Prologo de El Libertino

miércoles, 30 de septiembre de 2015


Una noche más, yo no quería, pero no he tenido más remedio que “robarle” un nuevo poema a nuestra querida amiga, lady PI.
En mi defensa diré que esta vez ella ha colaborado gentilmente en el robo, y más que robo, podría parecer una donación, un regalo, un obsequio que nuestra querida amiga me hace y nos hace para que todos podamos disfrutarlo…
Y si os gusta, que os gustará, no dejéis de visitar su maravilloso blog donde encontrareis esta y otras innumerables joyas, fruto de su arte, de su sabiduría y de su talento para jugar con las palabras y llevarnos a mundos de placer, conocido o desconocidos, pero siempre atrayentes y pecaminosos…
Como siempre me dice vuesa merced, lady PI. “besos de pecado”. Esta noche me adelanto y soy yo el que se los doy, pues, sin duda, os los habéis merecido :- 9

Sayiid

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Ancorada estoy en el suave tacto de las sedas negras
y prendida bajo los velos que cubren mi cabello.
Soy columna vertebral de sus apoyos.
Mis manos descansan calmadas  y paralelas a mi entidad.
Mi cuerpo en espera, en dulce espera…
descansa incólume en la jaculatoria de mis piernas.

Larga es la dicha de Ser, de Sentir…, 
de Anhelar lo que se es concedido.
De mis pechos, voluptuosidades en mí que son de quien posee, crece y domina,
Cuando soy  Su Voluntad hecha carne,
Pecado de su Misericordia en el más grande de los deleites.
Tambores de guerra, los chasquidos de sus dedos:
Rítmicos, constantes, que se combinan con el eco de sus pasos.
Espadas son las rectas de sus dedos
que dibujan mi sien y mi mejilla, y se bautizan en mi boca.
De cuero, los latigazos de su lengua
perforando el silencio latente de mi boca.
Garfios, sus manos abiertas, 
amparados en las cumbres de mis senos,
amalgama proscrita de perlas sonrosadas se crecen
en el antojo de sus yemas.
Lava lenta, el trote de su piel por el centro de mi cruz
hasta prender en las viscosas ascuas de mis centros
la llama viva de mi cuerpo consentido.




Jadeos que Él bebe mientras penetra en mi noche,
anclando sus manos en los arrecifes de mis cabellos que,
como olas calmas, son timón de sus cabalgadas.
Y es escora su hombría, salvaje y desbocada, 
en la estrechez de mi cabo.
Y fondea, emerge, cabalga… con atino inmoderado
en oleajes de fragancias libidinosas e íntimas
que braman en mi garganta y en mi sexo,
sacudido éste en acometidas desmedidas…
Y cae roto, vencido, dolorido,… glorificado, Él,
habiendo hecho de mí Su Voluntad…
Violados los instintos…
Usada la carne…

Soy Suya: Más de lo que quiero y menos de lo que deseo.
Motivo de sus placeres y fantasías;
de sus perversiones y lujurias…
De su placer, de su agotamiento, 
y hasta de su dolor si es necesario.

Su vicio…

(lady PI)

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lunes, 28 de septiembre de 2015




Tres días después de los acontecimientos relatados en las páginas precedentes, Bella compareció tan sonrosada y encantadora como siempre en el salón de recibimiento de su tío. 
En el ínterin, mis movimientos habían sido erráticos, ya que en modo alguno era escaso mi apetito, y cualquier nuevo semblante posee para mí siempre cierto atractivo, que me hace no prolongar demasiado la residencia en un solo punto. 
Fue así como alcancé a oír una conversación que no dejó de sorprenderme algo, y que no vacilo en revelar pues está directamente relacionada con los sucesos que refiero. 
Por medio de ella tuve conocimiento del fondo y la sutileza de carácter del astuto padre Ambrosio. 
No voy a reproducir aquí su discurso, tal como lo oí desde mi posición ventajosa. Bastará con que mencione los puntos principales de su exposición, y que informe acerca de sus objetivos. 
Era manifestó que Ambrosio estaba inconforme y desconcertado por la súbita participación de sus confreres en la última de sus adquisiciones, y maquinó un osado y diabólico plan para frustrar su interferencia, al mismo tiempo que para presentarlo a él como completamente ajeno a la maniobra.
 En resumen, y con tal fin, Ambrosio acudió directamente al tío de Bella, y le relató cómo había sorprendido a su sobrina y a su joven amante en el abrazo de Cupido, en forma que no dejaba duda acerca de que había recibido el último testimonio de la pasión del muchacho, y correspondido a ella. 
Al dar este paso el malvado sacerdote perseguía una finalidad ulterior. Conocía sobradamente el carácter del hombre con el que trataba, y también sabía que una parte importante de su propia vida real no era del todo desconocida del tío. 
En efecto, la pareja se entendía a la perfección. Ambrosio era hombre de fuertes pasiones, sumamente erótico, y lo mismo suceda con el tío de Bella. 
Este último se había confesado a fondo con Ambrosio, y en el curso de sus confesiones había revelado unos deseos tan irregulares, que el sacerdote no tenía duda alguna de que lograría hacerle partícipe del plan que había imaginado. 
Los ojos del señor Verbouc hacía tiempo que habían codiciado en secreto a su sobrina. Se lo había confesado. Ahora Ambrosio le aportaba pruebas que abrían sus ojos a la realidad de que ella había comenzado a abrigar sentimientos de la misma naturaleza hacia el sexo opuesto. 
La condición de Ambrosio se le vino a la mente. Era su confesor espiritual, y le pidió consejo. 
El santo varón le dio a entender que había llegado su oportunidad, y que redundaría en ventaja para ambos compartir el premio. 
Esta proposición tocó una fibra sensible en el carácter de Verbouc, la cual Ambrosio no ignoraba. Si algo podía proporcionarle un verdadero goce sensual, o ponerle más encanto al mismo, era presenciar el acto de la cópula carnal, y completar luego su satisfacción con una segunda penetración de su parte, para eyacular en el cuerpo del propio paciente. 
El pacto quedó así sellado. Se buscó la oportunidad que garantizara el necesario secreto (la tía de Bella era una minusválida que no salía de su habitación), y Ambrosio preparó a Bella para el suceso que iba a desarrollarse. 
Después de un discurso preliminar, en el que le advirtió que no debía decir una sola palabra acerca de su intimidad anterior, y tras de informarle que su tío había sabido, quién sabe por qué conducto, lo ocurrido con su novio, le fue revelando poco a poco los proyectos que había elaborado. Incluso le habló de la pasión que había despertado en su tío, para decirle después, lisa y llanamente, que la mejor manera de evitar su profundo resentimiento sería mostrarse obediente a sus requerimientos, fuesen los que fuesen.
 El señor Verbouc era un hombre sano y de robusta constitución, que rondaba los cincuenta años. Como tío suyo que era, siempre le había inspirado profundo respeto a Bella, sentimiento en el que estaba mezclado algo de temor por su autoritaria presencia. Se había hecho cargo de ella desde la muerte de su hermano, y la trató siempre, si no con afecto, tampoco con despego, aunque con reservas que eran naturales dado su carácter. 
Evidentemente Bella no tenía razón alguna para esperar clemencia de su parte en una ocasión tal, ni siquiera que su pariente encontrara una excusa para ella. 
No me explayaré en el primer cuarto de hora, las lágrimas de Bella, el embarazo con que recibió los abrazos demasiado tiernos de su tío, y las bien merecidas censuras. 
La interesante comedia siguió por pasos contados, hasta que el señor Verbouc colocó a su hermosa sobrina sobre sus piernas, para revelarle audazmente el propósito que se había formulado de poseerla.

—No debes ofrecer una resistencia tonta, Bella — explicó su tío—. No dudaré ni aparentaré recato. Basta con que este buen padre haya santificado la operación, para que posea tu cuerpo de igual manera que tu imprudente compañerito lo gozó ya con tu consentimiento. 

Bella estaba profundamente confundida. Aunque sensual, como hemos visto ya, y hasta un punto que no es habitual en una edad tan tierna como la suya, se había educado en el seno de las estrictas conveniencias creadas por el severo y repelente carácter de su pariente. Todo lo espantoso del delito que se le proponía aparecía ante sus ojos. Ni siquiera la presencia y supuesta aquiescencia del padre Ambrosio podían aminorar el recelo con que contemplaba la terrible proposición que se le hacía abiertamente. 
Bella temblaba de sorpresa y de terror ante la naturaleza del delito propuesto. Esta nueva actitud la ofendía. 
El cambio habido entre el reservado y severo tío, cuya cólera siempre había lamentado y temido, y cuyos preceptos estaba habituada a recibir con reverencia, y aquel ardiente admirador, sediento de los favores que ella acababa de conceder a otro, la afectó profundamente, aturdiéndola y disgustándola.
 Entretanto el señor Verbouc, que evidentemente no estaba dispuesto a concederle tiempo para reflexionar. y cuya excitación era visible en múltiples aspectos, tomó a su joven sobrina en sus brazos, y no obstante su renuencia, cubrió su cara y su garganta de besos apasionados y prohibidos. 
Ambrosio, hacia el cual se había vuelto la muchacha ante esta exigencia, no le proporcionó alivio; antes al contrario, con una torva sonrisa provocada por la emoción ajena, alentaba a aquél con secretas miradas a seguir adelante con la satisfacción de su placer y su lujuria. 
En tales circunstancias adversas toda resistencia se hacía difícil. 

Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)

(Continuará…)


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domingo, 27 de septiembre de 2015




Una orgía real nunca excita tanto como un libro pornográfico.

Aldous Huxley


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jueves, 24 de septiembre de 2015





La masturbación es un caballo blanco
Galopando entre el jardín
Y el baño de mi casa
La masturbación se aprende
Mirando y mirando la luna
Abriendo y cerrando puertas
Sin darse cuenta que la entrada y la salida
Nunca han existido
Jugando con la desesperación
Y el terciopelo negro
Mordiendo y arañando el firmamento
Levantando torres de palabras
O dirigiendo el pequeño pene oscuro
Posiblemente hacia el alba
O hacia una esfera de mármol tibio y mojado
O en el peor de los casos
Hacia una hoja de papel como ésta
Pero escribiendo tan sólo la palabra
Luna
En una esquina
Pero sobre todo
Haciendo espuma de la noche a la mañana
Incluidos sábado y domingo.

(Jorge Eduardo Eielson)


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miércoles, 23 de septiembre de 2015




Se supone que la gente folla. Este es nuestro principal 
cometido en la vida, y todas esas otras actividades 
( tocar la trompeta, pasarle la aspiradora a la alfombra, 
leer novelas de misterio, comer crema batida de chocolate ) 
son tan solo formas de pasar el rato hasta 
que vuelvas a follar.

Cynthia Heimel


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martes, 22 de septiembre de 2015

Mis queridos amig@s, en esta Santa noche, os traigo un nuevo regalo para la mansión. En este caso, el regalo procede de mi estimada y siempre admirada, lady PI. Una oración al pecado a la cual yo, en mi humilde modestia, trato de ponerle un contrapunto, una continuación, un deseo... Lo haya conseguido o no, espero que disfrutéis de este juego literario que tanto nos ha divertido.
Sed felices en la mansión.
Amén

Sayiid

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Dios y hombre verdadero, príncipe azul y príncipe negro, 
por ser Vos quien sois, placer y castigo,
y porque, en ocasiones, se os ama por encima de todas las cosas.
Y si alguna vez, porque sois tantos Vos,
he logrado la concupiscencia y la impudicia, 
no me pesa, porque podéis castigarme con las penas de vuestro infierno.

Animada en vuestra divina gracia,
el pilar elevado de vuestras bragaduras,
propongo firmemente nunca más ignorar lo que sois
y cumplir la penitencia que me sea impuesta,
para el pecado de mi carne y de mi alma,
de mis entrañas y mi esencia,
esa que brota sublime y excelsa, cuando vuestros vehementes tactos
inundan las plegarias de mis culpas,
 porque no me arrepiento de haber caído, 
pues mil veces lo haría...
 Pues no hay pecado más grande
que no pecar para creerse libre de pecado.

Y si es con Vos... Santo Pecado
 porque sois la sacralización  pagana de mis virtudes, 
eleváis mis pasiones y perturbáis mis cimientos;
hacéis de mí princesa y puta, vuestra y no vuestra, 
sierva y esclava, ama y señora... siempre en Vos.
Amén.
Lady PI

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Ave María putísima,
que en el pecado fuiste concebida.

Amén.

Que el Dios de la lujuria te salve, María,
pues llena estás de sensuales gracias,
tu Señor siempre estará contigo,
pues su sierva tu eres,
entre todas las mujeres,

y bendito es tu deseable vientre,
por Él y por nos.
Puta María, sierva de tu Dios,
enséñanos a nos, los pecadores,
los secretos del deseo,
ahora y hasta la hora de nuestra muerte.

Amén

Ave María putísima,
que en el pecado fuiste concebida.

Amén

Sayiid

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lunes, 21 de septiembre de 2015




En su caminata, Bella había llegado cerca del Superior, el cual la tomó en sus brazos, circunstancias que aprovechó Ambrosio para comenzar a mover su miembro dentro de las entrañas de ella, cuyo intenso calor le proporcionaba el mayor de los deleites.
La posición en que se encontraban ponía los encantos naturales de Bella a la altura de los labios del Superior, el cual instantáneamente los pegó a aquellos, dándose a succionar en la húmeda rendija.
Pero la excitación provocada de esta manera exigía un disfrute más sólido, por lo que, tirando de la muchacha para que se arrodillara, al mismo tiempo que él tomaba asiento en su silla, puso en libertad a su ardiente miembro, y lo introdujo rápidamente dentro del suave vientre de ella.
Así, Bella se encontró de nuevo entre dos fuegos, y las fieras embestidas del padre Ambrosio por la retaguardia se vieron complementadas con los tórridos esfuerzos del padre Superior en otra dirección.
Ambos nadaban en un mar de deleites sensuales; ambos se entregaban de lleno en las deliciosas sensaciones que experimentaban, mientras que su víctima, perforada por delante y por detrás por sus engrosados miembros, tenía que soportar de la mejor manera posible sus excitados movimientos.
Pero todavía le aguardaba a la hermosa otra prueba de fuego, pues no bien el vigoroso Clemente pudo atestiguar la estrecha conjunción de sus compañeros, se sintió inflamado por la pasión, se montó en la silla por detrás del Superior, y tomando la cabeza de la pobre Bella depositó su ardiente arma en sus rosados labios. Después avanzando su punta, en cuya estrecha apertura se apercibían ya prematuras gotas, la introdujo en la linda boca de la muchacha, mientras hacía que con su suave mano le frotara el duro y largo tronco.
Entretanto Ambrosio sintió en el suyo los efectos del miembro introducido por delante por el Superior, mientras que el de éste, igualmente excitado por la acción trasera del padre, sentía aproximarse los espasmos que acompañan a la eyaculación. 
Empero, Clemente fue el primero en descargar, y arrojó un abundante chaparrón en la garganta de la pequeña Bella. Le siguió Ambrosio, que, echándose sobre sus espaldas, lanzó un torrente de leche en sus intestinos, al propio tiempo que el Superior inundaba su matriz.
Así rodeada, Bella recibió la descarga unida de los tres vigorosos sacerdotes.

Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)

(Continuará…)



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domingo, 20 de septiembre de 2015

Mis queridos amigos y amigas, esta noche, como no podría ser de otra manera, la mansión respira baloncesto por los cuatro costados.
Desde aquí mi enhorabuena a nuestra selección, a ese grupo de gigantes que han sabido luchar contra la adversidad, contra un público francés en contra de ellos desde el primer día, contra las críticas de los que ahora deberían besarles los pies y que, seguro, mañana dirán en diarios, periódicos y programas de televisión, que siempre habían confiado en ellos…
Somos españoles, con nuestras virtudes y defectos, como personas y como nación, pero la historia ha demostrado muchas veces que cuando la ocasión lo requiere, somos perseverantes, sacrificados, luchadores, y no nos rendimos nunca.
Por eso yo me siento orgulloso de esta selección que es la de todos.

¡¡¡ ENHORABUENA, CAMPEONES !!!

Sayiid

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sábado, 19 de septiembre de 2015

Mis queridos amigos y amigas de la mansión…; esta noche me permito traeros sugerentes melodías y excitantes imágenes…
Un regalo para la vista y el oído que me hicieron a mí y que yo ahora comparto con todos vosotros.
Porque hay un tiempo para la pasión, para la lujuria, para el desenfreno…, y también hay un tiempo para la ternura, la delicadeza, el erotismo y hasta para el romanticismo…
Y porque aquí, en nuestra mansión, la mansión de todos, entran y cohabitan todos y cada uno de los tiempos, de los deseos, de las fantasías, de las ternuras, de las rudezas, de los apetitos y de los más sublimes y verdaderos afectos…
Mis gracias a la persona que me regaló tan hermoso presente, y a todos y todas por ser fieles visitantes de esta, nuestra mansión…
Feliz velada de sábado a tod@s

Sayiid

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viernes, 18 de septiembre de 2015




El sexo no es la respuesta. El sexo es
 la pregunta, y la respuesta es: sí.

Swami X


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jueves, 17 de septiembre de 2015




Cualquiera puede comprender que una pulga de inteligencia mediana tenía que estar ya asqueada de espectáculos tan desagradables como los que presencié y que creí era mi deber revelarlos. Pero ciertos sentimientos de amistad y de simpatía por la joven Bella me impulsaron a permanecer aún en su compañía.
Los sucesos vinieron a darme la razón y, como veremos más tarde, determinaron mis movimientos en el futuro.
No habían transcurrido más de tres días cuando la joven, a petición de ellos, se reunió con los tres sacerdotes en el mismo lugar.
En esta oportunidad Bella había puesto mucha atención en su "toilette", y como resultado de ello aparecía más atractiva que nunca, vestida con sedas preciosas, ajustadas botas de cabritilla, y unos guantes pequeñísimos que hacían magnífico juego con el resto de las vestimentas.
Los tres hombres quedaron arrobados a la vista de su persona, y la recibieron tan calurosamente, que pronto su sangre juvenil le afluyó a] rostro, inflamándolo de deseo.
Se aseguró la puerta de inmediato, y enseguida cayeron al suelo los paños menores de los sacerdotes, y Bella se vio rodeada por el trío y sometida a las más diversas caricias, al tiempo que contemplaba sus miembros desvergonzadamente desnudos y amenazadores.
El Superior fue el primero en adelantarse con intención de gozar de Bella.
Colocándose descaradamente frente a ella la tomó en sus brazos, y cubrió de cálidos besos sus labios y su rostro. 
Bella estaba tan excitada como él.
Accediendo a su deseo, la muchacha se despojó de sus prendas interiores, conservando puestos su exquisito vestido, sus medias de seda y sus lindos zapatitos de cabritilla. Así se ofreció a la admiración y al lascivo manoseo de los padres.
No pasó mucho antes de que el Superior, sumiéndose deliciosamente sobre su reclinada figura, se entregara por completo a sus juveniles encantos, y se diera a calar la estrecha hendidura, con resultados evidentemente satisfactorios.
Empujando, prensando, restregándose contra ella, el Superior inició deliciosos movimientos, que dieron como resultado despertar tanto su susceptibilidad como la de su compañera. Lo revelaba su pene, cada vez más duro y de mayor tamaño.

—¡Empuja! ¡Oh, empuja más hondo! —murmuró
Bella.

Entretanto Ambrosio y Clemente, cuyo deseo no admitía espera, trataron de apoderarse de alguna parte de la muchacha. 
Clemente puso su enorme miembro en la dulce mano de ella, y Ambrosio, sin acobardarse, trepó sobre el cofre y llevó la punta de su voluminoso pene a sus delicados labios.
Al cabo de un momento el Superior dejó de asumir su lasciva posición.
Bella se alzó sobre el canto del cofre. Ante ella se encontraban los tres hombres, cada uno de ellos con el miembro erecto, presentando armas. La cabeza del enorme aparato de Clemente estaba casi volteada contra su craso vientre.
El vestido de Bella estaba recogido hasta su cintura, dejando expuestas sus piernas y muslos, y entre éstos la rosada y lujuriosa fisura, en aquellos momentos enrojecida y excitada por los rápidos movimientos de entrada y salida del miembro del Superior.

—¡Un momento! —ordenó éste—. Vamos a poner orden en nuestros goces. Esta hermosa muchacha nos tiene que dar satisfacción a los tres: por lo tanto es menester que regulemos nuestros placeres permitiéndole que pueda soportar los ataques que desencadenemos. Por mi parte no me importa ser el primero o el segundo, pero como Ambrosio se viene como un asno, y llena de humo todas las regiones donde penetra, propongo pasar yo por delante. Desde luego, Clemente debería ocupar el tercer lugar, ya que con su enorme miembro puede partir en dos a la muchacha, y echaremos a perder nuestro juego.

—La vez anterior yo fui el tercero —exclamó Clemente—. No veo razón alguna para que sea yo siempre el último. Reclamo el segundo lugar.

—Está bien, así será —declaró el Superior—. Tú, Ambrosio, compartirás un nido resbaladizo.

—No estoy conforme —replicó el decidido eclesiástico....... Si tú vas por delante, y Clemente tiene que ser el segundo, pasando por delante de mí, yo atacaré la retaguardia, y así verteré mi ofrenda por otra vía.

—¡Hacerlo como os plazca! —gritó Bella—. Lo aguantaré todo; pero, padrecitos, daos prisa en comenzar.

Una vez más el Superior introdujo su arma, inserción que Bella recibió con todo agrado. Lo abrazó, se apretó contra él, y recibió los chorros de su eyaculación con verdadera pasión extática de su parte.
Seguidamente se presentó Clemente. Su monstruoso instrumento se encontraba ya entre las rollizas piernas de la joven Bella. La desproporción resultaba evidente, pero el cura era tan fuerte y lujurioso como enorme en su tamaño, y tras de varias tentativas violentas e infructuosas, consiguió introducirse, y comenzó a profundizar en las partes de ella con su miembro de mulo.
No es posible dar una idea de la forma en que las terribles proporciones del pene de aquel hombre excitaban la lasciva imaginación de Bella, como vano sería también intentar describir la frenética pasión que le despertaba el sentirse ensartada y distendida por el inmenso órgano genital del padre Clemente.
Después de una lucha que se llevó diez minutos completos, Bella acabó por recibir aquella ingente masa hasta los testículos, que se comprimían contra su ano.
Bella se abrió de piernas lo más posible, y le permitió al bruto que gozara a su antojo de sus encantos.
Clemente no se mostraba ansioso por terminar con su deleite, y tardó un cuarto de hora en poner fin a su goce por medio de dos violentas descargas.
Bella las recibió con profundas muestras de deleite, y mezcló una copiosa emisión de su parte con los espesos derrames del lujurioso padre.
Apenas había retirado Clemente su monstruoso miembro del interior de Bella, cuando ésta cayó en los también poderosos brazos de Ambrosio.
De acuerdo con lo que había manifestado anteriormente, Ambrosio dirigió su ataque a las nalgas, y con bárbara violencia introdujo la palpitante cabeza de su instrumento entre los tiernos pliegues del orificio trasero.
En vano batallaba para poder alojarlo. La ancha cabeza de su arma era rechazada a cada nuevo asalto, no obstante la brutal lujuria con que trataba de introducirse, y el inconveniente que representaba el que se encontraban de pie.
Pero Ambrosio no era fácil de derrotar. Lo intentó una y otra vez, hasta que en uno de sus ataques consiguió alojar la punta del pene en el delicioso orificio.
Una vigorosa sacudida consiguió hacerlo penetrar unos cuantos centímetros más, y de una sola embestida el lascivo sacerdote consiguió enterrarlo hasta los testículos.
Las hermosas nalgas de Bella ejercían un especial atractivo sobre el lascivo sacerdote. Una vez que hubo logrado la penetración gracias a sus brutales esfuerzos, se sintió excitado en grado extremo, Empujó el largo y grueso miembro hacia adentro con verdadero éxtasis, sin importarle el dolor que provocaba con la dilatación, con tal de poder experimentar la delicia que le causaban las contracciones de las delicadas y juveniles partes íntimas de ella.
Bella lanzó un grito aterrador al sentirse empalada por el tieso miembro de su brutal violador, y empezó una desesperada lucha por escapar, pero Ambrosio la retuvo, pasando sus forzudos brazos en torno a su breve cintura, y consiguió mantenerse en el interior del febricitante cuerpo de Bella, sin cejar en su esfuerzo invasor.
Paso a paso, empeñada en esta lucha, la jovencita cruzó toda la estancia, sin que Ambrosio dejara de tenerla empalada por detrás. 
Como es lógico, este lascivo espectáculo tenía que surtir efecto en los espectadores. Un estallido de risas surgió de las gargantas de éstos, que comenzaron a aplaudir el vigor de su compañero, cuyo rostro, rojo y contraído, testimoniaba ampliamente sus placenteras emociones.
Pero el espectáculo despertó, además de la hilaridad, los deseos de los dos testigos, cuyos miembros comenzaron a dar muestras de que en modo alguno se consideraban satisfechos.


Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)

(Continuará…)



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miércoles, 16 de septiembre de 2015




Es curioso que se  denomine
 sexo oral a la práctica sexual en la que
 menos se puede hablar.

Woody Allen


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martes, 15 de septiembre de 2015




Se sacaron algunas botellas de vino, de una cosecha rara y añeja, y bajo su poderosa influencia
Bella fue recobrando poco a poco su fortaleza.
Transcurrida una hora, los tres curas consideraron que había tenido tiempo bastante para recuperarse, y comenzaron de nuevo a presentar síntomas de que deseaban volver a gozar de su persona.
Excitada tanto por los efectos del vino como por la vista y el contacto con sus lascivos compañeros, la jovencita comenzó a extraer de debajo las sotanas los miembros de los tres curas, los cuales estaban evidentemente divertidos con la escena, puesto que no daban muestra alguna de recato.
En menos de un minuto Bella tuvo a la vista los tres grandes y enhiestos objetos. Los besó y jugueteó con ellos, aspirando la rara fragancia que emanaba de cada uno, y manoseando aquellos enardecidos dardos con toda el ansia de una consumada Chipriota.

—Déjanos joderte —exclamó piadosamente el Superior, cuyo pene se encontraba en aquellos momentos en los labios de Bella.

—Amén —cantó Ambrosio.

El tercer eclesiástico permaneció silencioso, pero su enorme artefacto amenazaba al cielo.
Bella fue invitada a escoger su primer asaltante en esta segunda vuelta. Eligió a Ambrosio, pero el
Superior interfirió.
Entretanto, aseguradas las puertas, los tres sacerdotes se desnudaron, ofreciendo así a la mirada de Bella tres vigorosos campeones en la plenitud de la vida, armado cada uno de ellos con un membrudo dardo que, una vez más, surgía enhiesto de su parte frontal, y que oscilaba amenazante.

—¡Uf! ¡Vaya monstruos! —exclamó la jovencita, cuya vergüenza no le impedía ir tentando, alternativamente, cada uno de aquellos temibles aparatos.

A continuación la sentaron en el borde de la mesa, y uno tras otro succionaron sus partes nobles, describiendo círculos con sus cálidas lenguas en torno a la húmeda hendidura colorada en la que poco antes habían apaciguado su lujuria. Bella se abandonó complacida a este juego, y abrió sus piernas cuanto pudo para agradecerlo.

—Sugiero que nos lo chupe uno tras otro —propuso el Superior.

—Bien dicho —corroboró el padre Clemente, el pelirrojo de temible erección—. Pero hasta el final. Yo quiero poseerla una vez más.

—De ninguna manera, Clemente —dijo el Superior—. Ya lo hiciste dos veces; ahora tienes que pasar a través de su garganta, o conformarte con nada.

Bella no quería en modo alguno verse sometida a otro ataque de parte de Clemente, por lo cual cortó la conversación por lo sano asiendo su voluminoso miembro, e introduciendo lo más que pudo de él entre sus lindos labios.
La muchacha succionaba suavemente hacia arriba y hacia abajo de la azulada nuez, haciendo pausas de vez en cuando para contener lo más posible en el interior de sus húmedos labios. Sus lindas manos se cerraban alrededor del largo y voluminoso dardo, y lo agarraban en un trémulo abrazo, mientras ella contemplaba cómo el monstruoso pene se endurecía cada vez más por efecto de las intensas sensaciones transmitidas por medio de sus toques.
No tardó Clemente ni cinco minutos en empezar a lanzar aullidos que más se asemejaban a los lamentos de una bestia salvaje que a las exclamaciones surgidas de pulmones humanos, para acabar expeliendo semen en grandes cantidades a través de la garganta de la muchacha.
Bella retiró la piel del dardo para facilitar la emisión del chorro basta la última gota. El fluido de Clemente era tan espeso y cálido como abundante, y chorro tras chorro derramó todo el líquido en la boca de ella. Bella se lo tragó todo.

—He aquí una nueva experiencia sobre la que tengo que instruirte, hija mía —dijo el Superior cuando, a continuación, Bella aplicó sus dulces labios a su ardiente miembro.

—Hallarás en ella mayor motivo de dolor que de placer, pero los caminos de Venus son difíciles, y tienen que ser aprendidos y gozados gradualmente.

—Me someteré a todas las pruebas, padrecito — replicó la muchacha—. Ahora ya tengo una idea más clara de mis deberes, y sé que soy una de las elegidas para aliviar los deseos de los buenos padres.

—Así es, hija mía, y recibes por anticipado la bendición del cielo cuando obedeces nuestros más insignificantes deseos, y te sometes a todas nuestras indicaciones, por extrañas e irregulares que parezcan.

Dicho esto, tomó a la muchacha entre sus robustos brazos y la llevó una vez más al cofre acojinado, colocándola de cara a él, de manera que dejara expuestas sus desnudas y hermosas nalgas a los tres santos varones.
Seguidamente, colocándose entre los muslos de su víctima, apuntó la cabeza de su tieso miembro hacía el pequeño orificio situado entre las rotundas nalgas de Bella, y empujando su bien lubricada arma poco a poco comenzó a penetrar en su orificio, de manera novedosa y antinatural.

—¡Oh, Dios! —gritó Bella—. No es ése el camino. Lastima… ¡Por favor...! ¡Oh, por favor...! ¡Ah...! ¡Tened piedad! ¡Oh, compadeceos de mí! . . . ¡Madre santa! . . . ¡Me muero!

Esta última exclamación le fue arrancada por una repentina y vigorosa embestida del Superior, la que provocó la introducción de su miembro de semental hasta la raíz. Bella sintió que se había metido en el interior de su cuerpo hasta los testículos.
Pasando su fuerte brazo en torno a sus caderas, se apretó contra su dorso, y comenzó a restregarse contra sus nalgas con el miembro insertado tan adentro del recto de ella como le era posible penetrar. Las palpitaciones de placer se hacían sentir a todo lo largo del henchido miembro y, Bella, mordiéndose los labios, aguardaba los movimientos del macho que bien sabía iban a comenzar para llevar su placer hasta el máximo.
Los otros dos sacerdotes veían aquello con envidiosa lujuria, mientras iniciaban una lenta masturbación.
El Superior, enloquecido de placer por la estrechez de aquella nueva y deliciosa vaina, accionó en torno a las nalgas de Bella hasta que, con una embestida final, llenó sus entrañas con una cálida descarga. Después, al tiempo que extraía del cuerpo de ella, su miembro, todavía erecto y vaporizante, declaró que había abierto una nueva ruta para el placer, y recomendó al padre Ambrosio que la aprovechara.
Ambrosio, cuyos sentimientos en aquellos momentos deben ser mejor imaginados que descritos, ardía de deseo. El espectáculo del placer que habían experimentado sus cofrades le había provocado gradualmente un estado de excitación erótica que exigía perentoria satisfacción.

—De acuerdo —gritó—. Me introduciré por el templo de Sodoma, mientras tú llenarás con tu robusto centinela el de Venus.

—Di mejor que con placer legítimo —repuso el Superior con una mueca sarcástica—. Sea como dices. Me placerá disfrutar nuevamente esta estrecha hendidura.

Bella yacía todavía sobre su vientre, encima del lecho improvisado, con sus redondeces posteriores totalmente expuestas, más muerta que viva como consecuencia del brutal ataque que acababa de sufrir. Ni una sola gota del semen que con tanta abundancia había sido derramado en su oscuro nicho había salido del mismo, pero por debajo su raja destilaba todavía la mezcla de las emisiones de ambos sacerdotes.
Ambrosio la sujetó. Colocada a través de los muslos del Superior, Bella se encontré con el llamado del todavía vigoroso miembro contra su colorada vulva. Lentamente lo guio hacia su interior, hundiéndose sobre él. Al fin entró totalmente, hasta la raíz.
Pero en ese momento el vigoroso Superior pasó sus brazos en torno a su cintura, para atraerla sobre sí y dejar sus amplias y deliciosas nalgas frente al ansioso miembro de Ambrosio, que se encaminó directamente hacía la ya bien humedecida abertura entre las dos lomas.
Hubo que vencer las mil dificultades que se presentaron, pero al cabo el lascivo Ambrosio se sintió enterrado dentro de las entrañas de su víctima.
Lentamente comenzó a moverse hacia atrás y hacia adelante del bien lubricado canal. Retardé lo más posible su desahogo. Y pudo así gozar de las vigorosas arremetidas con que el Superior embestía a Bella por delante.
De pronto, exhalando un profundo suspiro, el Superior llegó al final, y Bella sintió su sexo rápidamente invadido por la leche.
No pudo resistir más y se vino abundantemente, mezclándose su derrame con los de sus asaltantes.
Ambrosio, empero, no había malgastado todos sus recursos, y seguía manteniendo a la linda muchacha fuertemente empalada.
Clemente no pudo resistir la oportunidad que le ofrecía el hecho de que el Superior se hubiera retirado para asearse, y se lanzó sobre el regazo de Bella para conseguir casi enseguida penetrar en su interior, ahora liberalmente bañado de viscosos residuos.
Con todo y lo enorme que era el monstruo del pelirrojo, Bella encontró la manera de recibirlo y durante unos cuantos de los minutos que siguieron no se oyó otra cosa que los suspiros y los voluptuosos quejidos de los combatientes.
En un momento dado sus movimientos se hicieron más agitados. Bella sentía como que cada momento era su último instante. El enorme miembro de Ambrosio estaba insertado en su conducto posterior hasta los testículos, mientras que el gigantesco tronco de Clemente echaba espuma de nuevo en el interior de su vagina.
La joven era sostenida por los dos hombres, con los pies bien levantados del suelo, y sustentada por la presión, ora del frente, ora de atrás, como resultado de las embestidas con que los sacerdotes introducían sus excitados miembros por sus respectivos orificios.
Cuando Bella estaba a punto de perder el conocimiento, advirtió por el jadeo y la tremenda rigidez del bruto que tenía delante, que éste estaba a punto de descargar, y unos momentos después sintió la cálida inyección de flujo que el gigantesco pene enviaba en viscosos chorros.

—¡Ah...! ¡Me vengo! —gritó Clemente, y diciendo esto inundó el interior de Bella, con gran deleite de parte de ésta.

—¡A mí también me llega! —gritó Ambrosio, alojando más adentro su poderoso miembro, al tiempo que lanzaba un chorro de leche dentro de los intestinos de Bella.

Así siguieron ambos vomitando el prolífico contenido de sus cuerpos en el interior del de Bella, a la que proporcionaron con esta doble sensación un verdadero diluvio de goces.


Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)

(Continuará…)


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