Prologo de El Libertino

miércoles, 11 de mayo de 2016




Es aceptado por los verdaderos libertinos que las sensaciones transmitidas por el órgano del oído son las que halagan más e impresionan más vivamente; en consecuencia, nuestros cuatro criminales, que querían que la voluptuosidad penetrase en sus corazones lo más profundamente posible, habían imaginado a tal efecto una cosa bastante singular.
Se trataba, después de haberse rodeado de todo lo que mejor podía satisfacer a los otros sentidos mediante la lubricidad, de hacer que se narrara con todo lujo de detalles, y por orden, todos los diferentes extravíos de esta orgía, todas sus ramificaciones, todos sus escarceos, lo que se llama, en una palabra, en el idioma del libertinaje, todas las pasiones. Es difícil imaginar hasta qué punto las varía el hombre cuando su imaginación se inflama, su diferencia entre ellos, excesiva en todas sus manías, en todos sus gustos, lo es todavía más en este caso y quien pudiese fijar y detallar estos extravíos haría tal vez uno de los mejores trabajos sobre las costumbres, y quizás uno de los más interesantes. Se trataba, pues, en primer lugar, de hallar personas en condiciones de dar cuenta de todos esos excesos, de analizarlos, alargarlos, detallarlos y, a través de todo ello, comunicar interés al relato. Tal fue, en consecuencia, el partido que se tomó. Después de un sin fin de informaciones y averiguaciones, hallaron cuatro mujeres que estaban ya de vuelta —era lo que se necesitaba, puesto que en esta situación la experiencia era lo más esencial-. Cuatro mujeres, digo, que habían pasado sus vidas en orgías desenfrenadas, y que se hallaban en situación de ofrecer un relato exacto de sus aventuras; y como se había procurado escogerlas dotadas de cierta elocuencia y de una contextura de espíritu apta para lo que de ellas se exigía, después de haber sido escuchadas una y otra vez, las cuatro se encontraron en disposición de contar, cada una en las aventuras de su vida, los extravíos más extraordinarios del libertinaje, y esto dentro de tal orden, que la primera, por ejemplo, introduciría en el relato de los acontecimientos de su vida las ciento cincuenta pasiones más sencillas y las desviaciones menos rebuscadas o las más ordinarias, la segunda, en un mismo marco, un número igual de pasiones más singulares y de uno o varios hombres con varias mujeres, la tercera, igualmente, en su historia, debería introducir ciento cincuenta manías de las más criminales e insultantes para las leyes, la naturaleza y la religión, y como todos estos excesos conducen al asesinato, y estos asesinatos cometidos por el libertinaje varían hasta el infinito, y tantas veces como la imaginación inflamada del libertino adopta diferentes suplicios, la cuarta tendría que añadir a los acontecimientos de su vida el relato detallado de ciento cincuenta diferentes torturas de esas. Mientras tanto, nuestros libertinos, rodeados, como he dicho antes, de sus mujeres y de varios otros sujetos de toda índole, deberían escuchar, se inflamarían y acabarían por apagar, con sus mujeres o con esos diferentes sujetos, el incendio que las narradoras hubiesen producido. Nada hay sin duda más voluptuoso en este proyecto como la manera lujuriosa con que se procedió, y por esta manera y los diferentes relatos que formarán esta obra, es por lo que yo aconsejo, después de esta exposición, que toda persona devota lo deje enseguida si no quiere ser escandalizada, porque el plan es poco casto y nosotros respondemos por anticipado que la ejecución del mismo lo será mucho menos. Como las cuatro actrices de que se trata aquí representan un papel muy importante en estas memorias, creemos, aunque por ello tengamos que pedir excusas al lector, estar obligados a pintarlas. Ellas contarán, actuarán. Después de esto, ¿es posible dejarlas en el anonimato? No se esperen retratos de bellezas, aunque hubo sin duda el proyecto de servirse físicamente y moralmente de estas cuatro criaturas; sin embargo, no fueron ni sus atractivos ni su edad lo determinante aquí, sino únicamente su espíritu y su experiencia, y en este sentido era imposible ser mejor servido de lo que se fue.

La señora Duclos era el nombre de la que se encargó del relato de las ciento cincuenta pasiones simples. Era una mujer de cuarenta y ocho años, bastante fresca todavía, que tenía grandes restos de belleza, hermosos ojos, piel muy blanca y uno de los más hermosos y rollizos culos que se puedan ver, la boca fresca y limpia, los senos soberbios, hermosos cabellos castaños, cintura ancha, pero esbelta, y todo el aire de una muchacha distinguida. Había pasado su vida, como se verá luego, en sitios donde había podido estudiar lo que iba a relatar, y se veía que lo haría con ingenio, facilidad e interés.

La señora Champville era una mujer alta de unos cincuenta años, delgada, bien formada, de porte y mirada muy voluptuosos; fiel imitadora de Safo, esto se delataba hasta en sus menores movimientos, en los gestos más sencillos y en sus más cortas frases. Se había arruinado manteniendo a mujeres, y sin esta inclinación a la cual sacrificaba generalmente todo lo que podía ganar en el mundo, hubiese podido vivir de una manera holgada. Había sido durante mucho tiempo una prostituta, y desde hacía algunos años practicaba a su vez el oficio de alcahueta, pero se limitaba a cierto número de individuos, todos disolutos y de cierta edad; jamás recibía a gente joven, y esta conducta prudente y lucrativa apuntalaba un poco sus negocios. Había sido rubia, pero un color menos brillante empezaba a aparecer en su cabellera. Sus ojos eran muy hermosos, azules y con una expresión muy agradable. Su boca era bella, todavía fresca y con toda su dentadura, sus senos eran casi inexistentes, un vientre sin nada de particular, nunca había inspirado deseo, el monte de Venus un poco prominente y el clítoris saliente, de unas tres pulgadas, cuando se calentaba al hacerle cosquillas en esta parte de su cuerpo, podía tenerse la seguridad de ver que casi se desmayaba, especialmente si el servicio se lo hacía una mujer. Su culo era muy fofo y resabiado, completamente fláccido y marchito, y tan curtido por hábitos libidinosos que nos contará su historia, que podía hacerse en él todo lo que uno quisiera sin que ella lo advirtiese. Cosa bastante singular y muy rara en París sobre todo, es que era virgen por ese lado, como una muchacha que sale del convento, y quizás sin la maldita orgía en que tomó parte con gente que sólo quería cosas extraordinarias, y a quién por consiguiente agradó ésta, tal vez, digo, sin dicha orgía esta particular virginidad hubiera muerto con ella.

La Martaine, una gorda mamá de cincuenta y dos años, mujer rozagante y sana y dotada de las más voluminosas y bellas posaderas que puedan tenerse ofrecía todo lo contrario de la aventura. Su vida había transcurrido en el desenfreno sodomita, y estaba tan familiarizada con ello que sólo gozaba por ese lado. Como una malformación de la naturaleza (estaba obstruida) le había impedido conocer otra cosa, se había entregado a esta clase de placer, arrastrada por esta imposibilidad de hacer otra cosa y por sus primeros hábitos, y continuaba en la práctica de esta lubricidad en la que se asegura que era aún deliciosa, desafiándolo todo y no temiendo nada. Los más monstruosos instrumentos no la asustaban, hasta los prefería, y la continuación de estas memorias nos la presentará tal vez combatiendo valerosamente bajo las banderas de Sodoma como el más intrépido de los bribones. Tenía unos rasgos bastante graciosos, pero un aire de languidez y debilidad empezaba a marchitar sus atractivos, y sin su gordura, que aún la sostenía, hubiera podido pasar por muy avejentada.

En lo que atañe a la Desgranges, era el vicio y la lujuria personificados: alta, delgada, de cincuenta y seis años, un aspecto lívido y descarnado, con los ojos apagados y los labios muertos, ofrecía la imagen del crimen a punto de perecer por falta de fuerzas. Muchos años atrás había sido morena y decíase que había poseído un hermoso cuerpo; mas poco a poco se había convertido en un esqueleto que sólo podía inspirar repugnancia. Su culo marchito, usado, marcado, desgarrado, parecía más bien cartón cuero que piel humana, y el agujero era tan ancho y arrugado que un grueso miembro podía penetrarlo a pelo sin que ella lo advirtiera. Para colmo de atractivos, esta generosa atleta de Citerea, herida en varios combates, tenía una teta de menos y tres dedos cortados. Cojeaba, le faltaban seis dientes y un ojo. Tal vez sepamos qué clase de ataques había soportado para salir tan maltrecha; pero lo cierto es que nada la había corregido, y si su cuerpo era la imagen de la fealdad, su alma era el receptáculo de todos los vicios y de todas las fechorías más inauditas: incendiaria, parricida, incestuosa, sodomita, tortillera, asesina, envenenadora, culpable de violaciones, robos, abortos y sacrilegios, se podía afirmar con razón que no había un solo crimen en el mundo que aquella bribona no hubiese cometido o hecho cometer. En la actualidad era alcahueta; era una de las abastecedoras tituladas de la sociedad, y como a su mucha experiencia unía una jerga bastante agradable, había sido escogida para ser la cuarta narradora, es decir, aquella en cuyo relato se encontrarían más horrores e infamias. ¿Quién mejor que una criatura que los había cometido todos podía representar aquel personaje?


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)



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