Prologo de El Libertino

jueves, 28 de abril de 2016




Conservando absolutamente los mismos rasgos morales y adaptándolos a una existencia física infinitamente inferior a la que acaba de ser trazada, tendremos el retrato del obispo de..., hermano del duque de Blangis. La misma negrura de alma, la misma inclinación al crimen, el mismo desprecio por la religión, el mismo ateísmo, la misma bellaquería, el espíritu más flojo y sin embargo más hábil y artero en perder a sus víctimas, pero con un talle más esbelto y ligero, un cuerpo canijo, de salud vacilante, nervios delicados, un refinamiento mayor en los placeres, facultades mediocres, un miembro muy común, incluso pequeño, pero manejado con tanta habilidad y eyaculando siempre tan poco que su imaginación continuamente inflamada lo hacía susceptible, como en el caso de su hermano, de gozar del placer con tanta frecuencia como éste; por otra parte, sus sensaciones eran de tal finura, sus nervios se excitaban hasta tal extremo, que a menudo se desmayaba en el instante de su descarga y casi siempre perdía el conocimiento.
Tenía cuarenta y cinco años, cara de rasgos delicados, muy bellos ojos, pero una boca perversa y dientes podridos, cuerpo blanco y sin vello, trasero pequeño y bien formado y un miembro de cinco pulgadas de circunferencia, por seis de largo. Idólatra de la sodomía, tanto la activa como la pasiva, y más de ésta que aquélla, se pasaba la vida haciéndose dar por el culo, y este placer, que nunca exige un gran consumo de fuerza, se acomodaba con lo menguado de sus medios. Más adelante hablaremos de sus otros gustos. Por lo que respecta a los placeres de la mesa, los llevaba casi tan lejos como su hermano, pero ponía en ellos un poco más de sensualidad. Monseñor, tan infame como su hermano mayor, tenía por otra parte ciertos rasgos que lo ponían al mismo nivel sin duda que las célebres hazañas del héroe que acabamos de pintar. Nos contentaremos con citar una, que bastará para que el lector vea de qué podía ser capaz tal hombre, y lo que sabía y podía hacer habiendo hecho lo que va a leerse:
Uno de sus amigos, hombre muy rico, había tenido en otro tiempo amores con una hija de buena familia de la que había tenido dos hijos, un niño y una niña. Sin embargo, nunca había podido casarse con ella, y la muchacha se casó con otro. El amante de esta desgraciada murió joven, pero dueño de una inmensa fortuna; sin parientes por los que sintiera afecto, decidió dejar sus bienes a los dos desgraciados frutos de sus amores.
En el lecho de muerte, confió su proyecto al obispo y le entregó las dos grandes dotes, que puso en dos carteras iguales, encomendándole la educación de los dos huérfanos y le pidió que entregase a cada uno de ellos lo que le correspondía cuando fueran mayores de edad. Al mismo tiempo, pidió al prelado que manejara los fondos de sus pupilos para que su fortuna se doblara. Le testimonió al mismo tiempo que deseaba que la madre ignorase siempre lo que hacía por sus hijos, y exigía que nunca se hablase del asunto con ella. Tomadas estas disposiciones, el moribundo cerró los ojos, y monseñor se vio dueño de cerca de un millón en billetes de banco y de dos niños. El miserable no dudó mucho en tomar su partido: el moribundo sólo había hablado con él, la madre debía ignorarlo todo, los hijos sólo tenían cuatro o cinco años. Hizo público que su amigo, antes de morir, había dejado sus bienes a los pobres, y desde ese mismo momento el infame se apoderó de ellos. Pero no era bastante arruinar a los dos infelices niños: el obispo, que nunca cometía un crimen sin maquinar otro inmediatamente, hizo retirar, con el consentimiento de su amigo, estos niños de la oscura pensión donde eran educados y los colocó en casa de personas de su confianza, decidido a convertirlos pronto en víctimas de sus pérfidas voluptuosidades. Cuidó de ellos hasta que llegaron a la edad de trece años. El primero que los cumplió fue el muchacho; se sirvió de él, lo sometió a todas sus orgías, y como era muy guapo se divirtió con él durante unos ocho días. Pero la chiquilla no tuvo tanto éxito: llegó siendo fea a la edad prescrita, sin que nada detuviera sin embargo al lúbrico furor de nuestro canalla. Satisfechos sus deseos, temió que si dejaba vivir a aquellos muchachos descubriesen algo del secreto que se refería a ellos. Los condujo, pues, a una finca de su hermano, y convencido de encontrar en un nuevo crimen las chispas de lubricidad que el placer acababa de hacerle perder, inmoló a los dos a sus pasiones feroces y acompañó su muerte con episodios tan picantes y tan crueles que su voluptuosidad renació en el seno de los tormentos a que los sometió. El secreto es desgraciadamente demasiado seguro, y no hay libertino anclado en el vicio que no sepa en qué medida el asesinato influye en los sentidos y en qué medida determina una descarga voluptuosa. Esta es una verdad que el lector debe asimilar antes de emprender la lectura de una obra que tiene que desarrollar este sistema.
Tranquilo, después de perpetrados sus crímenes, monseñor regresó a París dispuesto a gozar del fruto de sus fechorías, y sin el menor remordimiento por haber traicionado las intenciones de un hombre incapaz, por su situación, de experimentar ni pena ni placeres.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)

(Continuará...)




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4 comentarios:

Alfredo Ramírez Vega dijo...

De Sade sólo había leído "Justine", y la verdad es que me gustó mucho. Así que te agradezco que estés colgando esta novela aquí. Siempre se disfruta la buena lectura.

Saludos.

Sayiid Albeitar dijo...

Pues si te gustó "Justine", esta te va a encantar... Es un poco lenta al principio, mientras presenta a los pérfidos y sádicos personajes..., pero cuando entra en materia es toda una delicia de perversiones y maldades, jejejeje.
Seguro que todos vamos a divertirnos con las aventuras que nos regaló el divino marqués.

Un abrazo maese Alfredo, y gracias por vuestra visita a la mansión. Disfrutad de ella y quedaros todo el tiempo que así lo deseéis. Estáis en vuestra casa, amigo.

* dijo...

¡Caramba, caramba!
Esto va tomando la forma necesaria y conociendo la perversa mente del marqués no espero nada decepcionante pero me pregunto de donde sacaba tanta perversión y, además, no tuviera ni poco tiento en no llevarlas a cabo.

Besos de Pecado, mi querido D. Sayiid.
BPP

Sayiid Albeitar dijo...

Que de donde sacaba tanta perversión?
Pues de una mente inteligente, imaginativa, voluptuosa, rebelde, sin límites, sin miedos, sin frenos...
Unos le consideran un genio..., otros un loco..., y yo me pregunto..., ¿es que acaso hay diferencia entre una cosa y la otra?

Besos desde la mansión, mi querida amiga.

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