Prologo de El Libertino

domingo, 20 de marzo de 2016




El higo

Cómo esconder aquello. Su amiga le decía: no vayas a la higuera, que quien come de lo que tiene le crece. Y vaya si le gustaba saborear el fruto de aquel árbol. Le creció, pero no desde el higo sino él mismo. Bajaba a la playa y se tumbaba, tímida, en la arena; siempre quedaba un hueco desde donde Lucita veía su entrepierna, temerosa de que todos pudieran pasear, por el bosquejo que guardaba, debajo de la tela, su mirada. No comas más del fruto, déjalo, y el pantalón op-art, de espuma, como era moda, marcándole hasta el paso por el monte de Venus. ¿Cómo esconder a gritos tanta femineidad? La coplilla aquella o la maledicencia popular en canto se le venía siempre a la cabeza: María Rosa que bona estás, tens una figa com un cabás (María Rosa qué buena estás, tienes un higo como una espuerta).
Y nada y nunca, la boca se le hacía agua con el deleite de esa fruta carnosa y sonrosada que afloraba por la comisura de sus labios, lo mismo que su íntima flor que ya se le desparramaba por la vertiente de sus piernas, creciéndole las algas hasta acariciar, ya casi, la rodilla.

© Ruth Cañizares (2009)


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2 comentarios:

* dijo...

Si eso pasa por comer higos... no digo nada con la cebolla... Será que de lo que se come se cría... Ya le diré qué he comido yo... o tal vez ya lo imagina, mi querido D. Sayii :-)

Besos de Pecado.

Sayiid Albeitar dijo...

Algo puedo intuir, mi querida lady PI.
Segurísimo que cebolla no ha sido...
Me jugaría un brazo y la mitad del otro :-)

Besos, mi querida amiga, y tenga usted cuidado con lo que se come...

(silbando)

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