Prologo de El Libertino

lunes, 1 de agosto de 2016




Aquella noche se cambió de sexo a las cuadrillas: las muchachas de marinero y los muchachos de modistillas, su vista era encantadora, nada excita tanto la lubricidad como este pequeño trueque voluptuoso; es agradable encontrar en un muchachito lo que lo asemeja a una muchachita, y ésta es mucho más interesante cuando, para complacer, imita el sexo que se desearía que tuviera. Aquel día, cada cual tenía a su mujer en el canapé; recíprocamente se felicitaban de un orden tan religioso, y como todo el mundo estaba dispuesto a escuchar, la Duelos reanudó el relato de sus lúbricas historias como se verá:

Había en casa de la Guérin una mujer de unos treinta años, rubia, un poco rolliza, pero singularmente blanca y lozana, la llamaban Aurore, tenía una boca encantadora, hermosos dientes y la lengua voluptuosa, pero ¿quién lo creería?, sea por defecto de educación o por debilidad del estómago, aquella adorable boca tenía el defecto de soltar a cada momento una cantidad prodigiosa de gases, y sobre todo cuando había comido mucho había veces que no cesaba de eructar durante una hora flatos que habrían hecho dar vueltas a un molino. Pero con razón se dice que en ese mundo no hay defecto que no encuentre su admirador, y aquella hermosa mujer, por razón del suyo, tenía uno de los más ardientes; se trataba de un sabio y serio doctor de la Sorbona que, cansado de demostrar inútilmente la existencia de Dios en la escuela, iba a veces a convencerse en el burdel de la existencia de la criatura humana. El día fijado, avisaba a Aurore para que comiera como una desenfrenada. Presa de curiosidad por tan devota entrevista, corro a mi agujero, y estando los amantes juntos, tras algunas caricias preliminares, dirigidas todas a la boca, veo que nuestro dómine coloca delicadamente a su querida compañera sobre una silla, se sienta delante de ella y, poniendo en sus manos sus deplorables reliquias, le dice:

-Actúa, mi hermosa pequeña. Actúa; ya sabes los medios de hacerme salir de este estado de languidez, utilízalos deprisa, pues me siento con grandes ganas de gozar.

Aurore recibe en una mano el blando instrumento del doctor y con la otra le coge la cabeza, pega su boca a la del hombre y suelta en su bocaza unos sesenta eructos, uno tras otro. Nada puede describir el éxtasis del servidor de Dios; estaba en las nubes, jadeaba, tragaba todo lo que le lanzaban, hubiérase dicho que habría lamentado perder el más mínimo aliento, y durante todo aquel tiempo sus manos manoseaban los pechos y se metían debajo de las faldas de mi compañera, pero estas caricias sólo eran episódicas; el objeto único y capital era aquella boca que lo colmaba de suspiros. Finalmente, con la verga dura, debido a los cosquilleos voluptuosos que aquella ceremonia le hacía experimentar, descargó sobre la mano de mi compañera y luego escapa diciendo que nunca en su vida había gozado tanto.

Un hombre más extraordinario exigió de mí, poco tiempo después, una particularidad que no merece ser silenciada. La Guérin me había hecho comer aquel día, casi forzándome, de una manera tan copiosa como había visto hacer algunos días antes a mi compañera en el almuerzo. Había tenido cuidado en hacerme servir todo lo que sabía me gustaba más, en el mundo, y habiéndome dicho, al levantarme de la mesa, todo lo que era necesario hacer con el viejo libertino con el que iba a unirme, me hizo tragar tres granos de un emético disueltos en un vaso de agua caliente. El libertino llega, era un cliente del burdel a quien ya había visto algunas veces sin ocuparme demasiado acerca de lo que buscaba allí. Me besa, hunde su lengua sucia y repugnante en mi boca, cuyo mal olor acentúa el efecto del vomitivo. Ve que mi estómago se rebela y él se muestra extasiado. " ¡Valor, pequeña! -exclama-. ¡Valor! No me dejaré perder ni una sola gota". Prevenida sobre todo lo que tenía que hacer, lo siento en un canapé, hago que incline su cabeza sobre uno de los bordes; tenía abiertos los muslos, le desabrocho la bragueta, cojo una verga blanda y corta que no anuncia ninguna erección, se la sacudo, el hombre abre la boca; sin dejar de meneársela, recibiendo los manoseos de sus manos impúdicas que se pasean por mis nalgas, le lanzo a quemarropa dentro de la boca toda la digestión imperfecta de un almuerzo que el emético me hacía devolver. Nuestro hombre está en las nubes, se extasía, traga, va a buscar él mismo sobre mis labios la impura eyaculación que lo embriaga, sin perder una gota, y cuando cree que la operación va a cesar, provoca su continuación con los cosquilleos de su lengua; y su verga, aquella verga que apenas toco, tan abrumada estoy por la crisis, aquella verga que sólo se endurece sin duda después de tales infamias, se hincha, se levanta y deja, llorando, sobre mis dedos la prueba nada sospechosa de las impresiones que aquella suciedad le proporciona.


-      ¡Ah, rediós! -dice Curval-. He aquí una deliciosa pasión, sin embargo, podría refinarse más.
-     
-¿Cómo? -pregunta Durcet, con una voz entrecortada por los suspiros de la lubricidad.

-¿Cómo? -dice Curval-, ¡eh! Pues mediante la elección de la mujer y de la comida, ¡vive Dios!

-De la mujer... ¡Ah, comprendo! Tú desearías para eso a una Fanchon.

-      ¡Eh! Sin duda alguna.

-¿Y la comida? -preguntó Durcet, mientras Adélaïde se la meneaba.

-¿La comida? -contestó el presidente-. ¡Eh! Rediós, la obligaría a devolver lo que yo le daría del mismo modo.

-¿Es decir -preguntó el financiero, cuya cabeza empezaba a extraviarse-, que tú devolverías en la boca de la mujer, la cual se tragaría lo tuyo y después lo devolvería?

-Exactamente.

Y como ambos corrieron hacia sus gabinetes, el presidente con Fanchon, Augustine y Zélamir, Durcet con la Desgranges, Rosette y Bande-au-ciel, hubo que esperar cerca de media hora para continuar los relatos de la Duclos. Por fin, regresaron.

-Acabas de hacer porquerías -dijo el duque a Curval, que había regresado primero.

-Algunas -contestó el presidente-, son la felicidad de mi vida, y por lo que a mí respecta, sólo estimo la voluptuosidad en tanto que sea la más puerca y repugnante.

-Pero por lo menos ha habido eyaculación, ¿no es verdad?

-      ¡Ni hablar! -dijo el presidente-. ¿Crees que nos parecemos a ti y que, como tú, hay eyaculación a cada momento? Dejo esas hazañas para ti y para los vigorosos campeones como Durcet -añadió, viendo regresar a éste sosteniéndose apenas sobre sus piernas a causa del agotamiento.
-     
-Es verdad -dijo el financiero-, no lo he aguantado, esa Desgranges es tan sucia, en su persona y en sus palabras, se presta tan fácilmente a todo lo que uno quiere...

-      ¡Vamos, Duelos! -dijo el duque-. Prosigue tu relato, pues si no le cortamos la palabra, el pequeño indiscreto nos dirá todo lo que ha hecho, sin reflexionar en lo horrible que resulta vanagloriarse así de los favores que se reciben de una linda mujer. Y la Duelos, obedeciendo, reanudó así el hilo de su historia:

Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)


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