Prologo de El Libertino

domingo, 31 de enero de 2016




" ..Hay dos modos de llegar a mí, mediante los besos 
o la imaginación. Pero existe una jerarquía; 
los besos por sí solos no bastan."

Anaïs Nin


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Mis propósitos para este nuevo año…

Sayiid


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viernes, 29 de enero de 2016




“El amor platónico es como un revolver que manejamos sin darnos cuenta de que, como está cargado, en cualquier momento puede dispararse.”

William Somerset Maugham


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jueves, 28 de enero de 2016




En medio de un enjambre de muchachas, desnuda Madame Edwarda sacaba la lengua. Ella era, para mi gusto, encantadora. La elegí: ella se sentó cerca de mí. Apenas tuve tiempo de responder al mozo: tomé a Edwarda que se abandonó: nuestras bocas se juntaron en un beso enfermo. La sala estaba abarrotada de hombres y de mujeres y tal fue el desierto donde el juego se prolongó. Un instante su mano se deslizó, y yo me quebré de pronto como un vidrio, y temblé en mis pantalones; sentí a Madame Edwarda, de quien mis manos contenían las nalgas, ella misma al mismo tiempo desgarrada; y en sus ojos más grandes, dados vueltas, el terror, en su garganta un largo estrangulamiento. Me acordé que había deseado ser infame o, más bien, que hubiera sido necesario (...)

GEORGE BATAILLET. Fragmento de "Madame Edwarda", 
publicada clandestinamente en 1941 bajo el seudónimo de Pierre Angélique.


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martes, 26 de enero de 2016




Me siento en la necesidad de alcanzar el máximo de intensidad con el mínimo de medios.

Joan Miró


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lunes, 25 de enero de 2016




" ..Sus caricias poseían una extraña cualidad. Unas veces eran suaves y evanescentes, otras, fieras, como las caricias que Elena había esperado cuando sus ojos se fijaron en ella; caricias de animal salvaje. Había algo de animal en sus manos, que recorrían todos los rincones de su cuerpo, y que tomaron su sexo y su cabello a la vez, como si quisieran arrancárselos, como si cogieran tierra y hierba al mismo tiempo.

Cuando cerraba los ojos sentía que él tenía muchas manos que la tocaban por todas partes, muchas bocas tan suaves que apenas la rozaban, dientes agudos como los de un lobo que su hundían en sus partes más carnosas. Él, desnudo, yacía cuan largo era sobre ella, que gozaba al sentir su peso, al verse aplastada bajo su cuerpo.
Deseaba que se quedara soldado a su cuerpo, desde la boca hasta los pies..."

(Fragmento del relato "Elena", en "Delta de Venus". Cuentos eróticos. Anäis Nin)


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domingo, 24 de enero de 2016





Entre los tibios muslos te palpita
un negro corazón febril y hendido
de remoto y sonámbulo latido
que entre oscuras raíces se suscita;

un corazón velludo que me invita,
más que el otro cordial y estremecido,
a entrar como en mi casa o en mi nido
hasta tocar el grito que te habita.

Cuando yaces desnuda toda, cuando
te abres de piernas ávida y temblando
y hasta tu fondo frente a mí­ te hiendes,
un corazón puedes abrir, y si entro
con la lengua en la entrada que me tiendes,
puedo besar tu corazón por dentro.

(Tomás Segovia)

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sábado, 23 de enero de 2016




La diferencia de la infidelidad en los dos sexos es tan real que una mujer apasionada puede perdonar una infidelidad, cosa imposible para un hombre.

Henri Beyle Stendhal


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jueves, 21 de enero de 2016




Apenas se detuvo el automóvil, Lolita se precipitó literalmente en mis brazos. Sin atreverme a abandonarme, sin atreverme a admitir que ese (dulce humedad y fuego trémulo) era el principio de la vida inefable a la cual hábilmente auxiliado por el destino, por fin había dado realidad, toqué sus labios calientes, entreabiertos con tenues sorbos salaces. Pero ella, con un estremecimiento impaciente. Apretó su boca contra la mía con tal fuerza que sentí sus grandes dientes delanteros y participé del gusto a menta de su saliva. Sabía, desde luego, que no era sino un juego inocente de su parte, un retozo que imitaba el simulacro de un amor inventado, y puesto que, como dirían los psicópatas y también los violadores, los límites y reglas de estos juegos infantiles son imprecisos (...)

Fragmento de la novela "Lolita”. (Vladimir Nabokov)


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miércoles, 20 de enero de 2016




La pasión no sabe esperar. Lo trágico de los hombres estriba frecuentemente en no saber esperar



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martes, 19 de enero de 2016




Mi regalo es un bombón, pero aún no puedo comérmelo. Me ha hecho salivar nada más verlo, envuelto en un gran lazo de seda rojo que lo cubría por entero (bueno, que la cubría por entero), excepto por tres franjas que dejaban ver carnes muy blancas y pálidas. Es un bombón, pero gime, y gemirá todavía un poco más, hasta que esté a punto de caramelo. Debajo del lazo, venía desnuda, lista para que yo empiece a vestirla, que es -como ya he dicho hasta la saciedad- de las cosas que más me erotizan. La he vestido con medias negras de rejilla pequeña, muy finas y suaves, hasta medio muslo. Zapatos de tacón, de un vistoso color rojo y de diecisiete centímetros de altura (me consta que existen porque los he visto hace poco en un desfile de una marca de ropa conocida), que dan una curvatura extraña y poco natural al empeine. Liguero rojo con calados, que se sujeta a las medias con unos botoncitos en forma de corazón, porque es San Valentín. Corsé, de cuero y rojo también, muy apretado en la cintura, tanto que apenas puede respirar, y que le deja libres los pechos. Collar de cuero, que cuando mueve el cuello le roza justo debajo de la mandíbula, y abajo, en el comienzo de la curva de los hombros. Guantes, de piel hasta la mitad del antebrazo, y por último, una venda en los ojos. Lo que más me excita, sin embargo, son las cuerdas con las que la he atado, que le pasan por los lugares más insospechados y le resaltan todas las partes del cuerpo que no están ocultas. Por supuesto que, dentro de unos minutos, voy a darle unos azotes, porque es San Valentín.

Retazos de Erotismo 
(Fragmento del Prólogo de Cuentos eróticos de San Valentín. 
Editorial Tusquets.)


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lunes, 18 de enero de 2016




Sexo: aquello que ocupa la menor cantidad de tiempo y causa la mayor cantidad de problemas.

John Barrymore


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domingo, 17 de enero de 2016




" .. El placer que experimentaba Mathilde acariciando a los hombres era inmenso, y las manos de éstos se deslizaban sobre su cuerpo y lo arrullaban de tal manera, tan regularmente, que raras veces la acometía un orgasmo. Sólo adquiría conciencia de ello una vez se habían marchado los hombres. Despertaba de sus sueños causados por el opio, con el cuerpo aún no descansado.
Permanecía acostada limándose las uñas y aplicándose laca en ellas, haciendo su refinada toilette para futuras ocasiones y cepillándose el rubio cabello. Sentada al sol, y utilizando algodón empapado en peróxido, se teñía el vello púbico del mismo color que el cabello. 
Abandonada a sí misma, la obsesionaban los recuerdos de las manos sobre su cuerpo. Ahora, bajo su brazo, sentía una que se deslizaba hacia su cintura. Se acordó de Martínez, de su manera de abrirle el sexo como si fuera un capullo, de cómo los aleteos de su rápida lengua cubrían la distancia que mediaba entre el vello púbico y las nalgas, terminando en el hoyuelo al final de la espalda. ¡Cuánto amaba él ese hoyuelo que le impulsaba a seguir con sus dedos y su lengua la curva que se iniciaba más abajo y se desvanecía entre las dos turgentes montañas de carne!
Pensando en Martínez, Mathilde se sintió invadida por la pasión. Y no podía aguantar su regreso. Se miró las piernas. Por haber permanecido demasiado tiempo sin salir, se habían blanqueado de manera muy sugestiva, adquiriendo el tono blanco yeso del cutis de las mujeres chinas, esa mórbida palidez de invernadero que gustaba a los hombres de piel obscura, y en particular a los peruanos. Se miró el vientre, impecable, sin una sola línea fuera de lugar. El vello púbico relucía ahora al sol con reflejos rojos y dorados..."
"¿Cómo me ve él?", se preguntó. Se levantó y colocó un largo espejo junto a la ventana. Lo puso de pie, apoyándolo en una silla.
Luego, mirándolo, se sentó frente a él, sobre la alfombra, y abrió lentamente las piernas. La vista resultaba encantadora. El cutis era perfecto, y la vulva rosada y plana. Mathilde pensó que era como la hoja del árbol de la goma, con la secreta leche que la presión del dedo podía hacer brotar y la fragante humedad que evocaba la de las conchas marinas. Así nació Venus del mar, con aquella pizca de miel salada en ella, que sólo las caricias pueden hacer manar de los escondidos recovecos de su cuerpo..."


(Fragmento del cuento "Mathilde" en "Delta de Venus". Anäis Nin.)


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sábado, 16 de enero de 2016




“Amor” no es otra cosa que “sexo” mal escrito.

Harlan Ellison


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jueves, 14 de enero de 2016


Mientras tales escenas se desarrollaban en aquella casa, otra muy diferente tenía lugar en la alcoba del señor Verbouc, y cuando tres días más tarde el padre Ambrosio regresaba de otra de sus ausencias, encontró a su amigo y protector al borde de la muerte. 
Unas pocas horas bastaron para poner término a la vida y aventuras de tan excéntrico caballero.
Después de su deceso su viuda, que nunca se distinguió por sus luces intelectuales, comenzó a presentar síntomas de locura, y en el paroxismo de su desvarío nunca dejaba de llamar al sacerdote. Pero cuando en cierta ocasión un anciano y respetable padre fue llamado de urgencia, la buena señora negó indignada que aquel hombre pudiera ser un sacerdote, y pidió a gritos que se le enviara "el del gran instrumento". Su lenguaje y su comportamiento fueron motivo de escándalo general, por lo que se la tuvo que encerrar en un asilo, en el que sigue delirando en demanda del gran pene.
Bella, que de esta suerte se quedó sin protectores, bien pronto prestó oídos a los consejos de su confesor, y aceptó tomar los velos. 
Julia, huérfana también, resolvió compartir la suerte de su amiga, y como quiera que su madre otorgó enseguida su consentimiento, ambas jóvenes fueron recibidas en los brazos de la Santa Madre Iglesia el mismo día, y una vez pasado el noviciado hicieron a un tiempo los votos definitivos. 
Cómo fueron observados estos votos de castidad no es cosa que yo, una humilde pulga, deba juzgar. Únicamente puedo decir que al terminar la ceremonia ambas muchachas fueron trasladadas privadamente al seminario, en el que las aguardaban catorce curas.
Sin darles apenas tiempo a las nuevas devotas a desvestirse, los canallas, enfervorecidos por la perspectiva de tan preciada recompensa, se lanzaron sobre ellas, y uno tras otro saciaron su diabólica lujuria. 
Bella recibió arriba de veinte férvidas descargas en todas las posturas imaginables, y Julia, apenas menos vigorosamente asaltada, acabó por desmayarse, exhausta por la rudeza del trato a que se vio sometida. 
La habitación estaba bien asegurada, por lo que no había que temer interrupciones, y la sensual comunidad, reunida para honrar a las recién admitidas hermanas, disfrutó de sus encantos a sus anchas. 
También Ambrosio estaba allí, ya que hacía tiempo que se había convencido de la imposibilidad de conservar a Bella para él solo, y a mayor abundamiento temía la animosidad de sus cofrades.
Clemente también formaba parte de su equipo, y su enorme miembro causaba estragos en los juveniles encantos que atacaba. 
El Superior tenía asimismo oportunidad de dar rienda suelta a sus perversos gustos, y ni siquiera la recién desflorada y débil Julia escapó a la ordalía de sus ataques. Tuvo que someterse y permitir que, entre indescriptibles emociones placenteras, arrojara su viscoso semen en sus entrañas.
Los gritos de los que se venían, la respiración entrecortada de aquellos otros que estaban entregados al acto sensual, el chirriar y crujir del mobiliario, las apagadas voces y las interrumpidas conversaciones de los observadores, todo tendía a dar mayor magnitud a la monstruosidad de las libidinosas escenas, y a hacer más repulsivos los detalles de esta batahola eclesiástica.
Obsesionada por estas ideas, y disgustada sobremanera por las proporciones de la orgía, hui, y no me detuve hasta no haber puesto muchos kilómetros de distancia entre mi ser y los protagonistas de esta odiosa historia, ni tampoco, desde aquel momento, acaricié la idea de volver a entrar en relaciones de familiaridad con Bella o con Julia. 
Bien sé que ellas vinieron a ser los medios normales de dar satisfacción a los internados en el seminario. Sin duda la constante y fuerte excitación sexual que tenían que resentir había de marchitar en poco tiempo los hermosos encantos juveniles que tanta admiración me inspiraron. Pero, hasta donde cabe, mi tarea ha terminado, he cumplido mi promesa y se han terminado mis primeras memorias. Y si bien no es atributo de una pulga el moralizar, sí está en su mano escoger su propio alimento.
Hastiada de aquellas mujercitas sobre las que he disertado, hice lo que hacen tantos otros que, no obstante no ser pulgas, tal como lo recordé a mis lectores al comenzar esta primera narración, hacen lo mismo, chupar la sangre: emigré, con la nueva promesa a mis lectores de un segundo volumen, en el peregrinar por escoger mi propio alimento.


Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876) 

(Fin) 


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lunes, 11 de enero de 2016




El que vive más de una vida debe morir
 más de una muerte

(Óscar Wilde)

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In memorian, David Bowie, músico, actor, pintor..., artista. 
DEP
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domingo, 10 de enero de 2016

Buenas noches amig@s
Una velada más os traigo al insigne, al genio, al ilustre, al glorioso,  al inmejorable, al incomparable, al insuperable Javier Krahe, que con su fino cinismo nos enseña que más vale llegar a tiempo, que rondar un año o, visto desde otra perspectiva, que hay gente que disfruta tocándonos la moral al precio que sea, y si no os lo creéis, ved al pobre Javier sufriendo los desdenes de la  infame y perversa Marieta…
Y es que como una mujer se empeñe en hacérnoslo pasar mal….
Es domingo noche, mañana es lunes, y después de tantas fiestas, seguro que a todos y todas nos va a costar levantarnos así que… ¿qué mejor manera que acabar la semana con un poco de humor del bueno?
Gracias Javier Crahe, por tu sublime ingenio, y por permitirnos disfrutar a todos de el en la mansión
Feliz velada, amig@s
Sayiid

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MARIETA

Y yo que fui a rondarle la otra noche a Marieta:
La bella la traidora, había ido a escuchar a Alfredo Kraus...
Y yo con mi canción como un gilipollas, madre.
Y yo con mi canción como un gilipollas.

Y entré con el salero al comedor de Marieta:
La bella, la traidora, ya estaba acabando el flan...
Y yo allí con la sal como un gilipollas, madre.
Y yo allí con la sal como un gilipollas.

Y cuando por su santo le compré una bicicleta:
La bella, la traidora, ya se había agenciado un Rolls...
Pegado al manillar hice el gilipollas, madre.
Pegado al manillar hice el gilipollas.

Y le llevé una orquídea a nuestra cita en la glorieta:
La bella se besaba con un chulo ¡y apoyada en un farol...!
Y yo allí con mi flor como un gilipollas, madre.
Y yo allí con mi flor como un gilipollas.

Y cuando ya, por fin fui a degollar a Marieta:
La bella, la traidora, de un soponcio se me había muerto ya...
Y yo con mi puñal como un gilipollas, madre.
Y yo con mi puñal como un gilipollas.
Y lúgubre corrí al funeral de Marieta:
A la bella, la traidora le dio por resucitar...
Y yo con mi corona hice el gilipollas, madre.
Y yo con mi corona hice el gilipollas.

(Javier Krahe)

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sábado, 9 de enero de 2016




El hilo de la vida se aflojaría si no fuera 
mojado con algunas lágrimas

(Pitágoras)


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jueves, 7 de enero de 2016




Tres días después de este interesante episodio regresó el padre Ambrosio. Una de sus primeras preocupaciones fue buscar a Bella. Al encontrarla la invitó a entrar en un boudoir.
—¡Vela! —gritó, mostrándole su instrumento, inflamado y en actitud de presentar armas—. No he tenido distracción alguna durante una semana, y mi verga está que arde, querida Bella.
Dos minutos después, la cabeza de Bella reposaba sobre la mesa del departamento mientras que, con la ropa recogida sobre su espalda, dejaba al descubierto sus turgentes nalgas, las que el lascivo cura golpeó vigorosamente con su largo miembro, después de haber solazado su vista en la contemplación de sus rollizas nalgas. Tras otro minuto ya su instrumento se había introducido en el coño por detrás, hasta aplastar contra las posaderas el negro y rizado pelo de la base. Tras sólo unas cuantas embestidas arrojó borbotones de leche hasta la cintura de ella.
El buen padre estaba demasiado excitado por la larga abstinencia para que con sólo esto perdiera rigidez su miembro, por lo que retiró aquel instrumento propio de un semental, todavía resbaladizo y vaporoso, para llevarlo al pequeño orificio situado entre el par de deliciosas nalgas de su amiga. Bella le ayudó y, dado lo bien aceitado como estaba, se deslizó hacia adentro, para no tardar en obsequiar a la muchacha con otra tremenda dosis procedente de sus prolíficos testículos. Bella sintió la ardiente descarga, y recibió gustosa la cálida leche proyectada contra sus entrañas. Después la puso de espaldas sobre la mesa y le succionó el clítoris por espacio de un cuarto de hora, obligándola a venirse dos veces en su boca. A continuación la jodió en la forma natural. 
Acto seguido se retiró Bella a su habitación para lavarse, y tras un ligero descanso se puso su vestido de calle y se fue.
Aquella noche se informó que el señor Verbouc había empeorado. El ataque había alcanzado regiones que fueron motivo de alarma para su médico de cabecera. Bella le deseó a su tío que pasara una buena noche y se retiró a su habitación.
Julia se había instalado en la alcoba de Bella para pasar la noche, y ambas muchachas, para aquel entonces ya bien enteradas de la naturaleza y las propiedades del sexo masculino, estaban recostadas intercambiando ideas y aventuras.
—Pensé que iba a morir —dijo Julia— cuando el padre Ambrosio introdujo su cosa grande y fea muy adentro de mi pobre cuerpo, y cuando acabó creí que le había dado un ataque, y no podía entender qué era aquella cosa viscosa, aquella sustancia caliente que arrojaba dentro de mí. ¡Oh! 
—Entonces, querida, comenzaste a sentir la fricción en tu sensible cosita, y la caliente leche del padre Ambrosio brotó a chorros, cubriéndolo todo.
—Sí, así fue, y todavía me siento inundada cuando lo hace. 
—¡Silencio! ¿No oíste?
Ambas muchachas se levantaron y se pusieron a escuchar. Bella, más habituada a las características de su alcoba de lo que pudiera estarlo Julia, concentró su atención en la ventana. En el momento de hacerlo el postigo cedió gradualmente, y apareció la cabeza de un hombre. Julia descubrió también al aparecido y estuvo a punto de gritar, pero Bella le hizo una seña para que guardara silencio. 
—¡Chist! No te alarmes —susurró Bella—. No nos quiere comer; sólo que es indebido molestarle a una de tan cruel manera. 
—¿Qué quiere? —preguntó Julia, semiescondiendo su linda cabeza entre sus prendas de dormir, pero sin dejar de observar con ojo atento al intruso. 
Durante esta breve conversación el hombre se estuvo preparando para entrar en la alcoba, y habiendo ya abierto lo bastante la ventana para poder hacerlo, deslizó su amplia humanidad al través de la abertura. Al poner pie en el piso de la habitación quedaron al descubierto la voluminosa figura y las feas facciones del sensual padre Clemente. 
—¡Madre santa, un cura! —exclamó la joven huésped de Bella—. ¡Y bien gordo por cierto! ¡Oh Bella! ¿Qué quiere? 
—Pronto lo sabremos —susurró la otra. 
Entretanto Clemente se había aproximado a la cama. 
—¿Qué? ¿Será posible? ¿Un doble agasajo? — exclamó él—. ¡Encantadora Bella! Es realmente un placer inesperado. 
—¡Qué vergüenza, padre Clemente! 
Julia había desaparecido bajo las ropas de la cama. En dos minutos se despojó el cura de sus vestimentas, y sin esperar a que se le invitara a hacerlo, se lanzó como rayo sobre la cama. 
—¡Oh! —gritó Julia—. ¡Me está tentando! 
—¡Ah, sí! Las dos seremos bien manoseadas, te lo aseguro —murmuró Bella al sentir la enorme arma de Clemente presionando su espalda—. ¡Que vergonzoso comportamiento el de usted, al entrar sin nuestro permiso! 
—En tal caso, ¿puedo entrar, preciosidad? —repuso el cura, al tiempo que ponía en manos de Bella su tieso instrumento. 
—Puede quedarse, puesto que ya está dentro. 
—Gracias —murmuro Clemente, apartando las piernas de Bella e insertando la enorme cabeza de su pene entre ellas.
Bella sintió la estocada, y mecánicamente pasó sus brazos en torno al dorso de Julia.
Clemente empujó de nuevo, pero Bella se escabulló de un brinco. Se levantó, y apartando las ropas de la cama dejó al descubierto el peludo cuerpo del sacerdote y la gentil figura de su compañera. 
Julia se volvió instintivamente y se encontró con que, apuntando en línea recta a su nariz, se enderezaba el rígido pene del buen padre, que parecía próximo a estallar a causa de la lujuria despertada en su poseedor por la compañía en que se encontraba. 
—Tiéntalo —susurró Bella. 
Sin atemorizarse, Julia lo agarró con su blanca manita. 
—¡Cómo late! Se va haciendo cada vez mayor, a fe mía. 
Ambas muchachas se bajaron entonces de la cama, y ansiosas por divertirse comenzaron a estrujar y a frotar el voluminoso pene del sacerdote, hasta que éste estuvo a punto de venirse.
—¡Esto es el cielo! —dijo el padre Clemente con la mirada perdida, y un ligero movimiento convulsivo en sus dedos que denotaba su placer. 
—Basta, querida, de lo contrario se vendrá — observó Bella, adoptando un aire de persona experimentada, al que creía tener derecho, según ella, en virtud de sus anteriores relaciones con el monstruo. 
Por su parte, el padre Clemente no estaba dispuesto a desperdiciar sus disparos cuando estaban a su alcance dos objetivos tan lindos. Permaneció inactivo durante el manoseo al que las muchachas sometieron su pene, pero ahora había atraído suavemente hacia si a la joven
Julia, para alzarle la camisa y dejar a la vista todos sus secretos encantos. Deslizó sus ansiosas manos en torno a los adorables muslos y las nalgas de la muchacha, y con los pulgares abrió después la rosada vulva, para introducir su lasciva lengua en su interior, y besarla en forma por demás excitante en la misma matriz.
Julia no podía permanecer insensible a este tratamiento y cuando al fin, tembloroso de deseo y de desenfrenada lujuria, el osado cura la puso de espaldas sobre la cama, abrió sus juveniles muslos y le permitió ver los sonrosados bordes de su bien ajustada rendija. Clemente se metió entre sus piernas, y adelantándose hacia ella mojó la gruesa punta de su miembro en los húmedos labios del coño. Bella prestó entonces su ayuda, y tomando entre sus manos el inmenso pene, le descubrió y encaminó adecuadamente hacia el orificio. Julia contuvo el aliento y se mordió los labios. Clemente asestó una violenta estocada. Julia, brava como una leona, aguantó el golpe, y la cabeza se introdujo. Más empujones, mayor presión, y en menos tiempo que toma para escribirlo Julia había engullido totalmente el enorme pene del sacerdote.
Una vez cómodamente posesionado de su cuerpo, Clemente inició una serie de rítmicas embestidas a fondo, y Julia, presa de sensaciones indescriptibles, echó hacia atrás la cabeza, y se cubrió el rostro con una mano mientras con la otra se asía de la cintura de Bella. 
—¡Oh, es enorme, pero qué gusto me da! 
—¡Está completamente dentro! ¡Se ha enterrado hasta las bolas! —exclamó Bella. 
—¡Ah! ¡Qué delicia! ¡Voy a venirme! ¡No puedo aguantar! ¡Su vientre es como terciopelo! ¡Toma!
¡Toma esto! 
Aquí siguió una feroz embestida. 
—¡Oh! —exclamó Julia.
En aquel momento se le ocurrió una fantasía al libidinoso gigante, y extrayendo el vaporizante miembro de las partes íntimas de Julia, se lanzó entre las piernas de Bella y lo alojó en el interior de su deliciosa vulva. El palpitante objeto se metió muy adentro de su juvenil coño, mientras el propietario del mismo babeaba de gusto por la tarea a que estaba entregado.
Julia veía asombrada la aparente facilidad con que el padre hundía su gran verga en el interior del blanco cuerpo de su amiga.
Tras de pasar un cuarto de hora en esta erótica postura, tiempo en el cual Bella oprimió al padre contra su pecho y rindió por dos veces su cálido tributo sobre la cabeza de la enorme vara, una vez más se retira Clemente, y buscó calmar el ardor que le consumía derramando su caliente leche en el interior de la delicada personita de Julia.
Tomó a la damita entre sus brazos, de nuevo se montó sobre su cuerpo, y sin gran dificultad, presionando su ardiente verga contra el suave coño de ella, se dispuso a inundarlo con una lasciva descarga.
Siguió una furiosa serie de estocadas rápidas pero profundas, al final de las cuales Clemente, al tiempo que dejaba escapar un hondo suspiro, empujó hasta lo más hondo de la delicada muchacha, y comenzó a vomitar en su interior un verdadero diluvio de semen. Chorro tras chorro brotaba de su pene mientras él, con los ojos en blanco y los labios temblorosos, llegaba al éxtasis.
La excitación de Julia había alcanzado su máximo, y se sumó al goce de su violador en el paroxismo final, a un grado de terrible enajenación que no hay pulga capaz de describir.
Las orgías que siguieron en esta lasciva noche fueron algo que excede también mis capacidades narrativas. Tan pronto como Clemente se hubo recobrado de su primera eyaculación, anunció con palabras de grueso calibre su propósito de gozar de Bella. Y, dicho y hecho, puso inmediatamente manos a la obra.
Durante un largo cuarto de hora permaneció enterrado hasta los pelos en el coño de ella, conteniéndose hasta que la naturaleza se impuso, para que Bella recibiera la descarga en su matriz.
El padre sacó su pañuelo de Holanda, con el que enjugó los chorreantes coños de ambas beldades. Entonces las dos muchachas asieron el miembro del sacerdote, y le aplicaron tantos tiernos y lascivos toques que excitaron de nuevo el fogoso temperamento del sacerdote, hasta el punto de lograr infundirle nuevas fuerzas y virilidad imposibles de describir. Su enorme pene, enrojecido y engrosado en virtud de los ejercicios anteriores, veía amenazador a la pareja que lo manoseaba llevándolo ora a un lado, ora a otro. Varias veces Bella chupó la enardecida cabeza y cosquilleó con la punta de su lengua el orificio de la uretra. 
Esta era, por lo visto, una de las formas favoritas de gozar de Clemente, ya que rápidamente introdujo lo más que pudo la cabeza de su gran verga en la boca de la muchacha.
Después las hizo rodar una y otra vez, desnudas tal como vinieron al mundo, pegando sus gruesos labios en sus chorreantes coños, una y otra vez. Besó ruidosamente y manoteó las redondeces de sus nalgas, introduciendo de vez en cuando uno de sus dedos en los orificios de los culos.
Luego Clemente y Bella, ambos a una, convencieron a Julia para que le permitiera al padre meter en su boca la punta de su pene, y tras un buen rato de cosquillear y excitar al monstruoso carajo, vomitó tal torrente en la garganta de la muchacha, que casi la ahogó. 
Siguió un corto intervalo, y de nuevo el inusitado hecho de poder gozar de dos muchachas tan tentadoras y espirituales despertó todo el vigor de Clemente.
Colocándolas una junto a otra comenzó a introducir su miembro alternativamente en cada una, y tras de algunas brutales embestidas lo retiraba de un coño para meterlo en el otro. Después se tumbó sobre su espalda, y atrayendo a las muchachas sobre él le chupó el coño a una mientras la otra se enterraba en su verga hasta juntarse los pelos de ambos cuerpos. Una y otra vez arrojó en el interior de ellas su prolífica esencia.
Sólo el alba puso término a aquellas escenas de orgía. 


Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)


(Continuará…)


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miércoles, 6 de enero de 2016




Me envolvió tu pasión desmedida,
 las llamas del amor fueron inmensas

Frida Kahlo


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martes, 5 de enero de 2016




Ya llega la noche de los Reyes Magos de Oriente…
Noche de ilusión, de expectación, de esperanza de conseguir aquel regalo que llevamos todo el año esperando, o aquel objeto que nos hará inmensamente felices durante, al menos, cinco minutos…
Noche de insomnio para unos y de vigilia para otras…
Y dado que, como sé que sois muy “niñ@s” en la mansión, y no vais a ser capaces de pegar ojo en toda la noche…, me he permitido tomarme ciertas libertades con sus Majestades, para que así, mis queridas amigas, no se os haga la noche tan larga…
Esta vez, a nosotros, mis buenos amigos, nos tocará mirar…, al menos al principio…, lo cual, visto lo visto, tampoco está tan mal J
Y si alguno o alguna se anima y nos manda sus fotos de recuerdo, aquí las expondremos para goce y disfrute de todos y todas…

FELIZ NOCHE DE REYES Y ESTAD CONTENTOS Y CONTENTAS PORQUE…, POR FIN,  SE ACABA LA NAVIDAD J

Sayiid

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lunes, 4 de enero de 2016




“Hay besos que producen desvaríos de amorosa pasión ardiente y loca, tú los conoces bien son besos míos inventados por mí, para tu boca.”

Gabriela Mistral


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domingo, 3 de enero de 2016




Uniendo la acción a la palabra, el sensual cura se colocó entre los muslos de Bella, blancos como la leche, y adelantando su cara hacia ellos introdujo su lengua entre los labios de la roja grieta. Después, moviéndola en torno al endurecido clítoris, la obsequió con un cosquilleo tan exquisito, que la muchacha difícilmente podía contener sus gritos. 

—¡Oh, Dios mío! ¡Me chupas la vida! ¡Oh...! Estoy... ¡Voy a venirme! ¡Me vengo!

Y con un repentino movimiento de avance hacia la activa lengua, Bella se vino abundantemente en el rostro de Clemente, el que recibió lo más que pudo dentro de su boca, con epicúreo deleite. 
Después el cura se alzó. Su enorme pene, que se había apenas reblandecido, se encontraba otra vez en tensión viril, y emergía ante él en estado de terrible erección. Literalmente resoplaba de lujuria a la vista de la bella y bien dispuesta muchacha. 

—Ahora tengo que joderte —le dijo al tiempo que la empujaba hacia la cama—. Tengo que poseerte y darte una probada de esta verga en tu cuerpecito. ¡Ah, qué jodida te voy a dar! 

Despojándose rápidamente de su sotana y sus prendas interiores, el gran bruto, cuyo cuerpo estaba totalmente cubierto de pelo y de piel tan morena como la de un mulato, tomó el frágil cuerpo de la hermosa Bella en sus musculosos brazos y lo depositó suavemente sobre la cama. Clemente contempló por unos instantes su cuerpo tendido y palpitante, mitad por efecto del deseo y mitad a causa del terror que le causaba la furiosa embestida. Luego contempló con aire satisfecho su tremendo pene, erecto de lujuria, y subiéndose presto al lecho se arrojó sobre ella y se cubrió con las ropas de la cama. 
Bella, medio ahogada debajo del gran bruto peludo, sintió el tieso pene entre sus piernas, y bajó la mano para tentarlo de nuevo. 

—¡Cielos, qué tamaño! ¡Nunca me cabrá! 

—Sí, claro que sí: lo tendrás todo: entrará hasta los testículos, sólo que tendrás que cooperar para que no te lastime. 

Bella se ahorró la molestia de contestar, porque enseguida una lengua ansiosa penetró en su boca hasta casi sofocarla. Después pudo darse cuenta de que el sacerdote se había levantado poco a poco, y de que la caliente cabeza de su gigantesco pene estaba tratando de abrirse paso a través de los húmedos labios de su rosada rendija.
No puedo seguir adelante con el relato detallado de los actos preliminares. Se llevaron diez minutos, pero al término de ellos el torpe Clemente estaba enterrado hasta los testículos en el lindo cuerpo de la joven, que, con sus suaves piernas enlazadas sobre la espalda del moreno sacerdote, recibía las caricias de éste, que se solazaba sobre su víctima, y daba comienzo a los lascivos movimientos que habían de conducirle a desembarazarse de su ardiente fluido.
Veinticinco centímetros, cuando menos, de endurecido músculo habían calado las partes íntimas de la jovencita, y palpitaban en el interior de ellas, al propio tiempo que una mata de pelos hirsutos frotaba el delicado monte de la infeliz Bella.

—¡Oh, Dios mío! ¡Cómo me lastimáis! —se quejó ella—. ¡Cielos! ¡Me estáis descuartizando! 

Clemente inició un movimiento. 

—¡No lo puedo aguantar! ¡Realmente está demasiado grande! ¡Oh! ¡Sacadlo! ¡Ay, qué embestidas! 

Clemente empujó sin piedad dos o tres veces. 

—Aguarda un momento, diablita; sólo hasta que te ahogue con mi leche. ¡Oh, cuán estrecha eres! ¡Parece que me estás sorbiendo la verga! ¡Al fin! ahora está dentro, ya es todo tuvo. 

—¡Piedad, por favor! 

Clemente embistió duro y rápido, empujón tras empujón al mismo tiempo que giraba y se contorsionaba sobre el muelle cuerpo de la muchacha, y sufría un verdadero ataque de lujuria. Su enorme pene amenazaba estallar por la intensidad de su placer y el enloquecedor deleite del momento. 

—Ahora por fin te estoy jodiendo. 

—¡Jodedme! —murmuró Bella, abriéndose todavía más de piernas, a medida que la intensidad de las sensaciones se iban posesionando de su persona—. ¡Jodedme bien! ¡Más duro!

Y con un hondo gemido de placer inundó a su brutal violador con una copiosa descarga, al propio tiempo que se arrojaba hacia adelante para recibir una formidable embestida del hombre.
Las piernas de Bella se flexionaban espasmódicamente cuando Clemente se lanzó entre ellas, siguió metiendo y sacando su largo y ardiente miembro entre las mismas, con movimientos lujuriosos. Algunos suspiros mezclados con besos de los apretados labios del lascivo invasor; unos quejidos de pacer y las rápidas vibraciones del armazón de la cama, todo ello denunciaba la excitación de la escena.
Clemente no necesitaba incentivos. La eyaculación de su complaciente compañera le había proporcionado el húmedo medio que deseaba, y se aprovechó del mismo para iniciar una serie de movimientos de entrada y salida que causaron a Bella tanto placer como dolor. 
La muchacha lo secundó con todas sus fuerzas. Atiborrada por completo, suspiraba hondo y se estremecía bajo sus firmes embestidas. Su respiración se convirtió en un estertor; se cerraron sus-ojos por efecto del brutal placer que experimentaba en un casi ininterrumpido espasmo de la emisión. Las posaderas de su rudo amante se abrían y cerraban a cada nuevo esfuerzo que hacía para asestar estocadas en el cuerpo de la linda chiquilla.
Después de mucho batallar se detuvo un momento. 

—Ya no puedo aguantar más, me voy a venir. Toma mi leche, Bella. Vas a recibir torrentes de ella, ricura. 

Bella lo sabía. Todas las venas de su monstruoso carajo estaban henchidas a su máxima tensión. Resultaba insoportablemente grande. Parecía el gigantesco miembro de un asno. 
Clemente empezó a moverse de nuevo. De sus labios caía la saliva. Con una sensación de éxtasis, Bella esperaba la corriente seminal. 
Clemente asestó uno o dos golpes cortos, pero profundos, lanzó un gemido y se quedó rígido, estremeciéndose sólo ligeramente de pies a cabeza, y a continuación salió de su verga un tremendo chorro de semen que inundó la matriz de la jovencita. El gran bruto enterró su cabeza en las almohadas, hizo un postrer esfuerzo para adentrarse más en ella, apoyándose con los pies en el pie de la cama.

—¡Oh, la leche! —chilló Bella—. ¡La siento! ¡Qué torrente! ¡Oh, dádmela! ¡Padre santo, qué placer! 

—¡Ahí está! ¡Tómala! —gritó el cura mientras, tras el primer chorro arrojado en el interior de ella, embestía de nuevo salvajemente hacia adentro, enviando con cada empujón un nuevo torrente de cálida leche. 

—¡Oh, qué placer! 

Aun cuando Bella había anticipado lo peor, no tuvo idea de la inmensa cantidad de semen que aquel hombre era capaz de emitir. La arrojaba hacia fuera en espesos borbotones que iban a estrellarse contra su misma matriz. 

—¡Oh, me estoy viniendo otra vez! 

Y Bella se hundió semidesfallecida bajo el robusto hombre, mientras su ardiente fluido seguía inundándola con sus chorros viscosos. 
Otras cinco veces, aquella misma noche, Bella recibió el contenido de los grandes testículos de Clemente, y de no haber sido porque la claridad del día les advirtió que era tiempo de que él se marchara, hubieran empezado de nuevo.
Cuando el astuto Clemente abandonó la casa y se apresuró a retirarse a su humilde celda, amaneciendo ya, se vio forzado a admitir que había llenado su vientre de satisfacción, de la misma manera que Bella vio inundadas de leche sus entrañas. Y suerte tuvo la jovencita de que sus dos protectores estuvieran incapacitados, porque de otra manera habrían descubierto, por el lastimoso estado en que se encontraban sus juveniles partes íntimas, que un intruso había traspasado los umbrales de las mismas. 
La juventud es elástica, todo el mundo lo sabe. Y Bella era muy joven y muy elástica. Si vosotros hubieseis visto la inmensa máquina de Clemente, lo habríais aseverado conmigo Su elasticidad natural le permitió admitir no sólo la introducción de aquel ariete, sino también dejar de sentir la menor molestia al cabo de un par de días.

Memorias de una pulga (Anónimo, París 1876)


(Continuará…)




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