Prologo de El Libertino

miércoles, 13 de julio de 2016




Había habido algunos cambios en la casa de Mme Guérin -dijo nuestra heroína-. Dos de las muy lindas muchachas, acababan de encontrar a unos cándidos que las mantenían y a los cuales ellas engañaban, como hacemos todas. Para reemplazar esta pérdida, nuestra querida mamá había puesto los ojos en la hija de un tabernero de la calle Saint-Denis, de trece años de edad, y una de las más lindas criaturas que es posible imaginar. Pero la pequeña, buena como piadosa, se resistía a todas las seducciones, cuando la Guérin, tras haberse servido de un medio muy hábil para atraerla un día a su casa, la puso en las manos del personaje singular cuya manía voy a describir. Era un eclesiástico de cincuenta y cinco a cincuenta y seis años, pero fresco y vigoroso y que no aparentaba más de cuarenta. Ningún otro ser en el mundo tenía un talento más singular que este hombre para arrastrar a muchachas al vicio, y como su arte era lo más sublime, hacía de él su único placer. Toda su voluptuosidad consistía en desarraigar los prejuicios de la infancia, lograr que se despreciara la virtud y adornar al vicio con los más bellos colores. Nada era olvidado: cuadros seductores, promesas halagüeñas, ejemplos deliciosos, todo era utilizado, todo era hábilmente empleado, todo artísticamente adecuado a la edad, al tipo de espíritu de la niña, y nunca fallaba un golpe. En sólo dos horas de conversación estaba seguro de convertir en una puta a la niña más sensata y razonable, y desde hacía treinta años que ejercía este oficio en París, había confesado a la señora Guérin, una de sus mejores amigas, que tenía en su catálogo más de diez mil muchachitas seducidas y arrojadas por él al libertinaje. Prestaba tales servicios a más de quince alcahuetas, y cuando no lo ejercía, buscaba por su propia cuenta, corrompía todo lo que encontraba y lo mandaba en seguida a sus parroquianas. Pero lo realmente extraordinario, señores, y lo que hace que os cite la historia de ese personaje singular, es que él no gozaba nunca del fruto de sus trabajos. Se encerraba solo con la niña, pero todos los recursos que le prestaban su ingenio y su elocuencia contribuían a inflamarlo. Era cosa cierta que la operación le excitaba los sentidos, pero era imposible saber dónde y cómo los satisfacía. Perfectamente observado, nunca se había visto en él otra cosa que un fuego prodigioso en la mirada al terminar sus discursos, algunos movimientos de su mano en la parte delantera de su calzón, que anunciaba una decidida erección producida por la obra diabólica que cometía, y nunca nada más.
Llegó, encerróse con la pequeña tabernera, yo lo observaba; la entrevista fue larga, el seductor estuvo asombrosamente patético, la niña lloró, se animó, pareció ser presa de una especie de entusiasmo; éste fue el momento en que los ojos del personaje se inflamaron más y en que pude observar los gestos sobre su calzón. Poco después, se levantó, la niña le tendió los brazos como para abrazarlo, él la besó como un padre, sin ninguna clase de lubricidad. Salió, y tres horas después la pequeña llegó a casa de Mme Guérin con su paquete.

-¿Y el hombre? -preguntó el duque.

-Después de su lección desapareció -contestó la Duelos.

- ¿Y sin regresar para ver el resultado de sus trabajos?

 -No, monseñor, estaba seguro del éxito; no había fallado ninguna vez.

¡Extraordinario personaje! -dijo Curval-. ¿Qué piensas tú de él, señor duque?

-Creo -contestó éste- que esta seducción era lo único que lo calentaba y que descargaba en sus calzones.

-No -dijo el obispo-, te equivocas, esto no era más que un preparativo para sus desenfrenos, y apostaría cualquier cosa que al salir de allá consumaba otros mayores.

-¿Otros mayores? -dijo Durcet-. ¿Y qué voluptuosidad más deliciosa hubiera podido proporcionarse que la de gozar de su propia obra, puesto que él era el maestro?

- ¡Y bien!, apuesto a que lo he adivinado -dijo el duque-: como tú dices, esto no era más que un preparativo, se excitaba corrompiendo, a muchachas, y luego iba a dar por el culo a los muchachos... ¡Era todo un tipo!, estoy seguro.

Preguntóse a la Duelos si no tenía alguna prueba de lo que se suponía, y si no seducía también a muchachitos. Nuestra narradora contestó que no tenía ninguna prueba y, a pesar del aserto muy verosímil del duque, cada cual tuvo sus dudas acerca del carácter de aquel extraño predicador, y tras haber convenido todos en que su manía era realmente deliciosa, pero que era preciso consumar la obra o hacer algo peor después, la Duelos reanudó el hilo de su narración:

Al día siguiente del de la llegada de nuestra joven novicia, que se llamaba
Henriette, llegó un libertino chiflado que nos unió a ambas en la misma escena. Este nuevo libertino no gozaba de más placer que observar por un agujero todas las voluptuosidades un poco singulares que sucedían en una habitación contigua, le gustaba sorprenderlas y encontraba en los placeres de los otros un alimento divino para su lubricidad. Se le situó en la habitación de que he hablado y a la cual yo iba tan a menudo como mis compañeras a espiar para divertirme con las pasiones de los libertinos. Fui destinada a entretenerlo mientras él atisbaba, y la joven Herriette pasó al otro aposento con el chupador del agujero del culo del que os hablé ayer. La pasión muy voluptuosa de aquel libertino era el espectáculo que deseaba darse a mi atisbador, y para inflamarlo mejor e hiciese su escena más caliente y agradable de ver, se le previno que la muchacha que se le daría era una novicia y que era con él con quien se estrenaría. Quedó convencido de ello ante el aire de pudor e inocencia de la pequeña tabernera. Se comportó todo lo lúbrico y cochino que era posible serlo en sus ejercicios libidinosos lejos de pensar que eran observados. En cuanto a mi hombre, con el ojo pegado al agujero, una mano sobre mis nalgas y la otra en su pito, que meneaba poco a poco, parecía regir su éxtasis de acuerdo con lo que veía. "- ¡Ah, qué espectáculo! -decía de vez en cuando-. ¡Qué hermoso culo tiene esa pequeña y qué bien lo besa ese tipo-" Finalmente,, cuando el amante de Henriette hubo descargado, el mío me tomó entre sus brazos y, después de haberme besado un momento, me dio la vuelta, me sobó, besó, lamió lúbricamente mi culo y me inundó las nalgas con las pruebas de su virilidad.


--¿Meneándose la verga él mismo? -preguntó el duque.

-Sí, monseñor -contestó la Duelos-, y meneando un pito, os lo aseguro, que por su increíble pequeñez no vale la pena de ser mencionado.


El personaje que se presentó después -prosiguió diciendo la Duelos- no merecería quizás figurar en mi lista si no me pareciera digno de ser citado por la circunstancia, creo yo que bastante singular, que mezclaba a sus placeres, muy sencillos por otra parte, y que os hará ver hasta qué punto el libertinaje degrada en el hombre todos los sentimientos de pudor, virtud y honestidad. Ese hombre no quería ver, quería ser visto. Y sabiendo que había hombres cuya fantasía consistía en sorprender las voluptuosidades de los otros, rogó a la Guérin que hiciera ocultar a un hombre de tales gustos, y que él le daría el espectáculo de sus placeres. La Guérin avisó al hombre a quien yo había divertido algunos días atrás en el agujero, y sin decirle que el hombre que contemplaría sabía perfectamente que sería visto, cosa que hubiera interrumpido sus voluptuosidades, le hizo creer que sorprendería cómodamente el espectáculo que iba a ofrecérsele.
El atisbador fue encerrado en la habitación del agujero con mi hermana, y yo me reuní con el otro. Este era un joven de unos veintiocho años, guapo y lozano. Instruido acerca del lugar donde se encontraba el agujero, se colocó delante del mismo con naturalidad e hizo que yo me situara a su lado. Yo se la meneaba. En cuanto se le puso duro, se levantó, mostró al atisbador su pito, se volvió de espaldas, mostró su culo, me subió las faldas, enseñó el mío, arrodillóse delante, me meneó el ano con la punta de su nariz, me apartó las nalgas para que todo se viera perfectamente y descargó meneándose él mismo la verga mientras me tenía arremangada por detrás ante el agujero, de tal manera que el que lo ocupaba veía a la vez en aquel momento decisivo mis nalgas y el pito furioso de mi amante. Si éste se deleitó, Dios sabe lo que el otro experimentó; mi hermana dijo que estaba en el séptimo cielo y que confesó que nunca había gozado tanto, y según eso sus nalgas fueron inundadas tanto por lo menos como lo habían sido las mías.


-Si el joven poseía una hermosa verga y un hermoso culo -dijo Durcet-, había motivos para tener una bonita descarga.

-Tuvo que ser deliciosa -dijo la Duelos-, porque su verga era larga, y bastante gruesa, y su culo de piel suave, rollizo, bellamente formado, como el del dios del amor.

-¿Abriste sus nalgas? -dijo el obispo-. ¿Mostraste el agujero al atisbador?

-Sí, monseñor -contestó la Duelos-, él mostró el mío y yo ofrecí el suyo, que él presentó de la manera más lúbrica del mundo.

-He presenciado una docena de escenas como ésta en mi vida -dijo Durcet-, que me han valido mucho semen. Me refiero a las dos maneras, ya que es tan bonito sorprender como querer serlo.


Un personaje, más o menos del mismo gusto -prosiguió diciendo la Duelos- me condujo a las Tullerías algunos meses después. Quería que pescara hombres y que les meneara la verga bajo sus propias narices, en medio de un montón de sillas entre las que se había ocultado. Y tras habérselas meneado así a siete u ocho tipos, él se instaló sobre un banco en una de las avenidas más concurridas, arremangó mis faldas por detrás, mostró mi culo a los paseantes, se sacó la verga y me ordenó que se la meneara delante de todos los transeúntes, lo cual, aunque era de noche, armó tal escándalo que en los momentos en que dejaba salir su semen cínicamente había aproximadamente más de diez personas alrededor de nosotros y nos vimos obligados a huir para no ser detenidos.
Cuando conté a la Guérin nuestra historia, se echó a reír y me dijo que había conocido a un hombre en Lyon (donde hay muchachos que hacen el oficio de chulos), había un hombre, digo, con una manía tan singular como la mencionada. Se disfrazaba tomó los alcahuetes públicos, llevaba gente a dos muchachas que pagaba y mantenía para eso, luego se ocultaba en un rincón para proceder a su práctica, la cual, dirigida por la muchacha escogida para ello, no dejaba de enseñarle el pito y las nalgas del libertino, única voluptuosidad que era del gusto de nuestro falso alcahuete y que tenía la virtud de hacerlo eyacular.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)


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