Prologo de El Libertino

jueves, 26 de febrero de 2015




Odette durmió como un lirón, y fue Adéle la encargada de hacer que se levantara, lavara y vistiera. Durante la comida, todo fue sobre ruedas. Mi tío estuvo particularmente alegre; parecía rejuvenecido por la presencia de las dos despampanantes muchachas que tenía frente a él. Max, por una vez, se presentó limpio y se mostró amable. La tía Yvonne, por su parte, daba la impresión de estar un tanto ausente, tal vez porque no podía evitar que le recordáramos que, si viviera, su hija tendría nuestra edad.
Una vez finalizada la comida, en la que, excepcionalmente, se nos permitió añadir un poco de vino al agua, nos animaron a dar un paseo los tres por el parque. Le daban este nombre a un amplio terreno amurallado, más parecido a un bosquecillo que a un parque, que el tío poseía desde hacía unos años a la salida del pueblo, en la carretera de Illiers, a diez minutos del despacho, y donde tenía previsto construir más adelante una residencia para la familia. Se accedía a través de una puertecilla, cuya llave nos entregó, tras lo cual nos pusimos en camino.
Cuando llegamos al lugar, y tras cerrar la puerta tal como mi tío nos había aconsejado, Odette quiso hacer un ramo de margaritas y flores de aciano, que se encontraban por doquier; yo, recoger fresas silvestres; y Max, cortar varitas de una rama de avellano. Al cabo de un rato, Odette y yo nos cansamos —sobre todo yo— y decidimos esperar a mi hermano tumbadas a la sombra, sobre una auténtica alfombra de césped.

—Tu hermano es muy simpático —dijo Odette, al tiempo que se desperezaba.

—No siempre —respondí— Lo que sí es cierto es que gusta a todas las chicas que lo conocen. Incluso le gustaba —añadí pérfidamente— a mi mejor amiga de París, Lydie Pasquier, con la que me parece... ¡Oh! Pero no quiero aburrirte con esas historias... Además, si llegara a enterarse, me echaría una bronca.

—Yo no le diré nada, Lucette —exclamó—. Por favor, dime qué es lo que te parece...

—¿Me lo juras? ¿De verdad? ¿Me das tu palabra? Bueno, pues me parece que han hecho cosas juntos.

—¿Cosas? —preguntó con curiosidad—. ¿Quieres decir como las que hicimos nosotras anoche?

—Sí, pero del estilo de las que un chico puede hacer con una chica. ¿Y sabes qué? —añadí con prudencia—. Una vez le vi el chisme a mi hermano cuando lo tenía tieso.

Hablando del rey de Roma... Max llegó en aquel instante con sus varitas de castaño en la mano. Al tumbarse, a Odette se le había subido el fino vestido hasta un poco más arriba de las rodillas, y Max contemplaba el espectáculo, para ser sinceros bastante inocente, ya que mi amiga llevaba unas enaguas de batista y, por supuesto, bragas.

—¿De qué hablabais? —preguntó, sentándose frente a nosotras, sobre un gran tocón.

—De tonterías —respondí—. Le contaba a Odette que tenías mucho éxito con las chicas, sobre todo con mi amiga Lydie, y que incluso...

—¿Incluso qué? —preguntó Max, al tiempo que Odette suplicaba:

—¡No, Lulu, no se lo digas!

—¿Incluso qué y no le digas qué? —repitió mi hermano, obstinado y un tanto socarrón.

—Bueno, después de todo, ¿por qué no iba a decírtelo? Que incluso habías hecho cosas con ella y que un día me enseñaste el chisme, la picha, completamente tiesa, igual que cuando te diviertes con Lydie.

—Ya puedes decir que está tiesa, ya —declaró Max, pavoneándose como un gallo—. Y no ha sido sólo con Lydie con quien me he divertido...

 El pánico me invadió. ¿Y si aquel imbécil se disponía a contarle nuestros escarceos a Odette? Por fortuna, Max no tenía un pelo de tonto para esas cosas. Por otra parte, Odette no se dio cuenta de la alusión. Se contentaba con escuchar.

—¿Tu amiga ha visto ya alguna picha? —me preguntó directamente mi hermano—. ¿Alguna bien tiesa?

—No lo sé —respondí, prestándome al juego—. Pregúntaselo tú mismo.

 —No, nunca —contestó Odette enérgicamente, sin esperar a que Max le hiciera la pregunta—. Pero le he visto el..., el..., el coño a tu hermana, y ella me lo ha visto a mí. ¿Verdad, Lulu? ¿A que eso no te lo esperabas? — añadió, imitando el acento parisiense de mi hermano.

Yo me daba perfecta cuenta de adonde querían ir a parar presumiendo de lo que habían visto, y me divertía sin apresurarme a intervenir. Odette se había sentado, y los ojos le brillaban; por otra parte, estaba segura de que la picha de mi hermano pugnaba por salir del pantalón. Así pues, me decidí a decir:

—Bueno, yo os he visto a los dos, y vosotros también a mí. Para estar en igualdad de condiciones, Odette tendría que enseñarle el coño a Max, y Max enseñarle la picha a ella. ¿Estáis de acuerdo?

Él afirmó enérgicamente con la cabeza y se dispuso a desabrocharse, pero Odette se tapó los ojos con las manos y protestó:

—No, Lucette, no. Yo quiero ver su cosa, su... picha, y tocarla, pero no quiero enseñarle lo que tú dices.

—Vamos, Dédette —dije, estrechándola entre mis brazos—, si yo estoy delante. Si quieres mirar, también tendrás que enseñar, ¿no te parece? Bien, ¿estás de acuerdo ahora? —Ella asintió en silencio y apartó las manos de la cara. Yo proseguí—: Elegirás tú. ¿Qué prefieres? ¿Ver primero y enseñar después, o al contrario?

—Primero enseñar —dijo en voz baja—. Tú me quitas las bragas y yo cierro los ojos. Luego, él.

Odette se tumbó y cerró los ojos. Yo le quité con suavidad las delicadas bragas de encaje, con un corte a cada lado, le arremangué el vestido y las enaguas, y le hice una seña a Max para que se acercara en silencio. Él permaneció un rato mirando, de rodillas para apreciarlo mejor, y al levantarse se desabrochó la bragueta y liberó la preciosa picha que yo ya conocía y que apuntaba con furia hacia el cielo. Tiré de los brazos de Odette para que se incorporara, y le dije:

—Ya está, Dédette, ya lo ha visto. Ahora te toca a ti. Abre los ojos. Y no te los tapes con las manos, por favor. Ver jamás ha perjudicado a nadie — añadí.

Ella obedeció, observó el objeto durante un buen rato y exclamó:

—¡Qué grande! ¡Oh! ¡Qué grande! ¿Puedo... tocarlo?

—Por supuesto —respondimos los dos a un tiempo.

—No muerde —añadió Max gesticulando.

Odette alargó el brazo, se arrodilló y se decidió a tocarla, al principio con timidez, luego con resolución.

—¡Qué grande es! —repitió—. ¡Y dura! ¡Parece de hierro! ¿Para qué sirven esas bolas que hay debajo? ¿Cómo se llaman? —preguntó, dirigiéndose a mí.

Yo se lo expliqué, y añadí:

—Ahora, mi hermanito te enseñará cómo funciona, ¿verdad, Max?

 —Sí, pero con la condición de que me haga venir ella —contestó—. Tú le enseñarás a hacerlo, Lulu. No le costará muchos esfuerzos, ¿sabes?, ya siento como sube el jugo.

A Odette ya no le quedaba ni pizca de inquietud o de vacilación. Cerré su mano en torno a la picha de mi hermano y dije:

—Es suave, ¿verdad? ¿Te gusta?

Ella hizo un gesto afirmativo y comenzó espontáneamente a hacer que la punta, completamente roja, saliera y entrara de su puño.

—¡Muy bien, mi querida Dédette! —exclamé besándola—. Voy a enseñarte otra cosa. Para que se deslice mejor, primero debes mojar la punta con saliva y luego empezar a mover la mano. Lo que estás haciendo se llama masturbar. Sí, así está muy bien —añadí, después de que hubiera mojado la picha, y en apariencia encantada de ver como la punta salía y entraba del capuchón a su capricho.

—¡Uno, dos! ¡Uno, dos! —canturreaba observándola—. ¡Adentro, afuera! ¡Adentro, afuera! ¿Esto le da gusto a tu hermano? —me preguntó sin atreverse a dirigirse directamente a él.

—¡Claro que sí! Estás poniendo muy cachondo al guarro de mi hermanito... ¿Verdad que mi amiga Odette te pone cachondo, Max?

—Ya lo creo —masculló—. ¡Qué bien masturba esta guarra! Pero ahora tendría que recorrer la picha de arriba abajo, y mover la mano más deprisa para hacerme venir...

—¿Así? —preguntó Odette.

—¡Sí! —dije—. Y acércate un poco más, está a punto de lanzar los fuegos artificiales.

Yo sentía una desazón horrible al observar lo que hacía y en espera de que mi hermano se corriera en su cara. Ya no podía soportarlo por más tiempo. No sé si ya he dicho que soy incapaz de ver a un hombre empalmado sin sentir deseos de que me posea. Pero aquello no podía ser. Lo único que podía hacer, y que, evidentemente, hice, era masturbarme por mi cuenta, arrodillada junto a Odette, con el vestido arremangado hasta la cintura para que no me molestara y las piernas bien abiertas. Ninguno de los dos prestó atención a lo que hacía. Estaban demasiado ocupados. Max no paraba de llamar guarra a Odette, mascullando entre dientes, y sus palabras más bien parecían estimularla que ofenderla. Todas somos iguales: enamorada o no, basta tratar a una mujer de guarra o de zorra para que ponga todo su empeño en justificar la palabra.

—¡Toma, guarra! ¡Toma! ¡Esto es para ti! ¡Y aún hay más! —gritó Max mientras se corría, sin que ella pareciera sorprenderse realmente al recibir aquellos chorros de licor en pleno rostro.

Odette volvió la cabeza hacia mí, pero yo también estaba a punto de gozar y quería llegar hasta el final antes de ocuparme de ella, de manera que no respondí enseguida a su pregunta.

—¿Has visto, Lulu? ¿Has visto lo que me ha hecho tu hermano? ¿Cómo se llama eso? Se desliza por dentro del corpiño. ¿Es eso el jugo de los chicos?

—Sí, es eso —respondí con un rechinar de dientes, pues estaba gozando—. Se llama correrse. Has hecho que mi hermano se corra. ¡Ah! Y también a mí... Estoy gozando, Dédette, estoy gozando... Igual que contigo...

A los quince o dieciséis años (Max iba a cumplir los diecisiete) , cómodamente instalados sobre el césped, al sol, ¿se puede hacer algo mejor que no sea amarse los unos a los otros con todos los medios disponibles, estando además seguros de que nadie vendrá a meter las narices en lo que no le importa? Los excusados, carruajes, dormitorios de infancia y cocinas desempeñan su papel y en ellos resulta divertido; pero no son nada comparados con la naturaleza, que te invita y te ama, eso lo he aprendido, y que considera con una indulgencia infinita todo cuanto los humanos puedan inventar bajo su manto en materia de toqueteos y lamidas. Aquel día, la pequeña parisiense que yo era descubrió el placer de masturbarse entre un ramo de margaritas y un cesto de fresas silvestres, en espera de tiempos mejores. Entre hacer eso en una cama y hacerlo sobre el césped existe más o menos la misma diferencia que entre pintar un ramo de flores en un estudio de París o en un prado a orillas del agua. Dodolphe, Adolphe Bougrot, mi pintor, prefería el estudio para pintar, porque allí las flores no se mueven, y los bosques de Meudon para el amor, porque en ellos mi culo se movía como si estuviera poseído.

(Continuará…) 


Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 


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martes, 24 de febrero de 2015




"La mujer es algo mientras que el hombre no es nada".

Tucídides.


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domingo, 22 de febrero de 2015




“Besos que vienen riendo, luego llorando se van, 
y en ellos se va la vida, que nunca más volverá. “

(Miguel De Unamuno)


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sábado, 21 de febrero de 2015

Queen y Star Wars juntos…
¿Se puede pedir algo más para un sábado por la noche?
Bueno, por pedir… seguro que se puede…, pero esto es lo que hay, mis buen@s amig@s, así que… a disfrutarlo :- )
Feliz velada y disfrutad de la mansión

Sayiid


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viernes, 20 de febrero de 2015




Es decir la miraba porque ella 
se ocultó tras el biombo de nubes
y todo porque muchos amantes de este mundo
le dieron sutilmente el olivo 

Con su brillo reticente la luna
durante siglos consiguió transformar
el vientre amor en garufa cursilínea
la injusticia terrestre en dolor lapizlázuli 

Cuando los amantes ricos la miraban
desde sus tedios y sus pabellones
satelizaba de lo lindo y oía
que la luna era un fenómeno cultural 

Pero si los amantes pobres la contemplaban
desde su ansiedad o desde sus hambrunas
entonces la menguante entornaba los ojos
porque tanta miseria no era para ella 

Hasta que una noche casualmente de luna
con murciélagos suaves con fantasmas y todo
esos amantes pobres se miraron a dúo
dijeron no va más al carajo selene 

Se fueron a su cama de sábanas gastadas
con acre olor a sexo deslunado
su camanido de crujiente vaivén 

Y libres para siempre de la luna lunática
fornicaron al fin como dios manda
o mejor dicho como dios sugiere.


(Mario Benedetti)


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jueves, 19 de febrero de 2015




"La mujer y el libro que más han de
 influir en una vida, llegan a las 
manos sin buscarlos".

Enrique Jardiel Poncela.


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martes, 17 de febrero de 2015




Aquella fiesta de coños a media noche fue nuestro segundo golpe de suerte, porque, cuando nos calmamos, tuve la prudencia de obligarla a ponerse el camisón y a que se quedara en mi cama, trasladándome yo al colchón. De ese modo, cuando Adéle llamó a la puerta y entró por la mañana temprano para despertarme, no vío más que a dos amigas en camisón, cada una en su cama; unas camas con las sábanas bastante revueltas, todo hay que decirlo, pero el intenso calor podía explicar el desorden. Odette seguía durmiendo como un tronco cuando salí de la habitación, en camisón y sin lavarme, para reunirme con Adéle en la cocina.

Se te cierran los ojos —dijo mientras me tomaba el tazón de chocolate— ¿No te habrás pasado la noche, por casualidad, haciendo cochinadas con tu amiga Odette?

—Pero, Dédéle, ¡qué ocurrencia! —protesté muy virtuosa—. Odette es una chica muy formal. Le dejé mi cama para que durmiera mejor, eso es todo.
—Sí, sí, ya puedes ir hablando —respondió riendo—. Quiero enterarme y me enteraré. Ahora que no tienes mamá, debo velar por ti, Lulu.

Yo estaba sentada en un taburete de tres patas, ocupada limpiándome la boca, cuando ella deslizó con presteza una mano entre mis muslos, recorrió la hendidura y la sacó impregnada de jugo.

—¿Y esto qué es? —exclamó—. ¿Mermelada? Aún eres un poco inocente para engañarme, preciosa. No te pido que me lo cuentes, sólo que no me mientas. Eso es todavía peor que divertirse con otra chica.

—Bien, pues sí —confesé—. Odette y yo nos divertimos.

—¡Espera un momento! —prosiguió, presa de una nueva sospecha—
Levántate, por favor...

Protesté, aunque sin mucha convicción, pues sabía adonde quería ir a parar. Además, un día u otro tenía que descubrirse mi aventura con el cochero, y dentro de lo malo prefería que fuese Adéle, que más bien me prestaría ayuda en lugar de castigarme.
Tal como yo imaginaba, introdujo un dedo en mi abertura y comenzó a meterlo y sacarlo sin arrancarme un solo grito de dolor. Después, se dejó caer en una silla suspirando.

—¡Lo que faltaba! ¡Otro problema! ¿Y cuánto tiempo hace que sucedió?

Al ver que no respondía, me agarró y comenzó a sacudirme con energía.

—Lulu, esta vez no se trata de un juego —dijo enfadada—. ¿Cuándo fue?

—Justo antes de que nos viniéramos —contesté—. El sábado.

—Entonces, ¿fue antes de tener el período? ¿De verdad? ¿Seguro que no fue aquí?

—No, Dédéle, te doy mi palabra.

—¿Y quién fue? ¿Alguien que yo conozco?

—No. Y, si quieres que te diga la verdad, yo tampoco.

—¿Cómo? ¿Ni siquiera sabes quién fue? ¡Pues no creo que fuera obra del Espíritu Santo! Lo que pasa es que no quieres decírmelo.

Que me creyera o no respecto a ese punto, de hecho me daba igual, desde el momento en que podía jurarle que no había sido ni mi hermano, ni Vincent, ni, sobre todo, su Lucas, el coracero jardinero. Por otra parte, hablarle de un cochero suponía exponerse a un sinfín de preguntas acerca del carruaje y de lo que yo hacía en él. Así pues, me inventé una historia de un granuja que me había empujado al fondo de un patio adonde había entrado para buscar el excusado, y que me había violado en un periquete. Era un muchacho joven, de manera que no me había hecho mucho daño.

—¿Y no gritaste para que acudiera el portero? —me preguntó, aún poco convencida—. ¿Le dejaste hacer?

—Pues sí, porque me había metido un pañuelo en la boca para impedir que gritara, y yo tenía demasiado miedo para resistirme.

—¿Y después?

—¿Después? Bueno, él se escapó corriendo, y yo me limpié lo mejor que pude y volví a casa.

—¡Uf! ¡Menos mal que no causó demasiados estragos! —dijo aliviada—. ¿No has sentido mareos desde entonces? ¿Seguro? ¡Vaya, vaya! Así que has perdido la virginidad... ¡Bah! Más pronto o más tarde... Pero, escucha bien lo que voy a decirte...

Se dirigió hacia la puerta para cerrar con llave, por precaución, y me explicó sin andarse por las ramas lo que debía hacer si alguna vez, por casualidad, otro hombre volvía a metérmela por ahí. Al parecer, no se hacía muchas ilusiones acerca de mi conducta futura, ya que, según sus propias palabras, «quien bebe, repite», y porque sabía por propia experiencia lo difícil que resulta para una muchacha saludable como yo no dejarse tentar un día u otro. En tal caso, había que esperar justo hasta el momento antes o después del período (que tendría cada cuatro semanas, día arriba o día abajo), pues así no correría tantos riesgos de quedar embarazada. Y, sobre todo, debía procurar que mi galán saliera antes de haber escupido el veneno (aquello de «escupir el veneno» me pareció una forma más bien chocante de decir que se corría); si, por desgracia, no salía a tiempo y lo escupía dentro, debía levantarme enseguida y frotarme el vientre para que bajara la mayor cantidad posible de veneno; y, por supuesto, lavarme con agua y jabón si tenía ocasión de hacerlo.
Yo escuchaba atentamente, como una novata, por atolondrada que sea, escucha siempre ese tipo de consejos. Adéle no dijo nada acerca de que me hiciera ensartar «al estilo normando», en lugar de permitir que me la metieran por delante, cuando no estuviera segura de los días o de mi galán, porque suponía que lo deduciría yo misma, y en eso no se equivocaba; aunque tal vez fuera porque no quería evocar el pasado. El caso es que, entre eso y lo del pirulí, sí, lo del señor..., ¿cómo se llamaba?..., ¡ah, sí! Lebon, tenía donde elegir, aunque la elección no siempre resulta fácil. En un burdel donde fui a parar más tarde, el de la calle Moulins para ser exactos, las chicas y la madame me pusieron el sobrenombre de «el fusil de tres cañones», porque nunca hacía ascos a ninguna de las tres posibilidades, lo cual me permitía, dicho sea de paso, cazar un buen número de piezas.

(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 

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lunes, 16 de febrero de 2015




Allá, si acaso al otro lado de la vida, otra vez, por azar, nos encontramos, ¿se reconocerán nuestras miradas o seremos tan sólo un par de extraños?
De todos modos te amaré lo mismo. 
Juntos. O separados.

 (Meira Delmar)


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domingo, 15 de febrero de 2015




Llevo una mano atrás y tiro de su polla para ponérsela dura. Y en cuanto percibo que se está endureciendo, le unto el asta con un poco de manteca y muevo la mano adelante y atrás para que quede bien cubierta y los dos estemos bien pringados.
Él se coloca detrás de mí, con una mano sobre mi culo mientras juguetea entre mi coño con su polla empapada en Crisco. Y la mete sin más miramientos ni fricción. Se pone en marcha de inmediato, adopta un ritmo y se mueve adelante y atrás con la precisión de un émbolo. Tiene las manos alrededor de la parte alta de mi culo. Tira de mí hacia abajo mientras él sube, y nuestros sexos chocan en algún punto intermedio.
Bajo los brazos al suelo y empino el culo, y él me está follando tan hondo y duro que no puedo contener un gemido largo y quejumbroso; brota de mí con tal fuerza y tal volumen que resuena en toda la casa. Y hasta Sebastian lo oye, porque al instante se pone a aullar como un poseso en el garaje. El perro y yo gemimos juntos en sintonía.
Jack me acaricia el contorno del ojete con el pulgar mientras me folla, recogiendo el Crisco y metiéndomelo en el agujero, tanteándolo, ensanchándolo, y antes de que me dé cuenta está dentro de mí hasta el nudillo, y yo me cierro alrededor de él como una planta carnívora alrededor de su presa.
Jack tiene el pulgar en mi culo, y noto como lo gira adelante y atrás, como si girase una llave en una cerradura equivocada. Puedo sentirlo, girando, girando, girando. Y ahora solo gira en una dirección, en el sentido de las agujas del reloj, como alguien que estuviese dando cuerda al mecanismo y ese mecanismo fuera yo.
Estoy preparada para pasar al siguiente nivel, así que vuelvo la cabeza, lo miro a los ojos y le digo: Quiero que me folles por el culo, Jack. Fóllame duro por el culo.
Sale de mi coño y estampa su polla contra él, bañando su asta en mi flujo blanco y pegajoso, para lubricarla bien y facilitar su entrada por mi pequeño y tenso culo. Coloca una mano sobre mis nalgas para sujetarse mientras presiona la punta de su pene contra mi ano. Este se frunce en anticipación. La punta de su pene contra mi ano. La punta de su polla parece enorme mientras él la introduce en mi agujero. Dejo escapar un grito ahogado.
Su polla lubricada parece enorme y rígida en mi culo, y avanza despacio hacia dentro.
—¿Te gusta tener la polla en mi culo? —digo.
—Sí —gime él—. Tan prieto...
—Quiero que ensanches mi pequeño y prieto agujero —digo—. Quiero todo tu pollón dentro de mi culo.
Jack gruñe de placer mientras se desliza lenta y completamente dentro de mí, y empieza a bambolear y a girar las caderas. Jack está bailando en mi culo, y me gusta la sensación. No es un swing. Ni una lambada. En todo caso sería la danza del vientre en su versión más salvaje.
Sus manos se agarran con fuerza a mis hombros para poder embestirme con sus mazazos. Y sus pelotas húmedas chocan con fuerza contra mi coño.
Y me gusta tanto la sensación de notar mi culo ensanchado y sondado por su polla gruesa y carnosa que creo que voy a perder el sentido. Siento que estoy a punto de correrme. Siento que estoy a punto de estallar desde dentro.
Le digo: Jack, voy a correrme. Voy a correrme.
Y mientras lo hago mi cuerpo se sacude debajo de él y suelto un aullido de placer.
Digo: Ahora, quiero que te corras en mi culo, Jack. Quiero que me llenes con tu semen. Quiero sentir tu semen chorreando de mi culo.
Hablarle así, decirle marranadas, parece obrar el efecto deseado y lo lleva al límite. Le oigo gruñir en señal de que está a punto de correrse. Da una última embestida y su pistola se dispara en mi recámara, su semen explota en mi culo, y yo siento que me llena por dentro. Él saca la polla despacio, y yo noto su semen denso, blanco merengue chorreando de mi agujero y acumulándose en mi coño.
Nos acurrucamos delante del fuego sobre la suave alfombra, él detrás con los brazos alrededor de mí.
Y no se me ocurre cómo esto podría ser mejor. Jack, yo, un fuego encendido y real, sexo anal y pastel de nata.
Es el final perfecto para un fin de semana perfecto.

La sociedad Juliette (Sasha Grey)


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viernes, 13 de febrero de 2015

Queridos amigos y amigas de la mansión…, seamos serios, al menos por una única vez…
Que si, que ya sabemos que hoy han estrenado esa ¿maravillosa? película, tan sólo comparable a la saga de “La guerra de las galaxias” o a “El Señor de los anillos”.
Sí, sí, me refiero a la sin par... “Cincuenta sombras de Grey”…
Esa ¿increíble” película que va a acabar con el mito del BDSM y que nos convertirá a todos y todas en perfectos Amos y sumisas…
Pero amigos…, nosotros sabemos de qué va esto y, la verdad…, me da que muchos y muchas se van a llevar una gran desilusión, por no decir, un gran desengaño…
¿Qué por qué?
Pues porque, amigos y amigas de esta santa casa…, porque las expectativas… no siempre se ajustan a la realidad… J
Así que dejemos las sombras para Grey y nosotros sigamos viviendo el BDSM real, sin tantos lujos y ostensiones…
Porque si algo nos atrae a nosotros…, es la autenticidad y la más estricta realidad…, esa en la que cabe el amor, el placer y el dolor…, sin edulcorantes…
Feliz velada para todos, y disfrutad de la mansión

Sayiid

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jueves, 12 de febrero de 2015




"Siempre hay una mujer al principio de todas las grandes cosas".

Alphonse de Lamartine.


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miércoles, 11 de febrero de 2015




Aquella noche tuvimos suerte por partida doble. En primer lugar porque Adéle subió más tarde que de costumbre, y ya dormíamos profundamente cuando pasó por delante de mi habitación, por lo que se acostó sin entrar a desearme las buenas noches como hacía con frecuencia. En segundo lugar porqué nos despertamos al mismo tiempo a media noche, creo que entre las tres y las cuatro de la madrugada. Después, he dormido con muchos hombres y un número considerable de mujeres, y he observado que siempre nos despertábamos hacia esa hora, alterados por el sexo, y que era entonces, como soñando despiertos, cuando mejor hacíamos el amor. Boulay, uno de los hombres con los que me sucedió, me explicó que era un momento especial para el cuerpo, y que entonces toda mujer, suponiendo que hubiera opuesto resistencia seis horas antes, se entregaba.
En cuanto nos despertamos, nos abalanzamos una sobre otra como hambrientas, ya desaparecido todo rastro de fatiga. Desnudas y calientes como estábamos, la cama se convirtió en un momento en un bullicioso entrelazado de piernas, dedos, brazos y bocas. Al otro lado de la pared, los apacibles ronquidos de Adéle acompañaban en sordina nuestros susurros y suspiros.

Espera —le dije a Odette al tiempo que saltaba de la cama—, voy a encender una luz. Es mejor verse. Además, tengo una idea. Encendí a tientas una mariposa y me acosté de nuevo a su lado.

—Ahora cruzaremos nuestras piernas, tú por aquí y yo por ahí. Así, nuestros coños estarán tan unidos como nuestras bocas.

Es una postura que adoptan todas las bolleras cuando no se están chupando, pero yo lo ignoraba. Lo había descubierto sin ninguna ayuda. Es muy fácil, y cuando sentí su coño contra el mío, comencé a frotar moviendo la pelvis. Como no teníamos casi vello ninguna de las dos, las carnes y los clítoris se calentaron enseguida, y no tardamos en gozar, primero yo, porque estaba más excitada, y ella después.

—¿Te ha gustado, Odette? —murmuré, estrechándola entre mis brazos. 

—¡Oh, sí! Me recorría todo el cuerpo, hasta la punta de los pies... ¿Es así como lo hacen los maridos con sus mujeres?

Seguía insistiendo en el asunto de los papás y las mamás. Por consiguiente, fui un poco más explícita en mi respuesta, al menos hasta donde era capaz de serlo.

—En cierto modo, sí, aunque ya sabes que los hombres no tienen coño, sino una minina que se llama picha. Cuando está bien tiesa, la meten en el coño de su mujercita y pueden hacer un bebé, pero no siempre. Ya sé — añadí—, vamos a jugar a que tú eres mi marido y yo tu mujer. Como no tienes picha, me tienes que meter el dedo medio aquí —dije, guiándola— ¡Av. ay! Pero primero debes cortarte las uñas, así me arañas.

Con las tijeras pequeñas y la lima que tenía en el cajón de mi mesilla de noche, y a la luz de la mariposa, pronto estuvo hecho. A continuación, me tumbé con las piernas abiertas junto a ella.

—Venga, ya puedes meterlo. Despacio, despacio...

—¿Más?

— Sí, más, más... Ahora, mételo y sácalo sin parar... Así... ¡Oh! ¡Qué mojada estoy! Entra de maravilla... Ven, ponte encima de mí como si fueras mi marido de verdad —dije, colocando su cuerpo sobre el mío—, y continúa deslizando el dedo entre nuestros vientres... Sí, maridito mío, lo haces muy bien... Ahora dame un beso con la lengua... ¡Oh, qué gusto! ¡Oooh! Y aún sería mejor si me metieras dos dedos... ¡Ah! Sí, sí... ¡Qué bien me jodes, Dédette!... Sí...

De alguna manera, era igual que con el cochero, pero infinitamente mejor, pues tenía un hermoso cuerpo suave y desnudo sobre el mío, una boca cariñosa y caliente en la mía, unos pechos sensibles aplastados contra los míos, ¡y aquellos dedos entraban y salían de mi sexo proporcionándome tanto placer! Fue aquella noche, con Odette, cuando comencé a sentir un deseo acuciante de estar debajo de un hombre, con una auténtica picha ardiente en el lugar donde ahora tenía unos dedos. Ella no me ofrecía más que una primera impresión, pero lo hacía con tanto ardor que no tuve ninguna dificultad para volver a gozar, por tercera vez en la noche, si no me equivoco. Para una principiante, ¡no estaba nada mal!

(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 
   


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martes, 10 de febrero de 2015




Como dos tiernas flores en el mismo tallo, duermen; pero su seno turbador y bello se eleva al recordar sus fantasías alocadas.
Inspiradas por un mutuo amor, sus bocas acariciadas parecen aún dispuestas para un nuevo beso; y mañana, en este lecho cual voluptuoso féretro, el placer abrirá de nuevo sus corolas fatigadas.


H. Cantel (Amores y priapeas, Sonetos (1869)).


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lunes, 9 de febrero de 2015




Aquel a quien no le gusta el vino, 
ni la mujer, ni el canto,
 será un necio toda su vida.

(Martín Lutero)


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jueves, 5 de febrero de 2015





¿Y si Dios fuera mujer?
pregunta Juan sin inmutarse,
vaya, vaya si Dios fuera mujer
es posible que agnósticos y ateos
no dijéramos no con la cabeza
y dijéramos sí con las entrañas.
Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez
para besar sus pies no de bronce,
su pubis no de piedra,
sus pechos no de mármol,
sus labios no de yeso.
Si Dios fuera mujer la abrazaríamos
para arrancarla de su lontananza
y no habría que jurar
hasta que la muerte nos separe
ya que sería inmortal por antonomasia
y en vez de transmitirnos SIDA o pánico
nos contagiaría su inmortalidad.
Si Dios fuera mujer no se instalaría
lejana en el reino de los cielos,
sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno,
con sus brazos no cerrados,
su rosa no de plástico
y su amor no de ángeles.
Ay Dios mío, Dios mío
si hasta siempre y desde siempre
fueras una mujer
qué lindo escándalo sería,
qué venturosa, espléndida, imposible,
prodigiosa blasfemia.


(Mario Benedetti)


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miércoles, 4 de febrero de 2015




"Amarse a uno mismo es el
 comienzo de una aventura
 que dura toda la vida"

(Óscar Wilde)


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martes, 3 de febrero de 2015




¡Buena parrafada! Se la debía a mi padre, que era un grandísimo descreído, como creo haber dicho ya; recuerdo que un día se la soltó a la abuela Boiron en la mesa, hablando de la mojigatería que nos invadía por aquel entonces. Odette no insistió. Había comprendido que lo esencial era callarse y negarlo todo obstinadamente. Eso se aprende enseguida. Así pues, volvimos a lo nuestro. La coloqué como yo deseaba, al borde de la cama, con las piernas separadas, y miré un momento:

—¿Te parece bonito mi pipí? —preguntó.

—Sí. Tienes el pelo rubio, y mucho más bonito que el mío, tan negro, aunque me parece que yo tengo más. Pero no digas «pipí», es horrible. No sirve sólo para eso, ¿sabes? De hecho, es lo de menos.

—¡Ah! ¿Y cómo lo llamas tú? ¿La hendidura? 

—No, el coño, es el coñito. Los hombres lo llaman así, y a mí me gusta. Dilo tú: mi coñito es precioso. 

—Mi..,

—Vamos, dilo: mi coñito...

—Mi... mi coñito. Es verdad, es gracioso decir «mi coñito». Lucienne, ¿me enseñarás el tuyo?

Estaba realmente encantadora, tumbada, lánguida, somnolienta, con la piel muy blanca y suave, y tan tierna... Aquel día empecé a ser un poco bollera, o más bien bastante, y luego continué siéndolo. Me acerqué a ella y le dije:

 —Voy a besar tu precioso coño. No pienses en nada, sólo dime si te gusta sentir mi lengua.

Era la primera vez que se dejaba lamer el conejo, y la primera que yo lamía uno. Yo sabía que podría hacerla enloquecer si la lamía bien, como el doctor Boulay me había lamido a mí, aunque quizá consiguiera hacerlo mejor por ser mujer. Temía que aquello oliera un poco a pipí, aunque por otra parte eso no me habría hecho echarme atrás; pero no, era otro olor, más suave, embriagador, o una mezcla de los dos, no estoy muy segura. El caso es que conseguí atrapar su clítoris' entre mis labios y comencé a juguetear con él. Yo la asía de las caderas, y ella se agarraba a mi pelo y movía la pelvis, gimiendo cada vez más fuerte:

—¡Oh!... ¡Oh!... Continúa, Lucienne... Sí... Más... Siento como me sube por las piernas... Sí... Ya viene, ya viene... ¡Aaah!

—Es maravilloso, ¿verdad? —dije, secándome la boca en su muslo—. Explícame lo que has sentido.

—¡Oh, no lo sé! —suspiró—. No sé cómo explicarlo, ni siquiera me quedan fuerzas para hablar. Dilo tú.

—De acuerdo. Has gozado, Dédette.

—¿Gozado? ¿También significa eso?

—Significa fundamentalmente eso, cielo. Gozar es eso. Has gozado, e incluso te has corrido un poco en mi boca.

—¿Qué he hecho?

—Te has corrido. Así es como se llama cuando fluye jugo. Vamos, mi adorable amiguita, dilo tú ahora que ya has aprendido. He...

Me había tumbado en la cama, a su lado, y la estrechaba entre mis brazos y la besaba para animarla.

—He... gozado, he gozado —dijo.

—Y me he...

—Y me he corrido..., me he corrido...

—En...

—En la boca de mi querida Lucette, porque de ahora en adelante te llamaré Lucette cuando estemos las dos solas —dijo de un tirón. Y repitió—: He gozado y me he corrido en la boca de mi Lucette.

—Mi amiguita tiene sueño —constaté, al verla bostezar entre mis brazos—, ¿no es cierto? Ahora debemos dormir.

—¡Oh, no! —protestó—. Yo también quiero besarte, como me has hecho a mí, el... el coño, y que te corras en mi boca. Si quieres que lo haga, claro — añadió tímidamente.

—Si no estás muy cansada, tal vez —respondí—. Pero no enseguida, porque tengo unas ganas locas de hacer pipí de verdad.

—Yo también —exclamó—, pero no me atrevía a decirlo. Haz tú primero, mientras yo te miro, y luego haré yo, mientras me miras tú. ¿De acuerdo?

¿Por qué no? A todas las chicas les gusta ver a otra orinar. No sé por qué, pero es así. Ya muchos hombres también. Algunos llegan incluso al extremo de no ponerse a tono hasta que no te meas delante de sus narices, cuando no es encima. Así pues, me instalé en el orinal y, cuando me disponía a vaciarlo en el cubo una vez hube acabado, ella exclamó:

—¡No, Lucette! Déjalo. Si soy tu amiguita, debemos mezclar nuestros pipis.

No me pareció mala idea. ¡Bien que se mezclan las salivas y los jugos cuando se hace el amor! Así que, ¿por qué no los pipis? Sobre todo teniendo en cuenta que los de las chiquillas huelen bien... Tras finalizar la operación y vaciar el orinal, Odette se acostó de nuevo a mi lado y me dijo:

—Es verdad que tenía sueño, pero se me ha pasado bastante. Todo irá de maravilla si me permites, si me permites...

—¿Si te permito qué?

—Lo sabes de sobra, pero quieres obligarme a decirlo, ¿a que sí, pillina?

—Si me permites que te chupe el coño...

—Está bien, pero no del todo. Lo que tú quieres chuparme es lo que te estoy tocando en este momento —precisé, poniendo un dedo sobre su clítoris—, es decir... ¡A ver si lo adivinas!

—Parece un botón..., un botón de botín. ¿Es eso? ¿Sí? Entonces quiero tomar tu botón entre mis labios y chuparlo. ¡Un centenar de veces! ¡Esta vez no puedes negarte! —concluyó triunfal.

¡Qué imaginación! A decir verdad, yo no estaba muy excitada; en cualquier caso, menos que ella. Hubiera preferido charlar y enseñarle palabras nuevas. A algunas tortilleras no les gusta más que darle a la lengua, y a otras dejarse hacer. Yo pertenezco más bien al primer grupo, porque lo otro resulta realmente agotador cuando tu amiga tiene talento, y además algunos hombres lo hacen igual de bien y no te cansas tanto. ¡Pero parecía tener tantas ganas! Además, también en esto la naturaleza y el deseo te hacen descubrir enseguida el camino del placer compartido, como dicen los autores de las novelas de amor. Yo nunca lo había intentado, pero evidentemente era posible, e incluso fácil.
Al ver que se disponía a bajar de la cama para instalarse como yo lo hiciera antes, la retuve.

—No, quédate junto a mí —le dije con suavidad—. Simplemente, date la vuelta para colocar tu preciosa cabeza entre mis muslos... Sí, así... Ponte cómoda, mi querida Dédette... ¡Ah! Ya siento tu boca, tesoro, ya siento tu deliciosa lengua... ¡Ah! ¡Qué gusto! ¡Qué gusto da!

Inspiración no les falta a las chiquillas en las noches de luna llena, cuando están bajo el mismo techo y en un lecho ardiente. Al mismo tiempo que sus labios y su lengua me lamían el clítoris, acerqué con suavidad su pubis hacia mí. Ella abrió las piernas para ofrecerme de nuevo su coño, e interrumpió un instante sus lametones para decir:

—Sí, Lucette, por favor, chúpame otra vez el coño mientras yo chupo el tuyo. Quiero volver a correrme en tu boca. ¿Lo hago bien? ¿Gozarás, Lucette?

—Sí, vamos, vamos, gatita mía, es una delicia... Separa bien mis labios con los dedos, igual que hago yo, para meter la lengua en la hendidura... Muy bien..., muy bien..., guarra mía...

En efecto, como tal se reveló la señorita de Courmanche en aquellos momentos, hasta el punto que, en cuanto mi lengua y mi dedo hicieron una incursión hacia su ojete, me agarró con las dos manos de las nalgas para levantarme un poco y me imitó con ardor. Luego, regresamos al mismo tiempo a los coños con glotonería, abrazándonos como auténticas posesas. Yo gocé primero, clavándole con furia las uñas en las nalgas del placer tan intenso que sentí; e inmediatamente después, también ella gozó, al tiempo que gritaba:

—¡Ah, ah! Lucette... ¡Dios mío! Estoy..., estoy corriéndome otra vez... en tu boca..., en tu boca...

La atraje hacia mí y la estreché entre mis brazos. Ella emitía con regularidad una especie de sollozos, y era presa de un llanto nervioso.

—Cálmate, Odette, te lo suplico —le dije—. Adéle subirá a acostarse de un momento a otro. Cálmate... Ya sé —añadí para apaciguarla—, nos abrazaremos tal como estamos. Así, yo sentiré el sabor de mi coño en tus labios, y tú el del tuyo en los míos.

Fue una idea excelente. En efecto, su boca despedía un olor fuerte, de mujer que acaba de gozar, y su lengua estaba salada.
Nos dormimos así, juntas, abrazadas y felices.

(Continuará…) 

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 
   

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