Prologo de El Libertino

miércoles, 1 de junio de 2016




A las seis en punto, la narradora empezará su relato, que los amigos podrán interrumpir cuando bien les parezca; este relato durará hasta las diez de la noche, y durante todo este tiempo, como su objeto es inflamar la imaginación, serán permitidas todas las lubricidades, excepto sin embargo aquellas que infrinjan el orden y los arreglos dispuestos para las desfloraciones, que no podrán ser variados; pero por lo demás podrá hacerse lo que se quiera con el jodedor, la esposa, el grupo de cuatro y la vieja, y hasta con las narradoras si se sienten inclinados a tal capricho, y esto podrá tener lugar en el nicho o en el gabinete contiguo. El relato será suspendido mientras duren los placeres de aquel cuyas necesidades lo interrumpan, y se continuará cuando haya terminado.

A las diez se servirá la cena. Las esposas, las narradoras y las ocho muchachas irán rápidamente a cenar aparte, ya que las mujeres nunca serán admitidas en la cena de los hombres, y los amigos cenarán con los cuatro jodedores que no estén de servicio por la noche y cuatro muchachos. Los otros cuatro servirán, ayudados por las viejas.

Terminada la cena, se pasará al salón de la reunión para la celebración de lo que se llama las orgías. Allí se encontrarán todos, los que hayan cenado aparte, y los que hayan cenado con los amigos, pero siempre excepto los cuatro jodedores del servicio de noche.

El salón estará muy calentado e iluminado por candelabros de cristal. Todos estarán desnudos: narradoras, esposas, muchachas, muchachos, viejas, jodedores, amigos, todos mezclados, todos tumbados sobre cojines en el suelo, y semejantes a los animales, se cambiarán, se mezclarán, se cometerán incestos y adulterios, se sodomizará y siempre, salvo las desfloraciones, se entregarán a todos los excesos y a todos los desenfrenos que mejor puedan excitar la imaginación. Cuando tengan que efectuarse estas desfloraciones, será el momento de proceder a ellas, y una vez haya sido desflorado un muchachito se podrá gozar de él cuándo y de la manera que se quiera.

A las dos en punto de la madrugada, cesarán las orgías, los cuatro jodedores destinados al servicio de noche, ataviados con elegantes saltos de cama, vendrán a buscar a cada uno de los amigos, el cual se llevará consigo a una de las esposas, o a uno de los muchachos desflorados cuando los haya, o a una narradora, o bien a una vieja para pasar la noche entre ella y su jodedor, y todo a su gusto, pero con la cláusula de someterse a arreglos ingeniosos de los que pueda resultar que cada uno cambie todas las noches o pueda cambiar.

Tal será el orden y acomodo de cada día. Independientemente de esto, cada una de las diecisiete semanas que debe durar la estancia en el castillo será marcada con una fiesta. Primero, se celebrarán matrimonios, cuya fecha y lugar se indicarán. Pero como los primeros de estos matrimonios se efectuarán entre los chiquillos más jóvenes y no podrán consumarse, no dislocarán en nada el orden establecido para las desfloraciones.
Como los matrimonios entre mayores sólo se realizarán después de las desfloraciones, su consumación no perjudicará tampoco nada, ya que, al obrar, sólo gozarán de lo que ya había sido recogido.

Las cuatro viejas responderán de la conducta de los cuatro muchachitos cuando cometan faltas, se quejarán al amigo que esté de turno y se procederá en común a aplicar los castigos, los sábados por la noche, a la hora de las orgías. Se llevará una lista exacta de dichos castigos hasta entonces.

Por lo que respecta a las faltas cometidas por las narradoras recibirán la mitad de castigo que los muchachos, porque su talento sirve y hay que respetar siempre al talento. En cuanto a los castigos de las esposas o de las viejas, serán siempre dobles que los de los muchachos.

Toda persona que se niegue a hacer cosas que se le hayan pedido, aunque se halle en la imposibilidad de hacerlas, será severamente castigada; a ella le toca prever y tomar sus precauciones.

La menor risa o la menor falta de atención o de respeto o sumisión en- las orgías, se considerará como una de las faltas más graves y más cruelmente castigadas.

Todo hombre sorprendido en flagrante delito con una mujer, será castigado con la pérdida de un miembro cuando no haya recibido autorización de gozar de la mujer.

El más pequeño acto religioso por parte de alguien, sea quien sea, será castigado con la muerte.

Se encarece expresamente a los amigos que en las reuniones sólo empleen las palabras más lascivas, más libertinas y las expresiones más soeces, las más fuertes y blasfemas.

El nombre de Dios sólo se pronunciará acompañado siempre de invectivas o imprecaciones, y se repetirá lo más a menudo posible.

En cuanto al tono de voz, será siempre el más brutal, más duro y más imperioso con las mujeres y los muchachos, pero sumiso, puto y depravado con los hombres que los amigos, representando con ellos el papel de mujeres, deben considerar como sus maridos.

Aquel de los señores que falte a todas estas cosas, o que crea tener un adarme de razón y sobre todo quiera pasar un día sin acostarse borracho, pagará diez mil francos de multa.

Cuando un amigo tenga una gran necesidad, una mujer de la clase que él juzgue a propósito lo acompañará, para atender a los cuidados que puedan ser indicados durante este acto.

Ninguno de los sujetos, hombres o mujeres, podrá entregarse a los deberes de limpieza, sean cuales sean, y sobre todo los de después de la necesidad mayor, sin un permiso expreso del amigo que esté de turno, y si se le niega y, a pesar de esto, lo hace, recibirá uno de los más rudos castigos.

Las cuatro esposas no gozarán de ninguna clase de prerrogativas sobre las otras mujeres; al contrario, serán siempre tratadas con más rigor e inhumanidad, y a menudo serán empleadas en los trabajos más viles y penosos, tales como por ejemplo la limpieza de los retretes comunes y particulares de la capilla. Estos retretes serán vaciados cada ocho días, siempre por ellas, y serán castigadas con rigor si se resisten o lo hacen mal.

Si un sujeto cualquiera emprende una evasión durante el tiempo de la reunión, será al instante castigado con la muerte, sea quien fuere.

Las cocineras y sus ayudantes serán respetadas, y cualquiera de los señores que infrinja esta ley pagará mil luises de multa. En cuanto a las multas, su importe será empleado, al regresar a Francia, para los primeros gastos de una nueva partida del tipo de esta o de cualquier otro.


Promulgados estos reglamentos el día 30, el duque pasó la mañana del 31 verificándolo todo; ensayándolo todo y, sobre todo, examinando con cuidado el lugar con el objeto de ver si no era susceptible de ser asaltado o de favorecer alguna evasión.
Una vez hubo comprobado que se requeriría ser pájaro o diablo para salir o entrar de allí, informó al grupo de amigos de su cometido y dedicó la noche del 31 a arengar a las mujeres. Estas se reunieron por orden suyo en el salón de los relatos, y habiendo subido a la tribuna o especie de trono destinado a la narradora, he aquí poco más o menos el discurso que les dirigió:
"Seres débiles y encadenados, únicamente destinados a nuestros placeres, no habréis pensado, creo, que ese dominio tan ridículo como absoluto que se os deja en este mundo os sería concedido en estos lugares. Mil veces más sometidas de lo que lo estarían las esclavas, sólo debéis esperar humillación, y la obediencia debe ser la única virtud que os aconsejo tengáis aquí: es la única que conviene a vuestro estado. No os engañéis confiando en vuestros encantos; demasiado hastiados de tales trampas, fácilmente podéis imaginar que no sería con nosotros con quienes podrían tener éxito dichos cebos. Recordad siempre que nos serviremos de todas vosotras, pero ninguna debe acariciar la idea de poder suscitar en nosotros sentimientos de piedad. Indignados contra los altares que han podido arrancarnos algunos granos de incienso, nuestro orgullo y libertinaje los destruyen en cuanto la ilusión ha satisfecho los sentidos, y el desprecio casi siempre seguido del odio reemplaza inmediatamente en nosotros el prestigio de la imaginación. ¿Qué ofreceréis, por otra parte, que nosotros no sepamos de memoria, qué ofreceréis que no pisoteemos a menudo en el instante del delirio?
"Es inútil que os lo oculte, vuestro trabajo será rudo penoso y riguroso, y las menores faltas serán inmediatamente castigadas con penas corporales y aflictivas. Debo pues recomendaros exactitud, sumisión y una abnegación total para atender sólo a nuestros deseos; que éstas sean vuestras únicas leyes, volad delante de ellos, anticipaos a ellos y suscitadlos. No porque tengáis mucho que ganar con esta conducta, sino más bien porque perderíais mucho si no la observarais.
"Examinad vuestra situación, lo que sois, lo que somos nosotros, y que estas reflexiones os hagan estremecer: os encontráis fuera de Francia, en lo más profundo de un bosque inhabitable, más allá de las escarpadas montañas cuyos pasos han sido destruidos inmediatamente después de haberlas traspuesto. Estáis encerradas en una ciudadela impenetrable, nadie sabe que estáis aquí, alejadas de vuestros amigos y parientes, estáis ya muertas para el mundo, y sólo respiráis para nuestros placeres. ¿Y a qué seres estáis ahora subordinadas? A criminales profundos y reconocidos que no tienen otro dios que su lubricidad, otras leyes que su depravación, otro freno que sus orgías, unos trúhanes sin Dios, sin principios y sin religión, el menos criminal de los cuales ha cometido más infamias que las que podría yo contar, y para quien la vida de una mujer, qué digo de una mujer, de todas las que viven en la superficie del globo, le importa tanto como la destrucción de una mosca. Habrá pocos excesos a los que no nos entreguemos, que ninguno os repugne, ofreceos sin pestañear y oponed a todos la paciencia, la sumisión y el valor. Si desgraciadamente alguna de vosotras sucumbe a la intemperancia de nuestras pasiones, que tome su partido valientemente; no estamos en este mundo para vivir eternamente, y lo mejor que puede ocurrirle a una mujer es morir joven. Se os han leído reglamentos muy sabios y adecuados a vuestra seguridad y a nuestros placeres, obedecedlos ciegamente, y esperad lo peor de nosotros si nos irritáis con una mala conducta. Algunas de vosotras tienen lazos con nosotros, lo sé, que tal vez os enorgullecen, y de los cuales esperáis indulgencia; sería un gran error que confiarais en ellos: ningún lazo es sagrado a los ojos de gente como nosotros, y cuanto más sagrado os parezcan, más excitará la perversidad de nuestras almas el romperlos. Hijas, esposas, es pues a vosotras a quienes me dirijo en estos momentos: no esperéis ninguna prerrogativa de nuestra parte, os advertimos que seréis tratadas incluso con más rigor que las demás, y esto precisamente para haceros ver cuán despreciables son para nosotros los lazos con que tal vez nos creéis atados.
"Por lo demás, no esperéis que os especifiquemos siempre las órdenes que queramos que ejecutéis; un gesto, un guiño, a menudo un simple sentimiento interno nuestro os lo indicará, y seréis tan castigadas por no haberlos adivinado o previsto como si, después de haber sido notificadas, los hubieseis desobedecido. A vosotras os toca comprender nuestros impulsos, nuestras miradas, nuestros gestos, captar la expresión, y sobre todo no engañaros respecto a nuestros deseos; pues, supongamos por ejemplo que este deseo fuese el ver una parte de vuestro cuerpo y que, torpemente, ofrecierais otra, os podéis imaginar hasta qué punto un error de tal índole turbaría nuestra imaginación y todo lo que se arriesga enfriando la cabeza de un libertino que, supongo, sólo esperase un culo para su eyaculación y se le ofreciese, imbécilmente, un coño.
"En general, ofreceos siempre poco por delante, recordad que esta parte infecta que la naturaleza sólo formó desatinadamente, es siempre la que más nos repugna. Y en cuanto a vuestros culos, hay aún precauciones que deben ser tomadas, tanto para al ofrecerlo disimular el antro odioso que lo acompaña como para evitar mostrarnos en ciertos momentos ese culo en el estado en que otra gente desearía siempre encontrarlo; debéis entenderme, y por otra parte recibiréis de las cuatro dueñas instrucciones ulteriores que acabarán de explicarlo todo.
"En una palabra, temblad, adivinad, obedeced, prevenid, y con esto, si no sois muy afortunadas, por lo menos no seréis quizás del todo desgraciadas. Por otra parte, nada de intrigas entre vosotras, ningún vínculo, nada de esa imbécil amistad de las muchachas que, al reblandecer por un lado el corazón, lo hacen por el otro más reacio y menos dispuesto a la sola y simple humillación a que os destinamos; pensad que de ningún modo os consideramos como criaturas humanas, sino únicamente como animales que se alimentan para el servicio que se espera de ellos y que se muelen a golpes cuando se niegan a dicho servicio.
"Habéis visto hasta qué punto se os prohíbe todo lo que puede parecer un acto de religión cualquiera; os prevengo que habrá pocos crímenes más severamente castigados que éste. Sabemos perfectamente que todavía hay entre vosotras algunas imbéciles que no pueden aceptar la idea de abjurar de ese infame Dios y de aborrecer la religión: éstas serán cuidadosamente examinadas, no os lo oculto, y no se ahorrará ningún acto extremo, si, desgraciadamente, son descubiertas en flagrante delito religioso. Que estas tontas criaturas se persuadan, se convenzan de que la existencia de Dios es una locura que no tiene hoy en el mundo más de veinte seguidores, y que la religión que invocan no es más que una fábula ridículamente inventada por bribones cuyo interés en engañarnos es evidente ahora. En una palabra, decidid vosotras mismas: si existiera un Dios, y ese Dios fuese todopoderoso, ¿permitiría que la virtud que lo honra y que profesáis fuese sacrificada, como lo será, al vicio y al libertinaje? ¿Permitiría, ese Dios todopoderoso, que una débil criatura como yo, que ante sus ojos no soy más que una pústula de sarna para un elefante, permitiría, digo, que esta débil criatura lo insultase, lo ultrajara, lo desafiara, se enfrentase a él y lo ofendiera como lo hago cuando quiero en cada instante del día?".
Pronunciado este pequeño sermón, el duque bajó de la cátedra y, excepto las cuatro viejas y las cuatro narradoras que sabían bien que ellas estaban allí más como sacrificadoras y sacerdotisas que como víctimas, excepto estas ocho digo, las otras se deshicieron en lágrimas, y el duque, importándole eso muy poco, las dejó conjeturar, cuchichear y quejarse entre ellas, con la seguridad que las ocho espías le darían buena cuenta de todo, y se fue a pasar la noche con Hercule, uno de la tropa de jodedores que se había convertido en su más íntimo favorito como amante, ya que el pequeño Zéphyr seguía ocupando como querida el primer lugar en su corazón. Debiendo al día siguiente encontrarse las cosas tal como habían sido dispuestas, cada cual se las arregló como pudo para pasar la noche, y en cuanto dieron las diez de la mañana, el escenario del libertinaje se abrió tal como había sido rigurosamente prescrito hasta el día 28 de febrero incluido.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)


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