Prologo de El Libertino

lunes, 15 de agosto de 2016




OCTAVA JORNADA

Como los castigos de la víspera habían impresionado mucho, al día siguiente no se encontró ni pudo encontrarse a nadie en falta. Continuaron las lecciones con los jodedores, y como no hubo ningún acontecimiento hasta la hora del café, empezaremos a hablar de este día a partir de entonces. El café era servido por Augustine, Zelmire, Narcisse y Zéphyr. Se reanudaron las jodiendas entre los muslos, Curval se apoderó de Zelmire y el duque de Augustine, y después de haber admirado y besado sus lindas nalgas, que aquel día, no sé por qué, tenían una gracia, unos atractivos, un sonrosado que no habían sido advertidos antes, después, digo, que nuestros libertinos hubieron acariciado y besado aquellos encantadores culitos, se exigieron pedos, como el obispo, que tenía a Narcisse, había obtenido ya algunos, se oían los que Zéphyr soltaba en la boca de Durcet..., ¿por qué no imitarlos? Zelmire había tenido éxito, pero Augustine, por más que hizo, por más que se esforzó, por más que el duque la amenazó con un castigo semejante al que había soportado la víspera, nada soltó, y la pobre pequeña había empezado ya a llorar cuando un pedito la tranquilizó; el duque respiró y, satisfecho por aquella prueba de docilidad de la niña que tanto amaba, le endilgó su enorme instrumento entre los muslos y, retirándolo en el momento de la descarga, le inundó completamente las dos nalgas. Curval había hecho lo mismo con Zelmire, pero el obispo y Durcet se contentaron con lo que se llama la "pequeña oca y, después de la siesta, pasaron al salón, donde la bella Duelos, engalanada aquel día con todo lo que mejor podía hacer olvidar su edad, parecía verdaderamente hermosa bajo las luces, y hasta tal punto que nuestros libertinos, excitados, no le permitieron continuar sin que antes no hubiese mostrado sus nalgas a la reunión.

-Verdaderamente tiene un hermoso culo -dijo Curval.

-Y bueno, amigo mío -dijo Durcet-. Te aseguro que he visto pocos que sean mejores.

Y recibidos estos elogios, nuestra narradora se bajó las faldas y reanudó el hilo de su historia de la manera que el lector leerá, si se toma la molestia de continuar, cosa que le aconsejamos en interés de sus placeres.

Una reflexión y un acontecimiento fueron la causa, señores, de que lo que me falta por contaros no se encuentre ya en el mismo campo de batalla; la reflexión es muy sencilla: fue el desgraciado estado de mi bolsa lo que la suscitó. Después de nueve años de vivir en casa de la Guérie, aunque gastara poco, no había podido ahorrar ni cien luises; aquella habilísima mujer, mirando siempre por sus intereses, encontraba siempre el medio de guardar para ella las dos terceras partes de las entradas y rebañaba todo lo que podía del otro tercio. Este manejo me disgustó y, vivamente solicitada por otra alcahueta llamada Fournier para que me fuera con ella, y sabiendo que la Fournier recibía en su casa a viejos calaveras de más tono y más ricos que los que recibía la Guérin, me decidí a despedirme de ésta para irme con la otra. En cuanto al acontecimiento que vino a apoyar mi reflexión, fue la pérdida de mi hermana; la quería mucho y no fue posible quedarme más tiempo en una casa donde todo me la recordaba sin poder encontrarla.
Desde hacía seis meses mi querida hermana era visitada por un hombre alto, enjuto y negro, cuyo rostro me desagradaba infinitamente. Se encerraban juntos, y no sé qué hacían en la habitación, porque mi hermana nunca quiso decírmelo, y nunca se colocaban en el sitio donde yo hubiera podido observarlos. Sea como fuere, una hermosa mañana, mi hermana se presentó en mi habitación, me besó y me dijo que su fortuna estaba hecha, que era la mantenida de aquel tipo que no me gustaba nada, y todo lo que supe es que todo lo que ella iba a ganar debíase a la belleza de sus nalgas. Dicho esto, me dio su dirección, arregló cuentas con la Guérin, nos besó a todas y se fue. Como podéis imaginar, dos días después me presenté en la dirección indicada, pero allí no sabían ni de qué hablaba yo; me di perfectamente cuenta de que mi hermana había sido engañada, porque no podía creer que desease privarme del placer de verla. Cuando me lamenté de lo que ocurría con la Guérin, advertí que ésta sonreía malignamente y rehuía explicarse. De aquí deduje que ella estaba en el misterio de toda la aventura, pero que no quería que yo lo descubriese. Todas estas cosas me afectaron mucho y me hicieron tomar mi partido, y como no tendré ocasión de volver a hablaros de mi hermana, os diré, señores, que a pesar de las pesquisas que hice, de las precauciones que tomé para descubrir su paradero me ha sido imposible volver a saber qué había sido de ella.


-Creo que veinticuatro horas después de haberse despedido de ti había dejado de existir dijo la Desgranges-. Ella no te engañaba, sino que fue ella misma la engañada, pero la Guérin sabía de qué se trataba.

- ¡Dios del Cielo! -exclamó entonces la Duclos-. ¿Qué estás diciendo? ¡Ay! Aunque no la veía, acariciaba la idea de que estaba viva.

-Andabas muy equivocada -dijo la Desgranges-, pero no te había mentido; fue la belleza de sus nalgas, la asombrosa superioridad de su culo lo que le valió la aventura en la que creyó encontrar su suerte y significó su muerte.

-¿Y el hombre alto y enjuto? -preguntó la Duclos.

-Era sólo un intermediario, no trabajaba por su propia cuenta.

-Sin embargo -dijo la Duclos-, la había visto asiduamente durante seis meses.

-Para engañarla -contestó la Desgranges-. Pero prosigue tu relato. Estas aclaraciones podrían aburrir a esos señores. Como esta historia me atañe, ya les daré buena cuenta de ella.

-Nada de sentimentalismos, Duclos -dijo secamente el duque al ver que la 'narradora se esforzaba por retener sus lágrimas involuntarias-. Aquí no hay lugar para penas de esa índole y aunque se hundiese toda la naturaleza no lanzaríamos ni un solo suspiro; dejemos las lágrimas para los imbéciles y los niños, pero que jamás mancillen las mejillas de una mujer razonable y que estimamos.

Después de oír estas palabras nuestra heroína se contuvo y pronto reanudó su relato.

Debido a las dos causas que acabo de explicar, tomé mi partido, señores, y como la Fournier me ofrecía mejor alojamiento, una mesa mejor servida, partidas de placer más caras aunque más penosas, y siempre partes iguales en los beneficios, sin ningún recorte, me decidí inmediatamente. La señora Fournier ocupaba entonces una casa entera y su serrallo estaba compuesto por cinco lindas muchachas; yo fui la sexta. Seguramente aprobaréis que haga aquí lo que he hecho respecto a la casa de la Guérin, es decir, que describa a mis compañeras a medida que representen un papel.
Desde el día siguiente al de mi llegada, se me dio trabajo, porque había mucha clientela en casa de la Fournier, y cada una de nosotras se ocupaba cinco o seis veces al día; pero sólo os hablaré, como he hecho hasta ahora, de las escenas que puedan llamar vuestra atención por su singularidad o extravagancia.
El primer hombre que vi en mi nueva casa fue un pagador de rentas, hombre de unos cincuenta años. Me hizo arrodillar, con la cabeza inclinada sobre la cama, y él se instaló igualmente sobre la cama, arrodillado, de modo que como su verga rozaba mi boca, que me había ordenado mantuviese muy abierta, no perdí una sola gota de su eyaculación, y el libertino se divirtió extraordinariamente ante las contorsiones y los esfuerzos que yo hacía para no vomitar aquel repugnante gargarismo.
Ahora, señores, prosiguió la Duelos, contaré seguidas, aunque sucedieron en épocas diferentes, cuatro aventuras de este mismo tipo que sucedieron en casa de la señora Fournier. Estos relatos, bien lo sé, no disgustarán a Durcet, quien me agradecerá que lo entretenga durante el resto de esta sesión con algo que es de su gusto y que me proporcionó el honor de conocerlo por primera vez.

- ¡Vaya! -dijo Durcet-. ¿Me darás un papel en tu historia?

-Si me lo permitís, señor -contestó la Duelos-, y con el ruego de que aviséis a esos señores cuando llegue a vuestro asunto.

-Y mi pudor... ¿qué? ¿Vas a exhibir delante de todas esas muchachas mis indecencias?

Y como todos se echaron a reír ante el temor burlón del financiero, la Duelos prosiguió:

Un libertino tan viejo y tan repugnante como el que acabo de describir, me dio la
segunda representación de esta manía; hizo que me tumbara desnuda sobre una cama, se tendió en sentido contrario sobre mí, puso su verga dentro de mi boca y su lengua en mi coño, y en esta posición exigió que le diese las titilaciones de voluptuosidad que pretendía debían proporcionarme su lengua. Yo chupaba como una condenada. Se trataba de mi virginidad para él, lamió, removió y se afanó en todas sus maniobras infinitamente más para él que para mí. Sea como sea, yo me sentía neutra, feliz de no sentirme asqueda, y el libertino descargó; operación que, siguiendo las indicaciones de la Fournier, hice que fuera lo más lúbrica posible, apretando mis labios, chupando, exprimiendo en mi boca el jugo que soltaba y pasando mi mano sobre sus nalgas para cosquillearle el ano, episodio que él me sugirió y en el que puso todo lo que pudo de su parte... Cuando el asunto hubo terminado, el hombre se marchó, no sin antes asegurarle a la Fournier que nunca se había topado antes con una muchacha como yo que lo hubiese satisfecho tanto.

Poco después de esta aventura, curiosa por saber qué venía a hacer en la casa una vieja bruja de más de setenta años y que llegaba con el aire de esperar algún trabajo, se me dijo que efectivamente lo hacía. Presa de curiosidad por saber qué diablos podría hacer tal esperpento, pregunté a mis compañeros si no. había allí una habitación desde donde se pudiera atisbar, como en casa de la Guérin. Habiéndoseme contestado que sí la había, una de las muchachas me condujo a ella, y como había lugar para dos nos instalamos allí, y he aquí lo que vimos y lo que oímos, porque, como las dos habitaciones sólo estaban separadas por un tabique era muy fácil no perderse ni una palabra. La vieja llegó primero y, tras haberse contemplado en el espejo, se arregló, como si creyera que sus encantos tendrían todavía algún éxito. Al cabo de unos minutos, vimos llegar al Dafnis de aquella nueva Cloe, éste debía tener a lo sumo sesenta años, era un pagador de rentas que vivía holgadamente y le gustaba más gastar su dinero con pelanduscas de desecho como aquella que con lindas muchachas, y esto en razón de aquella singularidad del gusto que vosotros, señores, comprendéis tan bien y explicáis mejor. El hombre se adelanta y mira de arriba abajo a su dulcinea, la cual le hace una profunda reverencia.

-No hagas tantas historias, vieja puta -dijo el libertino- y desnúdate... Pero antes, a ver, ¿tienes dientes?

-No, señor, no me queda ni uno -dijo la vieja, mostrando su boca infecta-. Podéis mirar...

Entonces nuestro hombre se aproxima y, cogiéndole la cabeza le da en los labios uno de los más ardientes besos que he visto dar en mi vida; y no solamente besaba, sino que chupaba, devoraba, hundía amorosamente su lengua hasta la putrefacta garganta, y la buena vieja, que desde hacía mucho tiempo no se había encontrado en semejante fiesta, se lo devolvía con ternura... que me resultaría muy difícil describir.

- ¡Vamos, desnúdate! -dijo el financiero.

Y mientras tanto se desabrocha la bragueta y se saca un miembro negro y arrugado que no tenía trazas de aumentar mucho de tamaño. Cuando la vieja se ha desnudado del todo, y ofrece a su amante un viejo cuerpo amarillento y arrugado, seco, colgante y descarnado, cuya descripción, sean cuales sean las fantasías que podríais tener sobre este punto, os causaría demasiado horror para que yo me atreva a emprenderla; pero lejos de sentirse asqueado, nuestro libertino se extasía; coge a la vieja, la atrae hacia él sobre el sillón donde estaba meneándosela mientras esperaba que ella se desnudara, le hunde otra vez la lengua dentro de la boca y, volviéndola de espaldas, ofrece su homenaje al reverso de la medalla. Vi perfectamente cómo manoseaba sus nalgas, es decir, los dos pingos que caían ondeantes sobre sus muslos. Pero fuesen como fuesen, el hombre las separó, pegó voluptuosamente sus labios a la cloaca inmunda que encerraban, hundió en ella su lengua varias veces, y todo eso mientras la vieja trataba de dar un poco de consistencia al miembro muerto que meneaba.

-Vamos al grano -dijo el platónico enamorado-. Sin mi plato fuerte, todos tus esfuerzos serían inútiles. ¿Has sido advertida?

-Sí, señor.

-¿Y sabes qué es lo que tienes que tragar?

-Sí, corderito; sí, palomo. Tragaré, devoraré todo lo que tú hagas.

Entonces el libertino la echa sobre la cama boca abajo, y en esta posición le mete en el pico su floja verga, se la hunde hasta los cojones, le toma las dos piernas de su goce y se las coloca sobre los hombros, de modo que su hocico se encuentra rozando las nalgas de la vieja. Su lengua se instala al fondo del agujero delicioso; la abeja que busca el néctar de la rosa no chupa, de una manera más voluptuosa; la vieja, por su parte, también chupa, nuestro hombre se agita. - ¡Ah, joder! -exclama al cabo de un cuarto de hora de este ejercicio libidinoso-. ¡Chupa, chupa, puta! ¡Chupa y traga!, ¡redios!, ya llego, ¿no te das cuenta? Y besando todo lo que se ofrece a él, muslos, vagina, nalgas, ano, todo es lamido, todo es chupado, la vieja traga, y el pobre vejestorio que se retira tan mustio como antes, y que verosímilmente ha descargado sin erección, sale avergonzado de su extravío, y gana lo más rápidamente posible la puerta para no tener que ver, sereno, el cuerpo, repugnante que acaba de seducirlo.

-¿Y la vieja? -pregunta el duque.

-La vieja tosió, escupió, se sonó, se vistió lo más rápidamente que pudo y salió.

Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)




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