Prologo de El Libertino

viernes, 1 de julio de 2016




Quedé muy asombrada -dijo la Duelos, reanudando el hilo de su discurso- al ver que todas mis compañeras se reían al encontrarse conmigo, y me preguntaban si me había limpiado bien y mil otras cosas que demostraban que ellas sabían muy bien lo que yo acababa de hacer. No me dejaron mucho rato en la inquietud, y mi hermana, conduciéndome a una habitación contigua a aquella donde se celebraban comúnmente las orgías, y donde yo había sido encerrada, me mostró un agujero a través del cual se veía el canapé y todo lo que ocurría en el cuarto. Me dijo que aquellas señoritas se divertían fisgando por el agujero lo que hacían los hombres a sus compañeras, y que yo misma era dueña de ir allá cuando quisiera, siempre que no estuviera ocupado. Porque sucedía a menudo, decía ella, que aquel respetable agujero sirviese para misterios acerca de los cuales sería instruida en su momento y lugar. No transcurrieron ocho días sin que sacase provecho de ese placer, y una mañana en que habían preguntado por una tal Rosalie, una de las más bellas rubias que imaginarse pueda, tuve la curiosidad de observar qué le harían. Me oculté, y he aquí la escena de que fui testigo.
El hombre que estaba con ella no debía tener más de veintiséis o treinta años. En cuanto ella entró, la hizo sentarse en un taburete muy alto y destinado para la ceremonia. Tan pronto como estuvo sentada, le quitó todas las horquillas que sostenían su pelo e hizo flotar hasta el suelo un bosque de cabellos rubios, soberbios, que adornaba la cabeza de aquella hermosa muchacha. Sacó luego un peine de su bolsillo, los peinó, los desenredó, los acarició y besó, entremezclando cada acción con elogios sobre la belleza de aquella cabellera, que era lo único que le ocupaba. Finalmente se sacó de la bragueta un pequeño pito seco y muy tieso que envolvió rápidamente con los cabellos de su dulcinea, y meneándosela con el moño, eyaculó mientras pasaba su otra mano alrededor del cuello de Rosalie y la besaba en la boca. Desenvolvió su verga muerta, vi los cabellos de mi compañera sucios de semen; ella los limpió se los volvió a atar, y nuestros amantes se separaron.
Al cabo de un mes, mi hermana fue llamada por un personaje que nuestras señoritas me dijeron que fuera a contemplar a través del agujero porque tenía una extravagante fantasía. Se trataba de un individuo de unos cincuenta años; apenas había entrado cuando, sin preliminares de ninguna clase, sin caricias, mostró su trasero a mi hermana, la cual, al tanto de la ceremonia, hizo que se inclinara sobre la cama, se apodera del fofo y arrugado culo, hunde sus cinco dedos en el orificio y empieza a sacudirlo de una manera tan enérgica que la cama crujía. Mientras tanto, nuestro hombre, sin mostrar nada más, se agita, se menea, sigue los movimientos, se presta a ellos con lubricidad y grita que descarga y que goza el mayor de los placeres. La agitación había sido violenta, en verdad, porque mi hermana estaba cubierta de sudor; ¡pero qué menguados episodios y qué imaginación tan estéril!
Si bien el hombre que me fue presentado poco después no fue más caprichoso, por lo menos partía más voluptuoso y su manía, para mí, tenía más el colorido del libertinaje. Era un hombre de unos cuarenta y cinco años bajo y gordo, pero fresco y alegre. Como todavía no había visto a ningún hombre con un gusto como el suyo, mi primer movimiento fue el de arremangarme hasta el ombligo: un perro al que se le muestra un bastón no hubiera puesto una cara más larga. - ¡Eh! ¡Por tu vida! Dejemos tranquilo el coño, querida, te lo ruego -me dijo, bajándome las faldas tan rápidamente como yo las había subido-. Esas putillas -prosiguió, de buen humor- sólo le muestran a uno sus coños. Serás la causa de que no descargue en toda la noche.., mientras no me haya quitado de la cabeza tu jodido coño. Y diciendo esto hizo que me volviera de espaldas y levantó metódicamente los refajos por detrás. En esta posición, y conduciéndome él mismo, sin soltar las faldas levantadas, para ver los movimientos de mi culo mientras caminaba, hizo que me acercase a la cama, sobre la que me acostó de bruces. Entonces examinó mi trasero con la más escrupulosa atención, ocultando con una mano el coño, que parecía temer más que al fuego. Finalmente, tras haberme pedido que disimulara todo lo que pudiera esta indigna parte (empleo su expresión), con sus dos manos manoseó durante un buen rato y con lubricidad mi trasero; lo separaba, lo juntaba, acercaba a él su boca y una vez o dos hasta sentí que la colocaba sobre el agujero, pero no se estremecía aparentemente, no había señales de nada. Sin embargo, cuando se sintió dispuesto, preparóse para el desenlace de la operación. -Tiéndete completamente en el suelo me dijo, arrojando algunos cojines- allá, sí, eso es... con las piernas bien separadas, el culo un poco levantado y el agujero lo más entreabierto que te sea posible -añadió, al ver mi docilidad. Y entonces, tomando un taburete, lo colocó entre mis piernas y fue a sentarse en él de manera que su pito, que finalmente sacó de su bragueta, pudiese ser meneado a la altura del agujero que incensaba. Entonces sus movimientos se hicieron más rápidos, con una mano se meneaba y con la otra separaba mis nalgas, y algunas alabanzas sazonadas con muchos juramentos componían su discurso. - ¡Oh, santo Dios! ¡Qué hermoso culo! ¡Cómo voy a inundarlo! Y cumplió su palabra. Me sentí toda mojada; el libertino pareció quedar anonadado tras su éxtasis. ¡Tan verdad es que el homenaje rendido a ese templo tiene siempre más ardor que el que se ofrece en el otro!; y se fue, tras haberme prometido que regresaría porque había satisfecho muy bien sus deseos. Efectivamente, regresó al día siguiente, pero su inconstancia le hizo preferir a mi hermana; fui a observarlos y vi que empleaba absolutamente los mismos procedimientos, a los que mi hermana se prestaba con la misma complacencia.

-¿Tenía un culo hermoso tu hermana? –preguntó Durcet. 

-Podréis juzgar por un solo detalle, monseñor -dijo la Duelos-. Un famoso pintor, a quien le habían encargado una Venus de hermosas nalgas, un año después, le pidió que le sirviera de modelo, porque decía, había estado buscando en todas las casas de alcahuetas de París sin haber encontrado lo que necesitaba.

-Puesto que ella tenía quince años, y que aquí hay muchachas de tal edad, compáranos su trasero -dijo el financiero- con alguno de los culos que tienes aquí ante tu vista.

Duelos fijó los ojos en Zelmire y dijo que le era imposible encontrar nada, no solamente respecto al culo si no a la cara, que pudiera competir con su hermana. 

-Bueno, Zelmire -dijo el financiero- ven, pues, a presentarme tus nalgas.

Ella pertenecía precisamente a su cuadrilla. La encantadora muchacha se acercó temblando. Es colocada al pie del canapé, acostada de bruces; levantan su grupa con las-cojines y el pequeño orificio se ofrece completo.
El libertino empalmado besa y manosea lo que se le presenta. Ordena a Julie que se la menee. Es obedecido, sus manos se extravían sobre otras partes, la lubricidad lo embriaga, su pequeño instrumento, bajó las sacudidas voluptuosas de Julie, parece endurecerse un momento, el canalla blasfema, la leche fluye y suena la hora de la cena. 
Como en todas las comidas, reinaba la misma profusión, haber descrito una es como haberlas descrito todas. Pero como casi todo el mundo había eyaculado, en esta cena fue preciso restablecer fuerzas, y por lo tanto, se bebió mucho. Zelmire, que era llamada la hermana de la Duelos, fue extraordinariamente festejada en las orgías y todo el mundo quiso besar su culo. El obispo dejó en él algo de semen, los otros tres compañeros volvieron a excitarse y se fueron a acostar como la víspera, es decir, cada cual con las mujeres que habían tenido en los canapés y cuatro jodedores que no habían aparecido desde la cena.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)


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