Prologo de El Libertino

jueves, 23 de junio de 2016




SEGUNDA JORNADA


Se levantaron a la hora de costumbre. El obispo, completamente repuesto de sus excesos, y que desde las cuatro de la mañana estaba escandalizado de que lo hubiesen dejado acostarse solo, había tocado el timbre para que Julie y el jodedor que le había sido destinado vinieran a ocupar su puesto. Llegaron inmediatamente, y el libertino se echó en sus brazos en busca de nuevas obscenidades.
Después de haber tomado el desayuno como de costumbre en el aposento de las muchachas, Durcet realizó la visita y, a pesar de lo que pudiera decirse, todavía encontró nuevas delincuentes. Michette era culpable de un tipo de falta y Augustine, a quien Curval había hecho decir que se mantuviera durante todo el día en un determinado estado, se encontraba en el estado completamente contrario; ella no recordaba nada, y pedía perdón por ello, y prometía que no volvería a suceder más, pero el cuadrumvirato fue inexorable, y ambas fueron inscritas en la lista de castigos del siguiente sábado.
Singularmente descontentos por la torpeza de todas aquellas muchachas en el arte de la masturbación, impacientes por lo que habían experimentado sobre esto la víspera, Durcet propuso establecer una hora por la mañana, durante la cual se darían lecciones al respecto, y que por turno, cada uno de ellos se levantaría una hora más temprano, y como el momento del ejercicio sería establecido desde las nueve hasta las diez, se levantaría, digo, a las nueve para ir a dedicarse a este ejercicio. Decidióse que aquel que realizase esta función se sentaría tranquilamente en medio del serrallo, en un sillón, y que cada muchacha, conducida y guiada por la Duelos, la mejor meneadora que había en el castillo, se acercaría a sentarse encima de él, que la Duelos dirigiría su mano, sus movimientos, le enseñaría la mayor o menor rapidez que hay que imprimir a las sacudidas de acuerdo con el estado del paciente, que prescribiría sus actitudes, sus posturas durante la operación, y que se impondrían castigos reglamentados para aquella que al cabo de la primera quincena no lograra dominar perfectamente este arte, sin necesidad de más lecciones. Sobre todo, les fue concretamente recomendado, según los principios del padre recoleto, mantener el glande siempre descubierto durante la operación, y que la mano vacante se ocupase sin cesar durante todo el tiempo en cosquillear los alrededores, según las diferentes fantasías de los interesados.
Este proyecto del financiero gustó a todos, la Duelos, informada, aceptó el trabajo, y desde aquel mismo día dispuso en su aposento un consolador con el que ellas pudiesen ejercitar constantemente sus dedos y mantenerlos en la agilidad requerida. Se le encargó a Hercule el mismo trabajo con los muchachos, que más hábiles siempre en este arte que las muchachas, porque sólo se trata de hacer a los otros lo que hacen a sí mismos, sólo necesitaron una semana para convertirse en los más deliciosos meneadores que fuese posible encontrar. Entre ellos, aquella mañana, no se encontró a nadie en falta, y como el ejemplo de Narcisse, la víspera, había tenido como consecuencia que se negaran casi todos los permisos, sucedió que en la capilla sólo se encontraron la Duelos, dos jodedores, Julie, Thérèse, Cupidon y Zelmire. A Curval se le empalmó mucho, se había enardecido asombrosamente por la mañana con Adonis, en la visita de los muchachos, y creyóse que eyacularía al ver las cosas que hacían Thérése y los jodedores, pero se contuvo.
La comida fue como siempre, pero el querido presidente, que bebió y se comportó disolutamente durante el ágape, se inflamó de nuevo a la hora del café, servido por Augustine y Michette, Zélamir y Cupidon, dirigidos por la vieja Fanchon, a quien, por capricho, se le había ordenado que estuviera desnuda como los muchachos. De este contraste surgió el nuevo furor lúbrico de Curval, quien se entregó a algunos desenfrenos con la vieja y Zélamir que le valieron por fin la pérdida de su semen.
El duque, con el pito empalmado, abrazaba a Augustine; rebuznaba, denostaba, deliraba, y la pobre pequeña, temblando, retrocedía como la paloma ante el ave de presa que la acecha, dispuesta a capturarla. Sin embargo, se contentó con algunos besos libertinos y con darle una primera lección, como anticipo de la que empezaría a tomar al día siguiente. Y como los otros dos, menos animados, habían empezado ya sus siestas, nuestros dos campeones los imitaron. Se despertaron a las seis para pasar al salón de los relatos.
Todas las cuadrillas de la víspera estaban cambiadas, tanto los individuos como los vestidos, y nuestros amigos tenían por compañeras de canapé, el duque a Aline, hija del obispo y por consiguiente, ¡por lo menos, sobrina del duque!, el obispo a su cuñada Constance, mujer del duque e hija de Durcet; Durcet a Julie, hija del duque y mujer del presidente, y Curval, para despertarse y reanimarse un poco, a su hija Adélaïde, mujer de Durcet, una de las criaturas del mundo a quien más le gustaba molestar a causa de su virtud y devoción. Empezó con algunas bromas perversas, y habiéndole ordenado que tomara durante la sesión una postura adecuada a sus gustos pero muy incómoda para aquella pobre mujercita, la amenazó con toda su cólera si la cambiaba un solo momento. Cuando todo estuvo listo, Duelos subió a su tribuna y reanudó así el hilo de su relato


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)


=======================================================================================================================


No hay comentarios:

______________________________________________________________________________________________________________________________________________