Prologo de El Libertino

martes, 17 de mayo de 2016




No me entretendré en pintar a estas bellezas: eran todas tan parejamente superiores que mis pinceles resultarían necesariamente monótonos; me contentaré con nombrarlas y afirmar de veras que es perfectamente imposible imaginarse tal conjunto de gracias, atractivos y perfecciones, y que si la naturaleza quisiera dar al hombre una idea de lo que ella puede formar de más sabio, no le presentaría otros modelos.

La primera se llamaba Augustine: tenía quince años, era hija de un barón del Languedoc y había sido robada de un convento de Montpellier.
La segunda se llamaba Fanny: era hija de un consejero del parlamento de Bretaña y robada del castillo mismo de su padre.
La tercera se llamaba Zelmire: tenía quince años, era hija del conde de Terville, que la idolatraba. La había llevado con él de caza a una de sus tierras de la Beauce y, habiéndola dejado sola, unos momentos en el bosque, fue raptada inmediatamente. Era hija única y, con una dote de cuatro cientos mil francos, debía casarse al año siguiente con un gran señor. Fue la que lloró y se apenó más por el horror de su suerte.
La cuarta se llamaba Sophie: tenía catorce años y era hija de un gentilhombre de holgada fortuna que vivía en sus tierras del Berry. Había sido raptada durante un paseo con su madre, la cual, al tratar de defenderla, fue arrojada a un río, donde la hija la vio morir, ante sus ojos.
La quinta se llamaba Colombe: era de París, hija de un consejero del Parlamento; tenía trece años y había sido raptada cuando regresaba con su aya, por la tarde, de su convento, a la salida de un baile infantil. El aya había sido apuñalada.
La sexta se llamaba Hébé: tenía doce años, era la hija de un capitán de caballería, hombre de alta condición que vivía en Orléans. La joven había sido seducida y raptada del convento donde se educaba; dos religiosas habían sido sobornadas con dinero. Era imposible imaginarse nada más seductor y más lindo.
La séptima se llamaba Rosette: tenía trece años, era hija de un teniente general de Chalonsur-Saône. Su padre acababa de morir, ella se encontraba en el campo con su madre, y fue raptada, ante los mismos ojos de su familia, por unos individuos disfrazados de ladrones.
La última se llamaba Mimi o Michette: tenía doce años, era hija del marqués de Senanges y había sido raptada en las tierras de su padre en el Borbonés mientras paseaba en una calesa acompañada de dos o tres mujeres del castillo, que fueron asesinadas. Como puede verse, los aprestos de estas voluptuosidades costaban mucho dinero y no pocos crímenes; con tales gentes, los tesoros importaban poco, y en cuanto a los crímenes, vivíase entonces en un siglo en que los asesinos no eran buscados y castigados como lo fueron después. Por lo tanto, todo salió a pedir de boca, y tan bien que nuestros libertinos no fueron nunca inquietados y apenas hubo pesquisas.

Llegó el momento del examen de los jóvenes. Como ofrecían más facilidades, su número fue mayor. Fueron presentados ciento cincuenta, y no exageraré al afirmar que por lo menos igualaban en belleza a las muchachas, tanto por sus deliciosos rostros como por sus gracias infantiles, su candor, su inocencia y su infantil nobleza. Eran pagados a treinta mil francos cada uno, el mismo precio que las muchachas, pero los alcahuetes no arriesgaban nada, porque como la caza era más fina y mucho más del gusto de nuestros amigos, se había decidido que no se ahorraría ningún gasto, que serían devueltos algunos, pero como antes serían utilizados se les pagaría igualmente.
El examen se efectuó como el de las mujeres, se pasó revista a diez cada día, con la precaución muy prudente, y que se había descuidado con las jóvenes, con la precaución, digo, de eyacular siempre mediante el ministerio de los diez presentados antes de proceder al examen. Casi se había querido excluir al presidente, porque se desconfiaba de la depravación de sus gustos; habían creído ser engañados en la elección de las mujeres por su maldita inclinación a la infamia y la degradación: él prometió no entregarse a sus excesos, y si cumplió su palabra no fue verosímilmente sin gran trabajo, porque una vez que la imaginación desbocada o depravada se ha acostumbrado a esa índole de ultrajes al buen gusto y a la naturaleza, ultrajes que la halagan tan deliciosamente, es muy difícil volver a llevarla al buen camino: parece que el deseo de servir sus gustos le arrebata la facilidad de ser dueña de sus juicios. Despreciando lo que es verdaderamente bueno, y sólo queriendo lo que es horrible, actúa como piensa y la vuelta a sentimientos más verdaderos le parece un insulto hecho contra principios de los cuales le disgustaría apartarse. Cien jóvenes fueron recibidos por unanimidad en las primeras sesiones, y fue necesario reconsiderar cinco veces los juicios emitidos para escoger el pequeño número que tenía que ser admitido. Por tres veces seguidas quedaron cincuenta jóvenes, tras lo cual se tuvo que acudir a medios singulares para rebajar el prestigio de los ídolos, se hiciera lo que se hiciera con ellos, y limitarse a los que deberían ser admitidos. Imaginóse disfrazarlos de muchachas: veinticinco desaparecieron tras esta astucia, que prestando a un sexo al que se idolatraba el aspecto de aquel del que se estaba hastiado los desvaloró y les arrebató casi toda la ilusión. Pero nada pudo hacer variar el escrutinio a los veinticinco últimos. Por más que se hizo, por más que se perdió semen, por más que no se escribió ningún nombre en billetes hasta el momento de la descarga, por más que se emplearon los medios seguidos con las muchachas, se mantuvieron los mismos veinticinco y tomóse el partido de sortearlos. He aquí los nombres que se dieron a los que permanecieron, con su lugar de nacimiento, edad y detalles de sus aventuras, ya que renuncio a hacer sus retratos: los rasgos del Amor no eran seguramente más delicados, y los modelos donde el Albano iba a escoger los rostros de sus ángeles divinos eran ciertamente muy inferiores.

Zélamir tenía trece años: era el hijo único de un gentilhombre de Poitou que lo educaba con toda suerte de cuidados en sus tierras. Lo habían enviado a Poitiers para que visitara a una pariente, acompañado por un solo criado, y nuestros rateros, que lo esperaban, asesinaron al criado y se apoderaron del niño.
Cupidon tenía la misma edad que el anterior: se encontraba en el colegio de la Flèche. Hijo de un gentilhombre de los alrededores de esta ciudad cursaba en ella sus estudios. Fue espiado y, raptado durante un paseo que los escolares daban el domingo. Era el muchacho más lindo de todo el colegio.
Narcisse tenía doce años; era caballero de Malta. Lo habían raptado en Rouen, donde su padre desempeñaba un cargo honorable y compatible con la nobleza; cuando fue raptado, viajaba hacia el colegio de Louis-le-Grand de París.
Zéphyr el más delicioso de los ocho, suponiendo que la excesiva belleza de todos hubiese hecho posible la elección, era de París, donde estudiaba en un célebre internado. Su padre era un oficial general que hizo todo lo posible en el mundo para recobrarlo sin conseguirlo; el dueño del internado había sido sobornado con dinero, y había entregado a siete muchachos, de los cuales seis habían sido desechados. Zéphyr había enloquecido al duque, quien aseguró que si hubiese sido necesario un millón para encular a aquel chiquillo, lo hubiera desembolsado inmediatamente. Se reservó las primicias, que le fueron concedidas. ¡Oh tierno y delicado niño, qué desproporción y suerte horrenda te estaba deparada!
Céladon era hijo de un magistrado de Nancy; fue raptado en Lunéville, a donde había ido para visitar a una tía. Acababa de cumplir catorce años. Fue el único seducido por medio de una chiquilla de su edad que se encontró el medio de lograr que se acercara a él. La pequeña bribona lo hizo caer en la trampa fingiendo que sentía amor por él, y como no era muy bien vigilado, el golpe tuvo éxito.
Adonis tenía quince años; fue raptado en el colegio Plessis, donde estudiaba. Era hijo de un presidente del Parlamento que por más que se quejó, hizo gestiones y removió cielo y tierra, como se habían tomado toda clase de precauciones, le fue imposible descubrir nada. Curval, que estaba loco por el muchachito desde que, dos años atrás, lo había conocido en casa de su padre, había facilitado los medios y los informes necesarios para corromperlo. Sorprendió mucho que un gusto tan razonable se albergase en una cabeza tan depravada, y Curval, orgulloso de ello, aprovechó la ocasión para hacer ver a sus compañeros que todavía tenía, como podía advertirse, buen gusto. El niño lo reconoció y lloró, pero el presidente lo consoló diciéndole que sería él quien lo desvirgaría, y mientras le proporcionaba este conmovedor consuelo, le ponía su enorme verga sobre las nalgas. Lo pidió, en efecto, a la asamblea, y lo obtuvo sin dificultad.
Hyacinthe tenía catorce años; era hijo de un oficial retirado en una pequeña ciudad de la Champagne. Fue raptado durante una cacería, cosa que le gustaba con locura, y a la que su padre cometía la imprudencia de dejarle ir solo.
Giton tenía trece años y fue criado en Versalles entre los pajes de la gran caballeriza. Era hijo de un hombre distinguido del Nivernais, quien lo había llevado allí no hacía seis meses. Fue raptado simplemente mientras paseaba solo por la avenida de Saint-Cloud. Se convirtió en la pasión del obispo, a quien le fueron destinadas sus primicias.
Tales eran las deidades masculinas que nuestros libertinos preparaban para su lubricidad; en su momento y lugar veremos el uso que de ellas hicieron. Quedaban ciento cuarenta y dos sujetos, pero no se bromeó con esta caza como con la otra: ninguno fue despedido sin haber servido.

Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)


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