Prologo de El Libertino

martes, 3 de mayo de 2016




Durcet tiene cincuenta y tres años, es bajo, gordo y robusto, rostro agradable y fresco, la piel muy blanca, todo el cuerpo y principalmente las caderas y las nalgas, completamente como de una mujer, su culo es rozagante, firme y rollizo, pero excesivamente abierto por el hábito de la sodomía, su pito es extraordinariamente pequeño, apenas tiene dos pulgadas de circunferencia por cuatro de largo, nunca se empalma, sus descargas son escasas y penosas, poco abundantes y siempre precedidas de espasmos que lo ponen en un estado de furor que lo lleva al crimen, tiene senos como una mujer, una voz dulce y agradable y es muy honrado en sociedad, aunque tenga una cabeza tan depravada como la de sus amigos. Compañero de escuela del duque, todavía se divierten juntos diariamente. Uno de los grandes placeres de Durcet consiste en hacerse cosquillear el ano por el enorme miembro del duque.

Tales son, en una palabra, querido lector, los cuatro criminales con los cuales voy a hacerte pasar algunos meses. Te los he descrito lo mejor que he podido para que los conozcas a fondo y para que nada te asombre en el relato de sus diferentes extravíos. Me ha sido imposible entrar en el detalle particular de sus gustos, porque al relatarlos hubiera perjudicado el interés de la obra y a su plan principal. Pero a medida que el relato avance, no habrá más que seguirlos con atención y se descubrirán más fácilmente sus pecados habituales y la clase de manía voluptuosa que más les agrada a cada uno. Todo lo que ahora puede decirse grosso modo, es que eran generalmente susceptibles al placer de la sodomía, que los cuatro se hacían encular regularmente e idolatraban los culos.

El duque, sin embargo, debido a su gran corpulencia y más bien, sin duda, por crueldad que por gusto, jodía también coños con el mayor placer.
El presidente también lo hacía a veces, pero más raramente.
En cuanto al obispo, los detestaba tan soberanamente que su sola presencia lo habría desempalmado por seis meses. Sólo había jodido uno en su vida, el de su cuñada, y con la intención de tener un hijo que pudiese procurarle un día los placeres del incesto. Ya hemos visto cómo logró sus propósitos.
Por lo que respecta a Durcet, idolatraba el culo por lo menos con tanto ardor como el obispo, pero gozaba de él de una manera más accesoria; sus ataques favoritos se dirigían contra un tercer templo. Más adelante nos será descifrado este misterio. Terminemos con los retratos esenciales para la comprensión de esta obra y demos ahora a los lectores una idea de las cuatro esposas de estos respetables maridos.

¡Qué contraste! Constance, la esposa del duque e hija de Durcet, era una mujer alta, delgada, digna de ser pintada, y formada como si las Gracias se hubiesen complacido en embellecerla, pero la elegancia de su talle no superaba en nada a su frescor, era rolliza, y las formas más deliciosas, que se ofrecían bajo una piel más blanca que los lirios, suscitaban la idea de que el mismo Amor se había tomado la molestia de modelarla. Su rostro era un poco alargado, de rasgos extraordinariamente nobles, con más majestad que gentileza y más autoridad que finura. Sus ojos eran grandes, negros, y llenos de fuego, su boca extremadamente pequeña, y adornada con los más hermosos dientes que se pudiese sospechar, tenía la lengua delgada, estrecha, de un bello color rojo, y su aliento era más dulce que el olor de las rosas. Sus senos eran rotundos, firmes y blancos como el alabastro, sus flancos descendían deliciosamente hasta el culo más artísticamente formado que la naturaleza había producido desde hacía mucho tiempo. Era completamente redondo, no muy grande pero firme, blanco, rollizo, y sólo se entreabría para ofrecer el agujerito más limpio, más gracioso y más delicado. Un leve matiz rosado coloreaba este culo, encantador asilo de los más dulces placeres de la lubricidad. Pero, ¡gran Dios!, ¡cuán poco tiempo conservó tantos atractivos! Cuatro o cinco ataques del duque marchitaron pronto todas las gracias, y Constance, después de su matrimonio, pronto no fue más que la imagen de un hermoso lirio que la tempestad acaba de tronchar. Dos muslos redondos y perfectamente- moldeados sostenían otro templo menos delicioso sin duda pero que ofrecía al partidario de éste tantos atractivos que sería inútil que mi pluma tratara de pintarlos. Constance era más o menos virgen cuando el duque se casó con ella, y su padre, el único hombre que ella había conocido, la había dejado, como se ha dicho, perfectamente entera por ese lado. Los más hermosos cabellos negros que caían en bucles naturales por encima de sus hombros y, cuando se quería, llegaban hasta el lindo vello del mismo color que sombreaba ese coñito voluptuoso, se convertían en un nuevo adorno que hubiera hecho mal en omitir, y acababa de prestar a aquella criatura angélica, que debía tener unos veintidós años, todos los encantos que la naturaleza puede prodigar a una mujer. A todos sus atractivos Constance añadía un espíritu justo, agradable y más elevado de lo que podía esperarse de la triste situación en que la había colocado la suerte y cuyo horror ella sentía completamente, y con una sensibilidad menos delicada hubiera sido sin duda más feliz.
Durcet, que la había educado más como una cortesana que como una hija, y que sólo se había preocupado por darle más buenas maneras que moralidad, no había podido sin embargo destruir en su corazón los principios de honradez y virtud con que la naturaleza la había dotado. No tenía religión, nunca se le había hablado de ella, jamás se le había permitido que la practicase, pero todo esto no había apagado en ella ese pudor, esa modestia natural que es independiente de las quimeras religiosas y que, en un alma honesta y sensible, difícilmente se desvanecen. No había abandonado nunca la casa de su padre, y el miserable la había utilizado para sus crapulosos placeres desde la edad de doce años. Ella encontró mucha diferencia en los que el duque gozaba con ella, su físico se alteró sensiblemente a causa de ello, y al día siguiente de haber sido desvirgada sodomíticamente por el duque cayó gravemente enferma. Creyóse que el recto había sido absolutamente perforado, pero su juventud, su salud y el efecto de algunos medicamentos devolvieron pronto al duque el uso de esta vía prohibida, y la desgraciada Constance, obligada a habituarse a este suplicio diario, y que no era el único, se restableció completamente y se acostumbró a todo.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)




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