Prologo de El Libertino

martes, 30 de junio de 2015




Obscenidad: cualquier cosa que le 
provoque una erección al Juez.

Anónimo


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lunes, 29 de junio de 2015




Súbitamente, deseó que llegaran los tiempos felices en que tendría dieciséis años. Sería una mantenida, como las hermosas damas que veía sentadas en las terrazas de los cafés, con su traje sastre y su sombrero de fieltro, bebiendo caros licores que les ofrecían unos señores muy bien vestidos.


Le troupeau de Clarisse (Paul Adam, 1904).


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viernes, 26 de junio de 2015




"Amaos los unos sobre los otros."

Woody Allen


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jueves, 25 de junio de 2015




Enredada en mis besos lagartijas
te oigo mugir mujer
Acostados estamos en la cama
del hospital de la dulzura
Gangrenado de amor
chupo tu joya.
Amo a una mujer de larga cabellera
como en un lago me hundo en su rostro suave
en su vientre mi frente boga con lentitud
palpo muerdo acaricio volúmenes sedosos
Registro cavidades me esponjo de su zumo
mujer pantano mío araña tenebrosa
laberinto infinito tambor palacio extraño
eres mi hermana única de olvido y abandono
tus pechos y tus nalgas de dobles montes gemelos
me brindan la blancura de paloma gigante
el amor que nos damos es de noche en la noche
en rotundas crudezas la cama nos reúne
se levantan columnas de olor y de respiros
Trituro masco sorbo me despeño
el deseo florece entre tumbas abiertas
tumbas de besos bocas o moluscos
estoy volando enfermo de venenos
reinando en tus membranas errante y enviciado
nada termina nada empieza todo es triunfo
de la ternura custodiada de silencio
El pensamiento ha huido de nosotros
Se juntan nuestras manos como piedras felices
Está la mente quieta como inmóvil palmípedo
las horas se derriten los minutos se agotan
no existe nada más que agonía y placer
Placer tu cara no habla sino que va a caballo
sobre un mundo de nubes en la cueva del ser
Somos mudos no estamos en la vida ridícula
Hemos llegado a ser terribles y divinos
Fabricantes secretos de miel en abundancia
Se oyen los gemidos de la carne incansable
En un instante oí la mitad de mi nombre
saliendo repentino e tus dientes unidos
En la luz puede ver la expresión de tu faz
que parecías otra mujer en aquel éxtasis
La oscuridad me pone furioso no te veo
No encuentro tu cabeza y no sé lo que toco
Cuatro manos se van con sus dueño dormidos
y lejos de ellas vagan también los cuatro pies
Ya no hay dueños no hay más que suspenso y vacío
El barco del placer encalla en alta mar
¿Dónde estás? ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Quién eres?
Para siempre abandono este interrogatorio
Ebrio hechizado loco a las puertas del morbo
grandiosa la pasión espero el turno fálico
De nuevo en una habitación estamos juntos
Desnudos estupendos cómplices de la Muerte.


(Carlos Edmundo De Ory)

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miércoles, 24 de junio de 2015

Supercopa, Copa, Euroliga y ahora también la Liga.
Un equipo de leyenda, en un club de leyenda.
Aquí estamos y hemos venido para quedarnos…
HALA MADRID !!!
Sayiid

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martes, 23 de junio de 2015




¿Gozaran tanto los infantes de la infancia 
como los adultos gozamos del adulterio?

Murray Banks


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lunes, 22 de junio de 2015




Así pues, al día siguiente me despedí de los Crapart y de Adéle por unos días, y me puse en camino, con el hatillo al hombro (de hecho, una maleta en la mano), hacia el hotel El León de oro, que quedaba a un cuarto de hora del despacho. Cuando llegué, el conserje me dijo que «la señora condesa» me esperaba, y me indicó cuál era su habitación, que estaba en el primer piso. Me dirigí hacia allí y, cuando me disponía a llamar a la puerta, ésta se abrió dejando paso al conde, vestido y con la fusta en la mano. Al verme, se descubrió sonriendo y me dijo, golpeando sus botas con el extremo de la fusta:

—Le agradezco su puntualidad, señorita Lucienne. Le estaba esperando para irme, y la señora para levantarse. Sí, ayer fue un día agotador. Las recogeré dentro de una hora para ir a comer.

Cuando se alejaba tras haberme saludado, con gran sorpresa por mi parte, pues jamás hubiera imaginado que un hombre rico, y conde por añadidura, pudiese saludar de modo tan distinguido a la camarera de su esposa, dio media vuelta y me dijo con una amplia sonrisa:

—Y sepa, señorita, que estamos muy contentos de que la señora Crapart haya pensado en usted para acompañarnos durante esta breve estancia. Mi mujer tiene una opinión inmejorable de usted, y no suele equivocarse. Bien, hasta luego.

Sus habitaciones estaban compuestas por un amplio recibidor con dos sillones y una mesa, y dos dormitorios separados por un bath-room a la inglesa, al menos eso ponía en la puerta. Yo dudaba entre los dos dormitorios, cuando oí gritar a la condesa desde el de la derecha:

—¿Es usted, Lucienne? ¡Entre, pequeña!

Estaba acostada, en efecto, con un salto de cama rosa, sin mangas y lleno de volantes, el pelo revuelto y completamente despierta. Al ver que me quedaba plantada como una tonta en el umbral, con la maleta en la mano, exclamó riendo:

—¡Ya voy, señora! ¡Ah, Lucienne! Está muy graciosa con la maleta en la mano. Déjela encima de una silla y venga a darme los buenos días. ¡No me la comeré, se lo juro!

Yo me sentía terriblemente cohibida, debo confesarlo. Sin saber qué pensar y con las piernas temblorosas, hice lo que me pedía y me acerqué a la cama. Cuando me tuvo a su alcance, alargó un brazo, me asió de la muñeca y me atrajo hacia ella. De pronto, perdí el equilibrio y me encontré medio recostada sobre su pecho, circunstancia que ella aprovechó para besarme con frenesí los ojos, las mejillas, la nariz y, por último, la boca. ¡No se había andado por las ramas la condesa! Al sentir sus labios contra los míos, me abandoné e incluso me arrimé más a ella cuando deslizó su lengua entre mis dientes, del mismo modo que Odette de Courmanche se había abandonado a mí en la misma situación. La condesa jugó con mi lengua, y yo con la suya, de manera que ya no podía hacerse ilusiones acerca de mi inocencia, por lo menos en ese sentido.

—Perdóneme, señora condesa —dije cuando nos separamos—, yo..., yo...

—¡Oh, condesa, condesa! Hazme el favor de olvidar esas cosas. Yo soy simplemente «señora»

—replicó, atrayéndome hacia sí para darme un breve beso. Luego se sentó en la cama, muy acalorada, me observó atentamente de pies a cabeza, y dijo:

—¿Sabes que eres muy bonita, pequeña? Más aún que cuando te vi por primera vez, hace dos meses.

Venga de un hombre o de una mujer, ése es un cumplido que nunca se rechaza. Por otra parte, yo también era consciente de ello: después de algunas semanas de sentirme bien amada y, digámoslo claramente, bien follada, me sentía en verdad dotada de un brillo y un encanto renovados. En lugar de protestar con mesura y mojigatería, respondí:

—Si yo soy bonita, señora, usted..., ¡usted es hermosa! ¡Más hermosa aún que cuando la vi por primera vez hace dos meses! —añadí con una sonrisa cariñosa.

Ella levantó los brazos para hacerse un moño con sus largos cabellos rubios, se estiró para que admirase sus hombros, y respondió, devolviéndome la sonrisa:

—Señorita Lucienne, si posee ingenio además de belleza, conseguirá que me vuelva loca por usted...

Yo albergaba mis dudas acerca de que pudiera interesarle a la señora de Bresles como una mujer puede interesarle a otra por poco atraída que se sienta por el sexo femenino; pero los acontecimientos se habían precipitado con tal rapidez que me sentía completamente aturdida. Y la verdad es que la condesa, que en realidad no era tal, me parecía bella y deseable, y que yo estaba dispuesta a dejarme querer como Odette se había dejado querer por mí.
Como yo permanecía en silencio porque no sabía qué responderle, ella prosiguió con un suspiro:

—El señor ha dicho que volvería dentro de una hora, ¿verdad? Entonces, pequeña, sólo me queda tiempo para lavarme la cara y que me ayudes a peinarme y vestirme. Pedí que hubiera agua caliente en el baño, ¿quiere comprobar que se hayan ocupado de hacerlo? ¡Ah! Lucienne —añadió—, en el perchero del bath-room encontrará dos albornoces. Tráigamelos. Las maneras de los ricos son diferentes a las de los burgueses.

A pesar de haberme metido la lengua en la boca hacía un momento, y haberme hecho prácticamente una declaración de amor, la condesa no perdía de vista que me había contratado como camarera, y no como compañera de sus devaneos, y me invitaba amablemente a no olvidarlo. En el fondo, era natural, y así lo comprendí.

Se levantó, me pidió los albornoces, los comparó, me devolvió el más corto y dijo:

—Tome, póngase éste para ayudarme en el baño.

Al ver que permanecía inmóvil, preguntándome si había entendido bien sus palabras, añadió:

—Vamos, señorita Lucienne, entre mujeres no hay por qué andarse con remilgos. Y todavía menos entre una camarera y su señora. Ayúdeme a ponerme el albornoz, y yo la ayudaré, por ser la primera vez, a ponerse el suyo. Y no perdamos tiempo si no queremos que el conde nos encuentre de esta guisa cuando regrese.

Me acerqué, pues, y ella me guió la mano para que le quitara el camisón, que me hizo plegar cuidadosamente.

—¿De verdad me encuentras hermosa, pequeña? —me preguntó girando sobre sí misma, con el torso arqueado y los brazos formando un círculo por encima de su cabeza.

Asentí con la cabeza, abriendo mucho los ojos y sin decir una palabra. Ella continuó hablando:

—Me encuentras hermosa porque soy la primera mujer que ves desnuda, ¿verdad? Vamos, a mí puedes decírmelo, quedará entre nosotras. ¿Soy la primera? —repinó, dando golpecitos con el pie.

—La primera mujer, sí señora —balbuceé—, aparte de...

—¿Aparte de qué?

—¡Oh, señora! De una amiga del colegio. ¡Ya sabe lo que son esas cosas! —dije sin reflexionar—. Bien..., quiero decir que seguramente debe de imaginárselo.

—No, Lucienne, lo sé —me corrigió riendo—. ¡Venga, basta de charla! Me pondré el albornoz cuando tú te hayas puesto el tuyo, preciosa. Y, para ello, me convertiré en su camarera, señorita. Con mucho gusto, además, mientras sólo sea para enseñarle a hacerlo...

La condesa me desnudó en un abrir y cerrar de ojos. A medida que iba quitándome las prendas, se comía con los ojos y las manos lo que aparecía, dejando escapar expresiones de admiración. Emocionada, turbada y, finalmente, tan excitada como ella por aquella oleada de palabras y caricias, no dudé ni por un instante en unir mi cuerpo al suyo cuando ella lo atrajo hacia sí, en abrirle mis labios para un nuevo beso y, a continuación, en separar las piernas para permitir que deslizara una mano en busca de mi clítoris, mientras la otra se aventuraba entre mis nalgas. Yo no me atrevía a devolverle las caricias, y ella tampoco me lo pedía. Cuando encontró lo que buscaba con los dedos y comenzó a masturbarme suavemente, yo empecé a contonearme como una anguila contra su cuerpo y a recorrer sus pechos con la lengua.

—¡Oh, para, pequeña! ¡Deja de excitarme! —dijo suspirando—. No quiero gozar esta mañana...

Yo me aparté, y ella me preguntó:

—Esa amiga del colegio, ¿se divertía así contigo? ¡Oh, por supuesto! ¿Y sólo así?
¿Decir o no decir la verdad? ¿Toda la verdad y nada más que la verdad?

Me decidí por una aproximación:

—Sí... En fin, señora, es decir... También nos besábamos...

Ella. —¿Sólo en los labios?

Yo. —Sí... quiero decir, no ... Un poco por todas partes...

Ella (Introduciendo de nuevo el dedo). —¿Aquí también?

Yo (Contoneándome otra vez). —Sí... ¡Oh, sólo una vez, Señora, de verdad!

Ella. —Bien, eso ya lo veremos. Y... ¿A usted le gustaba, Señorita Lucienne?

Yo (Confusa y en voz baja). —Sí, Señora...

Ella. —Y supongo que usted le hacía lo mismo a ella.

Yo (Siguiendo el juego, pero cada vez menos confusa). —Sí, Señora. Por supuesto. Lo contrario no hubiera sido justo.

Ella. —¡Vaya, vaya! Así que le pido a la Señora Crapart una joven de confianza, y ella me endosa a una adorable sinvergüenza en ciernes, que resulta ser su propia sobrina. ¡Qué tiempos! ¡Qué costumbres!

En ese momento se echó s reír y me estrechó de nuevo entre sus brazos, antes de añadir

— ¡Empezando por las mías, claro! De todas formas, pequeña, lo que más me asombra es que haya aceptado frotarse como lo está haciendo contra la Condesa de Bresles, sin mostrar ninguna sorpresa.

Yo (Chupándole de nuevo los pezones). —¡Oh, Señora! —Exclamé entre dos lametones—. ¡No he tenido tiempo de sorprenderme! Sea justa. ¡Usted no me ha dejado!

Ella (Cuyos pechos comenzaban a endurecerse). —Es verdad, ¿Qué quieres? Cuando deseo a una mujer, quiero tenerla enseguida. Y, a propósito de tiempo...

Yo. —Precisamente eso iba a decirle, Señora. El tiempo pasa, pasa, y el Señor Conde...

Ella (conduciéndome hada el lecho). —¡Oh! Tendrá que esperar. Los hombres están hechos para eso. Ya sé que no es muy razonable, pero hacía tanto tiempo que no encontraba a una amiguita tan guapa... Tú quieres, ¿verdad?

Yo respondí, con una expresión mitad de idiota y mitad de viciosa:

—¿Que si quiero qué, señora?

—No me obligues a decirlo, pequeña desvergonzada. Ahora lo sabrás. No seas indiscreta... ¡Venga! —me ordenó, tumbándome atravesada en la cama, con las piernas colgando—. Cierra tus preciosos ojos y cállate.
Entonces, de rodillas frente a la cama, me lamió amorosamente, y durante un buen rato, el vientre y el interior de los muslos; luego sentí que su lengua se abría camino entre mi escaso matorral, que sus dedos separaban con suavidad los pétalos (fue ella quien me enseñó esa palabra unos días después) y... ¡Oh! ¡Qué bien chupaba aquella condesa! Parecía como si un tropel de tortilleras hubiera caído encima de mí. Me daba ligeros toques en la pepitilla (otra palabra que le debo) y, a continuación, lo aspiraba atrapándolo entre los labios y volvía a empezar, de modo que no tardé mucho en gozar en su boca, contoneando la grupa entre sus manos.
Después de aquello y de otras demostraciones de ternura, no hubo más remedio que decidirse a tomar el baño. Con prisas y más bien mal, pues ella no estaba acostumbrada al sucinto bath-room del hotel, y yo todavía menos a la que iba a ser una de mis funciones durante los siguientes días. Por otra parte, la más agradable, pues ella ronroneaba de placer en el agua, que nunca estaba lo bastante caliente para su gusto, y a mí me producía otro tanto enjabonarle todo el cuerpo con la esponja y secarla. Aquella mañana también quiso encargarse ella misma de hacerme, de pie en el baño, el aseo de lo que se había comido un rato antes, y lo inevitable sucedió. Enseguida descubrió lo que le faltaba, sobre todo, a mi inocencia.

—¡Ah! ¡Hubiera debido sospecharlo! —se limitó a decir—. ¿Qué edad tienes?

—Quince años y medio, señora.

—Y... ¿con quién ha sido?

Yo saqué a relucir la historia del joven desconocido, pero al ver que ella hacía un gesto de incredulidad, añadí:

—Y también este verano, señora, en casa. Con..., con..., el hijo del notario —confesé, con una mezcla de vergüenza y diversión.

—¡Qué poca formalidad! —exclamó—. Se supone que eras la prima de confianza, ¿no?

Entonces, ella me preguntó cuándo había tenido el período por última vez. En eso no había ningún problema: cinco o seis días antes de su llegada. También que si me gustaba hacerlo con un hombre, a lo cual respondí que sí con franqueza, aunque sin manifestar entusiasmo.

—Yo sólo tuve relaciones con chicas hasta los dieciséis años cumplidos — concluyó—. Después le cogí gusto a hacerlo con los hombres. ¡Con mi marido, por supuesto! —añadió precipitadamente.

El marido en cuestión llegó cuando yo había conseguido vestir, bien que mal, a la condesa, y me encontraba intentando peinarla, esta tarea con menos éxito. Mi tía tenía razón: no merecía aún los veinte céntimos diarios por mis servicios como camarera, a no ser que se tasara en dos francos la distinguida lamida de chochito que le había permitido disfrutar a la «señora», así como todas las que le sucedieron.


(Continuará)

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)



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domingo, 21 de junio de 2015


Las mujeres necesitan una razón para tener sexo. Los hombres sólo necesitan un lugar.

Billy Crystal


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jueves, 18 de junio de 2015




El sexo es, de todos los intercambios, aquel en el que la gente espera más de los demás y son menos honestos ellos mismos.

Jane Austen


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miércoles, 17 de junio de 2015




Cuando saltó el mensaje de whassap en mi móvil, sabía que eras tú. Llevaba un rato esperando tu llegada y, como siempre, me avisaste al llegar a la puerta de mi casa.
Eres una putita bien educada y sabes que jamás has de presentarte ante mí sin haberme pedido permiso antes.
Te lo di, por supuesto, con un escueto mensaje: “Adelante”.
Menos de un minuto después, sonaba el timbre de mi puerta y, parsimoniosamente, pues me gusta mantenerte inquieta y a la espera, delante de la entrada, a la vista de posibles vecinos mirones, me acerqué a abrirte.
Como siempre, estabas allí, sumisa, entregada, con la mirada baja y las manos a la espalda, con tu minifalda negra, tu camisa blanca, tus medias de seda y tus zapatos de tacón.
La imagen de la perfecta sumisa que yo había ido construyendo con el paso de los meses.
“Adelante, pasa”, te dije, y tú pasaste al interior de mi casa sin decir palabra.
Yo cerré la puerta, seguro, una vez más, de que nuestra pequeña escena había tenido más de un espectador a través de las mirillas de las otras puertas de mi edificio. No me importaba, que pensaran lo que quisieran, seguro que, fuera lo que fuera lo que imaginaran, se quedarían cortos.
Entré detrás de ti, observando desde atrás tu hermoso cuerpo, tus voluptuosas y deseables curvas, y el nerviosismo de tus manos, aún entrelazadas en tu espalda, y que no podía parar quietas.
Lentamente, tomándome mi tiempo, me coloqué delante de ti, y acariciando con mi mano derecha tu mentón, elevé tu cara para darte un suave beso en los labios.
Y fue ahí, al coincidir por primera vez nuestras miradas, cuando descubrí el brillo febril en tus ojos, la mirada de deseo, de avidez, de pasión…
Cierto que en nuestros mensajes me habías dicho que estabas famélica, que sentías un deseo exacerbado, que no veías el momento de complacerme, de satisfacerme, de saborearme…
Pero pensaba que era como otras veces: palabras del juego de la pasión, prolegómenos de un nuevo encuentro sexual, exageraciones propias de whassaps en la distancia.
Pero aquella mirada tuya, aquella manera de devorarme con los ojos…
No, aquello no era un juego, aquello era algo completamente real.
Te besé en la boca. Un beso largo, profundo, intenso, incluso algo salvaje. Mi lengua recorría tu boca y mis dientes mordían tus labios mientras mis brazos abarcaban tu cuerpo y mis manos acariciaban tu piel, ya por debajo de la camisa.
Pensaba que habría sido solo una sensación mía, un equívoco, un efecto óptico propio de la excitación del momento…
Pero justo en ese momento, sin decir nada, empezaste a empujarme hacia mi habitación, y los dos enlazados, como en un extraño baile sin música, avanzamos hacia atrás hasta llegar a la alcoba.
Nuestras bocas seguían unidas en un largo y profundo beso; nuestras manos recorrían nuestros cuerpos de manera compulsiva, y el tiempo parecía haberse detenido.
Yo te comía la boca y tú me la comías a mí en un excitante juego de presiones, lenguas y saliva.
Y sin decir la más mínima palabra, te desprendiste de mi trampa bucal y te arrodillaste ante mí.
No tuve que decirte nada, no tuve siquiera que insinuártelo, no fue cosa mía, eras tú la que decidías en aquel momento el curso de los acontecimientos.
Tus dedos desabrocharon los botones de mi bragueta y tus manos se pelearon con mi bóxer para sacar mi miembro, ya levemente endurecido, de su cueva.
Apenas puede verlo, pues como un animal hambriento, te abalanzaste sobre él y lo hiciste desaparecer dentro de tu boca, iniciando una mamada que nada tenía de suave o sensual. Era el tuyo un acto animal, intenso, salvaje.
Mi polla desaparecía dentro de tu boca y aparecía de nuevo a los pocos segundos, para volver a desaparecer de nuevo en esa dulce cueva de placer en la que se había convertido tú cavidad oral. Entrabas y salías y yo me dejaba hacer, presa de la sorpresa y del placer que estaba sintiendo. Me estaba gustando esa actitud tuya de tomar la iniciativa, de comerme a bocados, de darme placer como si cada segundo fuera el último de nuestras vidas…
Me estaba gustando, si…, pero todo tiene un principio y un final, y si tu instinto te pedía devorarme, a mí el mío me pedía someterte. Por eso mi mano izquierda se apoyó sobre tu nuca y empezó a empujar tu cabeza sobre mi vientre, acelerando el ritmo, mientras mi pelvis se clavaba contra tu boca en embestidas cada vez más rápidas y profundas, que provocaban que tu respiración fuese cada vez más entrecortadas y que hasta intermitentes arcadas acudieran a tu boca cuando mi polla, ya completamente dura, te penetraba hasta la campanilla.
Al mismo tiempo mi mano derecha masajeaba tu pecho izquierdo y se entretenía en retorcer y pellizcar su duro pezón, lo que provocaba que leves gritos surgieran, ahogados por mi pene, de tu garganta llena de dura y caliente carne.
Así estuvimos unos minutos, tu sofocada como una máquina de vapor a pleno rendimiento, y yo haciendo verdaderos y titánicos esfuerzos por no correrme en tu boca.
Mi polla, dura hasta el dolor, entraba y salía de manera frenética de tu boca, mientras tu saliva resbalaba por ella, por la comisura de tus labios y caía por tu cuello y hasta tus pechos, que ya habían sido liberados de la opresión de tu blanca camisa y de tu sostén, por mí.
Cuando entendí que si seguía así, la fiesta acabaría pocos segundos después, pues notaba los espasmos previos a una inmensa corrida, agarrándote de la coleta te levante, de manera más bien brusca, y apoyando tus brazos sobre el mueble de la cómoda, te obligué a abrir bien las piernas para darme completa accesibilidad a tu cuerpo.
Levantando tu pequeña minifalda deje a la vista tu hermoso culo, aun cubierto por unas finas braguitas blancas, por debajo de las cuales destacaba, como no podía ser de otra manera, pues así te lo había ordenado, tu reluciente plug negro insertado hasta el fondo en tu delicioso culo.
Sin miramientos destroce tus braguitas y comencé a acariciar tu coño, ya bastante mojado, pero aun cerrado, con la punta de mi polla.
Tu gemías cada vez que sentías mi glande rozar sobre la abertura de tu vagina, implorando en voz baja que dejara de torturarte y que te la clavara una vez más…, pero yo quería alargar el momento, disfrutar de él, y me conformaba con dejarte con las ganas mientras, de vez en cuando, te propinaba un fuerte azote a mano abierta sobre tus nalgas, que ya empezaban a coger un delicioso color carmesí.
Por supuesto que todo esto no duró demasiado, pues si tu tenías ganas de que te follara, yo tenía muchas más ganas que tú de follarte, así que, en uno de los paseos por tu mojada raja, mi polla presionó sobre los labios de tu coño, y de una sola embestida te clave mi polla hasta la base, hasta los mismos huevos, arrancándote un grito que no supe identificar si era de placer o de dolor.
Una vez abierto el camino me  dediqué a bombear fuertemente dentro de ti una y otra vez, mientras te acariciaba las tetas y pellizcaba tus pezones o azotaba tu culo.
Tan fuertes fueron las embestidas que tu plug salió disparado de tu culo, lo que, para mí, fue, o quise que fuera, una señal divina que me decía que había llegado el momento de cambiar de agujero.
Y así lo hice; sacando mi empapada polla de tu coño, comencé a presionar sobre la boca de tu culo, que aún estaba deliciosamente cerrada. Fui presionando poco a  poco, atento a las posibles señales de tu dolor, pero tu culo parecía estar anhelando que yo lo abriera, porque, casi sin tener que presionar, mi polla se coló en ese delicioso agujero negro de placer.
Tras unos pequeños instantes en que permanecí quieto para que tu esfínter se adaptara a la circunferencia de mi polla, comencé a sodomizarte con ganas, con ansia, con fuerza, atrayendo tus caderas hacia mí, a la vez que mi pelvis chocaba con tus muslos, gozando de tan estrecho regalo a la vez que dulces gemidos, para mis oídos, escapaban de tu garganta.
“Acaríciate”, te dije, y, obedientemente, empezaste a acariciar tu coño mientras sentías como mi polla taladraba tus entrañas. Estabas muy caliente, es verdad, en eso no me habías mentido, porque en poco tiempo tuviste dos deliciosos orgasmos que hacían que empinaras tu delicioso culo, clavándote en mí hasta no dejar ni el más mínimo espacio entre los dos.
Yo seguía gozando de tus entrañas, pero también quería mi parte de placer, por lo que, sacando mi miembro de tu dilatado ano, te tumbé en la cama, ahora bocarriba, y colocando tus piernas sobre mis hombros, apunté de nuevo, directo a tu agujero sagrado, clavándome, sin ninguna dificultad, en él.
De esta manera, mientras me follaba tu culo, podía ver la cara de viciosa que ponías, a la vez que podía, guinda del pastel, torturar tus deliciosos pezones, o meter mis dedos en tu boca para que los mojaras hasta sentirlos entumecidos.
Reconozco que no hice mucho por retenerme, pues, si la cosa se daba bien, tendríamos tiempo para mucho más, así que, empujando con ansia, con ritmo, con fuerza e intensidad, pronto sentí que me venía dentro de tus intestinos, pero, antes de eso, saqué mi polla de tu culo, y meneándomela un poco, comencé a soltar densos y delicioso chorros de leche caliente y espesa sobre tu vientre, tus tetas, y hasta tu cara.
Fueron unos instantes de placer supremos, al unirse el clímax del orgasmo con la visión de tu cara de niña sucia y viciosa, anhelante de la leche de su Dueño.
Y yo te lo di todo, no me guardé absolutamente nada. Entre gruñidos de placer me vacié sobre tu cuerpo para, después, caer agotado, pero satisfecho, sobre ti.
Tu soportabas complaciente mi peso, y yo te susurraba al oído lo feliz que me habías hecho y el placer que me habías dado, y tu cara se iluminaba de felicidad, pues sabías que habías conseguido lo que querías…, provocar a mi lado más salvaje y animal, a ese que no tiene compasión de ti y que te deja, dolorida pero satisfecha, durante días…

Sayiid

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martes, 16 de junio de 2015




Uno no aprecia un montón de cosas en la escuela hasta que crece. Pequeñas cosas como ser castigado todos los días por una mujer de mediana edad. Cosas por las que, más tarde en la vida, uno paga un buen dinero.

Elmo Philips


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lunes, 15 de junio de 2015




Cuando los padres de Léon regresaron de Chaudé sur Sarthe al día siguiente por la noche, encontraron la casa en orden, la mesa puesta, la sopa hirviendo en el fogón, a su hijo en el dormitorio estudiando el Código Civil, y a su sobrina pelando zanahorias en la cocina. Aunque aquella mañana Léon estuviera aún rebosante de savia, yo no le había permitido demasiadas libertades: tan sólo un sesenta y nueve, pues, a pesar de que no hubiera puesto la mano en el fuego, me decía que es imposible que un niño te hinche la barriga simplemente por tragarte el licor. Un poco más tarde fui a buscar a la pequeña cretina que mi tía había cogido, para que me ayudara a fregar el alicatado y la escalera, de modo que no nos quedó más que el tiempo justo para toquetearnos un poco la picha y la hendidura antes de la noche. Se me ocurrió que, a modo de despedida, sería divertido conseguir que nos viniera a los dos al mismo tiempo, pero el deseo estaba ya demasiado aplacado.
No sé muy bien cómo su madre adivinó que había sucedido algo entre su hijo y yo durante su ausencia. ¿Tal vez nos había encontrado con aspecto de estar demasiado cansados? ¿Quizá le había sorprendido que hubiera puesto a lavar tres sábanas y un mantel de golpe? ¿O acaso, sin estar realmente segura de nada, había observado que contábamos cosas demasiado triviales a propósito de esos tres días, que evitábamos sonreímos y hablarnos, en resumen, que se nos veía excesivamente limpios para ser honrados? El resultado de sus sospechas fue que decidieron enviar a su retoño, en el acto, a pasar la última semana de vacaciones en casa de su abuela, que vivía en Chartres y que fue la primera sorprendida por aquel detalle inesperado. No hay mal que por bien no venga, pues después de haber estado con él sin tener que escondernos, yo no habría aceptado volver a encontrarnos a medianoche en el... común del jardín, para montar la nata deprisa y corriendo.
Dado que mis tíos habían organizado el viaje de Léon sin que nos diera tiempo a reaccionar, nos despedimos como si nunca hubiera pasado nada entre nosotros; y, sin embargo, salimos beneficiados, cada uno por su lado, al abandonar definitivamente el verde paraíso de los amores infantiles...


Mis vacaciones también tocaban a su fin. Tras la partida de Léon, me juré no volver a dejarme tentar por nada ni por nadie durante las tres o cuatro semanas que me separaban del día en que subiría la escalerilla del tren de
París, y en cambio multiplicar los cuidados, atenciones y servicios prestados a los Crapart, con objeto de evitar que me impidieran marchar en el último momento. Ignoro si se debió a cierta desconfianza por parte de mi tía, o simplemente por comodidad en relación con la casa, pero el caso es que me instaló en la habitación de su hijo el mismo día que éste se fue. Me sentí contrariada y, al mismo tiempo, aliviada por aquel cambio. No hice ningún comentario, por supuesto, pero confieso que había pensado vagamente en la posibilidad de que, tras la partida de Léon y con Adéle aún ausente, Lucas tuviera la audacia, en una noche sin luna, de ofrecerle su pepino a la crema a la señorita desvergonzada que ya se había dejado servir una buena ración. Debía renunciar a ello, por mi bien, desde luego, pero con todo el dolor de mi corazón. O de mi culo, para ser más exactos. En cierto modo, la predicción de Lucas se había cumplido. No habían pasado semanas sin que yo pidiera más; sin embargo, el afortunado no había sido él, sino mi primo. Lucas lo ignoraba y, en consecuencia, debía de creerme lo suficiente hambrienta de hueso con tuétano como para recordar con placer lo sucedido entre nosotros. Así pues, al día siguiente de su regreso de Chaudé, cuando yo me dirigía al jardín a tender la ropa, se plantó delante de mí y, sin decir una palabra, se desabrochó rápidamente para dejar paso, no a mí, sino a su empalmado armatoste. Yo me había acostumbrado al de Léon, que sin duda era tan largo como el suyo y no mucho menos duro, aunque tenía el grosor de un bonito ejemplar de espárrago, mientras que el de Lucas, lo recordaba y pude verificarlo, alcanzaba el de mi puño, por lo menos hasta donde se perdía en la maleza. Había calculado muy bien el ataque. Al verme salir de casa, se había dirigido a mi encuentro como para desearme los buenos día o ayudarme a llevar el cesto de ropa mojada, y esperó hasta estar a dos pasos de mí para exhibirse, de manera que yo no pudiera ni volverle la espalda, ni escabullirme sin correr el riesgo de que lo vieran en tal estado desde la casa.

—Buenos días, Lu..., señor Lucas —balbuceé, dejando el cesto en el suelo—. Voy..., voy a tender la ropa...

—Ya lo veo, señorita Lucienne —respondió sin turbarse, e incluso cogiéndose el paquete, con bolas y todo, para obligarme a que me fijara en lo empalmado que estaba—. Esta también le saluda —añadió en voz más baja y riendo—. ¡A su servicio mientras Adéle no esté, señorita guarra!

Yo hubiera deseado resistirme, pero ¿cómo? Pese a todo, respondí con toda la dignidad de que era capaz:

—Déjeme pasar, señor Lucas. —Y, buceando en el recuerdo de los folletines que había leído, añadí—: Se aprovechó de un momento de debilidad por mi parte, pero no crea que podrá seguir abusando de mí. ¡Déjeme pasar! —repetí.

—¡Calma, calma! —dijo, avanzando un paso más—. La lengua dice una cosa, pero el culo piensa otra, ¿no es cierto, señorita?

¡Si! ¡Claro que era cierto! Hoy rindo honores al jardinero de los Crapart, que entonces fue el único, ¡por fortuna!, en adivinar desde nuestro primer encuentro lo que yo era sin ser realmente consciente de ello: una zorra redomada, una tómame-toda-entera de quince años. ¿Abusar de mí? ¿Por qué iba a hacerlo, cuando yo le había dejado usarme sin ninguna clase de remilgos?

— Y, para demostrarle que soy un buen caballero —prosiguió—, le ayudaré a llevar la canasta. ¡Si no es una osadía decir tal cosa a una inocente chiquilla como usted!

Entonces, se volvió con presteza, sin abrocharse y tan empalmado como antes, cogió la canasta por un asa, me indicó que yo la cogiera por la otra, y se puso en camino hacia la zona del jardín donde estaban los alambres para tender la ropa. ¿Cómo podía yo negarme a ir con él? Si por casualidad mi tía me estaba espiando desde la ventana de su habitación, no hubiera podido ver más que una escena normal, es decir, al jardinero prestándome un servicio de lo más natural, ya que el montón de ropa era, en efecto, pesado.
Aquella parte del jardín quedaba bastante apartada de la casa, por lo que, si alguien se acercaba, se le distinguía desde lejos. Una vez allí, Lucas sacó del cesto dos grandes sábanas, las sujetó a un alambre con las pinzas que yo le iba pasando, y cuando finalizó se secó las manos en el pantalón, que seguía desabrochado. Yo temblaba de nerviosismo e inquietud, paralizada y con la mirada fija en aquel enorme chisme que no descendía ni un milímetro.

—¡Rápido! ¡Quítese las bragas, señorita! —me ordenó en cuanto estuvimos ocultos tras las sábanas—. Tranquilícese, no pueden vernos, pero debemos apresurarnos.

Yo obedecí como si fuera una muñeca mecánica y dejé las bragas sobre el montón de ropa.

— Lucas, por favor —balbuceé—, vaya con cuidado. Si me hace daño, me veré obligada a gritar y tendríamos que salir corriendo.

— No hay por qué preocuparse. ¿Está ya bastante mojada. Desde luego, el calibre de mi aparato no es para tomárselo a risa —dijo, tomando mi mano para obligarme a tocárselo—. Aunque ya asoma una perla por la punta, así que todo irá bien, ¿verdad, preciosa?

Efectivamente, tenía el ciruelo impregnado del primer jugo, que comenzaba a fluir por la fisura y que yo extendí con la mano, frotándoselo dos o tres veces para excitarlo aún más.

— Ahora déjeme a mí —dijo, mientras me agarraba con ambas manos de las nalgas y me levantaba—. Abra un poco las piernas.

Dada su fuerza y corpulencia, el coracero Lucas me izó sin ninguna dificultad a la altura de su pecho. Yo pasé las piernas en torno a su cintura y me así a su cuello, al tiempo que él me separaba las nalgas y me dejaba caer lentamente sobre su rabo. En el regimiento debía de ser un tirador de primera, el aguerrido Lucas, pues apuntó con tal exactitud que el miembro se introdujo en la abertura sin ningún tropiezo. Acostumbrada a Léon, había olvidado que un hombre pudiera tenerla tan gorda, y me mordí un brazo para no gritar cuando sentí entrar la punta. Sin embargo, me separaba tanto las nalgas, y estábamos tan excitados y mojados, que todo funcionó de maravilla, como él me había anunciado. Yo le ayudaba con los brazos y los riñones a que me subiera y bajara ensartada en su picha, y cuanto más repetíamos la operación, más gusto daba, hasta el punto que comencé a soltar jugo sin parar, gozando y mordiendo su camisa para no gemir demasiado fuerte. Aquello no duró demasiado, por lo menos para mi gusto; tras meterla y sacarla unas diez veces, Lucas se corrió, clavándome las uñas en las nalgas y mascullando expresiones como «¡Toma zorra!», o «¡Toma mujerzuela!», cada vez que lanzaba una descarga a mis entrañas.
Me sentía agotada, y de buena gana me hubiera dejado caer al suelo para dormir si él no me hubiese seguido manteniendo adherida a su cuerpo, resoplando como un caballo. Su picha apenas había menguado de tamaño y, justo en el tiempo de contar hasta veinte, tal como dijera Adéle, sentí que el jardinero volvía a empalmarse y a deslizar el miembro de arriba abajo y de abajo arriba, sumergiéndolo en el pantano de mi entrepierna.

—¡Ah! ¡Te gusta el semen!, ¿verdad, grandísima guarra? —farfullaba—. ¡Pues toma! ¡Aquí tienes más!

El me obsequió con otro manguerazo, y yo le correspondí con una nueva inundación. Luego me dejó en el suelo, sacó un inmenso pañuelo a cuadros del bolsillo y me dijo:

—¡Vamos, pequeña! límpiate las piernas y ponte las bragas. Yo tenderé su maldita ropa en un momento.

Cuando acabó de tender, se dirigió hacia el arroyo para dejar que regresara sola a casa, con la canasta bajo el brazo y las piernas tan flojas que apenas me sostenían. Un cuarto de hora después, todavía resbalaba jugo entre mis muslos.
Ese polvo descarado, el último que eché en Nogent le  Rotrou, continúa siendo el mejor recuerdo que guardo de aquellos cuatro meses en el campo.


(Continuará)

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)



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