Prologo de El Libertino

martes, 19 de julio de 2016




Llegó la hora de los relatos, y todos se colocaron. Debido a una singular disposición, todos los padres tenían aquel día a su hija en sus canapés, cosa que no los asustó de ningún modo, y la Duelos prosiguió así:

Como no me habéis exigido, señores, que os rindiese exacta cuenta de lo que-me sucedió día a día en casa de la Guérin, sino que me refiriese simplemente a acontecimientos un poco singulares que hayan podido señalar algunos de mis días, dejaré en silencio algunas anécdotas poco interesantes de mi infancia que sólo nos ofrecerían repeticiones monótonas de lo que ya habéis oído, y os manifestaré que acababa de cumplir dieciséis años, no sin tener una gran experiencia del oficio que ejercía, cuando me cayó en suerte un libertino cuya fantasía diaria merece ser contada. Era un grave presidente de cerca de cincuenta años y que, según la señora Guérin, la cual me dijo que lo conocía desde hacía muchos años, se entregaba regularmente todas las mañanas a la fantasía con cuyo relato os voy a entretener. Como su alcahueta ordinaria acababa de retirarse, lo había recomendado antes a los cuidados de nuestra querida matrona, y fue conmigo con quien debutó en su casa.
Se colocaba solo cerca del agujero del que ya he hablado; en mi habitación se encontraba un ganapán o un savoyardo, un hombre del pueblo, en una palabra, pero limpio y sano; era todo lo que el hombre exigía, puesto que la edad y la figura no tenían importancia para él. Me encontré bajo su mirada, lo más cerca posible del agujero, en el acto de menear la verga del ganapán, quien consideraba delicioso ganar dinero de aquella manera. Después de haberme prestado sin ninguna objeción a todo lo que el buen hombre podía desear de mí, le hice eyacular en un platillo de porcelana, que corrí a llevar a la otra habitación. Mi hombre me esperaba, en éxtasis, se lanzó hacia el platillo, tragó la leche tibia, mientras fluía la suya propia; con una mano yo excitaba su eyaculación y con la otra recibía lo que caía y llevaba rápidamente a la boca del libertino, para que tragase su semen a medida que salía.
Eso era todo. No me tocó ni me jodió nunca, ni una sola vez me arremangó: se levantaba del sillón con tanta flema como pasión había demostrado, tomaba su bastón y se marchaba diciendo que yo se la meneaba muy bien y que había comprendido perfectamente sus gustos. Al día siguiente trajeron otro ganapán, porque era necesario que cada día se le cambiara de tipo, así como era preciso cambiar la mujer. Mi hermana trató con él; salió contento, para volver a comenzar al día siguiente, y durante todo el tiempo que estuve en casa de la Guérin ni una sola vez faltó a la ceremonia a las nueve en punto de la mañana, sin que nunca tocara a una muchacha, aunque le habían mostrado algunas que eran muy lindas.

-¿Quería ver el culo del ganapán? -preguntó Curval.

-Sí, monseñor -contestó la Duelos-, era preciso, cuando se estaba masturbando al hombre cuya eyaculación tragaba, hacerle dar vueltas; y era necesario también que el ganapán hiciera dar vueltas a la mujer en todos los sentidos.

- ¡Oh, ahora lo entiendo -dijo Curval-, antes no!

Poco tiempo después -prosiguió diciendo la Duelos- llegó al serrallo una mujer de unos treinta años, bastante linda, pero pelirroja como Judas. Al principio creímos que era una nueva compañera, más pronto nos confesó que solo venía para una orgía. El hombre a quien iba destinada esta nueva heroína, llegó pronto; se trataba de un importante financiero, bastante guapo, cuya singularidad, puesto que se le destinaba una puta que seguramente nadie más hubiera querido, cuya singularidad, digo, despertó en mí el deseo de ir a observarlos. Apenas se encontraron en la habitación, la puta se desnudó y nos mostró un cuerpo blanco y rollizo.
-¡Vamos, salta, salta! -le dijo el financiero-. ¡Caliéntate, sabes muy bien que quiero que se sude!

Y he aquí que la pelirroja empieza a saltar y brincar por la habitación como una cabra joven, y nuestro hombre la examina mientras se la menea, y todo eso sin que yo pueda adivinar aún el objeto de la aventura. Cuando la mujer estuvo toda cubierta de sudor, se acercó al libertino, levantó un brazo y le dio a oler el sobaco, cuyos pelos goteaban.

-¡Ah, eso, eso es! -dijo nuestro hombre mirando con ardor aquel brazo mojado-.

¡Qué embriagador aroma!

Luego, arrodillándose ante ella, olió y respiró en el interior de la vagina y en el ojete del culo, pero volvía siempre a los sobacos, sea porque esta parte le gustaba más, sea porque encontraba más husmo; siempre era allí donde su boca y nariz se pegaban con más avidez. Finalmente una verga bastante larga aunque poco gruesa, verga que se meneaba vigorosamente desde hacía más de una hora sin ningún resultado, empezó a levantar cabeza. La puta se coloca adecuadamente, el financiero, por detrás, la mete su anchoa bajo la axila, ella aprieta el brazo, formando así un localito bastante angosto; mientras tanto, a juzgar por su actitud, gozaba de la contemplación y del olor de la otra axila, de la que se apodera, hunde en ella su instrumento y descarga, lamiendo, devorando esta parte que le proporciona tanto placer.

-¿Y era necesario -preguntó el obispo- que esta criatura fuese completamente pelirroja?

-Completamente -contestó la Duelos-. Esas mujeres, como no ignoráis, monseñor, tienen en esta parte un husmo infinitamente más intenso, y el sentido del olfato era sin duda el que una vez hostigado por cosas fuertes despertaba mejor en él los órganos del placer.

-Sea -replicó el obispo-, pero me parece que me hubiera gustado más oler el culo de esa mujer que sus sobacos.

-Ambas cosas tienen sus atractivos erijo Curval-,, y te aseguro que si lo hubieses catado hubieras encontrado que es muy delicioso.

-Es decir, señor presidente -dijo el obispo-, que este guisado es de tu gusto también...

-Pero ya lo he probado -dijo Curval-, y con algunos aditamentos te aseguro que siempre me valía una eyaculación.

-Bueno, adivino esos aditamentos: debías oler el culo -dijo el obispo.

-Bueno, bueno -interrumpió el duque-, no le hagas una confesión, monseñor; nos diría cosas que no debemos escuchar todavía. Prosigue, Duelos, y no dejes que estos charlatanes te interrumpan otra vez.

Hacía seis semanas -prosiguió la narradora- que la Guérin había prohibido absolutamente a mi hermana que se lavara y exigía de ella que se mantuviera en el estado más sucio e impuro que le fuera posible, sin que barruntásemos sus motivos, cuando finalmente llegó un viejo verde que, medio borracho, preguntó groseramente a la Guérin si la puta estaba bien sucia. "¡Oh, le respondo de ello!", contestó la Guérin. Se les encierra juntos, vuelo yo hacia mi agujero y veo a mi hermana sentada a horcajadas, desnuda, en un gran bidet lleno de champaña y a nuestro hombre, armado con una gran esponja, inundándola, limpiándola y recogiendo con cuidado todas las gotas que corrían por su cuerpo o goteaban de la esponja.
Hacía tanto tiempo que mi hermana no se había lavado ninguna parte de su cuerpo, ni siquiera el culo, que el vino adquirió pronto un color turbio y sucio y un olor que no debía ser precisamente agradable. Pero cuanto más se corrompía el licor con la suciedad del cuerpo de mi hermana, más agradaba a nuestro libertino. Lo cató, encontróle delicioso, tomó un vaso y en media docena de rasadas tragó el repugnante vino con el cual acababa de lavar un cuerpo lleno de cochambre desde hacía tiempo. Cuando hubo bebido, cogió a mi hermana, la colocó sobre el lecho y derramó sobre las nalgas y el ojete entreabierto los chorros de la impúdica simiente que habían hecho hervir los impuros detalles de su repugnante manía.
Pero otra manía, más sucia aún, debía incesantemente ofrecerse a nuestras miradas. Había en la casa una de esas mujeres llamadas "recaderas" cuyo oficio consiste en correr día y noche para levantar nuevas piezas de caza. Esta criatura, de unos cuarenta años de edad, añadía a sus muy marchitos atractivos, que nunca habían sido muy seductores, el terrible defecto de que le hedían los pies. Tal era positivamente lo que convenía al marqués de... Llega, le presentan a la dama, Louise, que tal era su nombre; la encuentra deliciosa y en cuanto la tiene en el santuario de los placeres, la hace descalzar. Louise, a quien se había recomendado especialmente que no se cambiara las medias ni los zapatos durante más de un mes, ofrece al marqués un pie infecto que hubiera hecho vomitar a cualquiera; pero era precisamente por lo que tenía de sucio y repugnante por lo que inflamaba los sentidos de nuestro hombre. Lo coge, lo besa con ardor, su boca aparta cada uno de los dedos y su lengua recoge con el más vivo entusiasmo esa materia negruzca y hedionda que la naturaleza deposita entre los dedos y que la incuria multiplica. No solamente la saca con la lengua sino que se la traga, la saborea, y el semen que pierde meneándose su verga es prueba inequívoca del excesivo placer que experimenta.

-         ¡Eso sí que no lo comprendo! -dijo el obispo. -Será preciso, pues, que te lo haga entender -dijo Curval.
-          
-         ¡Cómo! ¿Te gustaría...? -dijo el obispo. 
-          
-Miradme -dice Curval.

Todos se levantan, lo rodean y ven a aquel increíble libertino, que tenía todos los gustos de la más crapulosa lujuria, besar el repugnante pie de la Fanchon, esta sucia y vieja sirvienta que hemos descrito antes, y extasiándose de lujuria mientras lo chupa.

-Yo comprendo todo esto -dice Durcet-; sólo se necesita estar hastiado para comprender esas infamias; la saciedad se las inspira al libertinaje, que las ejecuta inmediatamente. Se está cansado de la cosa sencilla, la imaginación se encrespa y la pequeñez de nuestros medios, la debilidad de nuestras facultades, la corrupción de nuestro espíritu nos conducen a tales abominaciones.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)


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