Prologo de El Libertino

jueves, 14 de abril de 2016




CHANTAL

Le gustaba subir hasta el rellano de delante de la azotea. Allí no había nadie y podía besar al muchacho que la acompañaba. Una vez saturadas las bocas de besos y lenguas, él, recién vueltos de la playa ambos, le bajaba la braguita del biquini y continuaba su besuqueo por el mar de las piernas. A Chantal le encantaba todo aquello. No se depilaba nunca, era la atracción de todo el vecindario medir en el pensamiento los centímetros de vello que asomaban por las orillas de la tela de cada bañador. Luego, ya anochecido, los hombres de las tres plantas del bloque, dos viviendas por cada una, se reunían en el bar y hacían una especie de quiniela adivinatoria sobre tales medidas. Anotaban todo en un papel y quedaban en silencio esperando la llegada del amante de turno de la joven que, especialista ya en tales derroteros, daba la razón a quién se hubiera aproximado más a la exactitud. Otras veces la apuesta se dirigía a la frondosidad de los sobacos e, incluso, en alguna ocasión, a la temperatura del ojete. Lo que no sabría yo afirmar es cómo podía el aclarante medir tales grados con la lengua.

© Ruth Cañizares (2009)


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