Prologo de El Libertino

viernes, 31 de julio de 2015

Buenas noches, amigos y amigas de la mansión…, ¿qué tal acabar el día con un poquito de humor medieval?. Ánimo, que empieza el fin de semana, no dejéis de disfrutarlo, cada cual como sepa o quiera. Yo desde aquí os mando mis mejores ánimos a tod@s y os doy las gracias por vuestra visita.
Sed  por siempre felices.

Sayiid


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Esta historia que os cuento
Es de un guerrero medieval
Que a su esposa coloca
El cinturón de castidad

Como se iba a las cruzadas
Solo puede confiar
En un conde muy amigo
Al que se va a visitar

Aquí tienes la llave
Por si muero al pelear
Entonces y solo entonces
A mi esposa librarás

Ve tranquilo noble amigo
Mata infieles sin piedad
Que por ser tan justo y bueno
A tu esposa he de guardar

No se ata con cuerdas
Un poderoso dragón
No se tapa con hierro
Un torrente de pasión

El amor
De verdad
No es amigo
De la castidad

El amor
De verdad
No es amigo
De la castidad

Pero apenas ha partido
Se oye un fuerte galopar
Es su amigo que se acerca
Algo le querrá contar

Mírate la faltriquera
Que un entuerto has de arreglar
La llave que tú me has dado
Es la llave equivoca'

Tiene ahora el caballero
Un mosqueo sin igual
Cómo ha descubierto el conde
Que es la llave equivoca'

Para colmo entre la tropa
Hay un choteo sin par
Le han comprao un casco vikingo
Y se lo quieren regalar

No se ata con cuerdas
Un poderoso dragón
No se tapa con hierro
Un torrente de pasión

El amor
De verdad
No es amigo
De la castidad

El amor
De verdad
No es amigo
De la castidad

(Cinturón de castidad – Lujuria)

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jueves, 30 de julio de 2015




Nací, pero no sabría decir cómo, cuándo o dónde, y por lo tanto debo permitirle al lector que acepte esta afirmación mía y que la crea si bien le parece. Otra cosa es asimismo cierta: el hecho de mi nacimiento no es ni siquiera un átomo menos cierto que la veracidad de estas memorias, y si el estudiante inteligente que profundice en estas páginas se pregunta cómo sucedió que en el transcurso de mi paso por la vida - o tal vez he debido decir mi brinco por ella - estuve dotada de inteligencia, dotes de observación y poderes retentivos de memoria que me permitieron conservar el recuerdo de los maravillosos hechos y descubrimientos que voy a relatar, únicamente podré contestarle que hay inteligencias insospechadas por el vulgo, y leyes naturales cuya existencia no ha podido ser descubierta todavía por los más avanzados científicos del mundo.

Oí decir en alguna parte que mi destino era pasarme la vida chupando sangre. En modo alguno soy el más insignificante de los seres que pertenecen a esta fraternidad universal, y si llevo una existencia precaria en los cuerpos de aquellos con quienes entro en contacto, mi propia experiencia demuestra que lo hago de una manera notablemente peculiar, ya que hago una advertencia de mi ocupación que raramente ofrecen otros seres de otros grados en mi misma profesión. Pero mi creencia es que persigo objetivos más nobles que el de la simple sustentación de mi ser por medio de las contribuciones de los incautos. Me he dado cuenta de este defecto original mío, y con un alma que está muy por encima de los vulgares instintos de los seres de mi raza, he ido escalando alturas de percepción mental y de erudición que me colocaron para siempre en el pináculo de la grandeza en el mundo de los insectos.

Es el hecho de haber alcanzado tal esclarecimiento mental el que quiero evocar al describir las escenas que presencié, y en las que incluso tomé parte. No he de detenerme para exponer por qué medios fui dotada de poderes humanos de observación y de discernimiento. Séales permitido simplemente darse cuenta, al través de mis elucubraciones, de que los poseo, y procedamos en consecuencia.

De esta suerte se darán ustedes cuenta de que no soy una pulga vulgar. En efecto, cuando se tienen en cuenta las compañías que estoy acostumbrado a frecuentar, la familiaridad con que he conllevado el trato con las más altas personalidades, y la forma en que trabé conocimiento con la mayoría de ellas, el lector no dudará en convenir conmigo que, en verdad, soy el más maravilloso y eminente de los insectos.

Mis primeros recuerdos me retrotraen a una época en que me encontraba en el interior de una iglesia. Había música, y se oían unos cantos lentos y monótonos que me llenaron de sorpresa y admiración. Pero desde entonces he aprendido a calibrar la verdadera importancia de tales influencias, y las actitudes de los devotos las tomo ahora como manifestaciones exteriores de un estado emocional interno, por lo general inexistente.

Estaba entregada a mi tarea profesional en la regordeta y blanca pierna de una jovencita de alrededor de catorce años, el sabor de cuya sangre todavía recuerdo, así como el aroma de su... pero estoy divagando.

Poco después de haber dado comienzo tranquila y amistosamente a mis pequeñas atenciones, la jovencita, así como el resto de la congregación, se levantó y se fue. Como es natural, decidí acompañarla.

Tengo muy aguzados los sentidos de la vista y el oído, y pude ver cómo, en el momento en que cruzaba el pórtico, un joven deslizaba en la enguantada mano de la jovencita una hoja doblada de papel blanco. Yo había percibido ya el nombre Bella, bordado en la suave medía de seda que en un principio me atrajo a mí, y pude ver que también dicho nombre aparecía en el exterior de la carta de amor. Iba con su tía, una señora alta y majestuosa, con la cual no me interesaba entrar en relaciones de intimidad.
Bella era una preciosidad de apenas catorce años, y de figura perfecta. No obstante su juventud, sus dulces senos en capullo empezaban ya a adquirir proporciones como las que placen al sexo opuesto. Su rostro acusaba una candidez encantadora; su aliento era suave como los perfumes de Arabia, y su piel parecía de terciopelo. Bella sabía, desde luego, cuáles eran sus encantos, y erguía su cabeza con tanto orgullo y coquetería como pudiera hacerlo una reina. No resultaba difícil ver que despertaba admiración al observar las miradas de anhelo y lujuria que le dirigían los jóvenes, y a veces también los hombres ya más maduros. En el exterior del templo se produjo un silencio general, y todos los rostros se volvieron a mirar a la linda Bella, manifestaciones que hablaban mejor que las palabras de que era la más admirada por todos los ojos, y la más deseada por los corazones masculinos.

Sin embargo, sin prestar la menor atención a lo que era evidentemente un suceso de todos los días, la damita se encaminó con paso decidido hacia su hogar, en compañía de su tía, y al llegar a su pulcra y elegante morada se dirigió rápidamente a su alcoba. No diré que la seguí, puesto que iba con ella, y pude contemplar cómo la gentil jovencita alzaba una de sus exquisitas piernas para cruzarla sobre la otra con el fin de desatarse las elegantes y pequeñísimas botas de cabritilla.

Brinqué sobre la alfombra y me di a examinarla. Siguió la otra bota, y sin apartar una de otra sus rollizas pantorrillas, Bella se quedó viendo la misiva plegada que yo advertí que el joven había depositado secretamente en sus manos.

Observándolo todo desde cerca, pude ver las curvas de los muslos que se desplegaban hacia arriba hasta las jarreteras, firmemente sujetas, para perderse luego en la oscuridad, donde uno y otro se juntaban en el punto en que se reunían con su hermoso bajo vientre para casi impedir la vista de una fina hendidura color durazno, que apenas asomaba sus labios por entre las sombras.

De pronto Bella dejó caer la nota, y habiendo quedado abierta, me tomé la libertad de leerla también. "Esta noche, a las ocho, estaré en el antiguo lugar". Eran las únicas palabras escritas en el papel, pero al parecer tenían un particular interés para ella, puesto que se mantuvo en la misma postura por algún tiempo en actitud pensativa.

Se había despertado mi curiosidad, y deseosa de saber más acerca de la interesante joven, lo que me proporcionaba la agradable oportunidad de continuar en tan placentera promiscuidad, me apresuré a permanecer tranquilamente oculta en un lugar recóndito y cómodo, aunque algo húmedo, y no salí del mismo, con el fin de observar el desarrollo de los acontecimientos, hasta que se aproximó la hora de la cita.


Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)

(Continuará…)



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miércoles, 29 de julio de 2015




Se supone que la pornografía despierta el deseo sexual. Si la pornografía es un crimen, ¿cuándo arrestaran a los fabricantes de perfumes?

Richard Fleischer


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martes, 28 de julio de 2015




Paso por alto los días que siguieron, durante los cuales sólo dejamos de hacer el amor para comer y beber, y de dormir para hacer el amor. El conde estaba muy ocupado y se marchaba por la mañana temprano. No tanto, sin embargo, como para que no encontráramos otro momento para un galope, esta vez en el establo y por sorpresa. Yo le había acompañado para ayudarle a cepillar a la yegua y, al agacharme para coger un cepillo, sentí que me levantaba el vestido hasta la cintura y posaba una mano en mis nalgas. Loca de contento, pues le había tomado gusto a los polvos matutinos, me abrí de piernas, estiré los brazos para apoyarme en la pared y me dispuse a recibir su polla, cosa nada fácil a causa de su tamaño. Sin embargo, bajo su apariencia de parisiense lánguido, el conde era fuerte como un normando. Cuando me hubo empalado convenientemente, agachándose un poco, me agarró de las caderas y me levantó, de modo que quedé mejor servida que una reina.

—¡Gracias, señor conde! —dije cuando me depositó en el suelo—. ¡Voy corriendo a lavarme el trasero! ¡Ya empieza a resbalar por mis muslos!

En cuanto a la condesa, desde que se había iniciado en las delicias del amor a tres, ya no pensaba en otra cosa. Su marido no estaba siempre del mismo humor, bien porque volvía cansado, bien porque prefería dormir tranquilo y reservarse para la mañana, de manera que, aparte de algunas sesiones de lamidas y mamadas compartidas por el trío, tan sólo recuerdo una vez en que lo hiciéramos realmente, una noche en que, a falta de champán, vaciamos dos botellas de vino del Rhin entre los tres.
A la condesa Clotilde, cuyos únicos pensamientos serios se centraban en el placer, se le ocurrió aquella noche hacer que me acostara encima de ella, colocando mi cuerpo exactamente sobre el suyo, de forma que permitiera a cada una introducir la lengua en la boca de la otra y frotarnos los pechos mutuamente, mientras que el conde nos la metería a las dos, una vez en mi coño y la siguiente en el de la señora, con la orden estricta de no correrse más que en este último.
Aquello suponía un excelente aprendizaje para mí; por no hablar del placer, pues ahora estaba totalmente formada y gozaba de la frescura de una muchacha que, como había dicho la condesa, era a todas luces animal. Y por no hablar tampoco (aunque, ¿por qué no?) de lo que mi... hucha con bigote (¡oh, una tupida pelusilla sin más!) le reportaba a mi hucha a secas. Los señores de Bresles se divertían enormemente recompensando los servicios lúbricos que les prestaba con una moneda por aquí, otra por allá, un franco un día, un luis al siguiente, de manera que, al regresar a Nogent—le—Rotrou, me encontré poseedora de una fortuna de cuarenta y tantos francos, que sobrepasó los cincuenta cuando mi tía me hubo entregado los diez de mi sueldo. ¡Cincuenta francos! La cifra me hacía pensar en aquella famosa paga de Pascua que La Fourmi Franfaise concedía generosamente a papá, y que servía para vestirnos a Max y a mí durante un año. Se puede decir que había recorrido un largo camino desde aquella época no tan lejana.
Llegó el día fijado para el retorno de los de Bresles a París, tras detenerse uno o dos días en Nogent—le—Rotrou para permitir al señor poner en orden sus asuntos con el notario, y a la señora devolverme, fragante como una rosa, alegre como unas castañuelas y formal como una santa, a la tía Yvonne. Aunque alegre es mucho decir, pues, tras la felicidad de aquellos diez días pasados en el castillo, me esperaban semanas de aburrimiento bajo el techo familiar, hasta el día en que la señora Vierneau viniera a buscarme para conducirme a París, si es que mantenía su promesa. En poco tiempo me había encariñado mucho con los señores de Bresles, sobre todo con la condesa. Ellos representaban todo aquello que yo deseaba amar y compartir: el placer, el ingenio, la amabilidad y, por supuesto, el dinero y la vida parisiense. Me sentí muy triste la mañana en que tuve que despedirme del castillo; tan triste que besé llorando el diván donde habíamos hecho el amor juntos por primera vez. La condesa me sorprendió mientras me enjugaba una lágrima. Corrió hacia mí y me estrechó entre sus brazos con ardor:

—¡Lulu! ¡Mi pequeña Lulu! ¿Qué sucede?

Yo (sollozando y besándola). —¡Oh, señora, me sentía tan a gusto aquí, con ustedes! ¡Y ahora habré de verme otra vez en esa triste casa de mi tío, entre la criada y el jardinero! Si no llorara...

Ella (lamiendo las lágrimas que se deslizaban por mis mejillas). — Vamos, Lucienne, sólo serán dos o tres semanas por lo que nos has contado...

Yo (sentándome en sus rodillas). —Tres semanas es mucho tiempo, señora... Tres semanas sin ser besada...

Ella. —¡A quién se lo has ido a decir! Escucha, Lucienne, hablaré ahora mismo con Jean—Charles, te lo prometo. No estés triste y déjame hacer.

En efecto, habló con el conde en cuanto estuvimos instalados en el tílburi. Él me hizo muchas preguntas, hizo que le explicara con todo detalle la historia de los Vierneau, y decidió que le pediría a mis tíos autorización para que partiera con ellos a París; al menos, con la señora, que debía tomar el tren sola, mientras que su marido regresaría con el tílburi a la capital, deteniéndose un día en Chartres.
Cuando llegué a Nogent con los señores de Bresles, el tío Augustin acababa precisamente de recibir una carta del señor Vierneau, en la que le confirmaba que me recibirían en su casa a mediados de noviembre, y que la señora Vierneau le comunicaría la fecha exacta en que iría a buscarme.
Así pues, aceptó sin reparos (¡los señores de Bresles eran unos clientes tan respetables!) confiarme a ellos durante aquellas tres semanas, al cabo de las cuales me pondrían en manos de los Vierneau.
Para abreviar, fue así como, un hermoso día de finales de octubre, me encontré con mi pequeña maleta en la mano, un sinfín de recomendaciones de prudencia y sentido común por parte de la tía Yvonne, y dos billetes de cien francos por parte del tío Augustin, en el andén de la estación de Nogent—le—Rotrou, cabeza de partido, departamento de Eure—et—Loir, bendiciendo mi destino y maldiciendo a la Compañía de Ferrocarriles del Oeste, cuyo expreso procedente de Le Mans y con destino París tardaba tanto en aparecer, elevando en el horizonte su columna de humo grisáceo.
Junto a la señora de Bresles, por fin vi aparecer aquella columna, y luego la locomotora. Un empleado con gorra ribeteada condujo respetuosamente a la condesa al compartimento de primera clase donde teníamos dos asientos reservados. Cerró la portezuela tras nosotras y, gritando a través de una especie de embudo de metal negro, instó a los viajeros con destino Chartres, Rambouillet y París a prepararse para la salida.
¿París? Ya me sentía allí.

(¿Continuará?)

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)


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Por desgracia, mis queridos amigos y amigas de la mansión, aquí concluyen las excitantes historias de nuestra desvergonzada amiga. Se rumorea que existe una segunda parte a la que este, vuestro humilde anfitrión, no ha podido acceder, así que, si por casualidad alguien tuviera conocimiento de ello, no deje de hacérnoslo saber para seguir deleitándonos con las excitantes aventuras de nuestra querida guarrilla. Yo espero impaciente el poder disfrutar de ese seguro, excitante segundo tomo.
Besos y abrazos, amigas y amigos de la mansión, y disfrutad de la velada.

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lunes, 27 de julio de 2015




  ¿Como decía usted, amigo mío?

¿Cómo decía usted, amigo mío?
¿Qué el amor es un río? No es extraño.
Es ciertamente un río
que, uniéndose al confluente del desvío,
va a perderse en el mar del desengaño.

jueves, 23 de julio de 2015




Cuando me lo contaron sentí el frío
de una hoja de acero en las entrañas,
me apoyé contra el muro, y un instante
la conciencia perdí de dónde estaba.

Cayó sobre mi espíritu la noche
en ira y en piedad se anegó el alma
¡y entonces comprendí por qué se llora!
¡y entonces comprendí por qué se mata!

Pasó la nube de dolor... con pena
logré balbucear breves palabras...
¿Quién me dio la noticia?... Un fiel amigo...
Me hacía un gran favor... Le di las gracias.


( Gustavo Adolfo Bécquer )

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miércoles, 22 de julio de 2015




Este adiós no maquilla un hasta luego, este nunca no esconde un ojalá, esta ceniza no juega ya con fuego, este ciego no mira para atrás…

Joaquín Sabina


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martes, 21 de julio de 2015




Lo que comúnmente llamamos amor es, a saber, el deseo de satisfacer un voraz apetito con una cierta cantidad de blanca y delicada carne humana.

 Henry Fielding

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lunes, 20 de julio de 2015




Nos quedamos dormidos como troncos unos en brazos de otros, la condesa en el centro. El frío de la mañana nos despertó temprano. El señor tuvo el valor suficiente para levantarse, atizar el brasero, echar una paletada de carbón y lavarse rápidamente. Después volvió a acostarse, cubriéndonos con la sábana, las mantas y el edredón, y dormimos durante una hora larga más. Yo salí la primera del sueño, me aparté un poco de la señora, que dormía como un niño, y permanecí allí con los ojos abiertos, sin moverme para no molestarles. Al cabo de un momento, el conde me preguntó en voz baja si estaba despierta.

—En ese caso —susurró—, tenga la amabilidad de bajar sin hacer ruido a la cocina y preparar un desayuno rápido. Yo debo salir, pero quiero que la señora se quede durmiendo el máximo tiempo posible.

Me deslicé como una serpiente, me eché un poco de agua a la cara, me puse el vestido y me dirigí apresuradamente a la cocina mientras él se vestía. Debían de ser las nueve, pero la condesa tenía costumbres de parisiense ociosa y no solía estar en pie antes de las doce. En cuanto al conde, seguramente le quedaba por hacer alguna risita a las granjas, de modo que se dirigió a los establos y ordenó que engancharan los caballos. Cuando entró en la cocina, el fuego estaba encendido, el pan cortado y el té humeante; en resumen, yo había logrado en un abrir y cerrar de ojos darle la sensación de estar servido, y bastante bien, por cierto. Era un hombre cortés, y supo apreciarlo. Al sentarse, sacó una moneda dorada y me dijo
—Tenga, Lucienne, lo prometido es deuda. Aquí está el luis del que hablamos. Y gracias por el desayuno improvisado. ¡Estoy muerto de hambre!

Le serví el desayuno, y él devoró en silencio una montaña de tostadas, dos huevos, una costilla y no sé cuántas tazas de té; yo comí mucho menos, pero sin privarme. Me encontraba de pie junto a él, dejando la garrafa de aguardiente en la mesa, cuando sentí que su mano me acariciaba una corva, luego el muslo y, a continuación, las nalgas.

—¡Pero, señorita, si no lleva bragas! —exclamó con suavidad, sin dejar de tocarme.

yo (turbada). —No, señor. Se quedaron anoche en el salón y no me ha dado tiempo...

Él (aprovechando las facilidades que le daba). —Bueno, ¡pues mejor! ¿Y cómo se encuentra este precioso coñito esta mañana?

yo (con el coñito ya en llamas). —¡De maravilla, señor, de maravilla! ¡Y a su servicio!

El conde me masturbaba con tal destreza, que me apoyé en la mesa con las dos manos para que el goce no me pillara por sorpresa. De pronto, él se desabrochó con la mano que le quedaba libre y me dijo:

—¡Vamos! ¡El último galope! Ya sé que eso no está bien, pero ¿qué quieres? ¡Tu culito lograría condenar a un santo!

Cuando se la sacó del pantalón, la tomé entre mis manos y la miré con admiración. A menudo, los hombres jóvenes tienen erecciones más intensas por la mañana, aunque su duración es menor que por la tarde. El conde, que en ese momento tenía la picha más dura que la justicia, me enlazó por el talle y me preguntó:

—¿Tú también quieres? ¿No estás asustada?

yo:  Oh, sí que quiero! Sólo le pido una cosa: que no llegue hasta el fondo. Si es que puede... ¡Oh, es tan grande! ¡Y qué dura está! Por favor, mastúrbeme primero con ella para que fluya jugo...

El conde se sentó en un taburete más bajo que la silla para que yo pudiera apoyar los pies en el suelo, y me izó con objeto de instalarme a horcajadas sobre él y que me agarrara a sus hombros. Es lo que se llama el «sacacorchos americano», el capricho de todas las modistillas: se dejan meter el «sacacorchos» (lo de «americano» no sé por qué es) en el coño lo más profundamente posible, se lo sacan, se ensartan de nuevo en él y se refocilan así hasta quedar absolutamente exhaustas.
En cuanto al conde, me había masturbado con la punta del chisme tan bien, que yo estaba más mojada que una fuente, por lo que me la metió sin demasiados esfuerzos. Me había arremangado el vestido hasta la cintura, que me sujetaba con ambas manos, y yo le cabalgaba con desenfreno apoyándome en la punta de los pies. Los dos gozamos en menos de tres minutos, jadeando y suspirando, aunque sin hacer ruido para que no nos oyera nadie. Cuando acabó de correrse, hizo que me levantara y me dijo:

 —Ahora ve a lavarte. ¡Vamos, al trote, pequeña! ¡Ha sido delicioso! ¡Y no olvides guardar tu luis!

Un montón de buenos consejos, pero ni un ápice de ternura. ¡Bah! ¡Cada cosa tiene su momento!

(Continuará)

Confesiones de una desvergonzada (Anónimo)





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domingo, 19 de julio de 2015




El erotismo es como el baile:
 una parte de la pareja siempre se encarga de manejar a la otra.


Milan Kundera


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viernes, 17 de julio de 2015




Ábrete sexo

Ábrete sexo
como una flor que accede,
descorre las aldabas de tu ermita,
deja escapar
al nadador transido,
desiste, no retengas
sus frágiles cabriolas,
ábrete con arrojo,
como un balcón que emerge
y ostenta sobre el aire sus geranios.
Desenfunda,
oh poza de penumbra, tu misterio.
No detengas su viaje al navegante.
No importa que su adiós
te hiera como cierzo,
como rayo de hielo que en la pelvis
aloja sus astillas.
Ábrete sexo,
hazte cascada,
olvida tu tristeza.
Deja partir al niño
que vive en tu entresueño.
Abre gallardamente
tus cálidas compuertas
a este copo de mieles,
a este animal que tiembla
como un jirón de viento,
a este fruto rugoso
que va a hundirse en la luz con arrebato,
a buscar como un ciervo con los ojos cerrados
los pezones del aire, los dos senos del día.

( Anna Istarú )

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jueves, 16 de julio de 2015




Dar placer. Aceptar placer. 
El sexo es así de fácil.

Kenneth Hanes


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miércoles, 15 de julio de 2015




Área sonante, ovario
de la noche carnal; abrevadero
insistente y monótono en la arena
del oído terrestre.

Y tocar, hacia dentro, el oleaje
como aquel remotísimo, asilado
en lo vacío de las conchas. Urna,
seda contigua que despliega
en hileras cayendo, una por una,
golpes de espuma deslazada.
Concha de labios húmedos, saliva
en los labios inmensos.

Y yo mismo,
¿qué escalofrío soy, qué gobernado,
_como presa de un águila_ deleite?
Y tú desnuda, la que viene,
la desnuda en los bordes de su boca.

Por lo demás, hay cosas
que se comprenden fácilmente:
los relámpagos duros del galope,
los lechos consagrados, la ablandada
mano de las entrañas a rebato,
y un sabor permanente de estar vivos.

Ahora y en lo próximo, corales
tras la puerta sombría; lengua súbita
abre y señala claustros al incesto
de la boca y la oreja, complicadas
en el secreto. Paso de cantiles,
garganta de campana en que te escucho,
latiendo, hacerte y deshacerte.

Y es el vino violeta de tu sangre,
y es tu extensión de leche, y tu sin término
río desenredándose que vuelve
en mí sobre sí mismo, desatando,
regresado de sonoras honduras,
de inconsumibles fondos admitido.

Hora ritual de los cuerpos atentos;
ceremonial donde salvado,
como el hueso en la fruta, me reúno;
como el que no ha nacido,
como en agua materna, respirando
sonido respirado, en el deleite
de oírte sumergido. Está sonando
tu corazón. Ahora está sonando.

Ahora y en lo oscuro. Y llovedizas
plumas innumerables se desgarran,
y sal y tinta, construidas
de muy adentro, en olas enrojecen.
Y la unión era lícita, sellada
con las arras solemnes del naufragio.

(Rubén Bonifaz Nuño)


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martes, 14 de julio de 2015




El día en que lea que el sexo es malo 
para la salud..., dejaré de leer. 

WC Fields


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domingo, 12 de julio de 2015

Es domingo por la noche, y eso supone, mis queridos y queridas amigas, que mañana es de nuevo lunes, y hace calor, y el fin de semana ha sido intenso y agotador, y seguro que estamos todos un poco pesarosos y deprimidos…
Y precisamente por eso, para levantaros el ánimo y demostraros que no hay día malo, que todos los días pueden ser viernes de lujuria si nosotros así lo queremos…, precisamente por eso, esta noche mágica y especial, os traigo un relato, que espero, tenga continuación, de mi muy querida Lady PI, también conocida como “Puramente Infiel”. Seguro que con su saber hacer, con su arte para introducirnos en situación con alto contenido erótico, con su capacidad para convertirnos en espectadores privilegiados de sus lúbricas historias, consigue hacer que esta noche sea mucho mejor, mucho más excitante y mucho más caliente…, aún.
Y si os sabe a poco, siempre podréis visitar su blog, “eltactodelpecado.blogspot.com.es”, donde encontrareis mil y una excitantes historias con las que estimular vuestra indecencia, vuestra lujuria, y hasta vuestro espíritu puramente infiel  ;- )
Yo, por mi parte, solo me permito darle las gracias por permitirme este pequeño “atraco” y que una más de sus historias, adornen la pared de mi modesta mansión. Y por supuesto que, si hay continuación, volveré a colarme en su habitación para robarle con alevosía y nocturnidad su…, su historia, porque robarle su virtud ya lo tengo mucho más difícil : -)
Un abrazo y feliz lunes para todos, amig@s

Sayiid


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Observaba desde aquel ángulo a los invitados a la fiesta.
Mi mirada se detuvo durante largos minutos en aquella mujer. Sé muy bien cuando una mujer es bella. No me importa reconocerlo.
Y ella lo era.
Tenía muy buen tipo y una larga cabellera dorada. Todo lo contrario a mí, es cierto, pero no sentí que tuviera nada que envidiarle.
Estaba ensimismada en pensamientos tontos. Nada del otro mundo, cuando Él llegó por detrás de mí y me susurró algo al oído. Es como un gato muchas veces y cuando me abstraigo de todo, siempre me pone en alerta.

- ¿Qué ven los ojos de Mi putita?
- ¿Eh? –pregunté, girándome.- ¿Qué dices?
- ¿Te gusta? –me preguntó mientras me rodeaba la cintura con sus brazos y  me hablaba al oído.
- ¡Déjate de tonterías! Hay que atender a los invitados…

Su mano, nada disimulada, se perdió en mis nalgas, apretando una de ellas.

- Todavía no te he dado mi regalo de cumpleaños pero espero que te guste…

Le vi hablar con esa mujer durante mucho rato, pero no le dí mayor importancia. Yo seguí atendiendo a mis invitados hasta que al cabo de unas cuatro interminables horas, se retiraron los últimos invitados.

Cuando ya iba a retirarme, vi a mi Dueño que estaba hablando con la empresa encargada del catering, por lo que yo decidí subir a la habitación a darme una ducha. Estaba realmente agotada.

Dejé que el agua cayera sobre ni cuerpo. Apoyé las manos en la pared y el agua golpeó mi espalda… No quise pensar en nada, pero sentía curiosidad por saber cuál sería Su regalo de cumpleaños. Es muy suyo, muy a su manera y, aunque ya  poco debiera sorprenderme sobre El, siempre, siempre consigue hacerlo.

Estaba ensimismada en esos pensamientos cuando, de pronto, se abrió la puerta de la ducha… ¡Me asusté!

- ¡Me has asustado!

- Lo siento…, no te inquietes. Ya está todo solucionado. Ven…- me pidió, tendiéndome una toalla.
- Pero… ¡Si estoy duchándome!
- No repliques tanto…Te pasas media vida protestando… Ven…

Me lo ordenó con tanta suavidad como autoridad. Me envolví en aquella toalla y Él me ayudó a secarme un poco el pelo…

-¡Cálzate!  -me dijo.

Me tomó de la mano y cruzamos el vestidor hasta llegar a mi amplia habitación. Me quedé helada. A los pies de la cama, desnuda, se hallaba la mujer rubia del jardín.

- ¿Qué significa esto? -pregunté a mi Amo.
- Es tu cumpleaños y si me apetece regalarte una puta, te la regalo… Y la vas a disfrutar. Pide que haga todo lo que tú desees. Hoy mandas tú. Su cuerpo y su mente se someten a tu voluntad… Haz disfrutar a Tu Señor… con el regalo que te ha dado.

Hizo una leve pausa y continuó:

- Ahí tienes todo cuanto puedes emplear… para ti o para ella… Como dispongas… Tú pones el límite…

Vi sobre el banco, a los pies de la cama, toda esa serie de artilugios con los que mi Amo solía jugar conmigo…, y algunos más que nunca había visto hasta ese instante.

Me besó en la mejilla y se separó. Fue a sentarse al butacón que había en un lado de la cama y allí se acomodó. Le observé. Tan digno, tan Señor, tan... Él.

Miré a la chica y ella me sonrió. Obviamente sabía para lo que estaba allí y me estaba esperando. Observé su cuerpo desnudo, la redondez exuberante de sus pechos operados…, el vicio en su cara…, las ganas de todo…, de no sé qué…

Y en ese instante me sentí perdida.

Una sola vez antes había estado con una mujer, y me costó muchísimo soltarme… Y ahora, sin previo aviso, mi Amo me volvía a poner en bandeja un nuevo juego, al que no sabía si sabría jugar o si sería capaz de estar a la altura de las circunstancias. Mil y un pensamientos se amontonaron de forma inconexa en mi excitada mente.

Dejé caer la toalla al suelo y me mostré desnuda, con el pelo mojando cubriéndome la espalda, y aun escurriendo brillantes gotas hasta el suelo.

Le indiqué a la puta con la mano que se acercará hasta a mí.

No sé por qué, de pronto, me entraron unas terribles ganas de abofetear a aquella mujer. No tenía ningún sentido, pero ella obedeció, y mansamente se acercó hasta mí. La miré, pero ella dirigía su mirada hacia el suelo. Le obligué a subir la cara, colocando mis dedos en su mentón. Su mirada se cruzó con la mía…, y le estampé una sonora bofetada en su mejilla. El chasquido resonó en toda la habitación. Le miré a Él, y mi Dueño permaneció impasible, con una pierna sobre de la otra, el brazo apoyado en el reposabrazos de la butaca y la mano contraria sujetándose el mentón. Mi Amo sabe que yo no tolero los golpes en la cara, y sin embargo, sin ningún motivo, yo le había propinado uno bien sonoro con la palma de la mano abierta a aquella mujer a la que no conocía de nada y contra la que nada tenía.

Ella me escupió.
La verdad, no me lo esperaba. Así que volví a cruzarle la cara.
A mí no me escupe nadie y menos a la cara.
Esta vez la bofetada fue más fuerte.

La cogí del pelo con toda mi fuerza y la obligué a arrodillarse ante mí, pero no le hablé, no le dije nada. Ni una palabra, ni un reproche.
El silencio, como me dice mi Amo a mí, es lo mejor para alguien que no entiende.

Ya en el suelo, y de rodillas ante mí, la solté de mala manera, con rabia, y caminé hasta donde estaban los artilugios.
No sabía qué hacer, no sabía cuál coger…
No  estoy acostumbrad a ser yo la que los use, y por eso no sé usarlos adecuadamente. Tenía cierto temor y que se me fuera la mano, que le pudiera causar algún mal a aquella putilla que estaba allí mismo, desnuda, a mis pies…

¿Qué debía hacer? ¿Humillarla? ¿Provocarle dolor? ¿Placer?

Tal vez debería usarla como un saco en el que vaciar todas mis rabias y tensiones de las últimas semanas. Sé que no es justo, pero… ella era mi puta y podía hacer con ella lo que quisiera. Eso me había dicho mi Amo.
Así que, sin pensarlo mucho…
Cogí la fusta…

Como estaba de rodillas aún, hice que  abriera sus  piernas y que colocara sus manos en la espalda.

Le acaricié con la palma de la fusta la comisura de su boca, sus labios entreabiertos y sus sonrosadas mejillas, haciendo que la besara…
Llegué a continuación hasta uno de sus pechos, de erectos pezones, a los que rocé con la fusta, antes de darle pequeños y suaves toques con ella.
Por la cara que ponía, parecía gustarle,  pero yo ya pensaba en el siguiente movimiento, porque ella estaba allí para que yo disfrutara, no para su propio disfrute.

Si, algo había que cambiar.

De pronto, y sin previo aviso, azoté su coño rítmicamente. Ella daba pequeños grititos de dolor, y yo, de vez en cuando, le miraba a Él, y si veía que era ella la que lo hacía, yo se lo impedía cogiéndola del pelo y girándole la cabeza.
Como la muy puta seguía insistiendo en mirar a mi Amo, la volví a agarrar del pelo y la arrastré por el suelo, delante de Él,  hasta llevarla a la cama.
Al llegar al tálamo, me tumbé y le ordené que me acariciara entera, pero advirtiéndola de que no me tocara la cara por nada del mundo.

La muy perra no dijo nada, pero pronto sentí sus labios recorrerme entera, centrándose  en mis tetas, golpeando  mis pezones con la punta de su húmeda lengua y mordisqueando luego cada uno de ellos.
Mientras una de sus manos abarcaba mi pecho, la otra…, la otra seguía camino abajo, hacia mi sexo…, el cual ya se encontraba ardiente y húmedo.

La putilla se recreó con mi otro pecho, mientras sus dedos mojados en mis calientes flujos, empezaban a separar los labios de mi coño y buscaban ansiosamente mi clítoris.
Ante tal calentura, la cogí de nuevo por el pelo, y empujé su cabeza hacia mi entrepierna.
Ella entendió perfectamente lo que yo ansiaba y no tardó nada en alcanzar mi abierto sexo  con su boca.
Yo, por mi parte, le facilité la tarea, abriéndome completamente de piernas, y mostrándole  mi encharcado sexo en todo su esplendor…

- Cómemelo… -le ordené.

Ella se  acomodó mejor entre mis piernas y lamió mi sexo con su húmeda lengua.

- Despacio, zorra -le dije, mientras notaba sus dos manos aplicadas en mis tetas, pellizcando mis endurecidos pezones, tirando de ellos, de tal manera que yo apretaba los dientes de gusto y arqueaba mi espalda para lograr una mayor penetración de su lengua en mi enardecido coño.

Notaba el suave tacto de su lengua subiendo y bajando por mi depilado coño, enmarcado tan solo por unos escasos vellos en  el centro del pubis.
Ella empezó a lamerlo de un lado a otro. Luego haciendo círculos. Después de arriba abajo y vuelta a empezar, mientras mis caderas se movían al ritmo que ella marcaba…

Un instante después sentí la penetración de un dedo, pero no me incomodó dada la suavidad con la que entró…

- Más, sigue, no pares… -le decreté.

Y mi coño se fue abriendo también a sus dedos. Había observado que sus manos eran pequeñas, así que creo, aunque no podría asegurarlo,  que en un momento dado debió meter la mano entera en mi coño,  por cómo me tiraba allí abajo, pero el placer que sentía era tan supremo, que me abstuve de decirle nada…

Mi clítoris parecía querer reventar de gozo. Lo notaba henchido y tirante, y aquellos lengüetazos no eran para menos. Hundí su cara en mi coño con fuerza, presionándole la cabeza, para que me oliera, para que se ahogara en  mis jugos...

Pero yo no quería correrme aún, así que ella tenía que esforzarse en darme el máximo placer, pero de modo que llegara al umbral del éxtasis sin cruzarlo.

Presa de la pasión, me senté de rodillas, dejando que viera mi sexo en toda su grandeza. Ella respondió a mi oferta estimulándome el ano, con suaves caricias circulares empapadas de su saliva, mientras seguía acariciando mi sexo y dándole suaves golpecitos…

La muy puta sabía lo que se hacía.
Sabía mejor que yo lo que yo quería, que era, simplemente, disfrutar…
Y demostrar a Él que podía hacerlo y que podía cumplir su voluntad…, fuera la que fuese.
Aunque no sabía si era eso lo que Mi Señor esperaba de mí…

Tenía a mano varios vibradores, de diferentes tamaños y diferentes velocidades. La rubia se introdujo uno de buen tamaño en la boca para humedecerlo y templarlo, y después empezó a pasarlo por encima de mi empapada raja, terminando de lubricarlo con mis calientes y espesos fluidos, hasta que lo introdujo en mi coño y empezó a moverlo dentro y fuera, acelerando más y más,  mientras notaba su dedo entrando y saliendo de mí ya dilatado ano.
Yo me rompía de placer cuando notaba como como ambos, dedo y vibrador, se acomodaban dentro de mí  al mismo vaivén.

Mi respiración era cada vez más fuerte y los gemidos retumbaban en la habitación,  aun cuando yo intentaba ahogarlos sobre la almohada…

Dos dedos torturando mi ano…, entrando y saliendo de él sin compasión, mientras el vibrador traqueteaba en mi coño mojado y, al mismo tiempo,  gozaba con  aquellas palmadas en mis glúteos.

Como pude, le indiqué a la puta que sacara sus dedos de mi extendido culo y que usara su lengua, que me penetrara con ella, que me lamiera y que me mojara tanto que pareciera que me hubiera corrido. Ella obedeció sin rechistar. Le miré a Él y me guiñó un ojo.
Lo estaba haciendo bien, según parecía.

Como aún quería algo más, tumbé a la perra de espalda sobre la cama. Cogí aquellas esposas y la aprehendí de las muñecas para atarla al cabecero del mueble. Después me senté sobre su cara, con las piernas bien abiertas, y dejé que me lamiera de nuevo mi encharcado sexo, mientras yo me movía de adelante hacia atrás, o bajaba y subía….

Apretaba tanto que sentía como la ahogaba con el peso de mi cuerpo, y notaba como su rostro se clavaba en mi coño.
Quería correrme sobre su cara y que se bebiera toda mi corrida…

Le tapé la boca, dejándole sólo un pequeño resquicio para poder respirar por la nariz.
Percibía esa sensación de agonía en sus ojos, pero ni aun así me detuve.
Sabía que podía respirar.
Le pellizcaba sus pezones y tiraba de ellos con fuerza, retorciéndolos…
Me excitaba oyendo sus gritos y usaba  la fusta sobre su cuerpo para que  se retorciera de dolor…
No me importaba su sufrimiento.
Sólo me importaba el placer que pudiera proporcionarla a Él, a mi Dueño, mi Amo, mi Señor,  y el mío propio.

Tuve que agarrarme fuerte a los barrotes del cabecero cuando empecé a sentir aquellas acometidas eléctricas recorriendo todo mi cuerpo.
Estaba a punto de estallar.

- ¡¡¡Abre la boca, puta!!!

¡Cuántas veces me había dicho eso Mi Señor a mí! Y ahora comprobaba por mí misma el placer que decirlo implicaba.

Se lo dije mientras metía mis dedos en su boca y abría la mano para abrírsela  al máximo.
Le di varias bofetadas hasta que consideré que ya no la podía abrir más…

Y en aquel espasmo en el que mis piernas perdían fuerza, en el que se me iba el alma en cada gemido y en cada grito, me desbordé encima de su rostro.
La corrida fue tremenda.
Ella luchaba por bebérsela toda.
Se le salía de la boca y se ahogaba con ella.

Escurría por mis muslos y me mojaba el pubis, así que cuando dejé de correrme le obligué a lamer todo lo que quedaba, toda mi corrida extendida sobre mi piel…

Mientras, de tanto  en tanto, estrellaba mi mano contra su cara, insultándola…, porque no era como cuando Él me dice a mi “puta”, “zorra” o “putita”…

Él lo dice cariñosamente, pues yo soy Su Puta, Su Zorra, Su Perra…

Yo le decía “puta”, “cerda”, “guarra”, con rabia, con sentido despectivo, como si sus sensaciones y sentimientos me importaran muy poco;  con el pleno convencimiento de que la estaba usando, en el peor de los sentidos…

Cuando acabé, cuando la laxitud se apoderó de todo mi cuerpo y el placer ya me iba abandonando, me dejé caer en la cama, agotada y exhausta, al lado de la puta.

Desde allí alcé la vista hacía Mi Señor y pude ver ese brillo animal que a veces aparece en sus ojos. El brillo del cazador que ya sabe suya a la presa. Y supe que la noche no había acabado, porque ahora le tocada disfrutar a Él…

Puramente Infiel

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