Prologo de El Libertino

lunes, 9 de mayo de 2016




Julie, mujer del presidente e hija mayor del duque, hubiera eclipsado a las dos precedentes de no haber sido por un defecto capital para muchas personas y que tal vez había sido decisivo en la pasión que Curval experimentaba por ella, tan es verdad que los efectos de las pasiones son inconcebibles y que su desorden, fruto del hastío y la saciedad, sólo se puede comparar con sus extravíos. Julie era alta, bien formada, aunque gruesa y rolliza, con los más bellos ojos oscuros posibles, nariz encantadora, rasgos salientes y graciosos, cabellos muy castaños, cuerpo blanco y deliciosamente regordete, un culo que hubiera podido servir de modelo para el que esculpió Praxíteles, el coño caliente, estrecho y de un goce tan agradable como puede serlo un local así, bellas piernas y encantadores pies; pero la boca peor ornada, los dientes más podridos, y llevaba el cuerpo tan sucio, principalmente los dos templos de la lubricidad, que ningún otro ser, lo repito, ningún otro ser excepto el presidente, poseedor del mismo defecto y amándolo, ningún otro ser seguramente, a pesar de sus atractivos, se hubiera liado con Julie. Pero Curval estaba loco por ella; sus más divinos placeres los libaba en aquella boca repugnante, entraba en delirio cuando la besaba, y en cuanto a su natural suciedad, estaba bien lejos de reprochársela, al contrario, la estimulaba y finalmente había obtenido que ella se divorciara completamente del agua. A estos defectos, Julie añadía algunos otros, pero menos desagradables sin duda: era muy glotona, inclinada a las borracheras, poco virtuosa y creo que, si se hubiese atrevido, el puterío no la hubiese asustado. Educada por el duque en una ignorancia total de principios y maneras, ella adoptaba esta filosofía; pero por un efecto muy extravagante del libertinaje, sucede a menudo que una mujer que tiene nuestros defectos nos gusta mucho menos en nuestros placeres que otra que sólo tiene virtudes: una se nos parece, y no la escandalizamos; la otra se asusta, lo cual resulta un atractivo mucho más seguro.
El duque, a pesar de lo enorme de su construcción había gozado de su hija, pero se había visto obligado a esperarla hasta los quince años, y a pesar de eso no había podido evitar que saliese muy estropeada de la aventura, y de tal manera que, teniendo deseos de casarla, se había visto obligado a interrumpir sus placeres y a contentarse con ella con placeres menos peligrosos aunque igualmente cansados. Julie ganaba poco con el presidente, cuyo miembro, como sabemos era muy gordo, y por otra parte, aunque ella era sucia por negligencia, no le gustaba la inmundicia de las orgías del presidente, su querido esposo.
Aline, hermana menor de Julia y realmente hija del obispo estaba muy lejos de las costumbres, del carácter y de los defectos de su hermana.
Era la más joven de las cuatro, apenas había cumplido los dieciocho años; tenía un rostro fresco y casi travieso, ojos oscuros llenos de vivacidad y expresivos, nariz pequeña y una boca deliciosa, talle bien formado aunque un poco ancho, bien carnoso, la piel un poco morena pero suave y bonita, el culo un poco grande pero bien moldeado, el conjunto de las nalgas más voluptuoso que pueda presentarse a los ojos del libertino, un monte oscuro y bonito, el coño un poco bajo, lo que se llama a la inglesa, pero perfectamente estrecho y cuando fue ofrecida a la asamblea era totalmente virgen. Lo era todavía cuando se celebró la partida del placer cuya historia escribimos, y ya veremos cómo fueron destruidas estas primicias. Por lo que respecta a las del culo, el obispo gozaba de él tranquilamente cada día, pero sin haber logrado dar gusto a su querida hija, la cual, a pesar de su aspecto travieso y risueño, sólo se prestaba sin embargo por obediencia y no había demostrado aún que el más ligero placer le hiciera compartir las infamias de que era diariamente víctima. El obispo la había dejado en una ignorancia absoluta, apenas sabía leer y escribir e ignoraba completamente lo que era la religión. Su espíritu natural era pueril, contestaba con chuscadas, jugaba, quería mucho a su hermana, detestaba soberanamente al obispo y temía al duque como al fuego. El día de las bodas, cuando se vio desnuda en medio de cuatro hombres, lloró y dejó que hicieran con ella lo que quisiesen sin placer y sin ánimos. Era sobria, muy limpia y sin otro defecto que el de la pereza, reinando la indolencia en todas sus acciones y en toda su persona, a pesar del aire de vivacidad que había en sus ojos. Odiaba al presidente casi tanto como a su tío, y Durcet, que no tenía miramientos con ella, era sin embargo el único que, al parecer, no le inspiraba ninguna repugnancia.

Tales eran, pues, los ocho principales personajes con los cuales te haremos vivir, querido lector. Es hora ya de que te descubramos el objeto de los placeres singulares que se proponían:


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)



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