Prologo de El Libertino

miércoles, 24 de agosto de 2016





NOVENA JORNADA


La Duelos advirtió aquella mañana que creía prudente ofrecer a las muchachas otros blancos para el ejercicio de la masturbación que no fuesen los jodedores que se empleaban o bien que cesaran las lecciones, por considerar que las muchachas estaban suficientemente instruidas. Dijo, con mucha razón y verosimilitud, que emplear a aquellos jóvenes conocidos por el nombre de jodedores podía ser causa de intrigas que era prudente evitar, que además aquellos jóvenes, no valían absolutamente nada para aquel ejercicio, porque descargaban en seguida, y que ello redundaba en perjuicio de los placeres que esperaban los culos de aquellos señores. Se decidió, pues, que las lecciones cesaran, y tanto más cuanto que entre las muchachas había algunas que sabían menear las vergas de maravilla; Augustine, Sophie y Colombe hubieran podido medirse, por la habilidad y ligereza de sus muñecas, con las más famosas meneadoras de la capital. De todas ellas, Zelmire era la menos hábil: no porque no fuese rápida y diestra en todo lo que ella hacía, sino porque su carácter tierno y melancólico no le permitía olvidar sus penas y siempre estaba triste y pensativa. En la visita de la comida de aquel día, su dueña la acusó de haber sido sorprendida la noche anterior rezando a Dios antes de acostarse; fue llamada, se la interrogó y le preguntaron cuál era el tema de sus oraciones; al principio ella se negó a confesarlo, pero luego, al verse amenazada, confesó llorando que rogaba a Dios que la librase de los peligros que la acechaban y, sobre todo, que no se atentara contra su virginidad. El duque, entonces, le declaró que merecía la muerte, y le hizo leer el artículo del reglamento sobre esto.
-Pues bien -dijo ella-, máteme. El Dios a quien invoco tendrá al menos piedad de mí, máteme antes de deshonrarme, y esta alma que le consagro por lo menos volará pura hasta su seno, me veré libre del tormento de ver y escuchar tantos horrores cada día.
Una respuesta como ésta, tan llena de virtud, candor y amenidad, provocó unas prodigiosas erecciones en nuestros libertinos. Algunos opinaban que se la desvirgase inmediatamente, pero el duque, recordándoles los inviolables compromisos contraídos, se contentó con condenarla, de acuerdo con sus compañeros a un violento castigo para el sábado siguiente, y mientras tanto que se acercase de rodillas y chupara durante un cuarto de hora la verga a cada uno de ellos, con la advertencia de que en caso de reincidencia, sería juzgada con todo el rigor de las leyes y seguramente perdería la vida. La pobre niña cumplió la primera parte de la penitencia, pero el duque, a quien la ceremonia le había excitado, y que después del fallo le había manoseado prodigiosamente el culo, soltó villanamente todo su semen en aquella linda boquita, y amenazóla con estrangularla si rechazaba una sola gota, y la pobre desgraciada se lo tragó todo, no sin una gran repugnancia. Los otros tres fueron chupados a su vez, pero no eyacularon nada, y después de las ceremonias ordinarias de la visita al aposento de los muchachos y a la capilla, que aquella mañana produjo tan poco porque casi todo el mundo había sido rechazado, comieron y pasaron al café.
Este era servido por Fanny, Sophie, Hyacinthe y Zélamire; Curval imaginó joder a Hyacinthe sólo entre los muslos y obligar a Sophie a que se colocara entre los muslos de Hyacinthe y chupara la parte saliente de su pito. La escena fue agradable y voluptuosa, meneó e hizo descargar al hombrecillo en la nariz de la muchacha, y el duque, que a causa de la longitud de su verga, era el único que podía imitar esta escena, se despachó de la misma forma con Zélamire y Fanny, pero el joven todavía no eyaculaba, por lo cual se vio privado de un episodio muy interesante del que Curval gozaba. Después de ellos, Durcet y el obispo se las entendieron con los cuatro muchachitos y también se las hicieron chupar, pero ninguno descargó y, tras una corta siesta, pasaron al salón de los relatos donde ya se encontraba dispuesto todo el mundo, y la Duelos reanudó el hilo de sus narraciones:

Con cualquier otro que no fuerais vosotros, señores -dijo esta amable mujer, temería tocar el tema de las narraciones que nos ocuparán toda esta semana, pero por crapuloso que sea, vuestros gustos me son demasiado conocidos para estar segura de que en vez de disgustaras os seré agradable. Escucharéis, os lo prevengo, porquerías abominables, pero vuestros oídos ya están acostumbrados a ello, vuestros corazones las aprueban y desean, y sin más demora entro en materia.
En casa de la señora Fournier teníamos un antiguo cliente llamado el caballero, no sé por qué ni cómo, que solía venir todas las noches para una ceremonia tan sencilla como extraña: se desabrochaba la bragueta y era preciso que una de nosotras, por turno, cagara en sus calzones. Volvía a abrocharse inmediatamente y salía llevándose su paquete. Mientras se lo proporcionaban, nuestro hombre se meneaba la verga un rato, pero nunca se le vio eyacular y no se sabía a donde iba con su mojón así embraguetado.

- ¡Oh! ¡Pardiez! -dijo Curval, que siempre que oía algo tenía ganas de hacerlo-. Quiero que alguien se cague en mis calzones y conservarlo durante toda la velada.

Y ordenando a Louison que acudiera a hacerle este favor, el viejo libertino dio a la reunión la representación efectiva de aquello cuyo relato había escuchado.

- ¡Vamos, sigue! -dijo flemáticamente a la Duelos, colocándose cómodo en su canapé-. Este asunto sólo incomodará a Aline, mi encantadora compañera en esta velada, en cuanto a mí, me acomodo a ello perfectamente.
Y la Duelos prosiguió así:

Prevenida, dijo, de todo lo que ocurriría con el libertino que me enviaban, me vestí de muchacho y, como sólo tenía veinte años, una hermosa cabellera y un lindo rostro, el atavío me sentaba maravillosamente. Antes de encontrarme con él, había tenido la precaución de hacer, en mis calzones, lo que el señor presidente acaba de hacerse en lo suyos. Mi hombre me esperaba en la cama, yo me acerco a él, me besa dos o tres veces muy lúbricamente en la boca, me dice que soy el más lindo muchachito que ha visto en su vida, y mientras tanto, sin dejar de piropearme, trata de desabrocharme los calzones. Yo me defiendo un poco, sólo con la intención de inflamar sus deseos, él insiste, logra sus propósitos, pero cómo describir el éxtasis que hace presa en él cuando ve el paquete que llevo y el embarrado de mis nalgas.

- ¡Cómo, pequeño bribón! ¿Te has cagado en los calzones?... ¿Cómo puedes hacer tales cochinadas?

Y dicho esto, teniéndome siempre de bruces y con los calzones bajados, se menea la verga, se agita, se echa sobre mi espalda y lanza su eyaculación sobre el paquete de caca, mientras hunde su lengua en mi boca.

- ¡Eh! ¡Qué! -dijo el duque-. ¿No tocó nada, no manoseó nada de lo que sabes?

-No, monseñor -contestó la Duclos-. Lo cuento todo y no oculto ningún detalle; pero tened un poco de paciencia y paulatinamente llegaremos a lo que os referís.

-Vamos a ver a un tipo muy divertido -me dijo una de mis compañeras-. Ese no tiene necesidad de compañía, se divierte solo.
Fuimos al agujero, enteradas de que en la habitación contigua, a donde tenía que dirigirse, había un orinal en el que se nos había ordenado que defecáramos durante cuatro días y que contenía por lo menos una docena de cagadas. Nuestro hombre llega; era un viejo arrendador de unos setenta años; se encierra, va derecho al orinal que sabe que contiene los perfumes cuyo goce ha pedido. Lo coge y, sentándose en un sillón, examina amorosamente durante una hora todas las riquezas de que se le ha hecho dueño; huele, toca, palpa, los saca uno tras otro para tener el placer de contemplarlos mejor. Finalmente, extasiado, saca de su bragueta un pellejo negro que sacude con todas sus fuerzas; con una mano menea y hunde la otra en el orinal, lleva a ese instrumento que se festeja un pasto susceptible de inflamar sus deseos; pero no se le empalma. Hay ocasiones en que hasta la naturaleza se muestra reacia ante los excesos que más nos deleitan. Por más que el hombre hizo, nada se levantó; pero a fuerza de sacudidas, hechas con la misma mano que acababa de ser hundida en los mismos excrementos, la eyaculación se produce, el hombre se envara, se tumba en la cama, huele, respira, frota su verga y descarga sobre el montón de mierda que también acaba de deleitarlo.
Otro hombre cenó conmigo, y quiso que en la mesa hubiera doce platos llenos de los mismos manjares, mezclados con los de la comida. Los olió uno tras otro y me ordenó que, después de haber comido, le meneara la verga sobre el plato que le había parecido más apetecible.
Un joven relator del Consejo de Estado pagaba por las lavativas que hacía; cuando me tocó, me administró siete seguidas con sus propias manos. Después de haberme administrado una, me hacía subir a una escalera doble, él se colocaba debajo y yo devolvía sobre su verga, que no dejaba de menearse, todo el líquido con que acababa de regar mis entrañas.

Fácil es imaginar que aquella velada se dedicó toda a porquerías más o menos de la índole que acabamos de escuchar, y esto es más fácil de creer por cuanto este gusto era general en los cuatro amigos, y aunque Curval fue quien lo llevó más lejos, los otros tres no se quedaron cortos. Las ocho defecaciones de las muchachas fueron colocadas entre los platos de la cena, y en las orgías sin duda se fue todavía más allá en eso con los muchachos, y de este modo terminó el noveno día, cuyo fin se vio llegar con tanto más placer cuanto que creíase que al día siguiente escucharían sobre el tema que les gustaba otros tantos relatos mucho más detallados.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)



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