Prologo de El Libertino

sábado, 16 de julio de 2016




Como la Duelos, aquella noche, terminó temprano su relato, empleóse el resto de la velada, antes del momento del servicio, en algunas lubricidades escogidas; y como las cabezas estaban excitadas sobre el cinismo, delante de los demás. el duque ordenó a la Duclos que se desnudara completamente, hizo que se inclinara, se apoyara en el respaldo de una silla y ordenó a la Desgranges que le meneara la verga sobre las nalgas de su compañera, de manera que la cabeza de su miembro rozara el orificio del culo de la Duclos a cada sacudida. A esto se añadieron algunos episodios que el orden de las materias no nos permite revelar aún; pero sí diremos que el ojete de la narradora fue completamente regado y que el duque, muy bien servido y completamente rodeado, descargó lanzando rugidos que demostraron hasta qué punto se había excitado. Curval se hizo dar por el culo, el obispo y Durcet, por su parte, efectuaron con uno y otro sexo cosas muy extrañas, y luego sirvióse la cena.
Después de la cena se bailó, los dieciséis jóvenes, cuatro jodedores y las cuatro esposas pudieron formar tres contradanzas, pero todos los participantes de este baile estaban desnudos y nuestros libertinos, indolentemente acostados en sofás, se divirtieron deliciosamente con todas las diferentes bellezas que les ofrecían por turno las diversas actitudes que la danza obligaba a tomar. Tenían cerca de ellos a las narradoras que los manoseaban con más o menos rapidez, de acuerdo con el mayor o menor placer que experimentaban, pero agotados por las voluptuosidades del día, nadie eyaculó, y cada cual se fue a la cama a restaurar las fuerzas, necesarias para entregarse al día siguiente a nuevas infamias.


QUINTA JORNADA


Fue Curval quien aquella mañana se prestó a las masturbaciones de la escuela, y como las muchachas empezaban a progresar, trabajo le costó resistir las sacudidas multiplicadas, las actitudes lúbricas y variadas de aquellas ocho encantadoras muchachas. Pero como quería reservarse abandonó el lugar, desayunaron y se estableció aquella mañana que los cuatro jóvenes amantes de los señores, a saber, Zéphyr, favorito del duque, Adonis, el amado de Curval, Hyacinthe, amigo de Durcet, y Celadon, querido del obispo, serían desde entonces admitidos en todas las comidas al lado de sus amantes, en cuyas habitaciones dormirían regularmente todas las noches, favor que compartirían con las esposas y los jodedores, con lo cual se ahorró una ceremonia que era costumbre celebrar por la mañana y que consistía en que los cuatro jodedores que no se habían acostado llevasen cuatro jóvenes. Llegaron solos, y cuando los señores pasaban al apartamento de los muchachos eran recibidos con las ceremonias prescritas sólo por los cuatro que se quedaban.
El duque, quien desde hacía dos o tres días estaba enamoriscado de la Duclos, cuyo culo encontraba soberbio y cuyo hablar le agradaba, exigió que ella se acostase también en su habitación, y habiendo tenido éxito este ejemplo, Curval admitió igualmente en la suya a la vieja Fanchon, que le gustaba mucho. Los otros dos esperaron todavía algún tiempo para llenar este cuarto lugar de favor en sus aposentos por la noche.
Aquella misma mañana dispúsose que los cuatro jóvenes amantes que acababan de ser escogidos llevarían por regla general, siempre que no se viesen obligados a vestir un disfraz, como en la cuadrilla, llevarían, digo, el traje que voy a describir: se trataba de una especie de sobretodo ligero y estrecho, suelto como un uniforme prusiano, pero mucho más corto, pues sólo llegaba hasta la mitad de los muslos. Dicho sobretodo se abrochaba en el pecho y en los faldones, como todos los uniformes, era de satén rosa forrado de tafetán blanco, las solapas y bocamangas eran de satén blanco también, y debajo había una especie de chaqueta corta o chaleco y los calzones igualmente de satén blanco. Pero estos calzones estaban abiertos en forma de corazón por la parte de atrás desde la cintura, de modo que pasando la mano por esta rendija se podía manosear el culo sin la menor dificultad; sólo un gran lazo de cinta cerraba esta abertura, y cuando queríase que esta parte del muchacho quedase al descubierto, bastaba deshacer el lazo, el cual tenía el color escogido por el amigo a quien pertenecía la virginidad del muchacho. Los cabellos, levantados en rizos a los lados, caían absolutamente libres por detrás, sólo atados con una cinta del color prescrito. Polvos muy perfumados y de un tinte entre gris y rosa coloreaban sus cabelleras, sus cejas muy cuidadas y comúnmente pintadas de negro, y un poco de colorete en sus mejillas, acababan de realzar el esplendor de su belleza; iban destocados, medias de seda blanca con bordados cubrían sus piernas, que unos zapatos grises atados con grandes lazos rosas, calzaban admirablemente. Una corbata de gasa color crema voluptuosamente anudada armonizaba con una pechera de encaje. Al verlos así engalanados podía asegurarse sin duda que nada había más encantador en el mundo. Desde el momento en que fueron adoptados de esta manera, todos los permisos de la índole de los que a veces se concedían por la mañana fueron absolutamente prohibidos, pero por otra parte se les concedieron tantos derechos sobre las esposas como los que tenían los jodedores: podían maltratarlas a placer, no solamente en las comidas, sino en cualquier momento del día, con la seguridad de que nunca se les reprocharía nada.
Hecho esto, se procedió a las visitas ordinarias; la bella Fanny, a la cual Curval había mandado decir que se encontraba en cierto estado, se halló en un estado contrario (lo que sigue nos explicará todo esto); fue apuntada en el cuaderno de los castigos. Entre los jóvenes se descubrió que Giton había hecho algo que estaba prohibido; fue igualmente apuntado. Cumplidas las funciones de la capilla, de poca monta, se sentaron a la mesa.
Fue la primera comida en que fueron admitidos los cuatro amantes. Se sentaron al lado de quien los amaba, quien los tenía a su derecha, con el jodedor favorito a la izquierda. Estos encantadores invitados alegraron la comida; los cuatro eran muy gentiles, de gran dulzura y empezaban a ponerse a tono con la casa. El obispo, que estaba muy animado aquel día, no dejó de besar a Céladon casi todo el tiempo que duró la comida, y como ese muchachito debía formar parte de la cuadrilla que servía el café, salió poco después de los postres. Cuando monseñor, a quien se le habían calentado los cascos, volvió a verlo desnudo en el salón contiguo, no aguantó más.

-¡Dios! -dijo, encendido-. Ya que no puedo enfilarlo por el culo, por lo menos le haré lo que Curval hizo ayer a su bardaje.

Y, cogiendo al pequeño, lo acostó de bruces y deslizóle la verga entre los muslos. El libertino estaba en las nubes, el vello de su miembro frotaba el lindo ojete que hubiera querido perforar; una de sus manos manoseaba las nalgas del delicioso amorcito y con la otra le meneaba la verga. Pegó su boca a la del hermoso muchachito, aspiraba el aire de su pecho y tragaba su saliva. El duque, para excitarlo con el espectáculo de su libertinaje, se colocó delante de él succionando el orificio del culo de Cupidon, el segundo de los muchachitos que servía el café aquel día. Curval se le acercó, y, bajo sus ojos, se hizo menear la verga por Michette; Durcet le ofreció las nalgas separadas de Rosette. Todos se esforzaban por darle el éxtasis al que aspiraba; éste tuvo lugar, sus nervios se estremecieron, sus ojos brillaron, hubiera sido terrible para cualquiera que ignorase cuáles eran en él los efectos espantosos de la voluptuosidad. Finalmente el semen brotó y esparcióse sobre las nalgas de Cupidon, que en el último instante túvose el cuidado de colocar debajo de su pequeño camarada para recibir las pruebas de virilidad que sin embargo no le eran debidas.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)


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