Prologo de El Libertino

lunes, 11 de julio de 2016




CUARTA JORNADA

Los amigos, con el fin de distinguir bien en cada instante del día a aquellos jóvenes o muchachas cuyas virginidades debían pertenecerles, decidieron hacerles llevar en todos sus diversos atavíos una cinta en los cabellos, que indicaría a quienes pertenecían. Por lo tanto, el duque adoptó el rosa y el verde y todo aquel que llevase una cinta rosa delante le pertenecía por el coño, del mismo modo que quien llevase una cinta verde detrás sería de él por el culo. Desde entonces, Fanny, Zelmire, Sophie y Augustine lucieron un lazo rosa a un lado de su peinado, y Rosette, Hébé, Michette, Giton y Zéphyr se prendieron una cinta verde detrás de sus cabellos, como prueba de los derechos que el duque tenía sobre sus culos.
Curval escogió el negro para la parte delantera y el amarillo para el trasero, de manera que Michette, Hébé, Colombe y Rosette llevaron siempre desde entonces un lazo negro delante, y Sophie, Zelmire, Augustine, Zelamir y Adonis llevaban un amarillo en el moño.
Durcet marcó sólo por detrás, con una cinta lila, a Hyacinthe, y el obispo, que sólo tenía para él cinco primicias sodomitas, ordenó a Cupidon, Narcisse, Céladon, Colombe y Fanny que llevaran un lazo violeta detrás.
Nunca, cualquiera que fuese el atavío que se llevara, debían quitarse estas cintas, para que de una ojeada, al ver a aquellas jóvenes personas con un color por delante y otro por detrás, pudiera distinguirse en seguida quién tenía derechos sobre su culo o quien los tenía sobre su coño.
Curval, que había pasado la noche con Constance, por la mañana se quejó vivamente de ella. No se sabía muy bien cuál era el motivo de sus quejas; es necesario tan poco para disgustar a un libertino. Disponíase a hacer que se le incluyera en los castigos para el sábado próximo, cuando esta hermosa muchacha declaró que estaba embarazada; y debía estarlo de su marido, ya que Curval sólo había tenido trato carnal con ella desde hacía cuatro días. Esta noticia divirtió mucho a nuestros libertinos, por las voluptuosidades clandestinas que vieron les proporcionaría. El duque no salía de su asombro. Sea como fuere, el acontecimiento le valió a Constance la exección de la pena que hubiera tenido que sufrir por haber disgustado a Curval. Querían dejar que la pera madurase, una mujer preñada los divertía, y el partido que sacarían de ello divertía mucho más lúbricamente su pérfida imaginación. Fue dispensada del servicio de la mesa, de los castigos y de algunos otros pequeños detalles que su estado no hacía ya voluptuoso vérselos cumplir,pero fue obligada a estar en el canapé y a compartir hasta nueva orden el lecho de quien quisiera elegirla.
Fue Durcet quien aquella mañana se prestó a los ejercicios de masturbaciones, y como su pito era extraordinariamente pequeño, requirió mucho esfuerzo de las alumnas. Sin embargo, se trabajó; pero el pequeño financiero, que había hecho durante toda la noche el oficio de mujer, no pudo soportar el de hombre. Fue duro, intratable, y el arte de aquellas ocho encantadoras alumnas dirigidas por la más hábil maestra no logró siquiera hacerle levantar cabeza. Salió de allí con aire triunfal, y como la impotencia comunica siempre un poco de ese humor que se llama "rabieta" en libertinaje, sus visitas fueron asombrosamente severas. Rosette, entre las muchachas, y Zélamir, entre los jóvenes, fueron las víctimas: uno de ellos no estaba de la manera en que debía encontrarse -este enigma se explicará después-, y el otro se había desgraciadamente desprendido de algo que le había sido ordenado que guardara.
Sólo aparecieron en los lugares públicos la Duelos, Marie, Aline y Fanny, dos jodedores de la segunda clase y Giton. Curval, que aquel día estaba muy empalmado, se calentó mucho con la Duelos. La comida, donde hubo conversaciones muy libertinas, no lo calmó, y el café, servido por Colombe, Sophie, Zéphyr y su querido amigo Adonis, acabó de encenderlo. Agarró a este último y tumbándole sobre un sofá, le colocó, blasfemando, su enorme miembro entre los muslos, por detrás, y como este enorme instrumento salía más de seis pulgadas por el otro lado, ordenó al joven que menease con fuerza lo que sobresalía, y él, por su parte, se puso a menear al muchacho por encima del pedazo de carne con que lo tenía enfilado. Mientras esto sucedía, presentaba a la reunión un culo tan sucio como grande, cuyo orificio impuro tentó al duque. Viendo que aquel culo estaba a su alcance hundió en él su nervioso instrumento, sin dejar de chupar la boca de Zéphyr, operación que había empezado antes de que se le ocurriera la idea que ahora ejecutaba.
Curval, que no esperaba tal ataque, blasfemó de alegría. Pateó, se tendió, prestóse; en aquel momento, el joven semen del encantador muchacho, cuya verga meneaba, empieza a gotear sobre la enorme cabeza de su instrumento furioso. Aquel cálido semen con que se siente mojado, las reiteradas sacudidas del duque que empezaba también a descargar, todo lo impulsa todo lo determina, y chorros de un esperma espumoso inundan el culo de Durcet, que había acudido a colocarse delante para que no hubiera, dijo, nada perdido, y cuyas nalgas blancas y rollizas fueron dulcemente cubiertas por un licor precioso que hubiera preferido sentir dentro de sus entrañas.
Mientras tanto, el obispo no estaba ocioso; chupaba por turno los agujeros de los culos divinos de Colombe y de Sophie, pero fatigado sin duda por algunos ejercicios nocturnos, no dio señales de vida, y como todos los libertinos a quienes el capricho y la saciedad vuelven injustos, se encolerizó contra las dos deliciosas niñas por faltas cometidas por su débil naturaleza. Luego se durmió un rato, y, llegada la hora de los relatos, fueron a escuchar a la amable Duelos, quien prosiguió su narración de la manera siguiente:


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)



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