Prologo de El Libertino

martes, 19 de abril de 2016

Buenas noches, mis queridos amigos y amigas de la mansión. Tras unas jornadas ausente por motivos ajenos a mi deseo de compartir con todos vosotros los abundantes placeres que nos regala, esta, nuestra mansión…, vuelvo de nuevo para traeros otro clásico por entregas.
Probablemente muchos ya lo conocéis, y algunos lo habréis leído, pero nunca está de más releer los grandes clásicos de la literatura erótica, y este, sin duda, es uno de ellos, nacido de la imaginación de nuestro siempre admirado y venerado Marqués de Sade, cuya lujuria y desenfreno no tenía límites ni frenos…
Aquí os traigo, pues, la obra así llamada “Los 120 días de Sodoma”, del divino marqués.
Que la disfrutéis como seguro que yo voy a redisfrutar  con todos vosotros y vosotras…
Feliz velada en la mansión.

Sayiid

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INTRODUCCION

Las guerras considerables que Luis XIV tuvo que sostener durante su reinado, agotando el Tesoro del Estado y las facultades del pueblo, encontraron sin embargo el secreto de enriquecer a una enorme cantidad de sanguijuelas siempre al acecho de las calamidades públicas provocándolas en lugar de apaciguarlas, para poder sacar más ventajas. El final de ese reinado, tan sublime por otra parte, es acaso una de las épocas del imperio francés en que se vio el mayor número de estas fortunas oscuras que sólo brillan por un lujo y unas orgías tan secretas como ellas. En las postrimerías de dicho reinado y poco antes de que el regente hubiese tratado a través del famoso tribunal conocido por el nombre de Sala de Justicia de hacer restituir lo mal adquirido por esa tarifa de arrendadores de contribuciones, cuatro de ellos imaginaron la singular orgía de que hablaremos. Sería un error creer que sólo la plebe se había Ocupado de esta exacción, puesto que estaba acaudillada por tres grandes señores. El duque de Blangis y su hermano el obispo de..., que habían hecho inmensas fortunas, son pruebas incontestables de que la nobleza no desdeñaba más que los otros los medios de enriquecerse por este camino. Estos dos ilustres personajes, íntimamente ligados por los placeres y los negocios con el célebre Durcet y el presidente Curval, fueron los primeros que imaginaron la orgía cuya historia narramos, y tras comunicársela a esos dos amigos, los cuatro fueron los actores de los famosos desenfrenos.

Desde hacía más de seis años estos cuatro libertinos, unidos por la similitud de sus riquezas y sus gustos, habían imaginado estrechar sus lazos mediante alianzas en las que el desenfreno tenía más parte que cualquier otro de los motivos que generalmente forman estos vínculos. He aquí cuáles habían sido sus arreglos: el duque de Blangis, viudo de tres esposas, de una de las cuales le quedaban dos hijas, habiendo advertido que el presidente Curval mostraba ciertos deseos de casarse con la mayor, a pesar de estar bien enterado de las familiaridades que el padre se había permitido con ella, el duque, digo, imaginó de pronto esta triple alianza.

-Tú quieres a Julie por esposa -dijo a Curval-. Te la doy sin vacilar, pero con una condición: que no te muestres celoso, y que ella, aunque sea tu mujer, siga concediéndome los mismos favores de siempre, y, además, que te unas a mí para convencer a nuestro común amigo Durcet para que me entregue a su hija Constance, la cual ha suscitado en mí los mismos sentimientos que tú experimentas por Julie.

-Pero no ignoras que Durcet es tan libertino como tú... -dijo Curval.

-Sé todo lo que puede saberse -contestó el duque-. ¿Crees que a nuestra edad y con nuestra manera de pensar detienen esas cosas? ¿Crees que yo quiero una mujer para hacerla mi amante? La quiero para que sirva a mis caprichos, para que vele y encubra una infinidad de pequeñas orgías secretas que el manto del matrimonio tapa de maravilla. En una palabra: la quiero como tú quieres a mi hija. ¿Te imaginas que ignoro el fin que persigues y tus deseos? Nosotros los libertinos tomamos mujeres para que sean nuestras esclavas; su calidad de esposas las hace más sumisas que si fuesen amantes. Tú sabes cómo se aprecia el despotismo en los placeres que gozamos.

En este momento entró Durcet. Los dos amigos lo pusieron al corriente de la conversación, y el arrendador de contribuciones, encantado por la oportunidad que se le ofrecía de confesar sus sentimientos por Adéldide, hija del presidente, aceptó al duque como yerno a condición de que él se convirtiera en yerno de Curval. No tardaron en concertarse los tres matrimonios, las dotes fueron inmensas y las cláusulas iguales.

El presidente, tan culpable como sus dos amigos, confesó, sin que esto molestase a Durcet, su pequeño comercio secreto con su propia hija, ante lo cual los tres padres, deseosos de conservar cada uno sus derechos, convinieron, para ampliarlos más aún, en que las tres jóvenes, únicamente ligadas por los bienes y el nombre de sus esposos, pertenecerían, corporalmente, y por igual, a cada uno de ellos, bajo pena de los castigos más severos si infringían alguna de las cláusulas a las que se las sujetaban.

En vísperas de concluir el contrato, el obispo de..., compañero de placeres de los dos amigos de su hermano, propuso que se añadiera una cuarta persona a la alianza, si es que querían dejarlo participar en las otras tres. Esta persona, la segunda hija del duque, y por consiguiente, su sobrina, le pertenecía más de lo que se creía. Había tenido enredos con su cuñada, y los dos hermanos sabían sin lugar a dudas que la existencia de esta joven que se llamaba Aline se debía ciertamente más al obispo que al duque; el obispo, que se había preocupado de Aline desde el día de su nacimiento, no la había visto llegar a la edad de los encantos sin haber querida gozarlos, como es de suponer. Sobre este punto, pues, estaba a la par de sus cofrades y su propuesta comercial tenía el mismo grado de avaricia o de degradación; pero como los atractivos y la juventud de la muchacha superaban los de sus tres compañeras, la proposición fue aceptada sin vacilar. El obispo, como los otros tres, cedió sin dejar de conservar sus derechos, y, así, cada uno de nuestros cuatro personajes se encontró pues marido de cuatro mujeres. Para comodidad del lector, recapitulemos la situación basada en el convenio:

El duque, padre de Julie, se convirtió en el esposo de Constance, hija de Durcet.

Durcet, padre de Constance, se convirtió en el esposo de Adélaïde, hija del presidente; El presidente, padre de Adélaïde, se convirtió en el esposo de Julie, hija mayor del duque.

El obispo, tío y padre de Aline, se convirtió en el esposo de las otras tres al ceder Aline a sus amigos, sin renunciar a los derechos que tenía sobre ella.

Estas felices bodas se celebraron en una magnífica propiedad que el duque poseía en el Borbonés, y dejo a los lectores que se imaginen las orgías que se celebraron allí; la necesidad de describir otras nos priva del placer que hubiéramos experimentado pintando éstas.

Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)

(Continuará...)


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4 comentarios:

* dijo...

Un buen vino, unas velitas y a leer en buena compañía.
Besos de Pecado, mi querido D. Sayiid.

Ahora no pega la chimenea pero imaginariamente puede valer.

Sayiid Albeitar dijo...

Lo de la buena compañía, para la temática de estos libros, es siempre muy recomendable...
El vino y las velitas no están de más, pero..., se supone que uno debe leerse el libro..., no protagonizarlo ;-)

Besos desde la mansión, mi querida lady PI, aún con chimenea..., que todavía no está de más :-)

Ginebra Blonde dijo...

Pues un placer que nos vayas trayendo esas obras, Sayiid… Con gusto y placer las leeré ;-)

Ésta en particular, nos deja como muy bien dices, en manos de la bendita imaginación!

Bsoss!!

Sayiid Albeitar dijo...

El placer es todo mío, mi querida lady Ginebra, de compartir estos clásicos de la literatura erótica con los amigos de la mansión...
Y esta, en particular, como muy bien decís..., desborda imaginación...
Ya lo iremos viendo, mi querida amiga.
Besos.

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