería mejor, idea insensata,
meterme en la cama y sobre el colchón,
con mi esclava y un condón,
a sudar hasta convertir en sauna
mi pobre, fría y santa  habitación?

Pues seguro que con ella
sudo yo más que un gorrino,
y según y cómo y con qué tino,
de vaho llenaría yo la habitación.

Y es que nada más cercano,
más amigable y natural,
que usar el calor humano
como remedio fiel y ancestral.

Y teniéndola a ella a mano,
como voy a comparar,
su delicioso cuerpo de escándalo,
con cualquier antigripal…

Que me digan lo que quieran,
a mí no me sacan de aquí,
y si me muero por la gripe…,
al menos moriré feliz.

Venga acá mi fiel esclava,
venga ella a darme calor,
y que no se preocupe la chiquilla,
que si acaso la contagio…
un remedio me se yo…

Y así, entre contagio y contagio,
no saldremos de la habitación,
hasta Enero del año que viene,
para coger otra nueva infección.

Y como complemento,
no necesito ninguna inyección,
ni analgésicos ni antigripales,
tan sólo, como animación,
un traje de enfermera…
pero cinco  tallas menor…

A curarse de la gripe,
amig@s de la mansión.
Yo creo que seguiré enfermo
un mesecito más… o dos….
(por lo menos…)

(El Satiricón)


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jueves, 22 de enero de 2015




"Bares en los que la calma y la cerveza salvan
 nuestra vida, y mi cabeza soñando estar 
bajo tu ropa."

(Ismael Serrano)


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miércoles, 21 de enero de 2015




Las vacaciones llegaron, y con ellas pequeñas novedades en la marcha de mi existencia. La más notable para mí fue el cambio de vestuario, que se llevó a cabo en Chartres bajo la supervisión de la tía Yvonne, con una generosidad que no esperaba de ella. Me compró un conjunto de falda y chaqueta de dril, muy fomal, para el colegio y los domingos, y un vestido de crespón estampado con la falda rematada por tres volantes de encaje para casa y los paseos; además, unos botines adecuados para el primero y un sombrero ribeteado. En resumen, que ya iba vestida como una verdadera joven, o al menos como una chiquilla mayor. La señora Crapart, además de la ilusión que le hacía vestir a una chica (había tenido una hija, pero murió a los siete u ocho años de edad), tenía interés en que su sobrina de París no la dejara en mal lugar.

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Mientras tanto, yo pasaba la mayor parte del tiempo en el jardín o las caballerizas, ayudando a Lucas tal como el tío le había pedido, porque aquel no daba abasto en verano para hacer todo lo necesario; ellos aprovechaban la circunstancia para hablar largo y tendido. Lucas estaba encantado de tener un oído atento a sus recuerdos de regimiento y, a medida que mi hermano y él iban haciéndose más íntimos, a los de las nodrizas y muchachas a las que, de creer en sus palabras, se había tirado durante años sin que le flaqueara la picha. Pero ¿por qué Max no iba a creerle? Lucas era bastante buen mozo como para haber seducido a todas las hijas y mujeres de soldados que conocía. Quizá no estaba muy apetecible con sus andrajos de jardinero, empujando sudoroso la carretilla o el arado, pero debía de tener buena pinta con el uniforme de paseo de coracero; guerrera azul, cuello y paramentos rojos, charretera» escarlata, casco con crin negra, bolas relucientes...
Yo había visto coraceros en los desfiles que papá nos llevaba a veces a ver; y en ocasiones también era testigo, con Max, de los recuerdos de Lucas, al menos de los que a él le parecía conveniente contar delante de mí, de modo que conocía el uniforme al dedillo. En cuanto al resto, mi hermano me relataba fragmentos para encontrar a su vez un oído complaciente.

—¿Sabes, Lulu? —me dijo un día—. Lucas me ha contado que en Rambouillet, en cuanto ahorraba cuatro o cinco francos y le daban permiso para salir, se iba con sus compañeros a pasar un rato al lupanar. Y que también iba a París, donde era un poco más caro, pero mejor.

—¿Lupanar? ¿Qué es eso? —pregunté—. ¿Un café cantante?


Conocía los cafés cantante de oídas. Mis padres iban a veces antes de que mamá cayera enferma, y les había oído hablar de ello.

—¡Qué va, tonta, qué va! —respondió Max, condescendiente—. Es una casa... ¡Pues eso, una casa! —añadió, súbitamente embarazado.

—¿Una casa cómo? ¡Vamos, cuenta!

—Bien, pues es una casa donde hay mujeres en camisón que te llevan a su habitación, y tú puedes hacer con ellas lo que quieras.

—¿Lo que quieras? ¿Lo que hacíamos juntos en París?

—Es posible, pero no creo. Más bien lo que yo hice con Adéle.

«Lo que él hizo con Adéle —pensé—, es lo mismo que hice yo con el joven del carruaje. Pero aquello estaba decidida a no contárselo nunca a nadie, ni siquiera a Max. Así pues, continué informándome. Nunca se sabe bastante.

—¿Y hacen eso con cualquier hombre? —pregunté—. ¿Incluso varias veces al día? ¿Y dices que hay que pagarles?

No estaba seguro, pero por lo que había entendido la misma mujer salía de la habitación con un hombre, Lucas por ejemplo, y volvía a entrar de inmediato con otro, un compañero de Lucas. Y si Lucas quería a una mujer que no estaba en el salón, le daba cuarenta céntimos a la patrona y esperaba a que viniera para irse con ella.

—¿Cuarenta céntimos? —pregunté con interés—, ¿Dos francos?

—Sí, ése es el precio en París. Allí había un sitio donde sólo valía veinte, pero Lucas no fue nunca. Dice que las mujeres eran unos vejestorios para un joven como él. Y unos adefesios...

—Pero ¿por qué necesitaba cuatro o cinco francos si, según dices, sólo hacían falta cuarenta céntimos para..., para..., en fin, para ir con una mujer?

—Pues porque los dos francos hay que dárselos a la patrona del lupanar, y por esa cantidad sólo se tiene derecho a una vez. Pero, como Lucas no tiene bastante con una, le da discretamente otros cuarenta céntimos a la mujer y puede hacerlo todas las veces que quiera. Dice que prefiere no ir tan a menudo, pero llevar suficiente dinero.

Sin que mi hermano se enterara, yo reflexionaba sobre el tema del dinero. Los cincuenta céntimos del señor Lebon, ¿eran mucho teniendo en cuenta que se podía poseer a una mujer de verdad por menos de la mitad? ¿O eran poco, precisamente porque yo era una chiquilla casta y pura, en lugar de un vejestorio? Por otra parte, a medida que Max me contaba los devaneos del jardinero, me daba cuenta de que había visto cientos de lupanares por fuera sin enterarme. Ya no escuchaba a Max, sino que contaba mentalmente las casas de nuestro barrio que podían serlo. Por lo menos había tres que siempre tenían las persianas echadas y en cuya puerta había una especie de farolillo.

—Max —dije—, ¿hay aquí algún lupanar, puesto que es así como al parecer hay que llamarlos? ¿Lucas lo frecuenta?

Según Max, había uno en una callejuela que salía de la estación, y se las arregló para pasar un día por delante y contármelo. En cuanto a si Lucas lo frecuentaba, no sabía nada.

—Me extrañaría —añadió—. Ahora que Adéle está aquí, debe de apañárselas con ella.

—Y tú, pobre hermanito mío —pregunté riendo—, ¿qué queda ahora para ti? Ya no tienes ni a Lydie, ni a Adéle...

—Sí —replicó—, Adéle ha sido mía dos veces aquí. Lo hace con Lucas casi todos los días, pero eso no le impidió venir hace dos semanas una noche a mi habitación, con la excusa de preguntarme si tenía ropa para lavar. Yo iba en camisa de dormir, y me la arremangué para mostrarle que estaba empalmado. Entonces, ella se apresuró a sentarse al borde de la cama, con las piernas abiertas, y me dijo que fuera porque tenía ganas de hacerlo y aquello le sentaba muy bien. ¿Crees que necesitó repetírmelo, vieja...?

—¿Y te acostaste encima de ella, cerdo? —pregunté, súbitamente excitada por su aventura.

Max también había ido calentándose mientras me hablaba de las mujeres en camisón que Lucas se tiraba, y de lo que él había hecho con Adéle. Nos encontrábamos precisamente en su minúscula habitación contigua al desván. Desde que habían acabado las clases, casi todos los días nos reuníamos allí o en mi dormitorio después de desayunar, una vez que la mesa quedaba recogida y antes de que él tuviera que ir al jardín. Dado que yo me había jurado no volver a hacer nada con él ahora que había estado con otros hombres, y que él tampoco me lo pedía, cualquiera que hubiera entrado no habría podido encontrar nada reprobable en nuestra conducta.
Y, a fin de cuentas, éramos hermanos.
Por desgracia, aquel día ambos nos encontrábamos bajo presión, a causa de las historias de Lucas y también porque, desde que dejáramos París, hacía casi dos meses, Max sólo había podido satisfacerse un par de veces, y yo ni una. Para acabarlo de arreglar, en la habitación hacía el calor suficiente para excitar nuestros apetitos.;. Yo llevaba el vestido de crespón, sin bragas, y él unos pantalones de loneta con tirantes.
Mientras me contaba la visita de Adéle a su habitación, se había sacado casi maquinalmente la picha, ya empalmada, y yo deslicé la mano bajo el vestido para acariciarme.

—No —dijo para responder a mi pregunta, al tiempo que se manoseaba la picha—, fue ella quien se acostó. Yo permanecí de pie. Vamos, Lulu, sé buena chica y deja que te lo demuestre.

—¿Demostrarme qué?

—Cómo lo hice con Adéle.

—Lo haré encantada por complacerte —respondí muy tranquila—. Pero sólo una simulación. Si tienes tantas ganas, basta con que vayas a buscarla —añadí con malicia.

Tras estas palabras, me instalé en la cama. Era estrecha y dura, y recordé el asiento del carruaje mientras me arremangaba el vestido y me sentaba lo más al borde que podía, con las piernas muy abiertas, tal como aquel sinvergüenza me había obligado a hacer.

—¿Cómo sabes que se puso así? —preguntó Max, sorprendido—. ¿Lo has hecho con otro?

—No, no —protesté, sintiendo que enrojecía hasta la raíz del pelo—, pero no es difícil de imaginar teniendo en cuenta que tú te quedaste de pie. Bueno, ¿es esto todo cuanto querías ver? —añadí, deseando en mi interior que no se conformara, porque no podía resistir más ante la idea de ser penetrada por aquel apetecible chisme.
Como tantas mujeres, soy capaz de mantenerme virtuosa mientras todo quede en palabras, pero incapaz en cuanto tengo ante los ojos y las manos un rabo bien tieso. Para provocarlo, le pregunté:

— Entonces, ¿Dédéle te enseñaba su cosa... igual que yo? ¿Sigue teniéndola igual de grande y de roja?

—Igual de rojo —me corrigió—. El coño. A ella le gusta que lo llame así; dice que eso le excita. Sí, es como tú dices, pero tiene tanto pelo alrededor que debo acercarme mucho para verlo bien. Por cierto, hermanita, el tuyo lo veo bastante cambiado. Es más grande y más rosado, y tú también empiezas a tener vello.

Salí del paso explicándole que estaba convirtiéndome en una mujer, y que aquello era tan normal como crecer.
Pero aquel parloteo me aburría. Así pues, me decidí a avanzar un poco y a cogerle la minina.

—La tuya también se diría que es más robusta —constaté—. ¿Te lo ha dicho Dédéle?

—Si. Y al parecer aún crecerá más, sobre todo si jodo con frecuencia. Al menos hasta que me toque hacer el servicio. Según ella, entonces estaré tan bien provisto como Lucas. Así que, cuando...

—Un momento, Max —interrumpí sin miramientos—, ya me contarás eso más tarde, porque si queremos hacer algo tiene que ser ahora, mientras estemos seguros de que no subirá nadie. ¡Vamos, ven!

—¿Por delante, igual que con Adéle?

—¡Ah, no! No podrías. Además, serías el primero —añadí sin vacilar—, y no quiero. No, por detrás, como de costumbre.

—Entonces, es preciso que te des la vuelta.

—No, no, quiero hacerlo así. Llegarás bien, ya lo verás. Espera —dije, saltando de la cama—, voy a enjabonarme el ojete, eso nos traerá recuerdos.

Me dirigí con rapidez al palanganero, e hice lo necesario con una pastilla de jabón húmeda que había allí; luego, me coloqué de nuevo como antes, loca de impaciencia. Él se acercó a la cama y empujó su chisme entre mis muslos, pero la cosa no funcionaba. Se deslizaba hacia la hendidura, que quedaba justo a su altura, y estuvo a punto de entrar ahí.

 —¡No, no! — exclamé—. ¡Es más abajo!

Max continuó intentándolo pacientemente, pero lo único que conseguía era restregar la polla contra el cubrecama sin encontrar la entrada correcta. Por fortuna, en parte por instinto y en parte recordando la aventura del carruaje, de pronto se me ocurrió el modo de facilitarle la tarea. Encogí las piernas sobre el pecho, sosteniéndolas por las rodillas, y le pregunté:

—¿Lo ves ahora, hermanito? ¿Podrás?

—No del todo, aún queda demasiado abajo —le oí responder.

—Pues desliza las manos bajo mi culo y levántame.

Él lo hizo, y enseguida sentí que empujaba en el agujero adecuado. Le cogí la polla con una mano para situarla correctamente, y ésta entró bastante al primer empujón. No cabía en mí de contento al sentirme de nuevo atravesada por un buen nabo duro y caliente. Para relajarme, estiré las piernas y las apoyé sobre sus hombros. Lo único que veía era la cabeza de Max y los dedos de mis pies, ya que me había recostado por completo. Cerré los ojos. Una vez metidos en faena, nos lo tomamos con calma. El la metía y la sacaba con suavidad, entrando un poco más a cada movimiento; y, como no la tenía ni demasiado gorda ni demasiado larga, se deslizaba a las mil maravillas. Resultaba tan agradable que comencé a suspirar cada vez más profundamente, y luego a contraerme, oprimiendo su picha.

 —¡Ah, Lulu! Pequeña guarra —susurraba—, te gusta la picha de tu hermanito, ¿eh? ¡Oh! ¡Cómo aprietas el culo! Igual que Adéle, pero con más fuerza... ¡Oh, oh! Vas a hacer que me corra, Lulu... Sí... Sí...

(Continuará…) 
Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 

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martes, 20 de enero de 2015




"En todo momento de mi vida hay una mujer que me lleva de la mano en las tinieblas de una realidad que las mujeres conocen mejor que los hombres y en las cuales se orientan mejor con menos luces".

Gabriel García Márquez.


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lunes, 19 de enero de 2015





Estaba llegando al final de la calle, y dudaba entre regresar a casa o continuar paseando para poner mis ideas en orden, cuando nuestro carruaje se detuvo a mi altura.

—¡Eh, pequeña! —gritó desde su asiento el cochero, un tipo bajo y delgado con pinta de granuja—. ¡Te has dejado un paquete en mi vehículo!

¡Dios mío! ¡Los barquillos! ¡Y aquel maldito cochero hablándome a voz en grito en plena calle, a cien metros de mi casa, en un barrio donde todo el mundo me conocía! Hubiera debido conservar la sangre fría y contestarle que se equivocaba, por supuesto... En cambio, me quedé clavada en el sitio sin saber qué hacer.

—Sube a cogerlo —me dijo—, te dejaré en la plaza.

Los barquillos de la señora Buisson estaban allí, en el asiento, pero el maldito carruaje se puso en marcha con un chasquido de látigo en cuanto hube subido y, ¡pies para qué os quiero!, descendió en línea recta por la calle Saint— Georges. Antes de que consiguiera salir de mi asombro, el vehículo estaba en la calle Lafayette, y la abandonó de inmediato para internarse por un laberinto de calles que yo apenas conocía, en las inmediaciones del barrio de Montmartre. «Bien —me dije, un tanto inquieta a mi pesar—, está perdiendo el tiempo conmigo. En cuanto se detenga, saltaré del coche.»
Se detuvo, en efecto, pero en una cochera que sin duda conocía bien. Abrí la portezuela, y me disponía a bajar cuando el cochero se plantó delante de mí, muy sonriente.

¡No está bien largarse así, señorita! —dijo muy amable, al tiempo que me empujaba hacia adentro—. No sin antes haber pegado la hebra tú y yo, pollita.

—¿Pegar la hebra? ¡Es usted un atrevido! —exclamé—. He recuperado mi paquete y quiero irme a casa.

—No digo yo que no, pollita, no digo yo que no. Iremos... Pero, si no te portas bien, daremos un pequeño rodeo por la calle Drouot y le contaré al comisario que estabas ejerciendo en mi coche. ¿Es eso lo que quieres?

 Me quedé horrorizada. Es evidente que, ni siquiera a los quince años, se vive en un barrio como el nuestro sin enterarse de lo que pasa. Y estaba claro que yo me había montado en su coche con un viejo verde que no era la primera vez que hacía una excursión similar. «¡Cochero, en marcha y sin prisas!», con las cortinillas corridas, los ruidos, y luego la dama que desciende furtivamente, con la ropa arrugada y el pelo revuelto... Ese es el pan nuestro de cada día en todos los carruajes; y no reporta más que beneficios al cochero. Pero lo del comisario no era para tomárselo a broma. Estaba tan conmocionada que me hice pipí en las bragas, bastante maltratadas ya por el asunto con el señor Lebon. ¡Ay! Sus dos francos y medio estaban a punto de costarme muy caros...
Por fortuna, no tengo un carácter propenso a caer fácilmente en la desesperación. Ya que ese sinvergüenza—no había otra palabra mejor para calificarlo— quería pegar la hebra conmigo antes de dejarme marchar, la pegaría aunque ello me llevara más lejos de lo previsto. Después de todo, me libraría de él de un modo u otro en cuanto el golfante obtuviera placer, y llegaría a casa a una hora prudencial. En el punto al que había llegado de mis aventuras, una más no constituiría demasiada diferencia. Además, como ya he dicho, me había convertido en una viciosa, y a medida que me sentía menos paralizada por el miedo a caer entre las garras del comisario, consideraba al granuja con más indulgencia e incluso con cierto interés.

Está bien —dije, fingiendo resignación—, usted gana. Pero luego no se queje si a mí también se me ocurre pasar por la comisaría para denunciarle.

—¡Bah! Tú llevas las de perder en este asunto —respondió burlón— Yo saldría del paso con una bronca del comisario, y en cambio tú acabarías en Saint—Lazare.

Ante aquella alusión todavía misteriosa para mí, y en consecuencia mucho más temible, decidí no seguir provocándolo

—. ¡Vamos, no te hagas la sueca! Acabas de tirarte a un viejo, y ahora vas a obsequiarte con un joven. ¡Así es la vida, pequeña! Y quedarás mejor servida conmigo que con él, si es eso lo que buscas. ¡No te muevas! Voy a atar al caballo y vuelvo enseguida.

Aproveché su ausencia para quitarme rápidamente las bragas. Se me adherían a las nalgas y, además, así ganaría tiempo. El hombre regresó al cabo de un momento, corrió las cortinillas, hizo que me sentara y se desabrochó con toda tranquilidad. En la oscuridad, no podía apreciar a qué miembro de los que yo conocía se parecía el suyo, pero él me tomó la mano y la condujo hasta el lugar en cuestión, soltando una carcajada.

—¿Qué te parece? No tiene nada que ver con la de tu viejo, ¿eh? Toca, toca, ¡si esto no es sólido!

Lo era. La tenía apenas más grande que la de mi hermano o la de Vincent, pero era más larga, puntiaguda en el extremo, y dura como un portaplumas. Al tocarla, sentí una especie de descarga eléctrica ante la idea de que se me presentaba una última oportunidad de que me ensartaran antes de dejar París durante una larga temporada. Empezaba a preguntarme cómo nos las arreglaríamos en un espacio tan reducido, a pesar de que él no era mucho más alto que yo, y más o menos igual de delgado. No me dejó reflexionar demasiado tiempo.

—¡Ah! ¡La señorita Remilgos ya se ha quitado las bragas! —exclamó, mientras su mano recorría mis muslos—. Por lo que veo, el culito está que arde. Me estás poniendo calentorro, ¿sabes? No vamos a andarnos con tonterías tú y yo, ¿verdad, pollita?

—No, señor —balbuceé—, pero no me haga daño, por favor. Y deje que me quite el vestido para no ensuciarlo más —añadí.

En cuanto me lo hube quitado, me asió bruscamente por debajo de las rodillas y me levantó las piernas, separándolas, hasta que pude apoyar los pies en el asiento. Luego, avanzó de golpe y sentí que la punta de su armatoste se abría paso con brutalidad en mi hendidura.

 —¡No! ¡Ahí no! ¡Detrás, detrás, en el ojete! —grité aterrorizada.

Como si oyera llover... Mis gritos y súplicas le dejaban indiferente. Respiró a fondo, empujó de nuevo y me forzó al mismo tiempo que se corría, lo cual facilitó la entrada de la mitad de su portaplumas sin apenas hacerme daño, una vez rota la barrera. Sin lugar a dudas, en mi caso, como en el de todas las jovencitas viciosas, el paso estaba medio abierto a consecuencia de mis ejercicios solitarios. Y, por suerte, no se alargó demasiado al final de la carrera: una decena de empujones y vaivenes más bien agradables, que me calmaron. Si él hubiera podido continuar y yo hubiese estado en una postura más cómoda, probablemente habría gozado, aun cuando es poco frecuente en una desfloración.
Porque, eso era lo esencial, había sido desflorada con todas las de la ley, o con algunas, y sin apenas haber sufrido. Había manchado el asiento de sangre, aunque poco, y sentía deslizarse por mis nalgas una mezcla viscosa no demasiado agradable. Pero ¡basta ya! No se puede hacer una tortilla sin huevos.
El sinvergüenza no se esperaba aquello, y se sentía aún más molesto que yo.

—¡Vaya, vaya! ¡Así que eras virgen! —repetía en tono lastimero—. No te he hecho mucho daño, ¿verdad? Te juro que de haberlo sabido—

Pero ya no había arreglo posible. El pájaro había volado y, mientras me secaba los ojos, pensé que, en el fondo, era preferible así.
El hombre fue a buscar al portaequipajes un enorme pañuelo más o menos limpio, lo mojó en el cubo de agua del caballo, y me limpió con bastante amabilidad los muslos y el sexo. Me puse de nuevo las bragas, tras comprobar que la sangre había cesado de manar, cogí el maldito paquete de barquillos, y me dispuse a volver al redil a pie, pues no era cuestión de que me llevara en aquel carruaje portador de desgracia. Estuve tentada de contarle la aventura a Adéle, pero la familia tenía ya suficientes motivos para estar de mal humor como para disuadirme de añadir uno más. En cuanto a la posibilidad de haberme quedado embarazada, en aquella época lo ignoraba todo acerca del asunto, y, por otra parte, aún no había tenido mi primera regla (la tuve quince días después, en Nogent—le—Rotrou, quizás a resultas del incidente). Por consiguiente, me senté a la mesa para cenar en familia y me contenté con relatar ampliamente todo cuanto había podido oír durante mi recorrido de despedida. Y así fue, sin redoble de tambores ni toque de trompetas, como me convertí en una mujer.

(Continuará…) 
Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 

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