Prologo de El Libertino

martes, 28 de junio de 2016




Por la mañana nos levantamos y, tras habernos arreglado bien, nos dirigimos a casa de la señora Guérin. Esta heroína vivía en la calle Soli, en un apartamento muy limpio del primer piso, que compartía con seis señoritas entre dieciséis y veintidós años, todas muy lozanas y lindas. Permitidme, señores, que no os las describa más que a medida que sea necesario. La Guérin, encantada del proyecto que había conducido a mi hermana a su casa después que hacía tanto que la deseaba, nos recibió y alojó a ambas con gran placer.

-Aunque es muy joven -le dijo mi hermana, señalándome-, le servirá bien, se lo aseguro. Es dulce, gentil, tiene buen carácter y un alma decididamente inclinada al puterío. Tiene usted muchos disolutos entre sus amistades que desean niñas, he aquí una que corresponde a lo que necesitan... empléela.

La Guérin, volviéndose hacia mí, me preguntó entonces si estaba decidida a todo.

-Sí, señora -le contesté, en un tono ligeramente descarado que le gustó-, a todo para ganar dinero.

Fuimos presentadas a nuestras nuevas compañeras, que ya conocían a mi hermana y que por amistad le prometieron que cuidarían de mí. Luego cenamos todas juntas, y en una palabra así fue, señores, mi primera instalación en el burdel.
No transcurrió mucho tiempo sin que empezara mi práctica en él: aquella misma noche llegó un viejo comerciante envuelto en una capa con quien la Guérin me emparejó para mi estreno.

- ¡Oh! A propósito, -dijo la Guérin presentándome al viejo libertino-, las queréis sin pelo, señor Duelos, le aseguro que ésta no tiene ni uno.

-En efecto -contestó el viejo original, contemplándome. Parece muy niña. ¿Cuántos años tienes, pequeña?

 -Nueve, señor.

-¡Nueve años!... Bien, bien, señora Guérin, usted sabe que son así como las quiero. Y más jóvenes aún, si usted las tuviera. Las tomaría pardiez, recién destetadas.

Y la Guérin, tras retirarse, riéndose de la expresión, nos dejó solos. Entonces el viejo libertino, acercándose, me besó dos o tres veces en la boca. Acompañando una de mis manos con la suya, hizo que sacara de su bragueta su verga no muy empalmada y, actuando constantemente sin hablar demasiado, me desabrochó las faldas, me acostó en el canapé, me subió la camisa hasta el pecho y, montando sobre mis dos muslos, que había abierto completamente, con una mano me entreabría el coño todo lo que podía, mientras con la otra se la meneaba con todas sus fuerzas. "El lindo pajarito", decía, agitándose y suspirando de placer. "Cómo lo domesticaría si aún pudiera, pero ya no puedo; por más que hiciera, ni en cuatro años se endurecería este bribón de pito. Ábrete, ábrete, pequeña, separa bien los muslos." Y al cabo de un cuarto de hora, por fin, advertí que el hombre suspiraba más hondamente. Algunos " ¡rediós! " añadieron cierta energía a sus expresiones y sentí los bordes de mi coño inundados del esperma cálido y espumoso que, como el bribón no podía lanzar dentro, se esforzaba en hacerlo penetrar dentro con los dedos.
Hecho esto, partió como un rayo, y todavía me encontraba ocupada en limpiarme cuando mi galán abría ya la puerta de la calle. Este fue el principio, señores, que me valió el nombre de Duelos. Era costumbre en aquella casa que cada pupila adoptase el nombre del primer hombre que la ocupaba, y yo me sometía tal uso.

-¡Un momento! -dijo el duque-. No he querido interrumpir hasta que no hubiese una pausa, pero ya que has hecho una, explícame un poco dos cosas: primera, si tuviste noticias de tu madre o si jamás supiste lo que fue de ella; segunda, dime si las causas de la antipatía que os inspiraba a tu hermana y a ti eran naturales o tenían una causa. Esto tiene relación con la historia del corazón humano, a lo que nos dedicamos de una manera particular.

-Monseñor -contestó la Duelos-, ni mi hermana ni yo tuvimos nunca la menor noticia de esa mujer.

-Bien -dijo el duque-. En ese caso está claro, ¿no es verdad Durcet?

-Sin la menor duda -contestó el financiero-. Y tuvisteis suerte en no caer en la trampa, porque no hubierais regresado jamás.

- ¡Es inaudito -dijo Curval-, cómo se propaga esta manía!

-Es que es muy deliciosa, a fe mía --lijo el obispo.

-¿Y el segundo punto? -preguntó el duque, dirigiéndose a la narradora.

-El segundo punto, monseñor, es decir, el motivo de nuestra antipatía, difícilmente a fe mía sería capaz de explicarla, pero era tan violenta en nuestros dos corazones que nos confesamos una a otra que hubiéramos sido capaces de envenenarla en el caso de no poder llegar a desembarazarnos de ella de otro modo. Nuestra aversión era completa, y como ella no daba ningún motivo para ello, lo más verosímil es pensar que este sentimiento era obra de la naturaleza.

-¿Y quién lo duda? -dijo el duque-. Cada día vemos que la naturaleza nos inspira la inclinación más violenta hacia lo que los hombres llaman crimen, y aunque la hubieseis envenenado veinte veces, esta acción dentro de vosotras sólo hubiera sido el resultado de esa inclinación que ella os inspiraba hacia el crimen, inclinación que cobraba en vosotras la forma de una invencible antipatía. Es una locura imaginar que debamos nada a nuestras madres. ¿Y sobre qué se fundaría nuestro agradecimiento?: ¿Sobre lo que gozaba cuando era jodida? Seguramente, no es para menos. En cuanto a mí, yo sólo veo en ello motivos de odio y desprecio. ¿Nos da la felicidad al darnos la vida?... Lejos de esto. Nos arroja a un mundo lleno de escollos, y a nosotros nos toca salir de apuros como podamos. Recuerdo que tuve una madre en otro tiempo que me inspiraba más o menos los mismos sentimientos que la Duelos sentía por la suya: la aborrecía. Cuando me fue posible, la mandé al otro mundo, y nunca he gozado una voluptuosidad más viva que cuando cerró los ojos para no volverlos a abrir más.

En este momento se escucharon unos sollozos terribles en una de las cuadrillas. Era en la del duque, sin lugar a dudas. Al investigar, vióse que la joven Sophie tenía los ojos arrasados en lágrimas. Dotada de un corazón muy distinto al de aquellos canallas, la conversación trajo a su espíritu el recuerdo querido de aquella que le había dado el ser y había muerto defendiéndola cuando fue raptada. Y esta idea cruel había venido a su tierna imaginación acompañada sólo de abundantes lágrimas.

- ¡Ah, pardiez! -dijo el duque- ¡Buena cosa es ésa! ¿Lloras a tu madre, no es verdad, pequeña mocosa? Acércate, acércate, para que te consuele.

Y el libertino, enardecido por los preliminares y por estas palabras y por el efecto que tenían, mostró un triunfal pito que parecía querer una eyaculación. Mientras tanto, Marie (era la dueña de la cuadrilla), trajo a la muchacha. Sus lágrimas corrían abundantemente y el hábito de novicia que le habían puesto aquel día prestaba aún más encanto a un dolor que la embellecía. Era imposible ser más linda.

- ¡Jodido Dios -dijo el duque, levantándose como un frenético-, qué linda tajada para hincarle el diente! Quiero hacer lo que la Duelos acaba de contarnos, quiero mojarle el coño con mi leche... ¡Que la desnuden!

Y todo el mundo esperaba en silencio el desenlace de aquella pequeña escaramuza.

-¡Oh, señor, señor! -exclamó Sophie, lanzándose a los pies del duque-. Respetad al menos mi dolor, gimo por la muerte de una madre que me fue muy querida, que murió defendiéndome y a la que no veré nunca más. ¡Tened piedad de mis lágrimas y concededme por lo menos una noche de descanso!

- ¡Ah! ¡Joder! -exclamó el duque, empuñando su verga que amenazaba al cielo-. Nunca hubiera creído que esta escena fuese tan voluptuosa. Desnúdala, desnúdala, pues -decía a Marie, furioso-; ya debería estar desnuda.

Y Aline, que se encontraba en el sofá del duque, lloraba a lágrima viva, mientras se oía gemir a la tierna Adélaïde en el nicho de Curval, quien, lejos de compartir el dolor de aquella bella criatura, la regañaba violentamente por haber abandonado la posición en que la había colocado, y por otra parte, contemplaba con el más vivo interés el desenlace de aquella deliciosa escena.

Mientras tanto, desnudan a Sophie, sin el menor miramiento por su dolor, la colocan en la actitud que acababa de relatar la Duelos y el duque anuncia que va a descargar. Pero ¿cómo hacerlo? Lo que acababa de relatar Duelos había sido realizado por un hombre con el miembro mustio y la descarga de su fofo pito podía dirigirse a voluntad. Pero no era el mismo caso ahora: la amenazadora cabeza del miembro del duque no quería inclinarse y continuaba amenazando al cielo; hubiera sido preciso, por decirlo así, colocar a la muchachita encima. Nadie sabía qué hacer, y sin embargo, cuantos más obstáculos surgían, más juraba y blasfemaba el irritado duque. Finalmente, la Desgranges acudió en su ayuda. Nada de lo que se refería al libertinaje era desconocido para aquella vieja bruja; cogió a la niña y la colocó tan hábilmente sobre sus rodillas que, se colocase como se colocase el duque, la punta de su pito rozaba la vagina. Dos sirvientas acudieron para sujetar las piernas de la muchachita, la cual, si hubiese tenido que ser desvirgada, nunca hubiera podido ofrecer un coño más hermoso. Pero eso no era todo aún: era necesaria una mano hábil para hacer desbordar el torrente y dirigirlo justamente a su destino. Blangis no quería correr el riesgo de utilizar la mano de un muchacho torpe para una operación tan importante.

-Toma a Julie -dijo Durcet-; quedarás contento de ella. Empieza a menearla como un ángel.

- ¡Oh, joder! -exclamó el duque-. Esa puta fallará, la conozco. Basta con que yo sea su padre, tendrá un miedo espantoso.

-Te aconsejo un muchacho, a fe mía -dijo Curval-. Toma a Hercule; tiene una muñeca muy hábil.

-Sólo quiero a la Duelos -dijo el duque-. Es la mejor de todas las meneadoras, permitidle que deje su puesto unos momentos y que venga.

La Duelos llega, muy orgullosa de una preferencia tan notable. Se arremanga hasta el codo y empuñando el enorme instrumento de Monseñor, empieza a sacudirlo, con la cabeza siempre descubierta, a menearlo con tal arte, a agitarlo con sacudidas tan rápidas y al mismo tiempo tan adecuadas al estado en que veía al paciente, que finalmente la bomba estalla sobre el mismo agujero que debe cubrir. Lo inunda, el duque grita, blasfema y se debate. Duelos no se detiene; sus movimientos están condicionados al grado del placer que proporcionan. Antinoüs, colocado allí a propósito, hace penetrar delicadamente el esperma en la vagina a medida que fluye, y el duque, vencido por las más deliciosas sensaciones, ve, expirando de voluptuosidad, cómo se deshincha poco a poco entre los dedos de su meneadora el fogoso miembro cuyo ardor acaba de inflamarlo tan poderosamente. Se echa de nuevo sobre el sofá, la Duelos regresa a su lugar, la muchachita se limpia, se consuela y vuelve a su cuadrilla, y el relato prosigue, dejando a los espectadores persuadidos de una verdad de la cual, creo, estaban imbuidos desde hacía tiempo, a saber, que la idea del crimen supo siempre inflamar los sentidos y conducirnos a la lubricidad.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)


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