Prologo de El Libertino

sábado, 7 de mayo de 2016




Adélaïde, mujer de Durcet e hija del presidente, era quizás una belleza superior a Constance, pero de un tipo completamente distinto. Tenía veinte años, bajita, delgada, fina y frágil, hecha para ser pintada, y con los más hermosos cabellos rubios que puedan verse. Un aire de interés y sensibilidad envolvía toda su persona, especialmente en los rasgos de su cara, le daba el aspecto de una heroína de novela. Sus ojos, extraordinariamente grandes, eran azules y expresaban a la vez ternura y decencia. Dos largas y finas cejas, regularmente trazadas, adornaban una frente poco elevada pero de una nobleza y un atractivo tal que era el templo del pudor mismo. Su nariz estrecha, un poco apretada en la parte superior, descendía insensiblemente en una forma semiaquilina. Sus labios eran delgados y de un color rojo vivo, y su boca, un poco grande, era el único defecto de su celeste rostro, sólo se abría para dejar ver treinta y dos perlas que la naturaleza parecía haber sembrado entre rosas. Tenía el cuello un poco largo, singularmente modelado, y por una costumbre bastante natural, la cabeza siempre inclinada hacia el hombro derecho, sobre todo cuando escuchaba. ¡Pero cuánta gracia la prestaba esta interesante actitud! Su pecho era pequeño muy redondo y firme, pero apenas podían llenar una mano. Eran como dos pequeñas manzanas que el Amor, retozando, había llevado allí tras haberlas robado del jardín de su madre. Tenía el pecho ligeramente hundido y muy delicado, el vientre liso y como si de raso y un montecito rubio con poco vello servía de peristilo al tempo donde Venus parecía exigir su homenaje. Este templo era estrecho, hasta el punto de que no se podía introducir en él un dedo sin hacerla gritar de dolor, y sin embargo, gracias al presidente, desde hacía cerca de dos lustros, la pobre niña no era virgen, ni por este lado ni por el otro, delicioso, del que aún no hemos hablado. ¡Cuántos atractivos poseía este segundo templo, qué bella era la línea de sus flancos, qué corte de nalgas, cuánta blancura y rosicler reunidos! Pero el conjunto resultaba un poco pequeño. Delicada en todas sus formas, Adélaïde era más bien el esbozo que el modelo de belleza, parecía que la naturaleza sólo hubiese querido indicar en Adélaïde lo que había realizado tan majestuosamente en Constance. Si se entreabría ese culo delicioso, un botón de rosa se ofrecía entonces a uno, y era en toda su frescura y en el rosicler más suave cómo la naturaleza quería presentarlo; ¡pero qué estrecho, qué pequeño!, tanto, que sólo con infinitos trabajos había podido triunfar el presidente, dos o tres veces nada más, en sus ataques.
Durcet, menos exigente, la hacía poco desgraciada sobre este objeto, pero desde que ella era su mujer, ¡con cuántas complacencias crueles, con qué cantidad de otras sumisiones peligrosas tenía que comprar este pequeño beneficio! Y por otra parte, entregada a los cuatro libertinos, en virtud del convenio establecido, ¡cuántos crueles asaltos la esperaban, de la índole de los que agradaban a Durcet, y a todos los otros!
Adélaïde tenía un espíritu acorde con su rostro, es decir, extremadamente romanticón; eran los lugares solitarios los que con más placer, buscaba, y en ellos derramaba a menudo lágrimas involuntarias, lágrimas que no se sabe bien a qué obedecen y que diríase que el presentimiento arranca a la naturaleza. Había perdido, hacía poco tiempo, a una amiga que idolatraba, y esta terrible pérdida estaba continuamente presente en su imaginación. Como ella conocía a su padre perfectamente bien, y sabía hasta donde llevaba sus extravíos, estaba persuadida de que su joven amiga había sido víctima de las maldades del presidente, porque éste nunca había podido convencerla de que le concediese ciertas cosas, lo cual nada tenía de inverosímil. Pensaba que algún día sufriría la misma suerte, cosa que nada tenía de improbable. El presidente no se había tomado, en cuanto a la religión, ninguna molestia con ella, como había hecho Durcet con Constance, se había limitado a dejar que naciera y, se fomentara, el prejuicio, pensando que sus discursos y sus libros la destruirían fácilmente. Se engañó: la religión es el alimento de un alma como la que tenía Adélaïde. Por más que el presidente predicó y la hizo leer a la joven, continuó siendo una devota, y todos los extravíos del presidente, que ella no compartía, que odiaba y de los que era víctima, estaban lejos de aniquilar las quimeras que constituían la felicidad de su vida. Se ocultaba para rezar a Dios, se escondía para cumplir sus deberes de cristiana, y siempre era castigada severamente por su padre o por su marido cuando cualquiera de ellos la descubría entregada a sus devociones.
Adélaïde lo aguantaba todo con paciencia, persuadida de que el Cielo la premiaría algún día. Por otra parte, su carácter era tan dulce como su espíritu, y su bondad, una de las virtudes que la hacían más detestable para su padre, no tenía límites. Curval, irritado contra esa clase vil de la indigencia, sólo intentaba humillarla, envilecerla más o encontrar víctimas en ella. Su generosa hija, al contrario, se hubiera privado de su propio sustento para que lo tuviera el pobre y a menudo se la había visto ir a llevar a hurtadillas todas las cantidades destinadas para sus placeres. Por fin, Durcet y el presidente la reprendieron y frenaron tan bien, que la corrigieron de este abuso, y la privaron de todos sus medios. Adélaïde, no teniendo más que lágrimas para ofrecer a los infortunados, iba todavía a derramarlas sobre sus males, y su corazón impotente, pero siempre sensible, no podía dejar de ser virtuoso. Un día se enteró de que una desgraciada mujer iba a llevar a prostituir a su hija al presidente, debido a su extrema miseria. Ya se disponía el encantado libertino a gozar de este placer, que era uno de sus preferidos; enseguida Adélaïde hizo vender secretamente uno de sus trajes, dispuso que se entregara el dinero a la madre y, mediante esta ayuda y un sermón, pudo apartarla del crimen que iba a cometer. Al enterarse de esto el presidente, y como su hija todavía no estaba casada, la hizo objeto de tales violencias que la muchacha tuvo que guardar cama durante quince días, sin que ello cambiara en nada los tiernos sentimientos de aquella alma sensible.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)


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