Prologo de El Libertino

jueves, 16 de junio de 2016




Fui al encuentro de mi pequeña compañera. La operación de Louis había sido realizada y, poco contentas ambas, abandonamos el convento, yo con la casi resolución de no volver más. El tono de Geoffroy había humillado mi pequeño amor propio, y sin profundizar acerca de dónde venía la repugnancia, no me gustaban las repeticiones ni las consecuencias. Sin embargo, estaba escrito en mi destino que tendría aún algunas aventuras en el convento, y el ejemplo de mi hermana, que había tenido, me dijo, enredos con más de catorce, debía convencerme de que no me hallaba al final de mis líos galantes. Me di cuenta de ello tres meses después de esta última aventura ante las solicitudes que me hizo uno de aquellos buenos reverendos, hombre de unos sesenta años. No hubo astucia que no inventara para decidirme a ir a su habitación. Uno tuvo éxito, tanto que una hermosa mañana de domingo, sin saber cómo ni por qué, me encontré en su celda. El viejo disoluto al que llamaban padre Henri, me encerró con él en cuanto me vio entrar y me abrazó de todo corazón.

-   ¡Ah, bribonzuela! -exclamó, transportado de alegría-. Ya te tengo, ya te tengo, esta vez no te escaparás.

Hacía mucho frío; mi naricilla estaba llena de mocos, como sucede a menudo con los niños. Quise sonarme.

-   ¡Oh, no, no! -dijo Henri, oponiéndose seré yo, seré yo el que haga esta operación.

Y, tras tumbarme en la cama con la cabeza un poco inclinada, se sentó cerca de mí y puso mi cabeza sobre sus rodillas. Dijérase que de esta manera devoraba con los ojos esta secreción de mí cerebro.

 -¡Oh, la linda mocosa, cómo la voy a sorber! -decía, medio desmayado. Inclinándose entonces sobre mi cabeza, y metiendo toda mi nariz en su boca, no solamente devoró todos los mocos con los que yo estaba cubierta, sino que también lanzó lúbricamente la punta de su lengua dentro de los agujeros de mi nariz alternativamente y con tanto arte que provocó dos o tres estornudos que redoblaron el chorreo que deseaba y devoraba con tanto apremio. Pero de éste, señores, no me pidáis más detalles, pues nada vi, y sea que no hizo nada o se lo hizo en sus calzones, el caso es que nada advertí, y en la multitud de sus besos y sus lamidas nada delató un éxtasis más intenso, cosa que me hace creer que no eyaculó. No fui arremangada más, ni siquiera sus manos se extraviaron, y os aseguro que la fantasía de aquel viejo libertino podría ejercer con la muchacha más honrada y más ignorante sin que ella pudiera sospechar la menor lubricidad.

No ocurría lo mismo con aquel que la casualidad me ofreció el mismo día en que cumplí nueve años. El padre Etienne, tal era el nombre del libertino, había dicho ya a mi hermana varias veces que me condujera hasta él, y ella había insistido para que yo fuera a verlo, pero sin querer acompañarme, por miedo de que nuestra madre, que ya sospechaba algo, no se enterara cuando yo me hallase cara a cara con él, en un rincón de la iglesia, cerca de la sacristía. El libertino se lo tomó con tantas ganas y empleó razones tan persuasivas que no tuvo que arrastrarme por la oreja. El padre Etienne era un hombre de unos cuarenta años, de tez fresca, gallardo y vigoroso. Apenas nos encontramos en su habitación me preguntó si sabía menear un pito.

-   ¡Ay! -le contesté, ruborizándome-. No sé siquiera qué quiere usted decir.

-   ¡Y bien!, voy a enseñártelo, pequeña -me dijo, besándome de todo corazón en la boca y en los ojos-. Mi único placer consiste en enseñar a las chiquillas, y las lecciones que les doy son tan excelentes que no las olvidan nunca. Empieza por aflojarte las faldas, porque si te enseño cómo hay que dar placer es justo que te enseñe al mismo tiempo qué debes hacer para recibirlo, y es necesario que nada nos estorbe para esta lección. ¡Vamos, empecemos por ti! Lo que ves aquí -me dijo, poniéndome mi mano sobre el pubis-' se llama un coño, y he aquí lo que debes hacer para proporcionarte unos cosquilleos deliciosos. Hay que frotar ligeramente con un dedo esta pequeña elevación que sientes aquí Y que se llama el clítoris.


Y luego, haciéndome actuar:

-Es así, pequeña, mientras una de tus manos trabaja aquí, un dedo de la otra debe introducirse imperceptiblemente en esta deliciosa hendidura...

Y colocándome la mano:

-Eso es, si... ¡Y bien!, ¿no sientes nada? -continuó mientras hacía que ejecutase su lección.

-No, padre, se lo aseguro -contesté con inocencia.

-               ¡Vaya! señorita, es que debes ser todavía demasiado joven, pero dentro de un par de años ya verás el placer que te causará esto.

-               ¡Espere! -le dije-. Creo que siento algo.

Y frotaba tanto como podía en los lugares que me había dicho... Efectivamente, algunas leves titilaciones voluptuosas acababan de convencerme de que la receta no era una quimera, y el gran uso que hice después de este caritativo método ha acabado de convencerme más de una vez de la habilidad de mi maestro.

-Ahora me toca a mí -me dijo Etienne-, pues tus placeres excitan mis sentidos, y es preciso que yo los comparta, angel mío. Toma -me dijo, haciéndome empuñar un instrumento tan monstruoso que mis dos pequeñas manos apenas podían rodearlo-, toma, hija mía, esto se llama un pito y este movimiento -continuó diciendo, al tiempo que hacía mover mi puño con rápidas sacudidas-, este movimiento se llama menear. Así, pues, en esos momentos, me estás meneando el pito. ¡Vamos, hija mía, vamos, menea con todas tus fuerzas! Cuanto más rápidos y fuertes sean tus movimientos, más apresurarás el instante de mi embriaguez. Pero fíjate en una cosa esencial -añadió, dirigiendo siempre mis sacudidas-, procura que la cabeza esté siempre descubierta. No la cubras nunca con esta piel que llamamos el prepucio; si el prepucio recubriera esta parte que llamamos el glande, todo mi placer desaparecería. ¡Vamos, pequeña -añadió mi maestro-, deja que yo haga contigo lo que tú haces conmigo.

Y arrimándose a mi pecho mientras decía esto, en tanto yo seguía meneándosela, colocó sus dos manos tan hábilmente, movió sus dedos con tanto arte, que el placer hizo finalmente presa en mí, y es a él a quien debo en verdad la primera lección. Entonces, como la cabeza empezó a darme vueltas, interrumpí mi faena, y el reverendo, que no había terminado, consintió en renunciar un instante a su placer para ocuparse sólo del mío; y cuando me lo hubo hecho conocer completamente, me hizo volver a la tarea que mi éxtasis me había obligado a interrumpir, y me recomendó encarecidamente que no me distrajera y que sólo me ocupase de él. Lo hice con toda mi alma. Era justo: le debía cierto agradecimiento. Efectuaba yo mi trabajo con tan buena voluntad y cumplía tan bien todo lo que me ordenaba, que el monstruo vencido por los meneos vomitó finalmente toda su rabia y me cubrió con su veneno. Etienne entonces pareció transportado por el delirio más voluptuoso; besaba mi boca con ardor, me manoseaba el coño y el extravío de sus frases anunciaba todavía mejor su desorden. Las "f..." y las "b..." unidas a las más cariñosas palabras caracterizaban este delirio que duró mucho tiempo, y del que el galante Etienne, muy diferente de su cofrade el tragador de orina, sólo salió para decirme que era encantadora y para rogarme que volviera a verlo, y que me trataría siempre como iba a hacerlo: deslizándome un escudo en la mano, me acompañó hasta el lugar donde nos habíamos encontrado y me dejó, maravillada y encantada de una nueva buena suerte que, al reconciliarme con el convento, me hizo tomar la resolución de regresar a menudo desde entonces, persuadida de que, a medida que creciera, más agradables aventuras me esperaban. Pero no era ese mi destino; acontecimientos más importantes me esperaban en un nuevo mundo, y al regresar a casa me enteré de unas noticias que turbaron pronto la embriaguez que me había producido mi última historia.

Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)

(Continuará...)


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