Prologo de El Libertino

domingo, 31 de mayo de 2015


Rendida se nos muestra esta noche lady María, entregándonos su sentir en forma de hermosas palabras llenas de pasión, sentimiento y entrega. Palabras que expresan una marera de ser, de pensar, de vivir. Palabras llenas de valor, llenas de fuerza e intensidad. Un regalo para todos los amigos y amigas de la mansión, que como siempre, agradecemos de corazón. Besos, lady maría, y gracias por permitir que alberguemos tan hermosos versos en esta, nuestra humilde mansión.

Sayiid

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Rendida,
a la misericordia de tu cuerpo,
tendida,
a la sumisión del deseo,
posando,
desnuda y abierta ante ti.


Doblegada,
a las sombras del silencio,
entregada,
al vicio y a la perversión,


Postrada,
más que sedienta de ti,
enhebrada,
cosida a tus piernas,
agonizando,
consciente en la muerte,
temblorosa,
ofreciéndote mi vida.


Amarrada a las cuerdas de tu templo,
desatada la sangre de mis venas,
directa al suplicio placentero del calvario.


(María)


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sábado, 30 de mayo de 2015




El sexo sólo es sucio cuando 
no te lavas.

Madonna


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viernes, 29 de mayo de 2015





Aquellos tus cabellos nunca humanos
y de tus ojos rojos los destellos
tus senos crueles y el dolor que de ellos
se desprendía a mis contactos vanos.

Los acaricio con bestiales manos,
los acaricio y vuelan tus cabellos
como aire herido por el humo aquellos
aquellos tus cabellos nunca humanos.

La lumbre celestial de tu semblante
y el negro humo de mis manos tiernas
mis pesadillas y tus maravillas.

Erzulie diosa del amor y amante
mis besos suben lentos por tus piernas
de madera y me postro de rodillas.


(Carlos Edmundo De Ory)


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miércoles, 27 de mayo de 2015




El amor es cuestión de química, pero el sexo 
es cuestión de física.

Anónimo


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martes, 26 de mayo de 2015




Unos ocho días después de la marcha de Adéle, murió un tío del señor Crapart, uno bien situado, dueño de una heredad, que vivía en Chaudé— sur—Sarthe, cuna de todos los Crapart de la cristiandad. Veintitrés leguas por caminos empinados, arenosos, penosos. Un día entero para ir, otro para enterrarlo y otro para regresar. La casa era exclusivamente nuestra durante tres largos y hermosos días, ya que Lucas también iba al entierro con objeto de conducir el cabriolé.

Cuando éste desapareció tras el primer recodo del camino, saludado desde el umbral por nuestros pañuelos, me arrojé en brazos de Léon y exclamé: —¡Gocemos del amor y del buen vino, querido Léon! ¡Hace tanto tiempo que sueño con pasar contigo una noche entera! ¡Por no hablar de los días! Estoy tan contenta, que pagaría una misa con mis ahorros en memoria del tío de Chaumont.

Apenas eran las seis de la mañana. Estábamos muertos de hambre, así que preparé un desayuno de lujo para mi hombre. Después, recogí las cosas, eché una paletada de carbón al fogón de la cocina y le pregunté:

—¿Dónde, querido primo? ¿En tu habitación? ¿En la mía? ¡Si quieres, aquí mismo! O en el excusado, ¿por qué no?

Eligió su habitación, cuya cama era, todo hay que decirlo, mucho mejor que la mía, y subimos allí cogidos de la mano. Me quité la ropa con toda tranquilidad, incluida la camiseta, a pesar del frío de la mañana, y revoloteé un momento a su alrededor, completamente desnuda, para obligarle a que se la quitara él también, avergonzado como un zorro atrapado por una gallina a causa de su pudibundez. Luego me tumbé en la cama sin esperarlo, boca arriba y con las piernas abiertas. Tenía una colita diminuta, pero a mí eso nunca me ha preocupado, por lo menos con un hombre joven, a quien un poco de calor basta para ponerse cachondo. Después de todo, lo que tienen los hombres ahí no es un hueso. ¡Ni siquiera relleno de tuétano! Realmente, mi primo estaba haciendo grandes progresos. Puedo afirmar que llegué a convertirlo en un amante aceptable. Tomó posiciones lo mejor que pudo, doblando las piernas, que tropezaban contra los pies de la cama, y empezó a trabajar con la lengua. Yo me fui desplazando poco a poco hasta quedar atravesada, sin interrumpirlo ni dejar de suspirar, de tal modo que acabé por encontrarme lo suficientemente cerca de su cuerpo como para poder pasar un brazo bajo su vientre y atraerlo hacia mí. El comprendió entonces lo que yo pretendía hacer. Colocó su cabeza entre mis piernas, sin soltar el caramelo, y yo por fin pude amorrarme a su picha de la forma que llevaba días soñando hacerlo con él.


Todo el mundo conoce esa postura, salvo quizá los zulúes, que tan sólo saben contar hasta veinte. Es el sesenta y nueve, una especialidad nacional cuyo nombre y uso nuestro audaz país ha extendido por todas las tierras habitadas o no, hasta el punto que entre los prusianos y los ingleses no se conoce otra. ¡Viva Francia, mi general!

Debería decir los sesenta y nueves, porque existen tres y hasta cuatro maneras de hacerlo. Nosotros, o, mejor dicho, yo, habían decidido acostarme de lado, frente a él, que para mi gusto es la variante más tierna y menos fatigosa. Esa es una. En realidad, dos, porque yo habría podido tumbarme tanto apoyada en el costado derecho como en el izquierdo. Cuando volvimos a hacerlo, unos días después, me subí poco a poco encima de él, mientras ambos ejercitábamos activa y amorosamente nuestras respectivas bocas, él en mi clítoris, y yo en su picha. Esa es la tercera. Resulta más agradable para la mujer que para el hombre, pues en cierto modo ella tiene libertad de movimientos, mientras que todo el peso de su culo descansa sobre el hombre. No obstante, muchos hombres la prefieren a las otras precisamente por eso, porque les gusta que la mujer los aplaste y porque les deja las manos libres para ocuparse de las nalgas de la elegida; y, en particular, delicia entre las delicias, para meterles el dedo de honor, o, si se prefiere, para ofrecerles el honor de un dedo, lo cual, possibly, como decía mi milord, prepara la entrada de los artistas al episodio siguiente.
Esta tercera variante, la más revoltosa y sabrosa, no es más que la recompensa de la cuarta, que tan sólo es la anterior, pero al revés, con ella montada en clara alusión a la nata del mismo nombre.

Aquélla fue la primera vez que pasé toda la noche con un hombre. Por un lado me gusta y por otro no. Me gusta cuando está nevando y no me atrevo a levantarme a media noche para echar más carbón al brasero, cuando la habitación está fría y el lecho glacial.

Entonces, sí, es una suerte tener al lado de una un calentador de cama que te toca las nalgas y las tetas, te frota la espalda y te acaricia los hombros para hacerte olvidar que es enero, y cuya picha se hincha contra tu vientre hasta el momento en que te abres de piernas. Y todavía es mejor cuando, de madrugada, después de dar media vuelta para dormir plácidamente, de pronto te despierta un dedo masturbador que acaba por mojarte y abrirte, y hacerte desear que entre y te haga gozar sin llegar a interrumpir del todo tu sueño. ¡Eso sí que me gusta!

Y por la mañana también. ¡Ah, esas triunfales mañanas de los jóvenes amantes! Las que yo he vivido, seguían por buen camino. El primero en salir del sueño, despierta al otro con suavidad. Con la boca. Si es él (depende de los hombres, pero no es habitual), debe deslizarse hacia los pies de la cama evitando destaparme porque en la habitación hace frío, separar mis muslos muy despacio e instalarse ante mi tesoro para hacerle el aseo matutino. Entonces, me despierto como en un lecho de rosas, y raro es si no tengo ante mis narices el tesoro correspondiente, que despierta a su vez, aún húmedo a causa de las hazañas de la noche. No hay nada mejor que un sesenta y nueve antes de desayunar, para empezar con buen pie el día que se inicia.

Si me despierto yo primero, la maniobra es a la inversa. Me deslizo bajo el cobertor, subo las piernas para darle calor en el bigote, y me centro en el objeto. En cuanto consigo ponerlo en estado de operar, me instalo sobre él como una amazona, y partimos al galope.

En pleno verano la cosa no es tan agradable. ¡Dios mío! Duermo fatal junto a un hombre sudoroso, incluso aunque sienta algo por él; así que con mayor razón si no siento nada. Pero así es el oficio, con sus alegrías y sus tristezas. Las primeras veces pedí cinco francos, pero me di cuenta de que estaba malgastando mi talento. Cuando un amante me bautizó como Lulu la Chic y empecé a ser bastante conocida en la Chaussée d'Antin, subí la tarifa a diez francos, y luego a un luis. Debo decir que, por veinte francos, yo daba mucho juego: todo lo que se le antojara al cliente, ¡incluida una visita al vecino!

Con Léon, para ser la primera vez (no cuento las noches que pasé con Odette de Courmanche, porque pasar la noche con una mujer siempre es mejor que con el mejor de los hombres), fue perfecto: ni demasiado caliente, ni demasiado frío, ni demasiado quieto, ni demasiado bullicioso, y cariñoso como el personaje de una novela.

(Continuará)

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)




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lunes, 25 de mayo de 2015




El dolor está en nuestra vida cotidiana, en el
 sufrimiento escondido, en la renuncia que 
hacemos y culpamos al amor por la derrota
 de nuestros sueños.

Paulo Coelho


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domingo, 24 de mayo de 2015




La gran diferencia entre el sexo a cambio de dinero y el sexo gratis es que el sexo a cambio de dinero suele costar menos.

Brendan Francis


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jueves, 21 de mayo de 2015




Entonces fue cuando Adéle se marchó a Maizy—le—Thou, lo cual nos permitió actuar con mayor tranquilidad, puesto que yo era la única que me alojaba en el piso alto del edificio de la casa.
Sin embargo, nuestros encuentros seguían estando Henos de dificultades. En primer lugar, porque yo disponía de poco tiempo libre y, cuando llegaba la noche, me caía de sueño; y, en segundo lugar, porque durante el día cualquiera podía pillar a Léon subiendo la escalera sin ninguna razón confesable. En consecuencia, nos encontrábamos por la mañana, muy temprano, inmediatamente después de desayunar juntos, mientras su madre estaba en el cuarto de baño y su padre enfrascado en sus papeles.
No era lo ideal, pero podíamos contar con media hora larga de seguridad, e incluso más, pues ni a su madre ni. todavía menos, a su padre se les hubiera ocurrido nunca buscarlo en mi habitación.
Fue allí donde le enseñé a comerme el conejo y a lamerme el clítoris hasta que logré gozar en su boca. ¡No fue una tarea fácil! Mi primo era todavía muy pudibundo. En ese aspecto, lo son casi todos. Entre los hombres, los amantes de chochitos distinguidos constituyen una excepción, mientras que entre las mujeres eso es algo habitual; me refiero a las aficionadas a la bollería, por supuesto, que son muchas más de las que por lo general la gente se imagina. Comprendo perfectamente que a todo el mundo no le gusta el bacalao, pero una mujer limpia destila un delicioso aroma natural, un perfume único, según dicen los que saben apreciarlo. Un día, en la calle Moulins, mientras esperaba precisamente a un apasionado del café Deux— Colonnes, se me ocurrió verter medio frasco de colonia en el agua para lavarme. Para lavarme eso, evidentemente. Pues bien, a mi cliente no le gustó en absoluto, y poco faltó para que me echara de la habitación y me cambiara por Mimi la Gamba.
— Por esta vez, pase —me dijo—. Pero que no se vuelva a repetir, pequeña. Un coño debe oler a coño, y no a agua de colonia.
Me di por enterada. Aquel hombre tenía toda la razón

(Continuará)

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)




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miércoles, 20 de mayo de 2015





Teorías antropológicas :-)

Tenemos razones para creer que el ser humano empezó a caminar erguido para liberar sus manos con el objeto de masturbarse.

Lily Tomlin


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martes, 19 de mayo de 2015




En el fondo – dice -, a una mujer de mundo le gusta saber que hay hombres superiores a otros, más audaces y elegantes, que no defraudaran su vanidad, no se detendrán ante su pretendida virtud, y tomarán la iniciativa usando, incluso, la violencia adecuada que sirva de excusa a la mujer…


Madame Dancenis en “Hombres Buenos” (Arturo Pérez Reverte)


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lunes, 18 de mayo de 2015




El deseo sexual es en los hombres un 
hambre; en las mujeres, solo un apetito.

 Mignon McLaughlin


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domingo, 17 de mayo de 2015

Veinte años de espera. Ya apenas recordaba la última. Pero nunca hay que rendirse, nunca hay que abandonar, pues se aprende más de las derrotas que de las victorias…
No es querer ganar lo que te hace un ganador, es negarte a fracasar.

¡¡¡ ENHORABUENA CAMPEONES !!!
GRACIAS POR REGALARNOS LA FELICIDAD DE SEGUIR SIENDO LOS MEJORES

Sayiid
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viernes, 15 de mayo de 2015




Buenos días, mañanita prodigiosa

Ese tembleque ansioso que me entra me tiene malita. Se habla de la erótica del poder y yo no sé la encuentro. Erótica hay cuando el reojo de mi amado me desnuda echándole chispitas sus ojos y yo me ablando y me balanceo insinuante rogándole un rózame, cariño y más cosillas que son muy íntimas y no me gusta ni debo contarlas. Ahí sí que hay erótica, pero, ¿en el poder?. Y eso del poder qué es que a la gente la tiene loca. El encargado lo ejerce con el empleado, el jefe con el encargado, los dueños con el jefe, los bancos con los dueños, el maestro con los alumnos, el inspector con los colegios, los colegios con los padres, ¿el parado?, a éste no se le ve mucho poder, bueno, sí, quizá en la tabernilla pero, paso del tema; ¿erótica del poder? Y ahora puedo y no quiero y cuando quiero no puedo, ¿estará aquí el secretillo? ¿La junterilla entre poder y querer? ¿Con ella se despertará el deseo? El que puede y quiere, ¿qué desea? Puede joder o puede no joder. Ahí está. Ya lo sé. Por joder el poder se vuelve erótico.



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jueves, 14 de mayo de 2015




El sexo es una emoción en movimiento.

 Mae West


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miércoles, 13 de mayo de 2015




LUJURIOSA VENDETTA

Ante todos eras una Diosa, una mujer fuerte, severa, amenazadora, inmisericorde y brutal.
No te temblaba la mano al firmar condenas o penas de muerte.
No te perturbaba la conciencia los cientos de cadáveres que ibas dejando atrás, en aquel oscuro laboratorio, donde llevabas a cabo los inhumanos experimentos bajo la tutela del mismísimo Führer.
Todo te estaba permitido: las vejaciones, los castigos, las violaciones, las humillaciones…
Para ti no existían los límites, y si alguien se interponía entre ti y lo que deseabas, lo apartabas de un manotazo…
Tomabas lo que querías, y una vez cansada, lo desechabas y buscabas algo nuevo para satisfacer tus perversiones…
Hombres, mujeres, animales…, todo te valía con tal de satisfacer tus lujuriosas fantasías…
Habías atado, azotado, asfixiado, violado, quemado, cortado, seccionado, injertado…, sin el más mínimo escrúpulo.
Y a todos tenías aterrorizados. Nadie osaba enfrentarse a ti. Cuando elegías a un hombre o una mujer para pasar la noche contigo, ya se daban por muertos y se comportaban con humillante mansedumbre ante tus excesos. Nadie jamás osó negarte nada, por mucho miedo que tuvieran, pues en aquel sucio campo de concentración, todos estábamos muertos aunque siguiéramos respirando.
Y ese fue tu error, puta arpía...
Tu error fue tu exceso de confianza y elegirme a mí, que jamás me dejé dominar por nadie, para pasar esta última noche contigo.
Desde que me elegiste supe que nada tenía ya que perder, que mi suerte estaba echada, y que esta sería mi última noche en la tierra, te hiciera o no gozar.
Por eso decidí que lo mejor era emplear todas mis armas, aprendidas a lo largo de los años, para someter ese cuerpo tuyo, lleno de lujuria y desdén, y someterte yo a mi propia ley.
Tu estupidez y orgullo me permitieron quedarme a solas contigo en tu habitación, con la orden expresa, dada por ti, de que nadie nos molestara…
Por eso me desnudé ante ti y soporte tus humillantes comentarios…, por eso me arrodillé a tus pies y lamí tus brillantes botas…, por eso te desnudé mientras me insultabas y me recordabas que si no te satisfacía, acabaría, frio y rígido,  en una zanja en medio de aquel helado campo.
Por eso permití que me ataras, que me azotaras, que vertieras agua hirviendo sobre mi piel para, según tú, calentar mi gélido y anodino cuerpo o que me clavaras agujas por todo el cuerpo para, según tú, estimular mis centros nerviosos…
Por eso me esforcé en darte placer cuando te tumbaste en tu enorme cama y hundí mi cabeza entre tus fuertes muslos, lamiendo con fruición y desesperación tu coño frio y depilado, que reaccionó ante mis esfuerzos, hinchándose, dilatándose, mojándose y abriéndose cada vez más y más para mí.
Por eso me afané en conseguir que mi polla consiguiera la dureza necesaria para llenar ese coño que ya odiaba, que me repugnaba, que detestaba. Pero aun así me clavé en el con la desesperación del que ya nada tiene, del que sabe que vive horas regaladas y que su fin está ya próximo y su último momento se acerca.
Y quizás fuera esa fuerza final,  esa determinación, ese querer destrozarte por dentro, lo que hizo que empezaras a gemir de placer como la zorra que yo sabía que eras. Y mientras destrozaba tu coño, mordía y pellizcaba tus enormes tetas, y retorcía tus duros pezones, y tú, lejos de enfadarte, gemías más y más fuerte, te retorcías entre mis muslos y me pedías…, me exigías que te diera más y más fuerte aún.
Presa de la excitación y de la desesperación yo te daba lo que tú me pedías, y te escupía en la cara mientras te decía que eras una puta, una zorra de mierda, una perra asesina, y te azotaba las tetas, y te tiraba del pelo, y te mordía en la boca hasta hacerte sangrar. Y tu gemías, y gemías, y te corrías de gusto hasta mearte entre mis piernas, y entonces, en ese preciso instante, supe que te tenía a mi merced, que eras mía y que pagarías por ello.
Tirándote del pelo, te obligue a darte la vuelta y a ponerte a cuatro patas, como una yegua desabrida. Y me clavé de nuevo entre tus muslos, penetrándote con la mayor dureza que podía, mientras tiraba de tu pelo como si de las riendas de tu bocado fueran. Y tú, perra, chillabas de dolor, pero seguías moviendo tus caderas para darte más placer. Y yo te susurraba al oído lo golfa que eres, lo arrastrada que eras, lo puta que eras y que permitías que un miserable judío te estuviera dando más placer que todos esos putos arios rubios juntos.
Y tú escuchabas y yo veía en odio en tus ojos, veía la misma muerte en tus ojos, pero a la vez veía el deseo y la lujuria y sabía que no me harías nada hasta haber acabado contigo, pero que después harías que deseara estar muerto antes de caer en tus sucias manos.
Mi sentencia de muerte estaba firmada, así que, en un acto de pura lujuria y febril desenfreno, saqué mi polla de tu chorreante coño y, sin previo aviso, coloque mi capullo sobre la entrada de tu culo virgen y de un solo empujón te la clavé hasta la mitad. El grito de dolor que se escapó de tu garganta fue como música celestial para mis oídos, y tanto me gustó que no deje de clavarme una y otra vez en tu desgarrado ano, mezclando fluidos y sangre, placer y dolor...
Tu tratabas de descabalgarme, pero yo te tenía bien sujeta por la grupa, y te tiraba fuertemente del pelo, mientras seguía empotrándome dentro de ti, y cuando tus fuerzas menguaron un poco, aproveché para llevar mi mano a tu cuello, y apretando fuertemente, como una tenaza de fuerza descomunal, empecé a asfixiarte mientras seguía violando tu culo, lo cual me producía un placer que jamás antes había experimentado…
A cada empujón recordaba a todos los amigos y amigas que habían muerto en tus sucias manos. A cada penetración sentía que sus espíritus quedaban vengados y liberados. A cada espasmo de tu cuerpo ante la falta de aire, me sentía más y más excitado, más y más enervado, hasta que, coincidiendo con que ya te quedaste quieta y dejaste de moverte para siempre, densos chorros de caliente y espeso semen llenaron tus entrañas con la semilla de este pobre judío, de este don nadie preso en este infierno, simplemente por haber nacido en el lugar equivocado.
Agotado, caí sobre ti y allí me quede…, rendido, agotado, extasiado y feliz…
Sabía que cuando entraran mi suerte estaría ya echada. Que nada ni nadie podría salvarme, pero tumbado allí, sobre tu cuerpo, aún tibio, pero que iba perdiendo poco a poco su temperatura y su color…, me sentí bien, me sentí pleno y di gracias a yahvé por haberme concedido tan justiciera polla para vengarme de todas y cada una de tus victimas…

Sayiid

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martes, 12 de mayo de 2015




En muchas ocasiones la lectura de un libro 
ha cambiado la fortuna de una persona, 
decidiendo el curso de su vida.

(Ralph Waldo Emerson)


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lunes, 11 de mayo de 2015




Al pobre León le quedaban pocas semanas de vacaciones, y estaba dispuesto a aprovecharlas ahora que había descubierto la fórmula para pasarlas del modo más agradable posible.
La tarde de aquel famoso día de las corbatas, le pedí, delante de sus padres, que me acompañara a Correos. Por el camino, cuando él intentaba cogerme de la mano, yo le rechazaba, regañándole por ser tan poco prudente.

-        Pero, Lucienne, es que te quiero. ¿Tú ya no me quieres tanto como esta mañana?

—Sí, más aún —repliqué—. Pero, cuanto más me quieras, más debes guardar las distancias conmigo. ¡Me mirabas de un modo en la mesa! ¡Menos mal que tus padres estaban distraídos con otra cosa y no se han dado cuenta! Nos meterías a los dos en un buen lío si sospecharan lo que hay entre nosotros. Porque —añadí—, ¿acaso crees que te permitirían casarte conmigo aunque descubrieran el pastel? Ni se te ha ocurrido pensar en ello, ¿verdad? Además —proseguí—, ¿quién te dice que yo aceptaría?

—Pero, querida Lucienne, ¡nos entendemos tan bien!

Querida Lucienne por aquí, querida Lucienne por allá...
Yo deseaba con toda el alma saciar mi deseo con él, e incluso estaba un poco enamorada. Pero los arrumacos, las carantoñas... A mí eso me parecía muy poco.

—Lo primero que tenemos que hacer es ponernos de acuerdo para repetir sin que nos pillen —dije—. Tu habitación queda descartada, incluso de noche. Además, la noche está hecha para dormir —añadí.

—Entonces, ¿en la tuya?

Hice un mohín. A Odette o a mi hermano nadie se extrañaría de verlos allí, mientras mantuvieran la compostura. Pero a mi primo...

—No, tampoco puede ser. Cualquiera podría buscarte, o buscarme... Y no se puede acariciar bien cuando se tiene miedo.

—Entonces, ¿en el arroyo? Igual que la primera vez, Lu...

 —¡De eso nada! Yo estaría temiendo que apareciera Lucas y tú que te atacaran las hormigas. En el arroyo, no. Tal vez en el parque — dije.

Aquello tampoco era fácil. Si íbamos juntos, sus padres empezarían a preguntarse qué nos dedicábamos a hacer allí. Si cada uno iba por su lado, se preguntarían dónde estaba yo y pronto empezarían a sospechar.

—Escucha, querido primo —concluí durante el camino de vuelta—, no se me ocurre más que una cosa. ¿Conoces el... el cobertizo que hay detrás del establo?

—Sí, claro. El cobertizo...

—Bueno —dije riendo—, el cobertizo donde uno va cuando tiene una necesidad y no quiere entrar en casa. El que utilizan Lucas y Adéle.

—Pero, Lulu...

—Pero ¿qué? Esto también es una necesidad. Por lo menos podríamos quedar allí.

Conseguí convencerlo. No era mucho menos imprudente que en otro sido, pero, desde que lo había probado con Vincent Vierneau, la idea de joder, no digo de hacer el amor, en ese tipo de estancia, acudía de vez en cuando a mi mente. No es algo tan extraño. En el burdel conocí a un cliente que reservaba el excusado para ir allí conmigo y con Rosa la Flor. Las otras hacían muecas de asco, incluso Rachel la Judía, que no era de las más delicadas; la prueba está en que la madame le reservaba a los «niños creciditos», esos que sólo lo consiguen si su mamá los sienta en el orinal y... Pero ya estoy divagando otra vez. El caso es que a mí me gusta, lo mismo que a Rosa la Flor. Al margen de que el cliente paga por ello un suplemento de cinco francos, cifra nada despreciable por cierto.
Así pues, León y yo acordamos que al día siguiente nos quedaríamos despiertos hasta mucho después de que todos se hubieran acostado; por lo menos hasta las doce de la noche. El cogería una linterna, saldría para agitarla bajo mi ventana, y yo bajaría a reunirme con él.
¡Era una idea encantadora! La víspera yo había dormido muy bien, y durante toda la tarde me sentí muy excitada pensando en nuestra cita. Aquella noche, mientras quitaba la mesa conseguí que me viera hacerle un guiño disimulado y humedecerme furtivamente los labios. No creo que comprendiera nada. Después de fregar los platos y ponerlo todo en orden, me quedé charlando un momento con Adéle, que bostezaba de fatiga, y más tarde subí a mi habitación para prepararme y esperar. «Muchas ganas ha de tener para lanzarse a una empresa como ésta», me dije. Y, justo cuando estaba a punto de sonar la medianoche, vi la linterna. Bajé en camisón y zapatillas, pues la noche era calurosa, y sin encender la luz; conocía perfectamente la escalera y el camino que debía recorrer. Cuando llegamos al cobertizo en cuestión, le dije al oído que sería mejor apagar la linterna para no atraer la atención de Adéle, que podría ver la luz desde su ventana.

—Pero no te preocupes, duerme como un tronco —añadí—. ¡Venga! Vamos a entrar.

El lugar, como todos los de ese tipo, era bastante grande y albergaba una tarima con encofrado de madera, un común en el que muy bien podían sentarse dos personas, y también, evidentemente, su tapadera con el pomo en el centro. Una vez cerrada la puerta, el recinto resultaba confortable, y hacía casi tanto calor como en una habitación. En cuanto estuvimos a cubierto, dejé la linterna en un rincón y tomé a León entre mis brazos para besarlo en la boca, a lo cual él me respondió con ardor. Al mismo tiempo, tanteé el terreno a través de su camisa de dormir. Tal como me imaginaba, estaba completamente plano. ¡Pobre querubín! Entre los nervios, la inquietud y las tinieblas que nos rodeaban, ¿cómo hubiera podido empalmarse?

—Querido León, me alegro mucho de que hayas venido. Vas a amar intensamente a tu Lucienne, ¿verdad?

—Me... Me gustaría mucho. Pero no sé...

—¡Sí, sí! ¡Ya verás como sí! Siéntate —le ordené, empujándole hacia la banqueta—, y déjame hacer.

Cuando estuvo sentado, me arrodillé ante él separando sus piernas, sintiéndome más a gusto en aquella oscuridad y sobre la tarima de madera, que en el carruaje del señor..., ¿cómo era?... ¡Ah, sí! León. Me gusta ocuparme de un hombre de ese modo, yo de rodillas y él sentado. El calor te invade, sus muslos te rodean como si fueran brazos, y he observado que les viene con más facilidad que estando tumbados o de pie, tal vez porque la sangre circula con mayor libertad. Le quité la camisa y comencé a chuparle el dardo con suavidad. Estaba encogido a causa del fresco de la noche, de modo que pude tomarlo por entero en mi boca, así como los cojones, y retenerlo así, dándole calor, hasta que sentí que empezaba a crecer. Luego, continué haciendo que entrara y saliera de mi boca. Le había pasado un brazo alrededor de los riñones, mientras acariciaba sus cajones con la mano que me quedaba libre. El me agarraba del cabello y suspiraba. No tardó en estar empalmado Ahora y en crispar sus manos sobre mi cabeza.

—Se la meterás a tu amada Lucienne —murmuré, incorporándome—. Pero antes debes acariciarme. Sí, ahí, con el dedo... Junta las piernas para que yo pueda abrir las mías. Sí, muy bien, con el dedo... Recorre toda la hendidura... Sí, sí, León... No digas nada... Continúa... Ahí, ahí, en el clítoris... ¿Notas lo mojada que estoy ahora, para que mi León pueda metérmela sin hacerme daño? Y, mientras tanto, yo sigo masturbando a mi León para que me dé... ¡Oh, oh! ¡Espera, mi vida! —exclamé, jadeando—. ¡Para un momento!

Ya no sentía las piernas. Me arremangué con presteza el camisón y me dejé caer lentamente sobre su picha, guiándola con la mano. Cuando noté que la punta estaba situada en el lugar adecuado, proseguí el descenso separando las piernas todo lo que pude; y, cuando la mitad del miembro estuvo dentro, me senté a horcajadas sobre sus muslos.

—¡Ah, qué gusto! ¡Qué gusto da así! —suspiró Léon—. No sabía... ¡Oh, cómo aprieta! Lucienne, qué caliente se está dentro de tu..., de tu...

 —¡Dentro de mi coño! Sí, es verdad, pero tu picha también está ardiendo. Cógeme de la cintura para ayudarme... ¡Vamos, cabalga, cabalga, amor mío!

Estaba tan excitado, que su miembro se salió dos veces de mi conejo, pero yo volví a meterlo enseguida. No me atrevía a gemir, y me asía con fuerza a sus brazos para calmarme un poco. Ahora, el olor de pipí que flotaba en el ambiente, y que al principio no había percibido, me inundaba los sentidos. Era delicioso, delicioso... Léon se corrió abundantemente y a continuación yo gocé, una sola vez, pero destilando más jugo que en otras ocasiones. Cosas del ambiente, como decía mi masturbador de pinceles, Adolphe Bougrot, a quien también le gustaba hacerlo en el retrete de su taller, que había pintado de colores chillones.

(Continuará)

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)



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sábado, 9 de mayo de 2015




ODA A LA ARTROSIS

Me gusta oír el crujir tus rodillas
cuando te sientas en cuclillas.
Es un sonido cavernoso
que sorprende por lo hermoso

Me gusta oír,
me gusta escuchar,
el crujir de tus rodillas
cuando, presa del deseo,
tú  te vas a agachar…


Me gusta oír el crujir tus rodillas
cuando te sientas en cuclillas.
Es un sonido cavernoso
que sorprende por lo hermoso


Me gusta oir,
me gusta escuchar,
el crujir de tus rodillas
cuando, delante de mi,
tú  te vas a arrodillar.


Me gusta oír el crujir tus rodillas
cuando te sientas en cuclillas.
Es un sonido cavernoso
que sorprende por lo hermoso.


Me gusta oír,
me gusta escuchar,
el crujir de tus rodillas
cuando, entre mis piernas,
tu boca quieres llenar.


Me gusta oír el crujir tus rodillas
cuando te sientas en cuclillas.
Es un sonido cavernoso
que sorprende por lo hermoso


(El Satiricón)

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viernes, 8 de mayo de 2015




Casarse por el sexo es como comprarse un Boeing 747 por los cacahuetes que te sirven gratis.

Jeff Foxworthy


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miércoles, 6 de mayo de 2015




Con veinte años todos tienen el rostro que Dios les ha dado; con cuarenta el rostro que les ha dado la vida y con sesenta el que se merecen.

(Albert Schweitzer)

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Dedicado a mí siempre admirada Katharine Hepburn, el más hermoso 
“saco de huesos” de la historia de la humanidad.

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martes, 5 de mayo de 2015




Cuando acabábamos de planchar la ropa de la semana, yo era la encargada de guardarla en las cómodas y los armarios. Así pues, una mañana, hacia las once, me encontré cargada con una pila de camisas y corbatas, las del coqueto «señorito León», que en Nugent se cambiaba de ropa casi todos los días, provocando la admiración de su mamá y la irritación de Adéle. A mí me daba igual porque, los días de plancha, me vestía únicamente con un blusón gris, sin mangas, ajustado a la cintura con una cinta, y unas sandalias. No habría soportado llevar nada más.
Al llegar a la puerta de su habitación, aunque estaba convencida de que a aquellas horas se encontraba en el pueblo, di dos breves golpes a la puerta para mayor tranquilidad y oí una voz sofocada que respondió:

—¿Quién es? ¿Eres tú, mamá?

Entreabrí la puerta y, sin ni siquiera asomar la punta de la nariz, dije, intentando imitar la voz de Adéle:

—No, señorito León, no soy su mamá, soy la planchadora. Vengo a traerle las corbatas.

Él se dignó levantarse de la cama, en camisa de dormir, para abrirme.

—Pero ¿todavía duermes a estas horas? —pregunté.

—¡Ah! Eres tú, Luciente —dijo simplemente—. No dormía, estaba leyendo y no me he dado cuenta de que iba pasando el tiempo. ¿Qué hora es?

— Casi las once. Déjame pasar —dije, cargada con la pila de ropa—, ¡y no te aproveches de la situación para sobarme! —añadí, sin confiar en que se atreviera a hacerlo—. Debe de ser muy interesante el libro que estás leyendo para que ni siquiera hayas pensado en vestirte —continué, guardando las camisas en la cómoda—. ¿Me dejas verlo?

—¡No, no! —contestó precipitadamente, ruborizándose como un monaguillo—. Es un... un Código Civil. Mi padre quiere que estudie una página cada día, y me he quedado dormido mientras estudiaba la de hoy. La medianería, ¿sabes lo que es eso, Lulu? —añadió, evidentemente para evitar que continuara haciéndole preguntas.

—Si no lo supiera después de casi cuatro meses viviendo en casa de un notario —repliqué—, sin duda sería porque estaba sorda. La medianería es lo que hay en estos momentos entre tú y yo.

Mientras le respondía, abrí el último cajón de la cómoda y comencé a guardar las camisas una a una, sin ninguna prisa. Permanecía de pie, de tal modo que, al agacharme, podía balancear la grupa de derecha a izquierda ante los ojos de mi primo, del que, a pesar de mis burlas, estaba un poco enamorada; y, de todas formas, con el atuendo que llevaba, que era tanto como decir que iba desnuda, pues el blusón se adhería a mi piel, en aquella habitación y después de una semana larga de ayuno, cualquier mano de hombre que se hubiera atrevido a deslizarse entre mis nalgas habría sido bien recibida. Pero, por desgracia, la suya no se aventuró... ¿Acaso aún no se había hecho a la idea de que me había abierto la puerta a mí, y no a su madre? ¿O quizá...?
Para asegurarme, y puesto que acababa de cerrar el cajón abriendo las piernas lo suficiente para darle otra oportunidad, sin éxito, alargué la mano derecha por detrás de mi espalda antes de incorporarme, y ésta tropezó enseguida con el saliente que formaba su picha bajo la camisa de dormir.

 — Pero... primo..., me ha parecido que estás empalmado —dije sin volverme y acariciándolo a través de la tela.

— No seas tonto, querido primo, ya que estás empalmado podríamos cambiar la medianería por el goce compartido. ¿O acaso ya no deseas a tu prima? —añadí, al tiempo que me volvía y me arremangaba el blusón justo hasta debajo del pecho.

—Pero..., pero..., Lucienne...

— No hay «peros» que valgan —dije en tono cortante—. Mi tía está en el pueblo, y yo creía que habías salido con ella. De todas formas, cierra la puerta con llave, corderito mío, y vuelve enseguida para ayudarme a quitarme este ridículo blusón. ¡Vamos! —añadí, al ver que no se movía.

Al final se decidió, y, en cuanto se volvió de espaldas, me saqué rápidamente el blusón por la cabeza y corrí hacia la cama, donde me encontró acostada al regresar, tras haber cerrado la puerta. Mi excitación debía de ser contagiosa, pues no vaciló en venir a unirse a mí y en arrojarse a mis brazos, murmurando:

— Te quiero, Lulu. ¡Oh, te quiero! Sí, sí, es verdad —repitió, al ver que yo hacía un mohín—. Ya sé que el otro día, en el arroyo, no me mostré muy solícito contigo...

—¡Desde luego! —constaté.

— Pero es que era la primera vez que estaba con una mujer... Además, yo... No me lo esperaba... Yo... ¡me quedé tan sorprendido!...

—¿Piensas seguir hablando mucho rato? —interrumpí—. ¿Ni siquiera te has dado cuenta de que me he quedado completamente desnuda para ti? Contesta. ¿O es que te da igual?

—¡Oh, no, Lucienne! ¡No me da igual! —exclamó—. Te deseo, Y te quiero todavía más.

— Si estás enamorado de mí, ¿por qué no te quitas la camisa? —repliqué— . Los amantes de verdad siempre se acuestan totalmente desnudos.
Él obedeció, y nos recreamos un buen rato mirándonos. Mi primo era de ese tipo de hombre alto, delgado y delicado; tenía la piel casi tan blanca como la de una mujer, cuatro pelos mal contados en el pecho, y pocos más en el pubis. En resumen, el joven ideal para una señorita de buena familia. Comparándolo con el doctor Boulay y el coracero Lucas, e incluso con Vincent Vierneau, lo encontré mucho más fino, pero eso me excitó todavía más. Por otro lado, ahora deseaba a alguien que me jodiera con más suavidad que los anteriores, e incluso con menos habilidad, un hombre amable que no pudiera enseñarme nada, sino que más bien tuviera que aprenderlo todo de mí. A León podía imaginarlo como un joven marido del que me hubiera sinceramente enamorado. O incluso como un hombre leal que estuviera aprovechándose de mi vicio natural e ingenuo. A los otros, no.
Salí de mis ensoñaciones al sentir sus manos, que él pasaba torpemente por mis pechos, rozando los pezones. Habían crecido mucho durante el último mes, y ya casi se habían convertido en unas verdaderas de mujer, cuyos pezones sentía endurecerse bajo sus caricias.

—Tienes unos..., unos pechos preciosos. Me gustan mucho tus..., tus...

—¡Mis tetas, tontorrón! ¿Por qué no te atreves a decirlo, si tantas ganas tienes?

—Es verdad, no me atrevo —confesó—. En el internado hablamos con frecuencia de las tetas y todas esas cosas; pero ahora que las estoy tocando, no me atrevo.

—¡Pues debes hacerlo, querido León! Porque a mí me gusta que le digas esas palabras a tu Lucienne. Yo también te las diré a ti —añadí—. ¿Quién empieza? ¿Tú o yo?

—Tú, por favor —susurró—. Así me animaré.

—De acuerdo. Las tetas ya las conoces. Pasemos a lo siguiente. Esto —dije, abriendo las piernas y asiéndolo por la cabeza para acercársela—, esto de aquí, donde metiste la picha el otro día, se llama... ¡Vamos, estoy esperando! Se llama...

— Coño... Es el coño de mi Lucienne —respondió con una voz tan susurrante que apenas oía sus palabras.

—¡Muy bien, señor estudiante! ¿Yeso? —pregunté, al tiempo que me colocaba boca abajo y daba palmadas en mis nalgas para que no se equivocara—. ¿Cómo se llama?

—Bueno..., eso es el trasero.

—¡El trasero, el trasero! ¡No! El trasero es para sentarse. Pero cuando lo que se quiere es meter la lengua, o la picha, deja de ser el trasero para convertirse en...

—¡Es el culo! —exclamé triunfal—. Vamos, repítelo mientras lo acaricias. Es el...

—Pero, Lulu, ¡eso es una palabrota! —balbuceó sin atreverse a tocarlo.
—¡No! no, en todo caso, es una hermosa palabrota. Si no la dices, no lo tendrás, y si la dices, podrás besarlo —dije riendo.

Paso por alto las tonterías que vinieron a continuación. En cierto modo, era una pérdida de tiempo. Dado que él ya no se encontraba en situación de poder joderme tras aquel preámbulo, se la chupé con amor para volver a ponerlo cachondo. Después de aquello, yo ya no podía resistir por más tiempo, necesitaba que me poseyera.

—Querido hombrecito, ¿quieres que me monte a horcajadas encima de ti, como el otro día? —le pregunté, mientras acariciaba su picha con la mano.

—Creo..., creo que preferiría que te tumbaras, Lulu —susurró.

Yo también lo prefería. Cuando una está enamorada, es la mejor postura, y en aquel momento yo lo estaba de verdad. La prueba es que tenía la almeja tan mojada, que estuve a punto de gozar antes de que me la metiera. Así pues, hice que se colocara encima de mí, lo estreché entre mis brazos, y guie su picha hacia la hendidura. León la introdujo sin demasiados titubeos y sin hacerme casi daño; yo ya era una mujer, y él aún no la tenía muy grande. Casi de inmediato, crucé instintivamente las piernas sobre sus riñones para obligarlo a que empujara hasta el fondo con decisión, y lo besé en la boca con furor, deslizando la lengua entre sus dientes para unirla a la suya.
Permanecimos así largo rato. En realidad, tales «largos ratos» no existen más que en nuestra mente. Tan sólo los viciosos (y las viciosas) calculan sus movimientos con objeto de prolongar su placer, que nunca es ni apasionado ni furioso. Las demás parejas, todas las demás, que son la mayoría, no buscan más que un alivio para sus cojones, en el caso de los hombres, y la satisfacción del deber cumplido, en el nuestro. El deber conyugal si se trata de mujeres honradas, y el deber, ¿cómo decirlo?, comercial si se trata de mujeres de la vida. Tanto en un caso como en otro, sólo tardan el tiempo necesario para hacer un huevo pasado por agua. Eso lo sabe todo el mundo.
Por consiguiente, para León y para mí fue corto, pero maravilloso. No teníamos ni tiempo ni ganas de palabrería. El resoplaba, y yo gemía cada vez más fuerte, hasta que me di cuenta de que era una imprudencia emitir un gimoteo tan continuo a dos pasos de la habitación de su madre. Así pues, agarré la sábana para metérmela en la boca y la mordí con furia. Su picha iba y venía como el pistón de una locomotora, y yo me sentía transportada de felicidad, como debe ser, pues, gracias a la naturaleza, que sabe hacer bien las cosas, cada vez que el miembro entraba, frotaba mi pepitilla. Gocé una vez antes de que él se corriera, otra al sentir los chorros que me lanzaba, y una tercera después de que la sacara, cuando yo creía que todo había terminado; la última fue la más extraña y la mejor, de ésas que te hacen sentir como los propios ángeles.
El idilio acabó al galope. Me pasé una esponja para limpiarme los muslos, me puse el blusón y las sandalias, y me peiné a toda prisa.
--Quita la sábana, yo vendré a recogerla esta tarde. Deja que pase un rato antes de bajar. Ahora tengo que irme. Sí, ya te diré cuándo podemos repetir. ¡Hasta luego!»



Pensándolo bien, los padres y las madres, incluidos Padres y Madres, los tíos y las tías, los curas, los polis, los matasanos y toda su camarilla tienen razón. Hacen bien en vigilar estrechamente la virginidad de las crías, en amenazarlas con las llamas del infierno si se dejan mancillar, en meterles en el cuerpo auténtico pánico, siempre que no pasen de los toqueteos y las chupaditas. Hacen bien porque una joven de quince años que goza una vez como yo lo hice aquel día, acaba inevitablemente convirtiéndose en una puta. En la calle, en un prostíbulo o en una casa de citas, eso es lo de menos.

“Todas seréis, sois o fuisteis, de pensamiento o de hecho, putas”, dijo un viejo poeta. Bien, todas no. Pero sí todas las que hicieron que les rompieran el virgo de jovencitas.

(Continuará…) 


Confesiones de una desvergonzada (Anónimo) 





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