Prologo de El Libertino

domingo, 26 de junio de 2016




Hacía tres días que mi madre no había aparecido por la casa, cuando su marido,
inquieto más por sus efectos y su dinero que por la criatura, decidió entrar en su habitación, donde tenían la costumbre de guardar todo lo más precioso, ¡pero cuál no fue su asombro cuando en vez de encontrar lo que buscaba halló sólo un billete de mi madre en el que le decía que se resignara a su pérdida, porque habiéndose decidido a separarse de él para siempre, y careciendo de dinero, le había sido necesario coger todo lo que se llevaba! En cuanto al resto, sólo él y los malos tratos que le había dado tenían la culpa, si lo abandonaba, y que le dejaba las dos hijas, que bien valían lo que se llevaba. Pero el buen hombre estaba lejos de considerar que lo uno valiese como lo otro, y nos despidió graciosamente, rogándonos que no durmiéramos en la casa, prueba cierta de que discrepaba con mi madre.
Bastante poco afligidas por una situación que nos dejaba en plena libertad, a mi hermana y a mí, para entregarnos tranquilamente a un género de vida que empezaba a gustamos, sólo pensamos en llevarnos nuestras escasas pertenencias y en despedirnos de nuestro querido padrastro que había tenido a bien dárnoslas. Mientras decidíamos lo que debíamos hacer, nos alojamos mi hermana y yo en una pequeña habitación de los alrededores. Allí lo primero que hicimos fue preguntarnos acerca de la suerte de nuestra madre. Teníamos la seguridad de que se encontraba en el convento, decidida a vivir secretamente en la celda de algún padre, o haciéndose mantener en algún rincón de las cercanías, cosa que no nos preocupaba demasiado, cuando un hermano del convento nos trajo un billete que hizo cambiar nuestras conjeturas. Dicho billete decía en sustancia que lo mejor que nos podía aconsejar era que fuésemos al convento en cuanto anocheciera, a la celda del padre guardián, el mismo que escribía el billete; que él nos esperaría en la iglesia hasta las diez de la noche y nos conduciría al lugar donde se encontraba nuestra madre, cuya felicidad actual y calma nos haría compartir gustosamente. Nos exhortaba vivamente a que no faltásemos a la cita y, sobre todo, a ocultar nuestros movimientos con gran cuidado; porque era esencial que nuestro padrastro no se enterase de nada, en bien de nuestra madre y de nosotras mismas.
Mi hermana, que a la sazón había cumplido quince años y que, por consiguiente, tenía más vivacidad y razonaba más que yo, que sólo tenía entonces nueve, después de haber despedido al Portador del billete y contestado que reflexionaría sobre el asunto arriba, no dejó de extrañarse de todas aquellas maniobras.

-Françon -me dijo-, no vayamos. Hay gato encerrado en todo esto. Si esta proposición fuese franca, ¿por qué mi madre no hubiera escrito ella misma un billete junto a éste o al menos no lo hubiera firmado? ¿Y con quién podría estar en el convento, mi madre? El padre Adrien, su mejor amigo, no está allí desde hace tres años, más o menos. Desde entonces, ella no va al convento, más que de paso, y no tiene ningún asunto allí. ¿Por qué azar hubiera buscado ella este retiro? El padre guardián no es ni ha sido nunca su amante. Sé que ella lo ha divertido dos o tres veces, pero no se trata de un hombre capaz de liarse con una mujer sólo por eso, porque es inconstante y hasta brutal con las mujeres una vez que se le ha pasado el capricho. Por lo tanto, ¿a qué viene que ahora muestre tanto interés por nuestra madre? Te digo que hay gato encerrado en este asunto. Nunca me ha gustado ese viejo guardián; es malo, duro y brutal. Una vez me atrajo a su habitación, donde estaba con tres más, y después de lo que me sucedió allí, juré no volver a poner los pies en su celda. Créeme, dejemos ahí todos esos monjes bribones. No quiero ocultarte más tiempo, Françon, que tengo una conocida, me atrevo a decir una buena amiga. Se llama Mme Guérin, hace dos años que la trato, y desde entonces no ha transcurrido una semana sin que me hiciese participar en una buena juerga. Pero no juergas de doce miserables monedas como las del convento; no hay una sola que no me haya reportado tres escudos por lo menos. Mira, aquí tienes una prueba de ello prosiguió mi hermana mostrándome una bolsa que contenía por lo menos diez luises-; como puedes advertir, tengo de qué vivir. Y bien, si quieres seguir mi consejo, haz como yo. La Guérin te recibirá, no te quepa la menor duda, te vio hace ocho días, cuando vino a buscarme para una juerga, y me ha encargado que te lo propusiese también y que por muy joven que fueses ella siempre hallaría dónde colocarte. Haz como yo, te digo, y pronto nos veremos libres de apuros. Por lo demás, es todo lo que puedo decirte, pues, excepto esta noche que pagaré tus, gastos, no cuentes más conmigo, pequeña. Cada cual para sí, en este mundo. He ganado esto con mi cuerpo y mis dedos, haz tú lo mismo. Y si el pudor te lo impide, vete al diablo, y sobre todo no vengas a buscarme, porque después de lo que acabo de decirte, si te viera morir de sed, no te daría un vaso de agua. Por lo que respecta a mi madre, muy lejos de estar enojada por la suerte que haya corrido, sea cual sea, te diré que me regocijo de ello, y que mi único deseo es que la muy puta se encuentre tan lejos que no la vuelva a ver nunca. Sé hasta qué punto ella me perjudicó en mi oficio, y todos los hermosos consejos que me daba mientras, la muy ramera se comportaba tres veces peor. Amiga mía, que el diablo se la lleve y sobre todo que no la traiga, eso es todo lo que le deseo.

No teniendo, en verdad, el corazón más tierno ni mejor alma que mi hermana, aprobaba sinceramente todas las invectivas con que ella llenó a esa excelente madre, y, tras agradecer a mi hermana el conocimiento que me proporcionaba, le prometí seguirla a casa de aquella mujer y, una vez adoptada, dejar de serle una carga. Como mi hermana, me negaba a ir al convento.
-Si efectivamente ella es feliz, tanto mejor -dije-; en tal caso, nosotras podremos serlo por nuestro lado, sin necesidad de compartir su suerte. Y si se trata de una trampa que se nos tiende, es necesario evitar caer en ella.
Después de eso mi hermana me abrazó.

- ¡Vaya! -dijo-. Veo ahora que eres una buena chica. Bien, bien, ten la seguridad de que haremos fortuna. Yo soy linda y tú también, ganaremos lo que se nos antoje, amiga mía. Pero es necesario no atarse, no lo olvides. Hoy uno, mañana otro, es preciso ser puta, niña mía, puta en el alma y en el corazón. En cuanto a mí -continuó diciendo-, lo soy tanto, puedes verlo ahora, que no hay confesión, sacerdote, consejo ni representación que puedan apartarme del vicio. Estaría dispuesta, rediós, a mostrar mi culo en la plaza del mercado con tanta tranquilidad como me bebo un vaso de vino. Imítame, Françon, complaciéndolos, una saca todo lo que quiere de los hombres; el oficio es un poco duro al principio, pero una se hace a ello. Hay tantos hombres como gustos. Primero, hay que ser capaz de cualquier cosa, uno quiere una cosa, otro quiere otra. Pero ¿qué importa? Una está allí para obedecer y someterse, enseguida se acaba, y queda el dinero.

Yo me sentía turbada, lo confieso, al escuchar palabras tan licenciosas en la boca de una muchacha tan joven y que siempre me había parecido tan decente. Pero como mi corazón compartía su sentido, no tardé en decirle que estaba no solamente dispuesta a imitarla en todo, sino hasta en portarme peor que ella, si era necesario. Encantada conmigo, mi hermana me abrazó de nuevo, y como empezaba a ser tarde mandamos a buscar una pularda y buen vino, cenamos y dormimos juntas, decididas a ir al día siguiente por la mañana a casa de la Guérin para rogarle que nos recibiera como pupilas.
Fue durante la mencionada cena cuando mi hermana me enseñó todo lo que yo ignoraba todavía acerca del libertinaje. Se me exhibió completamente desnuda, y puedo asegurar que era una de las más bellas criaturas que había entonces en París. Hermosa piel, una gordura agradable y, a pesar de esto, el talle más esbelto e interesante, los más bellos ojos azules y todo el resto digno de lo mencionado. Me enteré también del tiempo que hacía que la Guérin se había fijado en aquellos atractivos y del placer con que se la ofrecía a sus clientes, quienes, jamás cansados de ella, la volvían a pedir una y otra vez. Al meternos en la cama caímos en la cuenta de que nos habíamos olvidado de dar una respuesta al padre guardián, quien seguramente se enojaría por nuestra negligencia y a quien era preciso tratar con miramientos mientras estuviésemos en el barrio. ¿Pero cómo reparar aquel olvido? Ya eran más de las once, y decidimos dejar las cosas tal como estaban.
Al parecer, la aventura le interesaba mucho al guardián, por lo que es de creer que trabajaba más para él que para la pretendida felicidad de que nos hablaba, porque apenas dieron las doce llamaron con suavidad a nuestra puerta. Era el padre guardián en persona; nos esperaba, dijo, desde hacía dos horas, y por lo menos hubiéramos podido hacerle llegar una respuesta, y tras haberse sentado en nuestra cama, nos dijo que nuestra madre había decidido pasar el resto de sus días en un pequeño aposento secreto que tenían en el convento y donde le daban la mejor comida del mundo, amenizada con la compañía de los grandes personajes de la casa que solían pasar la mitad del día con ella y con otra mujer joven, compañera de mi madre; que sólo dependía de nosotras aumentar el número, pero como éramos demasiado jóvenes para establecernos, él nos tomaría sólo por tres años, al cabo de los cuales, juraba que nos devolvería nuestra libertad y mil escudos a cada una; que nuestra madre le había encargado que nos dijera que le causaríamos un gran placer si íbamos a compartir su soledad.

-Padre -le contestó descaradamente mi hermana-, le agradecemos su proposición. Pero a nuestra edad no tenemos ningún deseo de encerramos en un claustro para convertirnos en putas de sacerdotes, ya lo hemos sido demasiado.

El guardián insistió en sus proposiciones, y lo hizo con un fuego que demostraba bien a las claras hasta qué punto deseaba lograr sus propósitos. Advirtiendo al fin que no se salía con la suya, dijo lanzándose casi furiosamente, sobre mi hermana.

-Y bien, puta, satisfáceme pues una vez más por lo menos, antes que me vaya.

Y, tras haberse desabrochado sus calzones, montó encima de mi hermana, quien no opuso ninguna resistencia, convencida de que si satisfacía su necesidad se desembarazaría de él más pronto. Y el libertino, sujetándola debajo de sus rodillas, agitó un instrumento duro y bastante grueso a unos centímetros de la cara de mi hermana.

- ¡Linda cara -exclamó-, linda carita de puta, cómo voy a inundarte de leche, ah, rediós!

Y al cabo de unos instantes las esclusas se abrieron, el esperma eyaculó y todo el rostro de mi hermana, principalmente la nariz y la boca se encontraron cubiertos por las pruebas del libertinaje de nuestro hombre, cuya pasión no hubiera sido satisfecha de un modo tan barato si su proyecto hubiese tenido éxito. El religioso, más calmado, sólo pensó ya en marcharse, y después de habernos arrojado un escudo sobre la mesa, y encendido de nuevo su linterna, dijo:

-Sois unas pequeñas imbéciles, sois unas pequeñas tiparracas. Dejáis escapar vuestra fortuna. ¡Que el cielo os castigue haciéndoos caer en la miseria y tenga yo el placer de veros hundidas en ella como venganza, esos son mis últimos deseos!

Mi hermana, que se limpiaba la cara, le devolvió todas sus tonterías, y cuando la puerta volvió a cerrarse para no abrirse ya hasta la mañana siguiente, pasamos al menos el resto de la noche tranquilas.

-Lo que has visto -me dijo mi hermana- es una de sus pasiones favoritas. Le gusta con locura descargar sobre la cara de las muchachas. Si se limitara a ello, bueno..., pero el bribón tiene otros gustos y tan peligrosos que temo...

Pero mi hermana, vencida por el sueño, se durmió antes de acabar la frase, y como el día siguiente nos trajo otras aventuras, dejamos de pensar en aquélla.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)


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