Prologo de El Libertino

miércoles, 29 de abril de 2015





Se ha inundado mi cuerpo de un anhelo constante,
ríos de espesa sombra circulan por mis sienes,
un galopar me lleva, me arrastra no sé a dónde.

Mi carne se ha poblado de mágicos corceles.
Si me acerco a la piedra olvidada y silente,
siento latir la nada en su entraña sin nadie,
siento el mundo vacío como una ausencia inmensa,
siento una soledad hondísima en la carne.

Si reposo mi mano sobre la yerba helada,
siento que apreso un grave misterio inconfundible.
¿Quién me llama del hondo de esta sordera extraña
que el árbol sube al cielo soñado en sus raíces?

Lo desierto responde, responde eternamente
a mi anhelo de hombre, a mi llamada amante.
(La tierra, indiferente, va girando y girando
mientras los hombres siembran su ya gastada carne.)

La nada la llevamos sembrada entre las venas,
por eso nos halaga la noche sorda y grande;
pero también la vida llevamos en la frente,
que huye de la tierra para buscar el aire.

Qué terrible es, amantes, esta oquedad del mundo
cuando está llena el alma de un ansia que la colma,
y ver que un inclemente destino va poniendo,
en la amorosa carne, silencio y sombra y sombra.

Tan sólo el amor puede colmar estas ausencias
cuando la carne es grito para el amor nacido.
Tan sólo el amor colma la soledad inmensa
que siente el hombre y siente a través de los siglos.

Por eso aquí a tu lado, mujer, es cuando siento
que se inunda mi carne de celestes corceles
y que todo se puebla de tu clara presencia.

Ahora rebosa el mundo su fuego entre la nieve.
Aquí a tu lado siento que mágicos ramajes
se van abriendo lentos por mi carne de amante;
felices en su vuelo me hunden y me hunden
en la honda llamada de la carne a la carne.


(Rafael Morales)


=================================================================================================================

martes, 28 de abril de 2015




La vida sin el sexo quizá sea más segura, pero sería un aburrimiento insoportable. Es el instinto sexual lo que hace a las mujeres parecer bellas, lo cual son, de pascuas a ramos, y a los hombres parecer sabios y valientes, lo cual jamás son.

Henry Louis Mencken


========================================================================================================

domingo, 26 de abril de 2015

Ya, ya lo sé, mis queridos amigos y amigas de la mansión, que siempre estáis pensando en… “lo único”.
Pero habéis de saber que hay más cosas en la vida y que, como dice el genial Javier Krahe… “No todo va a ser follar”…
O a lo mejor si… quien sabe.
Feliz noche del domingo y feliz inicio de semana. Sed felices en la mansión

Sayiid


===========================================================================================================




NO TODO VA A SER FOLLAR

También habrá que saltar a la pata coja,
y habrá que coleccionar sellos de Nigeria,
no todo va a ser follar,
no todo va a ser follar,
y habrá también que apretar una tuerca floja
y habrá que ir a trabajar,
no todo va a ser follar,
por una miseria.

Y habrá también que llevar a arreglar el coche
y habrá que quitarle el polvo a la biblioteca,
no todo va a ser follar,
no todo va a ser follar,
y habrá que cerrar el bar al morir la noche
y habrá también que pagar,
no todo va a ser follar,
lo de la hipoteca.

No todo va a ser follar,
ya follé el año pasado
a la orillita del mar
con una mujer sin par
que después me dio de lado,
lo recuerdo, algo tocado
pero sin dramatizar,
no todo va a ser follar,
no todo va a ser follar.

También habrá que llamar a la pobre Alicia,
y habrá que modificar la ronda nocturna,
no todo va a ser follar,
no todo va a ser follar,
y habrá que desmenuzar la última noticia
y habrá que depositar,
no todo va a ser follar,
el voto en la urna.

Y habrá también que comprarse unos calcetines,
también habrá que regar esos cuatro tiestos,
no todo va a ser follar,
no todo va a ser follar,
y habrá que documentarse sobre los delfines

y habrá también que firmar,
no todo va a ser follar,
muchos manifiestos.

No todo va a ser follar,
ya follé el año pasado
a la orillita del mar
con una mujer sin par
que después me dio de lado,
lo recuerdo, trastornado
pero sin exagerar,
no todo va a ser follar,
no todo va a ser follar.

También habrá que invitar a una barbacoa,
y habrá también que acercarse hasta el quinto pino,
no todo va a ser follar,
no todo va a ser follar,
y habrá que intentar cruzar Núñez de Balboa
y habrá que ir a consultar,
no todo va a ser follar,
a un buen otorrino.

También habrá que admirar a la mona Chita,
y habrá también que jugar a pares o nones,
no todo va a ser follar,
no todo va a ser follar,
y habrá que resucitar por la mañanita
y habrá también que cantar,
no todo va a ser follar,
muchas más canciones.

No todo va a ser follar,
ya follé el año pasado
a la orillita del mar
con una mujer sin par
que después me dio de lado,
lo recuerdo, obsesionado
pero sin llorar,
no todo va a ser follar,
no todo va a ser follar.

(Javier Krahe)


==========================================================================================================================

viernes, 24 de abril de 2015




El amor es tan solo una forma de tener a alguien que te llame “cariño” después de la relación sexual.

Julian Barnes


============================================================================================================================

jueves, 23 de abril de 2015




Después de comer, mi hermano y Odette desaparecieron con la excusa de «ir a buscar nidos». Al cabo de un momento, saqué la carta del bolsillo de mi delantal y le pregunté a Adéle si sería tan amable de ir a echarla al correo enseguida, porque así saldría aquel mismo día. ¿Por qué no iba yo? Porque no iba peinada, y además prefería quedarme para arreglar mis cosas y coser un poco. Al final aceptó, fingiendo que lo hacía a regañadientes, pero yo sabía que para ella cualquier momento era bueno para ir a dar una vuelta por el pueblo. Con la cantidad de conocidos con los que se encontraría, me dejaría tranquila durante media hora larga.
Tenía la intención de hacerle una visita a mi coracero— jardinero, pero el azar decidió otra cosa. Cuando cruzaba el jardín, el primo León empujó la puerta de la calle. Había comido en el pueblo, en casa de unos amigos de la familia Crapart, y regresaba a casa. No había manera de escapar y, por otra parte, ¿por qué iba a hacerlo? Se acercó a mí y nos besamos como buenos primos, tres veces en ambas mejillas.

—¿Ha ido bien la comida? —pregunté.

—¡Oh! Ya conoces a los Mouchain, son bastante pesados —dijo, pasándose la mano por la mejilla—. Les he presentado mis respetos y me he escabullido. Y tú, ¿estás sola? ¿Dónde se ha metido tu hermano?

—No soy la niñera de mi hermano —respondí con cierta brusquedad—. Supongo que estará haciendo la siesta.

¡Menuda siesta! En esos momentos debía de estar haciendo que Odette se la chupara, o quizá ya estaba ensartándola. «Y encima, en mi habitación — me dije con pesar—, mientras yo tengo que quedarme aquí con León, plantada en medio del jardín como una idiota. Lo que más rabia me da es que, desde que ha llegado, es la primera vez que me encuentro a solas con él.»

Aquello era cierto, pero también lo era que había estado lo bastante ocupada con mi hermano, Odette y Lucas, para no haberme preocupado del primo León. Algunas veces me había pasado por la cabeza que mi deber de prima era pervertirlo, como lo hubiera sido de él iniciarme si yo hubiese sido más tonta, y él un poco menos. ¡Hablar de las mujeres del Barrio Latino con medias palabras, sí sabía! Pero mi instinto me decía que los más habladores suelen ser los que menos pasan a la acción. Max, por ejemplo, jamás le hubiera contado a nadie, excepto a mí, ni una palabra acerca de sus aventuras. Sin embargo, yo tenía mis propias ideas sobre León, del mismo modo que él podía tenerlas, aunque falsas, sobre mí. Al fin y al cabo, no llevaba escrito en la frente que corría detrás de las pichas desde hacía aproximadamente seis meses, y que la de mi primo me interesaba tanto como las demás. Y, como él podía perfectamente tomarme, si no por un corderito (me faltaba la lana), sí al menos por una chiquilla despierta, pero en el fondo formal, era a mí a quien correspondía dar el primer paso. Evidentemente, durante los dos minutos que tardamos en intercambiar tres frases, no tuve tiempo de pensar en todas aquellas buenas razones. Ni siquiera una mirada insinuante me hubiera servido de nada; al cabo de un momento, hubiésemos entrado en casa, y una vez allí, no dispondría de ningún medio para retenerlo. ¡Si por lo menos mi habitación estuviera libre! Ahora me arrepentía de haber hecho el favor.

—Y tú, Lucienne, ¿no duermes? —preguntó sin moverse—. ¡Con el calor que hace!

—Precisamente por eso —respondí vivaz—. En mi habitación hace demasiado calor para dormir. Iba a mojarme los pies al arroyo.

Lo que ellos llamaban el arroyo cruzaba la propiedad, al fondo del jardín, en un rincón invadido por los matorrales y las malas hierbas del que Lucas no se ocupaba nunca porque no se podía hacer nada en aquel terreno, y salía de ella pasando bajo una reja. El arroyo no era ni ancho ni profundo, y cerca de la reja había un vado de gruesas piedras que permitía pasar al otro lado, igual de descuidado que el resto. Yo conocía el lugar porque había ido allí con Max y Lucas, que se dedicaban a pescar pececillos para divertirse, y a veces algún cangrejo despistado.

—Me gustaría ir contigo —dijo León—, pero llevo mi traje de paseo y, si me lo mancho, mamá me preguntará qué he ido a hacer al arroyo.

 ¡El muy imbécil! ¡Su traje de paseo! ¡Su mamá! Lo miré con el aire más vicioso de que fui capaz y, arrimándome todo lo posible a él, le dije:

 —Yo si que voy, porque llevo el vestido de estar por casa. Podrías darle ese gusto a tu prima, León, ya que la tienes tan abandonada. No es que sea un reproche, pero...

—Lucienne, iría encantado si...

—Pues sube a cambiarte en cinco minutos y te reúnes conmigo en el arroyo, ¿vale? Tu madre está descansando, Adéle ha ido a hacer unos recados, y si te encuentras a tu padre, basta con que no le digas que me has visto. Es sencillo, ¿no?

En cuanto acabé la frase, se marchó. Yo me dirigí hacia el fondo del jardín, sin hacer ruido por si Lucas andaba por ahí, cosa muy improbable a aquellas horas. El corazón me latía con cierta agitación. Cuando llegué al arroyo, pasé a la otra orilla por encima de las piedras, me instalé detrás de un gran arbusto, me quité las bragas, hice una bola con ellas para esconderlas entre la maleza, y me dispuse a esperar. Empezaba a impacientarme cuando oí que me llamaba en voz baja desde la otra orilla:

—¿Lulu? ¡Soy yo, León! ¿Dónde estás?

—¡Aquí! —respondí, levantándome—. ¡Ven!

Descendió hasta el vado, cruzó el arroyo y se reunió conmigo sin manifestar el menor signo de excitación o placer. «Un primer paso no basta me dije—, hay que dar el segundo.» Me dejé caer al suelo con la suficiente torpeza como para que mis pantorrillas quedaran al descubierto.

 —Pero, Lucienne, ¡vas a arañarte las piernas! —exclamó, sentándose frente a mí—. ¿Estás segura de que aquí no hay serpientes? ¿Y hormigas?

—¡Sabes de sobra que no, imbécil! —repuse riendo—. Y mis piernas han pasado por trances peores. ¡Mira! —añadí, arremangándome el vestido bastante—. Hace quince días fui al campo de fresas silvestres que hay en el parque, y todavía voy toda arañada.

Ver mis piernas le hizo entrar en calor, pero no lo suficiente como para atreverse a tocarlas. Así pues, di un tercer paso.

—Puedes tocar —dije—. Ya no me hace daño.

León acercó la mano y rozó el lugar pretendidamente arañado, que en realidad no lo estaba mucho. Yo fingí tambalearme y me agarré a su camisa, desde donde dejé deslizar la mano hasta la bragueta. Al mismo tiempo, abrí un poco las piernas.

—Pero, Lucienne, ¡si no llevas bragas! —exclamó volviendo la cabeza.

—¡Claro que no! ¡Con el calor que hace! Además, así mi querido primo León podrá ver cómo está hecha su prima Lucienne. ¡Mira! ¡Mira! —dije, levantando con descaro el vestido, mientras él clavaba la mirada en mi mata de vello negro—. Y es verdad que eres mi primo querido, León — añadí al tiempo que le frotaba la bragueta—. Cuando estuviste en casa, en París, antes de la muerte de mamá, pensé que me gustaría mucho ser tu mujercita algún día.

—A mí también me gustaría —balbuceó.

—Pues, para que lo sea, tienes que jurarme que no has estado nunca con esas mujeres del Barrio Latino de las que tanto hablas —dije—. Vamos, jura que no has estado nunca con ninguna... Y que no has visto nunca a ninguna como me estás viendo a mí en este momento.

Lulu —respondió embarazado—, yo cuento esas cosas porque mis compañeros también lo hacen. Cuando se está interno, todo lo que se puede hacer es hablar.

—Entonces, Júralo! Si no, me levanto y nos vamos.

—Te lo juro, Lucienne. Y te juro que no le había visto nunca la..., la..., en fin, la cosa a ninguna mujer. Sólo una vez, en una fotografía guarra que me enseñó un externo. Pero no se veía casi nada.

Su historia de la fotografía me interesó. Sabía que existían dibujos guarros, pero no fotografías. Creía que sólo se hacían en las bodas y las primeras comuniones.

—Y en esa fotografía —pregunté—, ¿estaba la mujer sola o con un hombre?

—Con un hombre completamente desnudo. Bueno, llevaba calcetines, igual que ella.

—¿Y observaste algo de particular en el hombre?

—Sí, pero no merece la pena decirlo. El.... él...

—¿Estaba empalmado? —dije—. ¿Muy empalmado?

—Sí. Ya sé que se dice así, pero tú, Lucienne, ¿cómo lo sabes si nunca has visto a ninguno?

—Lo sé porque las chicas se enteran de todo mucho antes que los chicos — afirmé tajantemente—. Y tú, León, ¿has estado empalmado alguna vez? — pregunté por preguntar, ya que tenía la prueba en mis manos, y la tocaba a través de la tela del pantalón.

—¡Oh, sí! En el dormitorio, cuando no está el vigilante, comparamos nuestras..., nuestras cosas...

—¡Vuestras pichas! —exclamé en tono cortante.

—Sí, nuestras pichas —prosiguió estupefacto—, y cuando estoy empalmado yo soy uno de los que las tiene más grandes. Pero, dime Lulu, ¿es posible que tú ya le hayas visto la picha a algún chico?

-        ¡Oh, yo no estoy en un internado! —respondí con indiferencia—. Y los amigos de mi hermano tampoco, así que tendrás que enseñarme la tuya, ya que estás tan orgulloso de ella...
-         
¡Dios mío! ¡Lo que cuesta hacer que un primerizo se decida! En el burdel sabemos que vienen a eso, y, una vez que entran, no salen hasta que no han sido estrenados. En el caso que nos ocupa, era yo quien tenía que hacerlo todo, y me dije que aquí no acabarían mis males, ¡ni mis pollas! Sin embargo, entre los dos —él más bien molestando que otra cosa— logramos sacar la suya de su refugio. Era de un tamaño aceptable; y, como de costumbre, al empuñarla me asaltó un deseo furioso de metérmela en el cuerpo. «¡También es desgracia tener un temperamento como el mío! — pensé - Si por lo menos se sintieran obligados a suplicarme, tendría una excusa. ¡Pero no! En fin...»

—Es verdad, ¡qué grande es! —exclamé con convicción—, ¡Y qué dura! Se me ha ocurrido una cosa, León. Podrías acercarla a mi hendidura y hacer como si fuéramos marido y mujer. No te preocupes, es sólo un juego — añadí, al ver que le asustaba un poco el rumbo que tomaban los acontecimientos—, ¿Sabes al menos cómo se hace?

—¡Oh, sí! El hombre empuja, y la cosa entra. ¿Tú lo sabías? ¿Lo has hecho alguna vez?

No respondí, y él no insistió. Había calculado, contando los días en el calendario, que el período tenía que venirme dentro de dos días, tres a lo sumo, y me fiaba de lo que Adéle me había explicado. Incluso teníamos agua corriente a dos pasos, como en los apartamentos de París. Me dije que iba a hacer con León lo mismo que ella había hecho con mi hermano, para probar esa postura que las prostitutas practican de buen grado, ya que les permite retirarse si el hombre la tiene demasiado larga o demasiado gorda, o cuando está a punto de correrse, o incluso cuando no quieren sentir su aliento en el rostro. La llaman «montar a caballito».

En cualquier caso, voy a hacerlo contigo —acabé por responder—. Pero no debes decírselo nunca a nadie, ¿me oyes bien, primo León? Repítelo: no se lo diré nunca a nadie...

—No se lo diré nunca a nadie...

—Y júrame que nunca lo has hecho con otra. Repítelo: no lo he hecho nunca con nadie.

—¡No lo he hecho nunca con nadie! —repitió, mientras le obligaba a tumbarse en la hierba para montar a horcajadas sobre él.

Me enrollé la falda hasta la cintura, le dije que se bajara los pantalones hasta los tobillos para no arañarme los muslos con los botones, y me instalé encima de él.

—¿Qué haces? —preguntó, más asustado todavía al ver que me chupaba los dedos y los pasaba varias veces por mi hendidura.

—Me preparo el coño para que mi querido primo pueda meter su picha sin hacerme daño —respondí.

—¿El qué?

—El coño. Se llama así. ¡Ya está! Ahora, primo, acaríciame los pechos por debajo del corpiño. Con las dos manos, por favor. Es para excitarme y que los dos nos lo pasemos mejor, ¿comprendes? La próxima vez lo haremos en mi habitación y me desnudaré, te lo prometo.

—¿La próxima vez?

—Pues claro, tonto, siempre y cuando esta vez me lo hagas bien. ¡Oh! ¡Es verdad que la tienes muy dura! —añadí, mientras recorría los labios de mi coño con la punta de su miembro—. ¡Aaaah! ¡Quisiera que estuviese ya dentro!

—Pero, Lucienne —gimió—, habías dicho que se trataba de un juego...

 —¡Calla, adorado imbécil! ¡Mira cómo juego! —grité, al tiempo que me dejaba caer sobre él con todo mi peso.


El miembro entró de golpe hasta más de la mitad, y yo dejé escapar un débil grito, de sorpresa más que de dolor, pues me había embadurnado bien con saliva y, además, descubrí que mi coño también segregaba jugo por sí solo; como el de una mujer, hubiera dicho Lucas. Se debía a la excitación causada por todo lo que le había dicho y al hecho de saber que él era virgen; seguramente también gracias a aquella postura, que me había permitido humedecerme el coño con el primer jugo que soltó, ése que es más líquido y que expulsan todos los hombres cuando se disponen a hacer el amor. Me incorporé un poco, agarrándole las manos para obligarlo a que me frotara los pechos, y volví a dejarme caer. Su picha entró hasta el fondo, y continué subiendo y bajando como si estuviera en la montaña rusa por lo menos una veintena de veces. Estaba cada vez más mojada, y empecé a gozar de lo lindo. Él se corrió un poco pronto para mi gusto, pero yo le seguí de cerca, lanzando unos gemidos de placer que debían de oírse desde casa.


(Continuará…) 


Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 




=============================================================================================================================


miércoles, 22 de abril de 2015




Desnuda

Desnuda posando frente a la luz de tus ojos,
Y de espaldas a las sombras de la noche.

Tu mirada embelesada,
Tus ojos perforándome,
tus pupilas danzando,
tus pestañas temblando,
van bebiendo de mi cuerpo,
y de mi piel reflejo de la luz de luna.

Desnuda evaporada,
Envuelta en la seda de tu mirada,
Pegada a la cámara de tus ojos,
Te seduzco, te tiento, te provoco,
Me deseas, me respiras, me acaricias,
Me recorres, me besas, me peregrinas,
Perdiéndote entre la ruta de mi cuerpo.

Tu musa desnuda,
Nada entre las venas de tus versos

(María)


=========================================================================================================


Muchas gracias, lady María, por permitirme acercar vuesas palabras a esta, mi humilde mansión J

=========================================================================================================================-

martes, 21 de abril de 2015




El punto G está en el oído, buscarlo en cualquier otro lugar es una pérdida de tiempo.

Isabel Allende


=============================================================================================================================

lunes, 20 de abril de 2015




Francisco Álvarez Hidalgo
( aporte de sayuri[S] )


=====================================================================================================================================

domingo, 19 de abril de 2015




La llegada del primo León no trastornó nuestra rutina cotidiana, por lo menos los primeros días. Al principio se pasaba las tardes haciendo visitas de cortesía a las damas del pueblo, y las mañanas en la cama, de modo que no lo teníamos encima más que a partir de la hora de cenar. Lo de «tenerlo encima» resulta un tanto exagerado, pues en realidad aún no habíamos encontrado más ocupación común que la partida de chaquete de la noche, que no incitaba precisamente a los devaneos. 

Odette sólo venía por las tardes, ya que su madre había regresado a Nogent. Sin embargo, ello no le impidió lograr su propósito, que era el de hacer que mi hermano la ensartara. Yo no era su carabina, así que me enteré unos días después por Max, que, aparte de no tener ningún motivo para ocultarlo por mucho tiempo, más bien se sentía orgulloso de añadir una más a su lista. —Yo no tenía demasiado interés —me dijo—. Ahora prefiero hacerlo con Adéle. Casi todas las mañanas pasa por mi habitación antes de bajar a la cocina, ¿sabes? Yo no corro nunca el pestillo; y, cuando está preparada, ella da unos golpecitos en el tabique para despertarme. Pero a esas horas yo siempre estoy despierto. Por las mañanas, yo..., en fin, casi siempre estoy empalmado, así que no perdemos mucho tiempo.

—¿Y se acuesta contigo?

—No, porque mi cama hace mucho ruido y nos da miedo que te despiertes. O, como máximo, en el borde, igual que aquella vez que te expliqué. Yo me quedo de pie y me coloco entre sus piernas, y ella me frota la..., la..., bueno, ya me entiendes, contra su coño, hasta que siente que le viene. Entonces me dice que entre, o me da una palmada en el culo para que sepa que ya la puedo meter. Así resulta más excitante que en el otro agujero, ¿sabes? —añadió doctamente—, por eso lo prefiero. Yo suelto mi jugo, y a continuación ella goza. Otras veces...

—Entonces —le interrumpí—, cuando llama a mi puerta para que me levante, ¿acaba de joder con mi hermano? ¡Si el tío Crapart llegara a sospechar algo! Sigue, sigue, ¿qué decías de otras veces?

—¡Oh! Con sus aires de mosquita muerta, Dédéle está hecha una guarra redomada. Hace que me tumbe en el suelo, con una almohada bajo la cabeza, y ella se monta a horcajadas encima de mí para que le acaricie las — al mismo tiempo que le meto el chisme. Incluso...

—¿Incluso qué? —pregunté, al ver que se quedaba en silencio.

—La semana pasada subió un día expresamente desde la cocina. Me dijo que estaríamos tranquilos porque los patronos aún no se habían levantado y a ti te había encargado que hicieras una cosa.

—¡Ya me acuerdo! —exclamé furiosa—. Fue el jueves. Me envió a buscar pan como si se tratara de un asunto urgentísimo. ¿Y qué pasó?

—Pues me dijo que me lavara el chisme, y luego se pasó un buen rato chupándolo para ponerme bien cachondo. Después, hizo que me sentara en el taburete, se sentó encima de mí y se lo metió. Era ella quien lo hacía todo; yo sólo tenía que chuparle los pezones al mismo tiempo. Y, como tú no estabas en tu habitación, no se privó de suspirar y gritar. Me lo pasé muy bien, porque a mí me gusta que haya mucho culo y muchas —. ¡Hay más material para divertirse! Así que, como comprenderás —concluyó—, tu Odette y sus huevos al plato...

Fingí que me enfadaba, pero en realidad estaba muy contenta de aprender tantas cosas. Olvidé pedirle que me explicara con detalle cómo lo había hecho con Odette, pero de todas formas me lo imaginaba. De todos modos, pocos días después, una mañana Max me llevó aparte para decirme: 

—Lulu, Odette y yo quisiéramos que nos prestaras tu habitación a la hora de la siesta.

—¿Y nada más?

—Bien, también quisiéramos que te las arreglaras para que Adéle no subiera, ni tampoco los tíos.

—Por lo que respecta a los tíos, puedes estar tranquilo —dije—. El tío regresa al despacho después de tomar café, y la tía se va a su habitación a echar un sueñecito. Le pediré a Adéle que me enseñe a hacer una tarta, y así no tendrá ningún motivo para subir. Pero, estoy sorprendida, hermanito yo creía que «mi» Odette no te interesaba.

—¡Desde luego que no! Te doy mi palabra. Pero ¿qué quieres que haga? — dijo con resignación—. Ahora que lo ha probado, lo necesita.

—Entonces, ¿le gusta?

—¡Vaya que sí! —exclamó—. No tienes más que preguntárselo esta noche, cuando la acompañemos a casa. A mí me divierte. Le enseño guarradas. Esta tarde le diré que si quiere que la ensarte tiene que chuparme la minina, y seguro que acepta. Con Lydie ocurría lo mismo, y con Adéle pasa también. Primero se hacen las remilgadas, pero a todas les gusta —afirmó el chulo que ya llevaba dentro.

(Continuará…) 


Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 




=============================================================================================================================

viernes, 17 de abril de 2015




El cuerpo, si se le trata bien, puede durar toda la vida.

(Noel Clarasó)


=====================================================================================================================

jueves, 16 de abril de 2015




El sexo con amor es la cosa más maravillosa de la vida. Pero el sexo sin amor… tampoco esta tan mal.

Mae West


==========================================================================================================================

miércoles, 15 de abril de 2015





Eres como la luz, muchacha mía,
dulcemente templada y transparente;
caricia toda tú, la piel te siente
con plenitud frutal de mediodía.
Eres la gloria tú que tiene el día,
el día tú creciéndome inocente
por este pecho, amor, por esta frente,
por esta sangre que la tuya guía.
Ay, terca luz, abrásame en tu cielo,
donde la maravilla me convoca
al gozo fugitivo de tu vuelo.
No me des tu calor como a la roca;
dame tu vida en él, que sólo anhelo
hallar a Dios en tu abrasada boca.


(Rafael Morales)


=================================================================================================================

martes, 14 de abril de 2015




Doy gracias a Dios por haber sido educado como un católico, pues debido a ello el sexo siempre me parecerá una cosa pervertida. 

John Waters


========================================================================================================================

lunes, 13 de abril de 2015




Regresé a casa sin tropiezos, con las manos vacías porque, evidentemente, no habría sabido cómo explicar por qué había ido a casa de Lucas, y haciendo un alto en mi habitación para tranquilizarme y refrescarme la cara. En cuanto a lo otro, antes de irme le había preguntado a él sin demasiado embarazo:

—Lucas, ¿podría..., en fin, ya sabe, lavarme un poco el..., el...? Usted me entiende, ¿no? ¿Se puede en su casa?

—¡Por favor, señorita! ¿Cree que Adéle no ha pensado en eso? — respondió, riendo a carcajadas—. Ya estoy acostumbrado. ¡Venga! Está al otro lado del tabique.

Aquello era un punto a su favor. En un rincón de la habitación había un palanganero, una jarra de agua y, ¡oh sorpresa!, incluso el pequeño mueble indispensable para ese tipo de abluciones. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¡Misterio! Seguramente era la compra que les había parecido más necesaria para sus amores rústicos, y que aquel día lo fue para mí. «Hay una primera vez para todo», pensé en actitud filosófica mientras estrenaba el bidet. Hoy me doy cuenta de que, del modo en que me lavé, impaciente por marcharme de su casa, me quedó en el vientre lo suficiente para dos o tres herederos. Pero aún no había llegado el momento...
Odette y mi hermano todavía no habían vuelto de hacer las compras cuando llegué al comedor, con las piernas aún temblorosas, pero en conjunto bastante presentable. Aquella noche dormí como una bendita. Hubieran tenido que darme una paliza para que compartiera el lecho con Odette, que por su parte estaba tan agotada por las experiencias vividas a lo largo del día como yo. En consecuencia, nos besamos como dos hermanas antes de caer en los brazos de Morfeo, como decía Bougrot, mi embadurnador de lienzos, a quien el gobierno encargó un cuadro que debía representar el sueño de una diosa de tres al cuarto, Psique o algo así se llamaba, pero eso es lo de menos.
Nos despertamos temprano y totalmente repuestas. Yo digería en silencio la aventura de la víspera, mientras que Odette ya empezaba a preguntarse cómo podría reanudar la suya y obtener un poco más de instrucción y de distracción antes de que su madre regresara. A la edad que ella tenía, los primeros escarceos que se permite una señorita pueden dar dos resultados contrarios, según ésta tenga o no un temperamento amoroso: o bien se le quitan las ganas de volver a las andadas durante una larga temporada, o bien la excitan. También he observado que, a este respecto, resulta muy acertado decir «De tal palo, tal astilla», aunque en mi caso no sea cierto en absoluto. Sí lo era, en cambio, en el de Lydie Pasquier, que acabó mal, y en el de Odette de Courmanche, que se casó tres años después del verano que pasamos juntas en Nogent—le—Rotrou, aunque, por lo que tuve ocasión de enterarme, no tardó demasiado en hacérselas pasar de todos los colores a su marido.

—Mi querida Lucette —me dijo mientras nos levantábamos—, me hubiera encantado que volviéramos a abrazarnos sin camisón anoche, y pasar la noche divirtiéndonos, pero me quedé dormida en cuanto me dejé caer en la cama. ¡Perdóname! Da mucho gusto hacer esas cosas con otra chica, o con un chico, pero resulta agotador, ¿no te parece? La prueba es que tú estabas tan cansada como yo, y eso que no viniste de compras con nosotros.

 —¡Oh! Me dediqué a otras cosas —respondí evasiva—. ¿Se portó bien mi hermano contigo?

—¡Calla, calla! ¿Sabes lo que me propuso?

—No lo sé, pero me lo imagino. Quiere que te dejes ensartar por detrás, ¿a que sí?

—Sí —respondió con las mejillas encendidas—, pero me aseguró que iría muy despacio y que no me haría nada de daño...

—Bueno, la decisión depende de ti —interrumpí con cierta brusquedad—. No serías la primera en pasar por ese trance, y si una chica tuviera que morirse por hacerlo, se sabría. Además, tu precioso agujerito tiene ganas de intentarlo, ¿verdad? —añadí, al tiempo que deslizaba una mano bajo su camisón y le acariciaba con un dedo.

—¡Oh! No te creas que tantas si pienso en otras cosas, excepto a veces cuando estoy en el excusado. Te reirás, pero ahora que sé que se puede hacer, cuando estoy allí casi siempre pienso en eso. Y, por supuesto, cuando siento que tu dedo intenta entrar —añadió contoneándose.


Yo estaba empezando a excitarme, pero no tenía la más mínima intención de dedicarme a jueguecitos para chiquillas deseosas de enculadas. A pesar de todo, me resultaba tan placentero toquetear a Odette que continué. Creo que también deseaba ponerla a punto para que no pudiera resistirse a Max, en caso de que insistiera en ensartarla, porque cuando un chico o una chica de nuestra edad se interna en el camino de la lujuria, como dicen los curas, no para hasta que consigue arrastrar tras de sí, quizá por vicio, al mayor número posible de discípulos. A todas las chicas les gusta preparar a sus amiguitas para que accedan a los deseos de su hermano, y lo mismo les sucede a los chicos con sus hermanas. Es lo que yo llamo «velar por los intereses de la familia».

—Dédette, te quiero —le dije—. Arremángate el camisón sin moverte. Quiero mostrarte una cosa.

Me arrodillé detrás de ella y acerqué la cabeza a su culo hasta encontrar lo que buscaba. Cuando mi boca estuvo en el lugar indicado, te separé las nalgas con las dos manos para poder respirar mientras chupaba. Ella se inclinó y se apoyó en la cama, y entonces yo hice lo que deseaba, lamerle la flor del culo. Por supuesto, yo ignoraba que hacer aquello se llamara así, pero tiene un nombre tan divertido que hago como si entonces lo hubiera sabido. Me lo enseñó más tarde Adolphe, que me hacía lo mismo cada vez que pasábamos la noche juntos, e incluso me explicó que había una obra de teatro con un título alusivo, La olorosa flor del culo, aunque no la conocía. Sea como fuere, e hiciera o no teatro, lo cierto es que Odette enseguida se puso como loca, igual que todas las chicas y todas las mujeres amantes del placer. Tras lavarle bien el agujero y pasear la lengua por su interior, me acerqué a su rostro para preguntarle en voz baja:

—¿Te ha gustado lo que te he hecho, guarra mía? Por toda respuesta, Odette colocó su boca contra la mía, y nos besamos mezclando nuestras salivas. Luego me dijo en voz baja:

—Es curioso, tu boca acaba de chuparme el..., el... 

—¡Atrévete a decirlo, boba! El agujerito, el ojete. 

—Eso, el ojete, y al besarte en la boca siento como si yo misma me lo estuviera chupando. No te rías —añadió—, lo digo muy en serio. Te juro que he identificado el olor en tu lengua.

—Entonces, mi querida Dédette, lo que sucede es que eres tan guarra como yo. Dímelo, dime que eres una guarra...

—Sí, es verdad —respondió en voz tan baja que apenas la oía—. Contigo me convierto en una auténtica guarra... Antes de darme cuenta de lo que me está pasando, ¡ya está hecho!

Después, bajamos a desayunar. Max ya estaba allí, y Dédette se lo comía con los ojos. Adéle nos había preparado un espumeante chocolate, que encontré todavía mejor que de costumbre.

(Continuará…) 


Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 



=============================================================================================================================


domingo, 12 de abril de 2015




Erase una vez, una odalisca ilusionada
Atrapada en la mirada de un moro,
enamorada, de una mirada callada.

Cansada de esperar por su mirada
decidió, conquistarlo con la pasión
y con una danza llamar su atención,
entre susurros, al oído le declaro;


Amor mío, mi mar, mi fuente,
mi rió, sustento de mis suspiros,
por ti puedo ser odalisca de placer
mira  lo que es capaz  de hacer
cuando ama,  una real mujer.


Uno a uno irán cayendo los  velos
cada uno lleva escondido un anhelo
un propósito por mi definido
seducirte, hoy lo he decidido.

El primero descubrirá mis manos
que imitando dos palomas volando
seductoras  se irán acercando
a tu cuerpo,  ceñirán su mando

El segundo se libera en  mi pecho
dejando descubierto en mi un hecho,
mis  montañas de cúpula firme
desean que  tu boca   las firme

El tercero cae de mi cintura
en serpentinos movimientos te apura
entre promesas de placer te augura
llevarte en mi llanura a la locura

Cuarto y quinto caen en tizonera,
fundidos por la mar de mis caderas,
olas que te ansían en  mi vera,
con su shimi te invitan sinceras.

El sexto, con ansia y sin tu  calma
se desliza suavemente en mi espalda,
giralda  sensual,  sinuosa y  sin falda
atrapa  tu mirada cual  esmeralda.

El ultimo cae,  y vuela sinuoso
dejando al descubierto mis ojos
donde se adivinan por ti mis antojos
en los que deseo fundirte gozoso...


(Genevieve Moon)

=============================================================================================================
______________________________________________________________________________________________________________________________________________