Prologo de El Libertino

viernes, 10 de junio de 2016




No es poca cosa, señores, presentarse ante un círculo como el vuestro. Acostumbrados a todo lo que las letras producen de más fino y delicado, ¿cómo podréis soportar el relato informe y burdo de una desgraciada criatura como yo, que nunca ha recibido otra educación que la que el libertinaje me ha dado? Pero vuestra indulgencia me tranquiliza; no exigís más que la naturalidad y la verdad, y a título de esto me atreveré a aspirar a vuestros elogios.
Mi madre tenía veinticinco años cuando me trajo al mundo, y era yo su segundo hijo; el primero era una niña que tenía seis años más que yo. Su nacimiento no era ilustre. Era huérfana de padre y madre, lo fue desde muy pequeña, y como sus padres vivían cerca de los Recoletos de París, cuando se vio abandonada y sin ningún recurso, obtuvo de esos buenos padres el permiso de ir a pedir limosna en su iglesia. Pero como era tierna y joven, pronto fue advertida y, poco a poco, de la iglesia subió a las habitaciones de donde pronto descendió embarazada. A tales aventuras debió el ser mi hermana, y es muy verosímil que mi nacimiento no tuviese otro origen.
Sin embargo los buenos padres, contentos con la docilidad de mi madre y viendo como ella fructificaba para la comunidad, la recompensaron por sus trabajos concediéndole el alquiler de las sillas de su iglesia; colocación que mi madre obtuvo después que, con el permiso de los padres, se casó con el aguador de la casa, el cual nos adoptó inmediatamente a mi hermana y a mí y sin la más leve repugnancia.
Nacida en la iglesia, yo vivía, por decirlo así, más bien en ella que en nuestra casa; ayudaba a mi madre a colocar las sillas, secundaba a los sacristanes en sus diferentes faenas, hubiera ayudado a decir misa si hubiese sido necesario, aunque sólo había cumplido cinco años.
Un día que yo volvía de mis santas ocupaciones, mi hermana me preguntó si no había encontrado aún al padre Laurent... 

-No -le contesté.

- ¡Y bien! -me dijo-, te acecha, lo sé, quiere que veas lo que me ha mostrado. No huyas de él, míralo sin asustarte, no te tocará, pero te hará ver algo muy divertido, y si le dejas hacer te recompensará generosamente. Somos quince, de aquí y de los alrededores, a quienes él les ha mostrado la cosa. Es su único placer y nos ha dado regalos a todas.

Ya comprenderéis, señores, que no era necesario más, no solamente para no huir del padre Laurent, sino incluso para buscarlo; el pudor habla en voz muy queda a la edad que yo tenía a la sazón, ¿y su silencio al salir de las manos de la naturaleza no era una prueba evidente de que ese sentimiento ficticio se relaciona mucho menos con esta primera madre que con la educación? Volé al punto hacia la iglesia y al atravesar un pequeño patio que se encontraba entre el portal de la iglesia, del lado del convento, y el convento, me topé de narices con el padre Laurent. Era un religioso de unos cuarenta años de edad, de hermoso rostro. Me para.

-¿A dónde vas, Françon? -me dice.

-A colocar las sillas, padre.

-Bueno, bueno, ya las colocará tu madre. Ven, ven a este cuarto -me dijo, atrayéndome hacia un lugar retirado-, te haré ver algo que no has visto nunca.

Lo sigo, cierra la puerta tras nosotros y, colocándome delante de él:

-Mira, Françon -me dice, sacándose de sus calzones un pito monstruoso que pensé que me haría caer de terror-, mira, niña -continuó diciendo, meneándosela-, ¿has visto nunca algo semejante a esto.., a esto que se llama un pito, pequeña, sí, un pito... y sirve para joder, y lo que verás correr ahora es la simiente con que tú estás hecha. Se la he mostrado a tu hermana y se la muestro a todas las chiquillas de tu edad... Tráeme chiquillas, tráeme, haz como tú hermana que me ha traído más de veinte... Les mostraré mi pito y les lanzaré mi semen a la cara... Esta es mi pasión, hija mía, no tengo otra... y ahora lo verás.

Un instante después me sentí completamente cubierta de un rocío blanco que me manchó por entero y del cual algunas gotas me saltaron a los ojos, porque mi cabecita se encontraba justo a la altura de los botones de su calzón. Sin embargo, Laurent, gesticulando, exclamaba: - ¡Ah, el hermoso semen... el hermoso semen que pierdo! Te he cubierto con él. Y luego, calmándose poco a poco, metióse su instrumento en su lugar, tranquilamente, y se marchó, después de deslizarme una docena de monedas en la mano al tiempo que me recomendaba que la trajera a algunas de mis pequeñas compañeras.
Me apresuré, como podéis imaginar fácilmente, a ir a contar a mi hermana todo lo ocurrido, que me limpió por todas partes con gran cuidado para que nadie se diera cuenta de nada y como era ella la que me había conseguido esta bonita fortuna, me pidió la mitad de mi ganancia. Con la enseñanza de este ejemplo, y de la ganancia compartida, no dejé de buscar todas las niñas pequeñas que pude para el padre Laurent. Pero habiéndole traído una que ya conocía la rechazó, tras darme tres monedas; para alentarme.

-Nunca las veo dos veces, hija mía -me dijo-. Tráeme niñas que no conozca, nunca las que te digan que han estado aquí conmigo.

Tuve más cuidado; en tres meses le hice conocer más de veinte chiquillas, con la cuales el padre Laurent empleó, para su placer, los mismos procedimientos que había usado conmigo. Con la condición de escogerlas desconocidas, cumplí otra, respecto a su edad, que me había recomendado infinitamente: era necesario que no tuvieran menos de cuatro años ni más de siete. Y mi pequeña fortuna iba creciendo, cuando mi hermana, al advertir que marchaba sobre sus pasos, me amenazó con que se lo contaría todo a mi madre si no abandonaba mi bonito negocio, y así dejé al padre Laurent.
Sin embargo, como mis funciones me llevaban siempre a los alrededores del convento, el mismo día de mi séptimo cumpleaños, me topé con un nuevo amante cuya manía, aunque muy infantil, era sin embargo un poco más seria. Este se llamaba el padre Louis, era más viejo que Laurent y tenía un no sé qué de más libertino. Me pescó en la puerta de la iglesia y me hizo subir a su habitación. Al principio, opuse alguna resistencia, pero habiéndome asegurado que mi hermana, hacía tres años, había subido a su cuarto, y que todos los días recibía a muchachitas de mi edad, lo seguí. Apenas llegamos a su celda, cerró la puerta, y vertiendo jarabe en una taza, me hizo beber tres grandes vasos seguidos. Efectuado este preparativo, el reverendo, más cariñoso que su cofrade, se puso a besarme y, bromeando, desató mis faldas y, levantándome la camisa sobre mi corpiño, a pesar de mi breve defensa, se apoderó de todas mis partes delanteras que acababa de poner al descubierto, y tras haberlas manoseado y examinado, me preguntó si no tenía ganas de orinar. Singularmente excitada a esta necesidad por la gran dosis de bebida que acababa de hacerme tragar, le aseguré que sí tenía muchas ganas, pero que no quería hacerlo delante de él.

- ¡Oh, joder, sí bribonzuela! -exclamó el libertino-. ¡Oh, joder sí que lo harás delante de mí, y lo que es peor, sobre mí! Y sacándose la verga, añadió: -Mira, éste es el instrumento que inundarás, tienes que mear encima.

Entonces, cogiéndome y colocándome entre dos sillas, con una pierna sobre una de ellas y lo más separadas que pudo, me dijo que me agachara. Cuando me tuvo en esta actitud, colocó un orinal debajo de mí, sentóse en un pequeño taburete a la altura del orinal, con su miembro en la mano y rozando mi coño. Una de sus manos sostenía mis caderas y con la otra se la meneaba, y como por esta postura mi boca se hallaba paralela a la suya, la besaba.

- ¡Vamos, pequeña, mea! -me dijo-. Inunda ahora mi pito con ese bello licor cuya tibia salida tanto poder tiene sobre mis sentidos. ¡Mea corazón, mea y trata de inundar mi semen!

Louis se animaba, se excitaba, era fácil ver que esta operación singular era la que mejor halagaba sus sentidos; el más dulce éxtasis vino a coronarlo en el momento en que las aguas con que había llenado mi estómago surgieron en abundancia, y llenamos, ambos a la vez, el mismo orinal, él de esperma y yo de orina. Terminada la operación, Louis me endilgó casi el mismo discurso que Laurent, quería hacer una alcahueta de su pequeña puta, y aquella vez, preocupándome un poco de las amenazas de mi hermana, proporcioné a Louis, audazmente, todas las niñas que conocía. Hizo hacer la misma cosa a todas, y como las volvía a ver dos o tres veces sin inconvenientes, y me pagaba aparte, independientemente de lo que sacaba de mis compañeras, antes de seis meses me vi en posesión de una pequeña suma de la que gozaba yo sola, con la única precaución de ocultarme de mi hermana.

-Duclos -interrumpió aquí el presidente-, ¿no se te ha prevenido que es necesario, en tus relatos, que proporciones toda clase de detalles, pues no podemos juzgar sobre la relación que la pasión que narras guarda con las costumbres y el carácter del hombre a no ser que no disfraces ninguna circunstancia, ya que los menores detalles sirven infinitamente a lo que esperamos de tus narraciones para la irritación de nuestros sentidos?

-Sí, monseñor -contestó la Duclos-, se me ha prevenido que no olvide ningún detalle y que mencione los más mínimos pormenores siempre que puedan servir para arrojar luz sobre los caracteres o la clase social. ¿He cometido alguna omisión de esta clase?

-Sí -dijo el presidente-. No tengo ninguna idea acerca del pito de tu segundo recoleto, ni ninguna acerca de su eyaculación. Por otra parte, ¿te acarició el coño y lo tocó con su pito? Ya ves, ¡cuantos detalles olvidados!

-Perdón -dijo la Duclos-, voy a reparar mis faltas actuales y a estar más atenta en lo sucesivo. El padre Louis tenía un miembro muy corriente, más largo que grueso y, en general, sin nada de particular; recuerdo que se empalmaba con dificultad y que cobraba cierta consistencia sólo en el momento de la crisis. No me refregó el coño, se contentó con abrirlo lo más que pudo con sus dedos, para que la orina saliese más fácilmente. Le acercó su pito dos o tres veces, y su descarga fue muy cerrada, corta y sin otros desvaríos que los siguientes: " ¡Ah, joder, mea pues, hija mía, mea pues, hermosa fuente, mea pues, mea pues... ¿No ves que ya descargo?" Y entremezclaba todo esto con besos sobre mi boca que no tenían nada de libertino.

-Eso es, Duclos --dijo Durcet-, el presidente tenía razón; no podía imaginar nada con el primer relato, pero ahora concibo perfectamente al tipo.

-¡Un momento, Duclos! -dijo el obispo, viendo que ella se disponía a continuar el relato-. En cuanto a mí, tengo una necesidad un poco más viva que la de mear, y siento, desde hace un rato, que esto aprieta y que es necesario que eso salga.

Y al mismo tiempo atrajo hacia él a Narcisse. El fuego salía de los ojos del prelado, su pito se había pegado a su vientre, espumaba, era un semen contenido que quería salir y sólo podía lograrlo por medios violentos. Arrastró a su sobrina y al muchachito al gabinete. Todo se detuvo. Una descarga estaba consideraba como algo demasiado importante para que no se suspendiese todo en el momento en que se quería lograrla, y para que no ocurriera todo con objeto de que se efectuase deliciosamente. Pero esta vez la naturaleza no respondió a los deseos del prelado, y algunos minutos después de haberse encerrado, en el gabinete, salió de él furioso, en el mismo estado de erección, y dirigiéndose a Durcet, que estaba de turno:

-Me tendrás a ese bribón castigado el sábado -le dijo, empujando violentamente al muchacho lejos de sí-, y que el castigo sea severo, te lo ruego.

Se comprendió bien entonces que el muchacho no había podido satisfacerlo, y Julie fue a contar a su padre, en voz baja, lo que había ocurrido.

-   ¡Y! ¡Toma otro, pardiez! -le dijo el duque-. Escoge a uno de nuestras cuadrillas, si el tuyo no te satisface.

- ¡Oh! Mi satisfacción, ahora, estaría muy alejada de lo que deseaba hace un rato. --dijo el prelado-. Tú sabes a donde nos conduce un deseo frustrado; prefiero contenerme, pero que no traten con miramientos a ese bribón, es todo lo que recomiendo...

-  ¡Oh! Te garantizo que será reprendido -dijo Durcet-. Es bueno que el primero sirva de ejemplo a los demás. Me molesta verte en este estado; ensaya otra cosa, hazte joder.

-Monseñor -dijo la Martaine-, me siento en condiciones de satisfaceros, y si su grandeza quisiera...

¡Oh, no, no, pardiez! -contestó el obispo-. ¿Acaso no sabéis que hay ocasiones en que no se desea un culo de mujer? Esperaré, esperaré..., que la Duclos prosiga; ya descargaré esta noche, con uno que sea de mi gusto. Prosigue, Duclos.

Y una vez que los amigos hubieron reído la franqueza libertina del obispo, "Hay ocasiones en que no se desea un culo de mujer", La narradora prosiguió el relato así:

Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)




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