Prologo de El Libertino

martes, 8 de marzo de 2016




La leche derramada


Estaba vieja y ella lo sabía, pero tenía el pecho erecto y el pubis todavía no había perdido la espesa maraña que, de joven, le hiciera tan preciso un severo depilado para ir a la playa. Todavía recuerda a los vecinos, apostados sin vergüenza en la escalera, levantando la voz para que oyera claramente: Vaya coño peludo tiene la francesita del primer piso.
Chantal, mientras se viste, rememora esas cosas o el momento aquel en que uno de ellos llevaba el bañador mojado por un flujo lechoso. Ella tenía entonces quince años. Y recuerda también cómo la madre del joven le apostilló diciendo: Manuel, te has derramado la leche por encima. Ahora, tanto tiempo después, se deleita en el antiguo nerviosismo del muchacho y, a pesar de que ya supo hace mucho de aquellos menesteres para llevar a cabo los ritos de la vida, recuerda con regocijo el abultado pene de Manuel y cómo, después de aquel mancharse y lejos de cualquier mesa, volvía a suceder el desparrame blanquecino en los despoblados arenales de aquella aldea costera; eso sí, bajo el acompasado movimiento de su propia mano.

© Ruth Cañizares


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