Prologo de El Libertino

miércoles, 6 de julio de 2016




Un joven cuya manía, aunque muy poco libertina, en mi opinión, no por eso era menos singular, se presentó en casa de Mme Guérin, poco después de la última aventura de que hablé ayer. Necesitaba una nodriza joven y lozana; la mamaba y eyaculaba sobre los muslos de aquella buena mujer mientras se atiborraba con su leche. Su pito me pareció muy mediocre y toda su persona bastante desmedrada, y su descarga fue tan dulce como su operación.
Al día siguiente se presentó otro en la misma habitación cuya manía seguramente
os parecerá más divertida. Quería que la mujer estuviese envuelta con. velo que le ocultara completamente todo el pecho y la figura; la única parte del cuerpo que deseaba ver, y que tenía que ser de una calidad superior, era el culo, ya que todo el resto le era indiferente y se sabía que le hubiera disgustado contemplarlo. Mme Guérin hizo venir de fuera una mujer de una gran fealdad y de unos cincuenta años de edad, pero cuyas nalgas estaban cortadas como las de Venus. Nada más hermoso podía ofrecerse a la vista.
Yo quise ver esta escena; la vieja dueña, bien envuelta, fue a colocarse en seguida de bruces sobre el borde de la cama. Nuestro libertino, de unos treinta años y seguramente hombre de toga, le levanta las faldas hasta los costados, se extasía ante las bellezas de su gusto que le son ofrecidas. Manosea, separa las soberbias nalgas, las besa con ardor y, con la imaginación inflamada más por lo que supone que por lo que hubiera visto sin duda si la mujer hubiese estado sin velo y fuese incluso bonita, cree tener trato con la misma Venus, y al cabo de poco rato, ya con el miembro endurecido a fuerza de sacudidas, lanza una lluvia benéfica sobre las dos nalgas que están bajo su mirada. Su descarga fue viva e impetuosa. Estaba sentado delante del objeto de su culto; una de sus manos lo abría mientras que con la otra lo machacaba, y gritó diez veces: - ¡Qué hermoso culo! ¡Ah, qué delicia inundar de semen semejante culo! En cuanto terminó levantóse y se marchó sin manifestar el menor deseo de saber con quién había tratado.
Un joven clérigo solicitó a mi hermana, poco tiempo después. Era joven y guapo, pero casi no podía distinguirse su pito, tan pequeño y blando era. La tumbó casi desnuda en un canapé, se colocó de rodillas entre sus muslos, sosteniéndole las nalgas con las dos manos, y empezó a cosquillearle el pequeño agujero de su trasero. Luego su boca se pegó al coño de mi hermana. Le cosquilleó el clítoris con la lengua, y obró de un modo tan hábil, hizo un empleo tan acompasado y tan igual de sus dos movimientos, que en tres minutos la sumergió en el delirio; vi como su cabeza se inclinaba, su mirada se extraviaba y la bribona exclamó: "- ¡Oh, mi querido abad, me haces morir de placer!"
El clérigo tenía por costumbre tragar todo el líquido que su libertinaje hacía fluir. No falló y, meneándosela, agitándose a su vez mientras obraba contra el canapé donde estaba mi hermana, le vi esparcir por el suelo la evidencia de su virilidad. Me tocó al día siguiente, y os puedo asegurar, señores, que es una de las más dulces operaciones que he vivido en mi vida: el bribón del abad tuvo mis primicias, y el primer semen que perdí en mi vida fue en su boca. Más diligente que mi hermana en devolverle el placer que me daba, agarré maquinalmente su pito flotante y mi pequeña mano le devolvió lo que su boca me hacía experimentar con tanta delicia.

En este punto el duque no pudo impedir interrumpir. Singularmente excitado por las masturbaciones a las que se había prestado por la mañana, creyó que ese tipo de lubricidad ejecutado con la deliciosa Augustine cuyos despiertos y bribones ojos anunciaban un temperamento muy precoz, le haría perder un semen que ya picaba excesivamente a sus cojones. Ella pertenecía a su cuadrilla, le gustaba bastante, había sido destinada a él para la desfloración, la llamó. Esa noche estaba vestida de marmota y encantadora bajo este disfraz. La dueña le remangó las faldas y la colocó en la postura que había descrito Duelos. El duque se apoderó primero de las nalgas,se arrodilló, introdujo un dedo en el ano, que cosquilleó ligeramente, agarró el clítoris que esta amable niña tenía ya muy marcado, chupó. Los de Languedoc tienen temperamento; Augustine fue una prueba de ello: sus bonitos ojos se animaron, suspiró, sus muslos se levantaron maquinalmente, y el duque tuvo la suerte de obtener un semen joven que sin duda corría por primera vez.
Pero no se obtienen dos dichas seguidas. Hay libertinos endurecidos hasta tal punto por el vicio, que cuanto más simple y delicada es la cosa que hacen, menos se excita su maldita cabeza. Nuestro querido duque era de estos, tragó el esperma de esta deliciosa niña sin que el suyo quisiese correr. Y hasta hubo un momento, pues nada es tan inconsecuente como un libertino, un momento, digo, en que iba a acusar por ello a esta pobre desgraciada, que totalmente confundida por haber cedido a la naturaleza, ocultaba su cabeza entre las manos e intentó huir de su puesto.

-                     ¡Qué me traigan otra! -dijo el duque, lanzando furiosas miradas a Augustine-. Las chuparé todas antes que no perder mi semen.
-                      
Trajeron a Zelmire, la segunda muchacha de su cuadrilla, que igualmente le correspondía por derecho. Tenía la misma edad que Augustine, pero la pena de su situación encadenaba en ella todas las facultades de un placer que tal vez sin eso la naturaleza le hubiese permitido igualmente disfrutar. Le levantan las faldas por encima de los muslos, más blancos que el alabastro; muestra un montecito cubierto de una pelusilla que empieza a brotar. Se deja colocar en la forma requerida, pero por más que haga el duque, nada logra. Se levanta furioso al cabo de un cuarto de hora y, corriendo hacia su gabinete con Hercule y Narcisse, dice:

-                     ¡Ah, joder! Veo que no es la caza que necesito -refiriéndose a las dos muchachas- y que sólo tendré éxito con ésta.

Se ignoran cuáles fueron los excesos a los que se entregó, pero al cabo de unos instantes se oyeron gritos y rugidos que demostraban que había logrado la victoria, y que los muchachos eran, para una eyaculación, vehículos más seguros que las más adorables muchachas. Mientras tanto, el obispo se había encerrado con Giton, Zélamir y Bande-au-ciel, y cuando se hubieron escuchado los gritos suscitados por su descarga, los dos hermanos, que seguramente se habían entregado a los mismos excesos, regresaron para escuchar más tranquilamente el relato de nuestra narradora:

Transcurrieron casi dos años sin que se presentasen en casa de la Guérin más personajes o gente de gustos demasiado comunes, excepto los que he contado ya, cuando fui avisada de que me arreglara y, sobre todo, lavase bien mi boca. Obedecí y bajé cuando me lo ordenaron. Un hombre de unos cincuenta años, gordo y robusto, se encontraba con la Guérin.

-Ahí puede verla usted -dijo-. Señor, no tiene más que doce años y es limpia como si saliese del vientre de su madre, puedo responder de ello.

El cliente me examinó, me hizo abrir la boca, inspeccionó mis dientes, respiró mi aliento y, satisfecho de todo, sin duda, pasó conmigo al templo destinado a los placeres. Nos sentamos uno enfrente del otro, y muy cerca. Nada podía imaginarse de más serio que mi pretendiente, nada más frío ni flemático. Me miraba de soslayo, me contemplaba con los ojos medio cerrados y me preguntaba yo a qué conduciría todo aquello, cuando, rompiendo finalmente el silencio, me dijo que guardara en la boca la mayor cantidad posible de saliva. Obedecí, y cuando consideró que mi boca debía estar llena, se lanza con ardor a mi cuello, pasa su brazo alrededor de mi cabeza con el fin de sujetarla, y pegando sus labios a los míos, bombea, chupa y traga con avidez todo el líquido que yo había acumulado, que parecía colmarlo de éxtasis. Atrae mi lengua con el mismo furor, y cuando la siente seca y advierte que ya no hay nada en mi boca, me ordena que vuelva a empezar mi operación. Repite la suya, vuelvo a efectuar la mía, y así durante ocho o diez veces seguidas.
Chupó mi saliva con tal furor que sentía una opresión en el pecho. Creí que por lo menos algunas chispas de placer coronarían su éxtasis, pero me equivocaba. Su flema, que sólo se desmintió un poco en los instantes de sus ardientes succiones, volvía a ser la misma cuando terminaba, y cuando le hube dicho que ya no podía más, volvió a mirarme de reojo, a fijar sus ojos en mí como al principio, se levantó sin decir una sola palabra, pagó a la Guérin y se marchó.

- ¡Ah! ¡santo Dios, santo Dios! -dijo Curval-. Yo soy más feliz que él, porque descargo.

Todas las cabezas se levantaron, y todos vieron al querido presidente haciendo a Julie, su mujer, que aquel día tenía por compañera en el canapé, lo mismo que la Duelos acababa de relatar. Sabíase que esta pasión era bastante de su gusto, junto con algunos otros episodios que Julie le proporcionaba y que la joven Duelos no había proporcionado a su cliente, si hay que creer al menos los refinamientos que aquel exigía y que el presidente estaba lejos de desear.

-Un mes después -dijo la Duelos, a quien se le había ordenado que prosiguiera-, tuve tratos con un chupador de un camino completamente contrario. Este era un viejo abad que, después de haberme previamente besado y acariciado el trasero durante más de media hora, hundió su lengua en el agujero, hizo que penetrara con fuerza, la volvió y revolvió con tanto arte que creía casi sentirla dentro de mis entrañas. Pero éste, menos flemático, tras separar mis nalgas con una mano, con la otra se la meneaba muy voluptuosamente, y descargó atrayendo hacia sí mi ano con tanta violencia, y cosquilleando tan lúbricamente, que yo compartí su éxtasis. Cuando terminó, examinó todavía unos momentos mis nalgas, miró ese agujero que acababa de ensanchar, no pudo impedir besarlo una vez más y se marchó, no sin antes haberme asegurado que regresaría a menudo porque había quedado muy contento de mi culo. Cumplió la palabra, y durante cerca de seis meses me visitó tres o cuatro veces por semana para practicar la misma operación, a la que me había acostumbrado tanto que no la realizaba sin hacerme experimentar gran placer. Este detalle, por otra parte, le era bastante indiferente, porque nunca me pareció que se diese por enterado o que lo desease. Quien sabe incluso, pues los hombres son muy raros, si no le hubiese quizás disgustado.

Aquí Durcet, a quien este relato acababa de inflamar, quiso, como el viejo abad, chupar el agujero de un culo, pero no el de una muchacha. Llamó a Hyacinthe, que era el que le gustaba más. Lo coloca bien, le besa el culo, se casca el pito, se agita. Por la vibración de sus nervios, por el espasmo que precede siempre a su descarga, hubiera podido creerse que su perversa y pequeña anchoa, que Aline meneaba con fuerza, iba finalmente a soltar su simiente, pero el financiero no era tan pródigo de su semen y ni siquiera se empalmó. Se les ocurre cambiarle de objeto, se le ofrece Céladon, pero nada se gana con ello. La feliz campana que anunciaba la cena salva el honor del financiero.

-No esculpa mía -dice, riendo, a sus compañeros-. Como habéis visto, iba a obtener la victoria; pero esta maldita comida la ha retrasado. Vamos a cambiar de voluptuosidad; cuando Baco me haya coronado, seré más ardiente en los combates del amor.

La cena, tan suculenta como alegre, y tan lúbrica como siempre, fue seguida de orgías y se cometieron muchas pequeñas infamias. Hubo muchas bocas y culos chupados, pero una de las cosas en que se divirtieron más consistió en el juego de ocultar el rostro y el pecho de las muchachas y apostar a reconocerlas examinando sólo sus nalgas. El duque se equivocó varias veces, pero los otros tres tenían tal experiencia de los culos que no erraron una sola vez. Luego se acostaron, y el día siguiente les trajo nuevos placeres y algunas nuevas reflexiones.

Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)



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