Prologo de El Libertino

domingo, 27 de marzo de 2016




TRES MÁS UNA

A pesar de los años –esas décadas en que suelen contarse, más allá de los veinte, era hermosa Camila, muy hermosa; y a su figura espléndida sumaba otros encantos adquiridos, cierto morbo y misterio, que disparaban la imaginación y elevaban el deseo a cotas altísimas.
Tiene mucho que magrear, dijo Pablo, casi en voz baja. Y mucho que follar, repuso Antonio. Aunque era evidente tanto lo uno como lo otro, repararon los dos en que la carne de aquella mujer, que ya no era joven, contenía secretos apasionantes y prometía en silencio los más exquisitos y exclusivos placeres que nadie se atreviera a imaginar. Era, cómo decirlo, una especie de tierra prometida y ellos dos peregrinos en medio del desierto. Por eso se quedaron petrificados cuando, después del postre, ella irrumpió desnuda, sí, completamente desnuda, portando una bandeja con el café.
Federico, advirtiendo la turbación de sus camaradas, les dijo: Ésta es Camila, mi mujer. Y mientras ella disponía las tazas, vertiendo en cada una el humeante líquido, él le puso la mano en el trasero y deslizó el dedo índice por la raja, hurgando en el agujero y descendiendo, seguidamente, hasta los aledaños de la vagina, allí donde los vellos, leve césped aún, preludian la maraña del pubis. Al retirarlo, lo acercó a su nariz y, tras olerlo, lo aproximó a las de sus amigos. Delicioso, ¿verdad? –exclamó-.
Ellos, que no acababan de salir de su asombro, contestaron que sí, moviendo la cabeza y dando muestras de sentirse cortados.
- Vaya, vaya –prosiguió Federico, llevándose la taza a los labios-; ahora resulta que sois dos novicios y os asusta la situación.
- Hombre... –repuso no importa quién- Comprenderás que no nos esperábamos algo así; que venimos contigo a comer en tu casa y de pronto...
- Sí, hombre, sí: y, de pronto, aparece desnuda la tía más deseada de nuestro grupo, la que todos queréis follaros; y, cuando la tenéis ante los ojos, a un tiro de liebre, casi tembláis de miedo.
Camila, mientras tanto, no había perdido el tiempo y, colocada que estaba entre Federico y Antonio, se arrodilló de forma que, al abrir las piernas, ofrecía a su marido el culo y el coño, en tanto iba extrayendo la polla del amigo y empezaba a chupársela. Pablo, tercero en discordia, no daba crédito a lo que veía y es que Camila, agarrada a la verga de Antonio, hacía resbalar su boca de arriba a abajo, como si fuera a tragársela. Él, tenso como un garrote, la tenía cogida por los cabellos, tratando de intensificar la succión, y acompañaba con gemidos de gozo los movimientos de la mujer. Sólo decía incoherencias y, eso sí, acompasaba con el traqueteo de los glúteos el beneficio que recibía, ante la divertida mirada de Federico, entusiasmado por el cariz que tomaban los hechos y visiblemente excitado.
Que ella también estaba disfrutando, lo pudo comprobar, usando sus propios dedos como termómetro, pues los había metido en los dos orificios de su mujer y observaba con júbilo cómo le destilaba la fuente, al tiempo que se contraía, borracha de lujuria.
Retiró, pues, la mano y olió de nuevo, repetidas veces, sus dedos, impregnados de aquel aroma que tanto le enardecía. Y es que Camila, cuando separaba las piernas en posición dorsal, transpiraba como una yegua, mezclando sus efluvios femeninos con los jugos que se espesaban entre las ingles y el culo. Chupó, después, ambas yemas y aun las hubiese mordido, de no ser porque los resuellos de Camila lo devolvieron a la realidad.
Antonio, dando gritos, le había puesto en la boca un torrente de leche viscosa y, al retirarse, Pablo lo reemplazó y ya iba y venía por la húmeda cavidad, dando signos de hacer otro tanto. Así que Federico, enarbolando su estaca, a punto ya de estallarle, se puso en pie y penetró a Camila tal como la encontrara; es decir: genuflexa, el torso flexionado hacia delante, apoyada con una mano y sosteniendo con la derecha el miembro de Pablo, que entraba y salía entre sus labios como las bielas de un tren. En acomodo tal, las nalgas, respingonas y protuberantes, servían de asidero a su follador, que no tardó en pellizcarlas con verdadero deleite. Ella, al recibir el falo, empezó a menearse con violenta voluptuosidad, hasta que fue inundada por sus dos asaltantes.
Se sentían cansados y sudaban. Durante unos instantes, el silencio vagaba por la estancia, sin que nadie se atreviera a decir palabra. Fue Federico quien dijo de subir a la alcoba y descansar un rato. Se fueron todos juntos. La fiesta no había hecho sino comenzar.


© Jacobo Fabiani (2008)


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