Prologo de El Libertino

lunes, 23 de mayo de 2016




Nuestros libertinos pasaron con ellos un mes en el castillo del duque. Como el día de la partida estaba cerca y todo andaba de cabeza, las diversiones eran continuas. Cuando estuvieron hartos, encontraron un medio cómodo de desembarazarse de los muchachos: venderlos a un corsario turco. Por este medio se borraban todas las huellas y se resarcían en parte de los gastos. El turco fue a recogerlos cerca de Mónaco, donde llegaron en pequeños grupos que fueron conducidos a la esclavitud, destino terrible indudablemente, pero que no dejó de divertir en gran manera a nuestros cuatro criminales.
Llegó el momento de escoger a los jodedores. Los rechazados de esta clase no causaban ninguna molestia; de una edad razonable, se deshacían de ellos pagándoles el viaje de regreso y las molestias, y volvían a sus casas. Los ocho alcahuetes de éstos, por otra parte, habían tenido menos dificultades, ya que las medidas estaban más o menos fijadas y no había ningún problema con las condiciones. Habían llegado cincuenta; entre los veinte más gordos se escogieron los ocho más jóvenes y guapos, y de estos ocho, como sólo se mencionarán a los cuatro que lo tenían más grande, me contentaré con nombrarlos.

Hercule, verdaderamente formado como el dios cuyo nombre llevaba, tenía veintiséis años y estaba dotado de un miembro de ocho pulgadas de circunferencia por trece de largo. Nada se había visto nunca que fuese tan bello ni tan majestuoso como aquel instrumento casi siempre en erección y cuyas ocho descargas, se hizo la prueba de ello, llenaban una pinta. Por otra parte, era muy dulce y tenía un rostro muy interesante.

Antinoüs, así llamado porque, como el bardaje de Adriano, al más hermoso pito del mundo añadía el culo más voluptuoso, lo que es muy raro; su instrumento medía ocho pulgadas de circunferencia por doce de largo. Tenía treinta años y la cara más bonita del mundo.

Brise-cul tenía un miembro tan divertidamente formado que le era casi imposible dar por detrás sin rasgar el culo, y de ahí le venía el nombre que llevaba. La cabeza de su pito, que semejaba el corazón de un buey, tenía ocho pulgadas por tres de circunferencia. El miembro sólo tenía ocho, pero estaba retorcido de tal manera que rasgaba el ano cuando penetraba en él, y esta cualidad, tan apreciada por libertinos tan hastiados como los nuestros, hacía que fuese muy solicitado.

Bande-au.ciel, llamado así porque su erección era continua, hiciese lo que hiciese, tenía un miembro de once pulgadas de largo por siete pulgadas once líneas de circunferencia. Se habían rechazado otros más grandes que el de él porque aquéllos levantaban la cabeza difícilmente, mientras que éste, fuesen las que fueren las eyaculaciones que hubiese tenido en un día, estaba en el aire a la menor caricia.

Los otro cuatro eran más o menos del mismo porte y aspecto. Durante quince días se divirtieron con los cuarenta y dos sujetos rechazados, y tras haberles hecho muchas trastadas fueron despedidos, bien pagados.

Sólo faltaba pues escoger a las cuatro sirvientas, lo cual era sin duda lo más pintoresco. El presidente no era el único que tenía gustos depravados; sus tres amigos, y Durcet principalmente, eran un tanto adeptos a esa manía de crápula y desenfreno que encuentra más atractivo en una persona vieja, repugnante y sucia que con lo que la naturaleza ha formado de más divino. Sería difícil explicar esta fantasía, pero existe en mucha gente; el desorden de la naturaleza lleva consigo una especie de excitante que obra sobre el sistema nervioso con tanta o mayor eficacia como sus más singulares bellezas. Por otra parte, está demostrado que es el horror, la villanía, la cosa horrible la que gusta cuando uno está excitado y en erección. Ahora bien ¿dónde se encuentra esto mejor que en una persona viciada? Ciertamente, si es la cosa sucia lo que gusta en el acto de la lubricidad, cuanto más sucia es esta cosa más debe gustar, y ella es seguramente mucho más sucia en la persona viciada que en la persona intacta o perfecta.
En cuanto a esto no hay la más ligera duda. Por otra parte, la belleza es lo sencillo, la fealdad es lo extraordinario, y todas las imaginaciones ardientes prefieren sin duda lo extraordinario en la lubricidad a lo simple. La belleza, la frescura sólo impresionan en un sentido sencillo; la fealdad, la degradación pegan con más fuerza, la conmoción es más intensa, la agitación es por lo tanto más viva; no hay que sorprenderse pues, tras esto, de que mucha gente prefiera gozar con una mujer vieja, fea, e incluso maloliente que con una muchacha bonita y lozana, de igual modo que no debemos asombrarnos, digo, de que un hombre prefiera, en sus paseos, el suelo árido y abrupto de las montañas a los senderos monótonos de los llanos. Todas estas cosas dependen de nuestra conformación, de nuestros órganos, de la manera en que se ven afectados, y no somos más dueños de cambiar nuestros gustos sobre esto que de variar las formas de nuestros cuerpos.
Sea como fuere, tal era, como se ha dicho, el gusto dominante del presidente y casi, en verdad, de sus tres compinches, porque todos habían coincidido unánimemente en la elección de las sirvientas, elección que sin embargo, como se verá, denotaba en la organización este desorden y depravación que se acaba de describir.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)



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