Prologo de El Libertino

domingo, 15 de mayo de 2016




Halladas estas mujeres, y halladas en todo tal como se las deseaba, fue preciso ocuparse de los accesorios. Al principio se había deseado rodearse de un gran número de objetos lujuriosos de los dos sexos, pero cuando se hubo comprobado que el local donde esta lúbrica fiesta podría efectuarse cómodamente era aquel mismo castillo en Suiza que pertenecía a Durcet y al que había mandado a la pequeña Elvire, que este castillo no muy grande no podría albergar a tantos habitantes y que además podía resultar indiscreto y peligroso llevar allá tanta gente, se limitaron a treinta y dos las personas, incluidas las narradoras, a saber: cuatro de esta clase, ocho muchachas, ocho muchachos, ocho hombres dotados de miembros descomunales para las voluptuosidades de la sodomía pasiva y cuatro sirvientes. Pero todo esto se deseaba refinado; transcurrió un año entero dedicado a tales detalles, se gastó muchísimo dinero, y he aquí las precauciones que se tomaron respecto a las ocho muchachas con el fin de disponer de lo más delicioso que podía ofrecer Francia: dieciséis alcahuetas inteligentes, con dos ayudantes cada una de ellas, fueron enviadas a las dieciséis principales provincias de Francia, aparte de otra que trabajaba sólo en París con el mismo objeto. Cada una de estas celestinas fue citada en una de las fincas del duque, cerca de París, en donde debían presentarse todas en la misma semana, diez meses después de su partida, ese fue el tiempo que se les dio para su búsqueda. Cada una de ellas tenía que llevar nueve personas, lo cual significaba un total de ciento cuarenta y cuatro muchachas, de las cuales sólo ocho serían escogidas.
Se había recomendado a las alcahuetas que sólo prestaran atención a la alcurnia, virtud y delicioso rostro; debían buscar principalmente en las casas honestas, y no se les permitía ninguna muchacha que no hubiese sido robada o de un convento de pensionistas de calidad o del seno de su familia, y de una familia distinguida. Toda la que no estuviera por encima de la clase burguesa, y que dentro de las clases superiores no fuese muy virtuosa y perfectamente virgen, era rechazada sin misericordia; muchos espías vigilaban las gestiones de estas mujeres e informaban inmediatamente a la sociedad acerca de lo que hacían.
Por la persona que cumplía las mencionadas condiciones se pagaba treinta mil francos, con todos los gastos pagados. Es inaudito lo que todo aquello costó. En lo que concierne a la edad, se había fijado entre los doce y quince años, y todo lo que estuviese por encima o por debajo era absolutamente rechazado. Mientras tanto, de la misma forma, los mismos medios y los mismos gastos, situando igualmente la edad entre doce y quince años, diecisiete agentes de sodomía recorrían la capital y las provincias, y su cita en la finca del duque se había fijado para un mes después de la elección de las muchachas. En cuanto a los jóvenes que designaremos desde ahora con el nombre de jodedores, fue la medida de su miembro lo único que se tuvo en cuenta: no se quería nada por debajo de diez o doce pulgadas por siete y medio de circunferencia. Ocho hombres trabajaron en este asunto en todo el reino, y se les citó para un mes después de la entrevista de los jóvenes. Aunque la historia de estas elecciones y entrevistas se aparte de nuestro tema, no queda fuera de propósito decir algunas palabras aquí para mejor dar a conocer aún el genio de nuestros cuatro héroes; me parece que todo lo que sirve para describirlos y arrojar luz sobre una orgía tan extraordinaria como la que vamos a describir no puede ser considerado como un entremés.
Cuando llegó el momento de la entrevista de las jóvenes, la gente se dirigió a la finca del duque. Como algunas alcahuetas no habían podido llegar al número de nueve, otras habían perdido algunos individuos por el camino, sea por enfermedad o por fuga, sólo llegaron ciento treinta a la cita, ¡pero cuántos atractivos, gran Dios!, nunca, creo, se vieron tantos reunidos. Se dedicaron trece días a este examen, y cada día se pasaba revista a diez. Los cuatro amigos formaban un círculo en medio del cual aparecía la muchacha, primero vestida tal como estaba en el momento de su rapto, y la alcahueta que la había corrompido contaba la historia; si faltaba algo a las condiciones de nobleza y virtud, la muchacha era rechazada sin ahondar más en el asunto, se marchaba sola y sin ningún tipo de socorro, y la alcahueta perdía todo el dinero que le hubiese costado la muchacha. Tras haber dado la alcahueta toda clase de detalles, se retiraba y se procedía a interrogar a la doncella para saber si lo que se había dicho de ella respondía a la verdad. Si todo era cierto, la alcahueta regresaba y levantaba las faldas de la muchacha por detrás a fin de mostrar sus nalgas a la asamblea; era lo primero en examinar. El menor defecto en esta parte motivaba su rechazo instantáneo; si por el contrario nada faltaba a este tipo de atractivos, se la hacía desnudar completamente y, en tal estado, la muchacha pasaba y volvía a pasar, cinco a seis veces seguidas, de uno a otro de los libertinos, los cuales la hacían girar, la manoseaban, la olían, la alejaban, le examinaban sus virginidades, pero todo esto de una manera fría, y sin que la ilusión de los sentidos viniera a turbar el examen. Tras esto, la chiquilla se retiraba, y al lado de su nombre escrito en un billete, los examinadores ponían aceptada o rechazada, y firmaban la nota; luego estos billetes se ponían en una caja, sin que ninguno de ellos se comunicase sus ideas. Una vez examinadas todas, se abría la caja: para que una muchacha fuera aceptada era necesario que tuviese en su billete los cuatro nombres de los amigos a su favor. Si faltaba uno, era rechazada, y todas, inexorablemente, como he dicho, se marchaban a pie, sin ayuda y sin guía, excepto una docena quizás con las cuales se divirtieron nuestros libertinos, después de haber efectuado la elección, y después cedieron a sus respectivas alcahuetas.
En la primera vuelta hubo cincuenta personas rechazadas, fueron repasadas las otras ochenta, pero con más esmero y severidad; el más leve defecto significaba la inmediata exclusión. Una de ellas, bella como el día, fue rechazada porque tenía un diente un poco más alto que los otros; otras veinte muchachas fueron excluidas también porque sólo eran hijas de burgueses. Treinta saltaron en la segunda vuelta, no quedaban, pues, más que cincuenta.
Se resolvió no proceder a un tercer examen sin antes haber perdido el semen gracias a aquellas cincuenta mujeres, a fin de que la calma perfecta de los sentidos redundara en una elección más segura. Cada uno de los amigos se rodeó de un grupo de doce o trece de aquellas muchachas. Los grupos, dirigidos por las alcahuetas, iban de uno a otro. Se cambiaron tan artísticamente las actitudes, todo estuvo tan bien dispuesto, hubo en una palabra tanta lubricidad, que el esperma eyaculó, las cabezas se calmaron y treinta de ese último número desaparecieron aquel mismo día. Sólo quedaban veinte; todavía había doce de más. Se calmaron por nuevos medios, por todos los que se creía que harían nacer el hastío, pero las veinte permanecieron, ¿y qué hubiera podido suprimirse de un número de criaturas tan singularmente celestes que hubiérase dicho eran obra de la divinidad? Fue necesario, por lo tanto, entre bellezas iguales, buscar en ellas algo que pudiera al menos asegurar a ocho de ellas una especie de superioridad sobre las otras doce, y lo que propuso el presidente sobre esto era digno de su desordenada imaginación. No importa, el expediente fue aceptado; se trataba de saber cuál de ellas haría mejor una cosa que se les haría hacer a menudo. Cuatro días bastaron para decidir ampliamente esta cuestión, doce fueron despedidas, pero no en blanco como las otras; se gozó de ellas durante ocho días, y de todas las maneras. Luego, como he dicho, fueron cedidas a las alcahuetas, las cuales se enriquecieron pronto con la prostitución de personas tan distinguidas como aquellas. En cuanto a las ocho escogidas, fueron alojadas en un convento hasta el instante de la partida, y para reservarse el placer de gozar de ellas en el momento escogido, no fueron tocadas.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)



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