Prologo de El Libertino

martes, 30 de agosto de 2016




Iba la Duclos a proseguir sus relatos, cuando se oyeron los rugidos acostumbrados y las blasfemias corrientes de las descargas del duque, el cual, rodeado de su cuadrilla, perdía lubricamente su semen, excitado por Augustine, y haciendo con Giton, Zéphyr y Sophie pequeñas cochinadas, muy semejantes a las que salían en los relatos.

-¡Ah, santo Dios! -dijo Curval-. No puedo soportar esos malos ejemplos; no hay nada que haga descargar tanto como ver que alguien descarga, y he aquí a esa putita -dijo, dirigiéndose a Aline- que no podía hacer nada hace un rato y ahora hace todo lo que se quiere... No importa, me contendré... ¡Ah!, por más que cagues, puta, por más que cagues, no descargaré.

-Veo bien, señores -dijo la Duclos-, que después de haberos pervertido corre de mi cuenta volveros a la razón, y para lograrlo voy a reanudar mi relato, sin esperar vuestras órdenes.

- ¡Oh, no, no! -dijo el obispo-. Yo no soy tan reservado como el señor presidente; el semen me pica y tengo que soltarlo.

Y tras haber dicho esto, se le vio hacer delante de todo el mundo ciertas cosas que el orden que nos hemos prescrito no nos permite revelar todavía, pero cuya voluptuosidad hizo derramar pronto el esperma que bullía en sus cojones. Durcet, entregado completamente al culo de Thérèse, no oyó nada, y puede creerse que la naturaleza le negaba lo que concedía a los otros, porque no permaneció mudo generalmente cuando le concedía sus favores. La Duclos, al ver que reinaba la calma prosiguió el relato de sus lúbricas aventuras:

Un mes después, vi a un hombre que casi era preciso violar para una operación muy semejante a la que acabo de contar. Cago en un plato y se lo coloco bajo la nariz, en el sillón donde se encontraba instalado leyendo un libro, como si no hubiese advertido mi presencia. Me insulta, me pregunta cómo soy tan insolente para hacer semejantes cosas delante de él, pero cuando huele la mierda la mira y la manosea, yo me excuso por haberme tomado tal libertad, él sigue diciéndome tonterías y acerca la mierda a su nariz, no sin decirme que ya volveríamos a vernos otra vez y que sabría cómo las gastaba.
Un cuarto personaje sólo empleaba para semejantes fiestas a viejas de setenta años; lo vi actuar con una que tenía por lo menos ochenta. Estaba acostado en un canapé, la matrona, a horcajadas encima de él, le soltó el paquete sobre el vientre, mientras le meneaba una vieja y arrugada verga que casi no descargó nada.
En casa de la señora Fournier había otro mueble bastante singular: era una especie de silla agujereada en la que un hombre podía instalarse de tal manera que su cuerpo aparecía en otra habitación y su cabeza se encontraba en el lugar del orinal. Yo estaba a su lado, arrodillada entre sus piernas y chupándole entretanto la verga con gran afición. Esta singular operación consistía en que un hombre del pueblo, alquilado para eso, y sin saber a ciencia cierta qué hacía, entrase por el lado donde estaba el asiento de la silla, se sentase encima y soltase su paquete de mierda, el cual caía a bocajarro sobre la cara del paciente que yo trataba; pero era necesario que aquel hombre fuese precisamente de baja condición y crapuloso; era preciso, además, que fuese viejo y feo, sin lo cual no era aceptado por el cliente, quien lo veía antes de la operación. No vi nada, pero lo oí todo: el instante del choque fue el de la eyaculación de mi hombre, su semen se disparó hacia mi gaznate a medida que la mierda le cubría el rostro, y lo vi salir de la habitación en un estado que me confirmó que lo habían servido bien. El azar, una vez terminada la representación, me hizo topar con el gentilhombre que acababa de actuar; era un bueno y honrado auvernés un peón albañil que estaba encantado de haberse ganado un escudo con una ceremonia que le había aliviado el vientre y le resultaba más dulce y agradable que cargar la gaveta. Era espantosamente feo y' debía tener más de cuarenta años.

-Reniego de Dios -dijo Durcet-. Eso es.

Y, tras haber dicho esto, pasó a su gabinete con el más viejo de los jodedores, Thérése y la Desgranges. Unos minutos después se le oyó rebuznar, y al regresar, no quiso comunicar a la compañía los excesos a los que se había entregado.

Se sirvió una cena que por lo menos fue tan libertina como de costumbre. Como los amigos, habían tenido la idea, después de aquella cena, de ir cada uno por su lado, en vez de divertirse juntos unos momentos, como tenían por costumbre hacer, el duque ocupó el tocador del fondo con Hercule, la Martaine, su hija Julie, Zelmire, Hébé, Zelamire, Cupidon y Marie.
Curval se apoderó del salón de los relatos con Constance, que se estremecía cada vez que tenía que encontrarse con él, y a la que estaba lejos de tranquilizar, con Fanchon, la Desgranges, Brise-cul, Augustine, Fanny, Narcisse y Zéphyr.
El obispo pasó al salón de reuniones con la Duelos, quien aquella noche fue infiel al duque para vengarse de la infidelidad que cometía él llevándose a la Martaine, con Aline, Bande-au-ciel, Thérèse, Sophie, la encantadora muchachita Colombe, Céladon y Adonis.
Durcet se quedó en el comedor, tras quitar las mesas, donde se extendieron alfombras y colocaron cojines. Se encerró allí, digo, con Adélaïde, su querida esposa, Antinoüs, Louison, Champville, Michette, Rosette, Hyacinthe y Giton.
Un recrudecimiento de lubricidad, más que otra causa, había sin duda dictado aquel arreglo, porque las cabezas se calentaron tanto durante aquella velada, que por unanimidad nadie se acostó, y resulta difícil imaginar cuántas suciedades e infamias hubo en cada habitación.

Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)



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