Prologo de El Libertino

domingo, 1 de mayo de 2016




El presidente Curval era el decano de la sociedad; de sesenta años de edad y singularmente gastado por el desenfreno, parecía un esqueleto. Era alto, enjuto, delgado, de ojos azules de apagado mirar, boca lívida y malsana, mentón saliente y nariz larga. Cubierto de vello como un sátiro, de espalda recta y nalgas blandas y colgantes, que parecían dos sucios paños de cocina oscilando encima de sus muslos, cuya piel aparecía magullada a fuerza de latigazos y tan curtida que no notaba cuando se la pellizcaban. En medio de todo esto veíase, sin que tuviera que separarse la carne, un orificio inmenso cuyo enorme diámetro, olor y color le hacían parecer más un catalejo que el agujero de un culo. Y, para colmo, entraba en los hábitos de este puerco de Sodoma dejar siempre esta parte de su cuerpo en tal estado de suciedad que velase siempre alrededor del ano un redondel de porquería de dos pulgadas de espesor. En la parte inferior del vientre tan arrugado como lívido y fofo, se veía en un bosque de pelos un instrumento que, en estado de erección, podía tener unas ocho pulgadas de largo por siete de circunferencia; pero dicho estado era muy raro y era necesaria toda una serie de circunstancias furiosas para lograr que se irguiera. Sin embargo, tenía aún erecciones por lo menos dos o tres veces por semana, y el presidente entonces enfilaba indistintamente todos los agujeros, aunque el del trasero de un joven era el que más le gustaba. El presidente se había hecho circuncidar, de modo que la cabeza de su miembro no estaba nunca cubierta, ceremonia que facilitaba mucho el placer y a la cual todas las personas voluptuosas deberían someterse. Aunque dicha ceremonia tiene por objeto mantener esta parte limpia, en el caso de Curval no era así: tan sucia como la otra, aquella cabeza pelona, naturalmente grande, resultaba por lo menos una pulgada más ancha que la circunferencia del miembro. Igualmente sucio en toda su persona, el presidente, que a esto añadía inclinaciones tan cochinas como su persona, era un personaje tan apestoso que acercarse a él no podía agradar a todo el mundo. Pero sus compinches no eran gente susceptible de escandalizarse por tan poca cosa y no le hablaban de ello. Pocos hombres había habido tan listos y desenfrenados como el presidente, pero completamente hastiado, absolutamente embrutecido, sólo le quedaban ya la depravación y la crápula del libertinaje. Se necesitaban más de tres horas 'de excesos, y de excesos de los más infames, para obtener de él un cosquilleo voluptuoso. En cuanto a la eyaculación, aunque tuviera lugar más a menudo que la erección, y casi una vez cada día, era difícil obtenerla o se lograba efectuando cosas tan singulares y a menudo tan crueles o sucias, que los agentes de su placer renunciaban a ello a menudo, lo que suscitaba en él una especie de cólera lúbrica que a veces surtía mejores efectos que los anteriores esfuerzos. Curval se encontraba tan hundido en el lodazal del vicio y del libertinaje, que le hubiera resultado imposible hablar de otra cosa. Siempre tenía tanto a flor de labios como en el corazón, las más soeces expresiones, que entremezclaba con rudas blasfemias e imprecaciones surgidas del verdadero horror que experimentaba, como sus compañeros, por todo lo que se refería a la religión. Este desorden del espíritu, acrecentado aún por la embriaguez casi continua en la que le gustaba sentirse le daba desde hacía algunos años un aire de imbecilidad y de embrutecimiento que, según afirmaba, le era muy agradable.
Tan glotón como borracho, era el único que podía competir con el duque, y a lo largo de esta historia lo veremos realizar proezas que asombrarán sin duda a nuestros famosos comedores.
Desde hacía diez años, Curval no ejercía su cargo, no solamente porque estuviera incapacitado para ello: aunque hubiese podido desempeñarlo, creo que le habrían rogado que se abstuviera de ello toda la vida.
Curval había llevado una vida muy libertina, todos los extravíos le eran familiares, y quienes lo conocían particularmente sospechaban que debía a dos o tres asesinatos execrables la inmensa fortuna que poseía. Sea lo que fuere, es muy verosímil para la historia que sigue que esta especie de exceso tenía el arte de conmoverlo intensamente, y fue a causa de esta aventura, que, desgraciadamente, tuvo poca repercusión, por lo que fue excluido de la Corte. Vamos a contarla para dar al lector una idea de su carácter.
Cerca del palacio de Curval vivía un pobre mozo de cuerda, padre de una bella muchacha, que cometía la ridiculez de ser un hombre dotado de sentimientos. Más de veinte veces mensajes de todas clases habían tratado de corromper a aquel infeliz y a su mujer con proposiciones relativas a su hija, sin poder doblegarlos, y Curval, inspirador de aquellas embajadas, irritado por los continuos rechazos, no sabía qué hacer para gozar de la muchacha y para someterla a sus libidinosos caprichos. Cuando por fin decidió simplemente hundir al padre con el objeto de poder llevar a la hija a su cama. El medio fue tan bien concebido como ejecutado. Dos o tres bribones pagados por el presidente se cuidaron del asunto, y antes que terminara el mes el desgraciado mozo de cuerda se vio envuelto en un crimen imaginario supuesta mente cometido ante la puerta de su casa y que lo condujo pronto a los calabozos de la Conciergerie. El presidente, como podemos suponer, se encargó en seguida de este asunto, y como no tenía deseos de que el caso se alargara, en tres días, gracias a sus bribonadas y a su dinero, el desgraciado mozo de cuerda fue condenado al suplicio de la rueda, sin que hubiese cometido otro crimen que el de defender su honor y el de su hija.
Tras esto, el asedio volvió a empezar. Se habló con la madre, se le hizo ver que estaba en sus manos la suerte de su marido, que si daba satisfacción al presidente era claro que arrancaría a su marido de la suerte terrible que lo esperaba. Ya no era posible dudar. La mujer fue a aconsejarse; se sabía perfectamente a quien acudiría, y como los consejeros habían sido comprados, contestaron de inmediato que no había tiempo que perder. La desgraciada mujer lleva ella misma llorando a su hija a los pies de su juez; éste promete todo lo que se le pide, pero en realidad estaba muy lejos de cumplir su palabra. No solamente temía que el marido puesto en libertad armase ruido al advertir a qué precio había sido salvado, sino que el canalla experimentaba un placer más agudo haciéndose entregar lo que deseaba sin dar nada a cambio.
Sobre todo esto se habían ofrecido a su espíritu episodios de maldad que aumentaban su pérfida lubricidad. Y he aquí lo que maquinó para poner a la escena toda la infamia y la excitación que pudo:
Su palacio se encontraba delante de un lugar donde a veces se ejecutaba a criminales en París, y como el delito se había cometido en aquel barrio, consiguió queda ejecución tuviese lugar sobre esta plaza en cuestión. A la hora indicada, hizo que la madre y la hija se encontrasen en palacio. Todo estaba bien cerrado por el lado de la plaza, de modo que en los aposentos donde tenía a sus víctimas no se veía nada de lo que estaba a punto de suceder. El canalla, que sabía la hora exacta de la ejecución, escogió aquel momento para desflorar a la muchacha en los brazos de su madre, y todo fue dispuesto con tanta habilidad y precisión, que el miserable eyaculaba en el culo de la doncella en el momento en que el padre expiraba.
Una vez hubo terminado, dijo a sus dos doncellas, abriendo una ventana que daba a la plaza:
-Venid a ver... Venid a ver cómo he cumplido mi palabra.
Y las dos desgraciadas vieron, una de ellas a su padre y la otra a su marido, expirando bajo el hierro del verdugo. Ambas cayeron desmayadas, pero Curval lo había previsto todo. Este desmayo era su agonía: ambas fueron envenenadas y nunca volvieron a abrir los ojos. Por más que se cuidó de envolver este crimen, en las sombras del más profundo misterio algo trascendió: se ignoró la muerte de las dos mujeres, pero se sospechó vivamente de prevaricación en el asunto del marido. El motivo fue a medias conocido, y el resultado de todo ello fue su retiro. Desde aquel momento, Curval, sin necesidad ya de guardar el decoro, se precipitó en un nuevo océano de errores y crímenes. Se hizo buscar víctimas por todas partes para inmolarlas a la perversidad de sus gustos. Por un refinamiento de crueldad atroz, y sin embargo fácil de comprender, la clase del infortunio era la preferida para lanzar los efectos de su pérfida rabia. Tenía algunas mujeres que le buscaban noche y día, en las buhardillas y zahurdas todo lo demás desvalido que la miseria podía ofrecer, y bajo el pretexto de socorrer, las envenenaba, cosa que era uno de sus pasatiempos favoritos, o bien las atraía a su casa y las inmolaba él mismo a la perversidad de sus gustos. Hombres, mujeres, niños, todo era bueno para su pérfida rabia, y cometía excesos que lo hubieran podido llevar mil veces al cadalso si su nombre y su oro no lo hubiesen evitado. Fácil es comprender que un ser así se hallaba tan apartado de la religión como sus compañeros; la detestaba sin duda tan soberanamente como ellos, pero había hecho más para extirparla de los corazones, porque, aprovechándose del ingenio que poseía para escribir contra ella: era el autor de varias obras cuyos efectos habían sido prodigiosos, y estos éxitos, que recordaba continuamente, eran una de sus más caras voluptuosidades.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)



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