Prologo de El Libertino

lunes, 29 de febrero de 2016




Es más fácil quedar bien como amante que como marido; porque es más fácil ser oportuno e ingenioso de vez en cuando que todos los días.

Honoré de Balzac (1779-1850)


=============================================================================================================

jueves, 25 de febrero de 2016




Tinto de verano

Gustavo no era un marica, sino el marica. Ojos grandes, abiertos en rizo, delgadez, una sonrisa amplia, hasta decir con ella palabras de asilo o de cariño. Pantalón vaquero en el que se dejaban adivinar, perfectamente, sus genitales.
Arturo, sentado enfrente de la barra, contestó a su requerimiento:


-Sí, ponme un tintito de verano y una tapita de esas de carne agridulce.

Se lo hubiera tirado, así, llanamente y sin preámbulos. Le hubiera acariciado el ceñido bulto y… Pero se apostilló: sí, lo hubiera hecho, si yo fuera marica, claro.
Lorena, sentada al lado de su novio, miraba sus ojos apasionadamente, al ver que los tenía encendidos y como lanzando chiribitas. En un arranque de picardía, fue bajando la mirada por el cuerpo de Arturo y se detuvo descaradamente sobre su terso miembro. Sintió un escalofrío y un reguerito húmedo le recorrió los muslos al ver el resultado de su pequeña procacidad.

© Ruth Cañizares (2009)


================================================================================================================================

miércoles, 24 de febrero de 2016




El hombre y la mujer han nacido para amarse, 
pero no para vivir juntos. 
Los amantes célebres de la historia vivieron siempre separados.

Noel Clarasó (1899-1985)


==============================================================================================================================

martes, 23 de febrero de 2016




EL NACIMIENTO DE ONÁN


Tenía la costumbre de llevarse al retrete un mazo de revistas, que colocaba cuidadosamente a su lado y, luego, ya dispuesto en la taza, mientras excrementaba despacioso, las cogía una a una y las iba ojeando casi con displicencia, pues aquellos papeles en los que nada hallaba eran un médium entre lo defecado y su imaginación. Por eso, aquella vez, introdujo en el fardo de lecturas baratas un buen lote de imágenes, escindidas de otras publicaciones, y así, discretamente, escondido en sus usos cotidianos, entró en el cuarto de baño y, tras bajarse los pantalones, tomó asiento en la sede de sus gozos más íntimos.
Felipito Rodríguez, hijo de un comerciante que había recorrido medio mundo, lo invitaba a merendar con frecuencia y, estando los dos solos, añadía al sabroso chocolate una visita semiclandestina al despacho paterno. Allí, rodeado de barcos antiguos, paisajes filipinos e imágenes de la guerra civil, pasaba muchas horas don Felipe, enfrascado en la burocracia de su negocio y algunas aficiones con que llenar el ocio de una existencia muelle y confiada, pues gustaba leer a los clásicos rusos y se le oía encomiar al Galdós de los Episodios.
Una tarde, después del refrigerio, el unigénito de aquel hombre condujo hasta el despacho a su amigo y, después de ofrecerle acomodo, extrajo de un cajón del escritorio una llave corriente con la que abrió el jardín de las delicias. Allí, apiladas en el pequeño armario, yacían centenares de revistas en cuyas páginas, aligeradas de texto casi siempre en inglés, mostraba los misterios gozosos de la carne una legión de mujeres, totalmente desnudas, en las más excitantes posiciones. Se miraron los dos con los ojos desorbitados y, ni corto ni perezoso, arrancó Felipito varias hojas y repitió la acción, repartiendo en dos lotes el fruto del saqueo.
Quizás, al día siguiente, enfrascado en sus razias, no pensó que, a esas horas, su amigo se encerraba en el cuarto de baño y, sentado en el inodoro, extraía su parte del botín y devoraba con ojos de fuego las manzanas de la lujuria, que acabara de descubrir.
Desde el ano al escroto, algo como un calambre fue tensando los músculos y un potente hormigueo levantó, con la furia de un rayo, aquel pequeño pene que, de pronto, descubrió su existencia e impuso su ley.
Temblando de deseo, recorrió varias veces los carnales recortes, mientras la mano diestra movía en torno al glande, de abajo a arriba y de arriba a abajo, el manguito de piel que, al envolverlo, transmite sin enojos la dulce presión de los dedos y hace brotar un magma delgado y transparente que, preludio de la erupción, ya bañaba las faldas del volcán.
Tratando de evitarla, por así prolongar su deleite, soltó la altiva presa e, intentando evitar la dispersión, eligió las imágenes que habrían de acompañarle a la traca final. En cada fotograma, la mujer, una rubia platino made in Hollywood, se dejaba una prenda de su atavío, hasta quedar desnuda e ir mostrando en detalle lo mejor de su complexión, que era abundante por lo demás. Sobre todo, los pechos, dos masas imponentes, coronadas por sendos pezones que incitaban a mordisquearlos y eso hizo el chaval, lamerlos, recorrer con su lengua ensalivada las enormes areolas y arañar con los dientes las excitantes cúpulas, imaginando acaso que la chica, acuciada por la voluptuosidad, le exigía mayores audacias y él, chupándole el vientre, le entraba en la vagina con los dedos hasta sentir en ellos los indicios de su victoria.
Y terminó follándola. Le metió hasta el aullido aquella polla inédita y, tomándola por las nalgas, comenzó a cabalgar con la furia de un potro e iba la mano, con el mismo ritmo, estimulando el glande, que sentía las convulsiones de su pareja, y acababa corriéndose con ella.
Fue una larga eyaculación. En el primer espasmo, una flecha de semen vino a clavarse en la pared de enfrente. Luego, el chorro se fue tranquilizando, hasta rendir el vuelo en unos pocos hilos, sobre el charco lechoso que ya desembocaba en el abismo.
Con los ojos perdidos en el vacío, permaneció el muchacho unos minutos, no sé, toda una vida acaso. De pronto, golpearon la puerta: “¿Pasa algo, hijo mío? ¿Estás bien?” Era la voz de mamá.


© Jacobo Fabiani, 2007.-


=====================================================================================================================================

lunes, 22 de febrero de 2016




Para los amantes, su amor desesperado podrá ser un delito..., pero nunca un pecado.

José Ángel Buesa


============================================================================================================================

domingo, 21 de febrero de 2016




La felicidad está en la alegría del logro y en la emoción del esfuerzo.

Franklin D. Roosevelt.

==============================================================================================================================

ENHORABUENA, UN AÑO MÁS, CAMPEONES ¡!!!!
GRACIAS POR VUESTRO ESFUERZO Y POR LA FELICIDAD QUE NOS REGALÁIS

=================================================================================================================================

sábado, 20 de febrero de 2016




La colegiala paciente

Me sentí trastornada cuando, totalmente nervioso, me pidió que le diera la mano y cogiéndomela aceleradamente la llevó hasta su sexo, mientras me gritaba: mira qué dura está, por qué no juegas un rato. Me disculpé como pude, cerré la puerta y bajé las escaleras a toda prisa. Se me hacía tarde para llegar a la segunda clase. Por qué se me habría ocurrido acudir al psiquiatra?;  y lo peor era que me sentía húmeda. Cambiaré de consulta, me dije, me gusta que los hombres sean más directos, más novedosos, más maníacos. Si, al menos, me hubiera maltratado o se hubiera vestido de niñera. Así, a secas, y lo mismo que el tendero de abajo. Mira que me costó pensar en alguien que pudiera forzarme con más inteligencia, con más dominio del asunto, pero no. Tal vez con otro. No puedo confundirme, yo soy un profesor de matemáticas.


© Ruth Cañizares, 2009.


====================================================================================================

jueves, 18 de febrero de 2016




“Vuélveme tu suspiro, y subiré y bajaré de tu pecho, me enredaré en tu corazón, saldré al aire para volver a entrar. Y estaré en este juego toda la vida.”

Gabriela Mistral

================================================================================================================

miércoles, 17 de febrero de 2016




Dejar el sexo a las feministas es como dejar a tu perro de vacaciones con el taxidermista.

Matt Barry


=======================================================================================================================

martes, 16 de febrero de 2016




ERA EL VERANO DEL 62

Y fue en aquellos días que conocí a Marcela. Recuerdo que el verano, recién inaugurado, esparcía perfumes incitantes por todos los rincones de la ciudad y, estrenadas también, las vacaciones eran un refugio, a la sombra de todo: las clases, la mirada del padre superior, las riñas maternales y el miedo; sobre todo, ese miedo indefinido que se escondía en las jaculatorias, el rezo del rosario familiar, las miradas biliosas de los adultos y, yo qué sé, el ambiente, ese clima cargado como de muertos, de pesada electricidad, de condenas implícitas. Del pecado también nos escapábamos la pandilla de cinco zagalotes que, a media mañana, coincidíamos en la Alameda y allí, bajo la fronda de los árboles, fumábamos algunos cigarrillos y hablábamos de chicas.
Ah, las chicas. Nuestro pequeño mundo giraba alrededor de estas criaturas, intentando descifrar su misterio y, en mediando la suerte, zambullirnos en él, sin salvavidas, dispuestos a morir por unos ojos, unos labios carnosos, unos pechos izados y durísimos, un par de muslos donde naufragar. El drama, sin embargo, consistía en saber cómo hacerlo, desbrozando una selva de teorías que sólo nos llevaban a la duda.
Intentando cambiarlas por certezas, buceábamos en lo ajeno y leíamos, uno tras otro, esos libros secretos y prohibidos, que el padre de Manolo custodiaba en su biblioteca. Aquello sí era vida, coño santísimo, y qué maravillosa tanta depravación. Así, ante nuestros ojos, aunque nada veíamos, sino el propio espejismo de nuestras frustraciones, desfilaron las excitantes escenas de Sade, las aventuras de Fanny Hill y otras lindezas del género, que fueron encendiéndonos la mecha del deseo y un ansia urgente, casi desesperada, de llevar lo aprendido a la práctica.
Muchas tardes, cuando el sol se había puesto y una ligera brisa mitigaba el calor sofocante, subíamos a la buhardilla y allí, libro en mano, siguiendo un turno previamente establecido, el lector, en voz alta, daba vida a los párrafos candentes y el resto de la tropilla se masturbaba, y qué pajas aquellas, viendo como en directo las escenas morbosas desfilar ante nuestra imaginación. Soñaba con frecuencia en los actos de tribonismo y veía a mi amigo merendándole el coño a Margarita, el bombón de la clase, mientras ella, sin dejar de mover las caderas, me chupaba la polla hasta que, al fin, estremeciéndose como loca, empezaba a gemir y yo le derramaba un torrente de esperma. Luego, mi amigo y yo permutábamos nuestros puestos y seguíamos fornicando hasta que la aurora encendía las luces de mi cuarto y, apremiado por la excitación, me masturbaba, para dormir después hasta las nueve.
Pasaron de este modo muchos días, semanas tal vez, alternando mis placeres elementales con largas caminatas por la Alameda, un par de cigarrillos a escondidas y, en habiendo dinero, unas cervezas, hablando de mujeres o de literatura y recitando versos obscenos. Y fue entonces que conocí a Marcela, una tarde de agosto, cuando el fuego de la canícula encrespaba las ondas del deseo y la tierra, los árboles, los bancos, parecían a punto de derretirse. Entonces, sí, surgió ella, como recién nacida de un Romero de Torres, con sus hombros morenos a la intemperie y una falda de vuelo, almidonada, que predecía el baile de sus muslos, capiteles carnales de dos piernas fornidas, bien formadas, que al punto me llamaron la atención.
Qué iba a hacer, si la sangre, caliente como el aire, se me había subido a la cabeza y, en mi entrepierna, el falo amenazaba con una revolución. Despedí a mis amigos, atusé mis cabellos, sacudí con las manos mi ropa, tratando de quitarle las arrugas, y, en menos que se tarda en relatarlo, di alcance a la muchacha. Turbado como estaba, yo no sé todavía qué le dije, pero me veo hablándole deprisa, mientras ella me escucha sonriente y las amigas me miran con ojos de espanto. Y es que acaso ignoraba, porque uno es siempre el último en saberlo, cierta mala familla que circulaba sobre mi persona, a cuenta de mis públicos vicios, nulas virtudes y pésimas notas.
Marcela, para mí, fue una tabla de salvación. Educada en el extranjero, carecía de los prejuicios estúpidos de las chicas de aquí, hijas por lo común de mamá frígida e inhibidas por las diatribas contra el mundo y la carne con que las monjas las atosigaban. No me extraña por ello que, al verla tan resuelta, sin que ningún recato ensombreciese su adorable espontaneidad, optaran por cobarde retirada, abandonándola a merced del sátiro. Ahora, cuando recuerdo los momentos más gratos de nuestro devaneo, pienso que fue una pena no incluirlas en tales pasatiempos. Qué le vamos a hacer: la vida de provincias no dejaba un resquicio a la alegría y, vestida de negro, nos lanzaba a la sima del hastío, el santo matrimonio y el burdel como alternativa.
Marcela, para mí, fue como una ecuación que te estalla de pronto en un examen y esparces su metralla sobre el papel timbrado y apruebas con notable y te ves al abrigo de la chavalería, dándote de palmadas, qué bien, tío, eres el único que aprobó; y te sientes ufano, renacido, elevado a la altura del Olimpo, y se te cae la baba y el mundo te parece chico como un gusano y ya nada te importa sino eso. Marcela. Su cabello suave y negrísimo, sus pechos como frutas soliviantadas, el veneno de su cintura.
Una noche, tras obtener licencia de sus padres, dimos con nuestros huesos en uno de esos cines improvisados que, a socaire de las altas temperaturas, plantaban su pantalla en la plaza de toros y allí, sobre la arena incandescente, que el viento removía en remolinos ásperos, la gente colocaba las miserables sillas de enea y, desplegando una batería de melones, bocatas de sardinas malolientes, vino barato y pipas de girasol, se aprestaban a soportar los tres bodrios de la sesión continua, por huir del insomnio y la calina.
Marcela, sin embargo, se dejó conducir hasta un próximo burladero y perderse conmigo entre los escollos del callejón, hasta que, finalmente, mientras el tiroteo se adueñaba de la pantalla, recalamos en uno de los palcos. Lo demás ya se sabe. Yo rodeé sus hombros con mi brazo. Ella posó en el mío la cabeza. Yo la besé en los labios. Ella aceptó mi beso. Yo puse en su rodilla más próxima mi mano. Ella franqueó sus piernas. Yo ascendí por sus muslos. Ella posó sus dedos en mi bragueta. Yo le acaricié el coño. Ella me dijo, vamos, déjate ya de juegos y hagamos las cosas en serio. Y, tras buscar refugio en las desiertas galerías del coso, nos entregamos a la lujuria.
Marcela no era virgen ni falta que le hacía. Yo, a pesar de la fama que me diera algún cura de la localidad, no había follado nunca. Había manoseado a varias chicas, eso sí, e incluso una de ellas me transportó al orgasmo con su boca, después de menearme la polla enfebrecida. Eso y la fantasía, producto de los libros del padre de Manolo y las imágenes pornográficas que se había traído de Brasil. Pero follar, nunca. Así que no me choca me pusiera a temblar, con una mezcla de emoción y miedo, cuando ella empezó a desnudarse. El corazón, palpitándome, se me iba a salir por los ojos y el sudor me quemaba al rodar sobre el pecho. Cayó, en fin, el vestido a sus pies y vi la aparición de una figura hermosa, aún envuelta en los mínimos atavíos que cobijaban su intimidad: Ven, a qué esperas, tonto –me susurró, con voz ronca-; anda, quítame esto, que me estorba. Y, apretándola contra mí, desabroché el sostén que, poco a poco, fui deslizando por su piel suavísima, lamiéndole los hombros y los brazos, hasta que, liberada de la prenda, pude chupar sus senos, morderle los pezones y bajar al ombligo, percibiendo el aroma de su sexo, ya próximo, y la humedad que, lenta y deliciosa, le impregnaba las bragas.
El pene iba a estallarme, sumergido en un magma templado y pegajoso, a punto de arrojar su metralla al vacío. No obstante, me contuve y bajé muy despacio aquel último velo, entrándole en el culo con la izquierda y acariciando con mi mano derecha la zona interior de los muslos, en tierra de nadie, mientras nariz y boca, empapándose de los jugos de su fogosidad, presionaban el coño de Marcela, que respiraba con agitación y suspiraba exquisitamente. Fóllame, déjate de mariconadas y fóllame –repetía con calurosa insistencia-. Yo ignoraba sus ruegos, dispuesto a que el orgasmo culminase esos juegos preliminares, no fuera sucediese que, inexperto, me anticipase intempestivamente, interrumpiendo el curso de los hechos. Así que, de un tirón, bajé las bragas hasta sus rodillas y, descubierto el sexo, busqué el clítoris con la lengua y succioné sin tregua, mordisqueando con mis labios superiores los suyos de las antípodas y así, gritando, jadeando, aullando, se corrió.
Esa fue la señal y emprendí un nuevo ataque. Marcela, más calmada, devoró suavemente mis tetillas y, al sacarme la polla y sentir que sus manos se mojaban, me dijo: Hay que aliviarlo. Acto seguido, se apoyó con los codos en un saliente, junto a una escalera y, flexionando el cuerpo, me ofreció sus accesos. Cuando le vi las nalgas, abultadas y respingonas, las pellizqué con fuerza, las abrí y distraje mi índice en la gruta prohibida, a la vez que la mano contraria volvía a explorarle el coño, que pronto dio cosecha de sus mejores caldos. Y qué peludo era. Las hebras de su pubis, recias aunque suaves, se espesaban en un abundante mechón encima de la raja. Ni un instante dejé de acariciarla, hasta que, al presentir su calentura y no pudiendo prolongar la propia, enterré en su vagina las primicias de mi virilidad.

- Ay, que tiempos, Manolo, ¿te acuerdas de Marcela?

- Fuisteis novios o así, no más de un mes. Por cierto, ¿has vuelto a verla?

- Nunca.

- ¿Y no piensas en ella alguna vez?


- Casi siempre. Fue un sueño. Como la juventud.

- Buenos tiempos aquellos.

- Era el verano del 62.


© Jacobo Fabiani (2007)



=========================================================================================================================

lunes, 15 de febrero de 2016




Quítate la ropa y baja por la calle blandiendo un machete y disparando una Uzi, y los aterrorizados ciudadanos llamaran a la policía para denunciar: “¡Afuera hay un hombre desnudo!”.

Mike Nichols


=======================================================================================================================

domingo, 14 de febrero de 2016




Buenas noches, amigos y amigas de la mansión…
Por si no lo sabéis, hoy se celebra San Valentín, o dicho de otra manera, "el día de los enamorados".
Y como yo soy un tipo previsor, el otro día me acerqué a una tienda de regalos, y le pregunte a la dependienta, una  preciosa jovencita,  muy amable y complaciente:

-       Buenas tardes… ¿Tiene usted tarjetas que pongan “Para mi único y verdadero amor”?

-       Por supuesto, caballero, las tengo. ¿le traigo una?

-       No, no, una sola no, tráigame ocho, por favor….



FELIZ DÍA DE LOS ENAMORADOS PARA AQUELLOS QUE LO ESTÉN Y FELIZ RESTO DEL AÑO PARA LOS DEMÁS, DESDE LA MANSIÓN

Sayiid


==========================================================================================================================

sábado, 13 de febrero de 2016




Quizá pienses que te has enamorado cuando la pasión del sexo se apodere de ti. Pero si no amaste a ese hombre antes de ello, 
no lo amaras después.

Mae West


======================================================================================================================

jueves, 11 de febrero de 2016




Aquella tarde conocí a Pavel. Por el camino me asaltó la duda y, asustada por dimes y diretes, estuve a punto de desistir. Varias veces volví sobre mis pasos y otras tantas continué. Mis manos, casi congeladas; un no sé qué mordiéndome el estómago; me temblaban las piernas y el corazón amenazaba con salírseme por la boca. Tenía mis motivos, desde luego, pues ignoraba adónde me llevaban mis propios pasos.
Rosa, mi traviesa y atrevida compañera de juegos infantiles, me había dado la dirección. Y es que, más de una vez, yo le había contado mis fantasías y cómo con frecuencia me masturbaba, imaginando aquellas situaciones que, de haberse sabido, me habrían acarreado la expulsión automática del colegio, pues ni la superiora, tan híspida, ni la jefe de estudios eran capaces de avenirse a ellas y aplicarme el castigo adecuado, digo yo: desnudarme delante de todas las chicas, humillarme mostrándoles las zonas más privadas de mi cuerpo y, atándome a la verja del patio de recreo, darme de latigazos, hasta hacerme desfallecer en un secreto orgasmo que, más tarde, con tan sólo pensarlo, hubiese repetido en mi habitación.
Rosa me dio, en efecto, la dirección de aquel hombre y, aunque nunca me dijo cómo lo había conocido ni el motivo de su amistad, sospechaba que iba a su casa vendida, sabiendo él de antemano lo que yo deseaba y consciente, asimismo, de que no conocía sus caprichos.
El caso es que, temblando, no sé bien si de miedo o excitación o ambas cosas a un tiempo, llegué al portal de su casa, subí las escaleras y, tras una breve pausa, cada vez más nerviosa, pulsé el timbre. ¿Quién es?, preguntó, y, al escuchar mi nombre, abrió la puerta.
La casa estaba en penumbra. Tan sólo las rendijas de alguna ventana estratégica iluminaban, tenues, el cuerpo desnudo de Pavel. El ambiente inspiraba temor. Él, cortésmente, me invitó a pasar y, cerrando en silencio la puerta, me indicó que siguiera por un largo pasillo hacia una estancia, también oscura, que podía verse al final del mismo. Una vez allí, me colocó en el centro de aquella habitación y fue a sentarse en una butaca, desde la cual apenas vislumbraba sino su pene, ostensiblemente erecto. Desnúdate –dijo-, hazlo despacio y deja en el suelo tu asquerosa ropa. Sí, claro –respondí-, y él me rectificó: Sí, Amo.
Al escuchar aquella palabra, secamente enfatizada, mi excitación se intensificó hasta extremos inenarrables, sintiéndome a merced del desconocido y presa potencial de sus deliciosas sevicias. Sí, Amo –repetí-, y empecé a desnudarme, poco a poco. Al bajarme las bragas, sentí enorme vergüenza, pues el flujo que delataba mi estado bañaba visiblemente mis muslos e íbase deslizando hacia las rodillas. Él sonrío al notarlo y, tal vez por delicadeza o acaso respondiendo a una estrategia premeditada, ¡Sigue!, me susurró, mientras salía del cuarto. Cuando, al cabo –no sé- de media hora, tres cuartos, no, no sé, regresó adonde me encontraba, mi nerviosismo había escalado las cimas del frenesí. Tomé entonces conciencia de que estaba desnuda, completamente desnuda, en manos de ese hombre desconocido, que me miraba con fingida frialdad, por más que la erección de su verga lo traicionara. Señalándome una chaise-longue, me conminó a sentarme. De un estante, cogió un pañuelo negro y me vendó los ojos. Ahora, esclava –musitó con desmayo en mis oídos-, estás totalmente es mis manos.
Me sobó todo el cuerpo, recorrió con su lengua mi cuello y mis hombros, lamió mi pecho y, al llegar a los pezones, los mordió, suavemente primero y, luego, aumentando la intensidad del mordisco, hasta hacerme gritar y asustarme, temerosa de que los arrancase. Sin embargo, aquel trato, aquel miedo, lejos de amedrentarme, me produjo un enorme estremecimiento y noté cómo el coño destilaba sus zumos como una catarata.
De pronto, interrumpió el ataque y, agarrándome con fuerza, me obligo a arrodillarme, apoyando ambas manos en la suave tapicería del mueble aquel, de manera que el culo quedase más alto que el resto del cuerpo, expuesto a los deseos de mi Amo. Éste guardo silencio, con lo cual conseguía enardecerme más. También súbitamente, un intenso chasquido rompió el aire y yo sentí en mis nalgas el salobre escozor de un latigazo.
Los azotes se sucedieron con lentitud, de manera que yo no supiera cuándo iba a propinarme el siguiente. Así golpeó diez veces, veinte, treinta, saboreando cada trallazo. Después, aumentó la frecuencia y, desde luego, la intensidad del castigo, que a veces, sin embargo, interrumpía, para meterme el dedo en la vagina y comprobar mi excitación. Cuando ésta se le antojase adecuada –y, sin duda, lo era-, volvió a girar mi cuerpo, a morderme los pechos, a pellizcar con saña mis pezones.
Finalmente, me penetró, y yo perdí el dominio de mí misma y comencé a gritar hasta que, sin poder evitarlo, me corrí. ¡Córrete, puta, a qué esperas!, aulló, y entonces yo sentí que se derramaba y que un cálido río me abrasaba el vientre.
-Me hiciste eyacular demasiado pronto –prorrumpió con antipatía-, mañana te castigaré como te mereces.

© Lavinia Ximenes


===========================================================================================================================

miércoles, 10 de febrero de 2016




Es una ley inexorable en la vida de los sexos: la acción anafrodisíaca de la costumbre.

Gregorio Marañón


==================================================================================================================

martes, 9 de febrero de 2016




Corrida nocturna

Se le iba a salir por la blusa. El corazón de Valeria palpitaba con fuerza, como si, largo tiempo adormecido, un cataclismo súbito lo hubiese despertado y ahora sus golpes secos y veloces transmitiesen aliento a sus pechos y éstos a la camisa que, liviana y desabrochada hasta la mitad, parecía rajarse, dejando entre botón y botón un minúsculo tren de escotillas por donde su turgencia se asomaba.    
Bien lo sabía Beltrán, culpable al fin y al cabo de aquel terremoto y la erupción volcánica que, por todos los poros de ambos, encendía la mecha de la pasión. Apoyado en el quicio de la puerta, había interceptado el camino de la mujer, obligándola a detenerse, mientras el otro brazo, libre de las labores de contención y zarpa, descargaba los rayos de la tormenta: los dedos, desmayados, se dejaban caer por la espalda y, mientras el pulgar, deslizándose, presionaba la espina dorsal, los otros arañaban suavemente el pequeño talud sonrosado, que se abría como un abanico hasta los hombros. A ellos ascendía, luego de haber bajado a los glúteos, y allí, con ambas manos, abandonada la presa a la custodia de su propio deseo, apretaba la piel, comprobando el efecto de su boca, que succionaba la oreja o mordisqueaba el blanquísimo cuello, sin dar tregua. Así, una vez y otra, hasta que la entrepierna de Valeria se restregó furiosa con la suya, haciéndole daño.       
Beltrán blasfemó. Cuando todo cesaba, solía reparar en la costumbre, ya antigua, de mezclar expresiones de deleite y denuestos sacrílegos, sin acertar la causa de que éstos, sin estar invitados a la fiesta, se colasen en tropel, imprimiendo a la atmósfera un halo denso y electrizante, que atizaba la hoguera de los instintos, como al dictado de una extraña y perversa revelación.        
Moi, je suis le diable, ma petite Valerie, decía, y la mirada oscura de su compañera abría abismos de fuego en el blanco intensísimo de sus ojos, entregándose sin reservas a la inquietante duda que la poseía, pues a partir de entonces, y ella no lo ignoraba, los fantasmas de la imaginación acudían a materializarse, de modo que, en minutos, horas e incluso noches enteras, ella se abandonaba a lo imprevisto y él daba rienda suelta a su fantasía, inventando caricias, posturas, situaciones… La estancia, en semipenumbra, era un vasto escenario, pese a sus dimensiones, y en él se celebraban los ritos más obscenos. Voy a hacerte sufrir, le dijo otra vez y, amarrándole las manos a la espalda, tomó uno de sus senos y le acercó la lengua, lamiendo la areola despacio, muy despacio, para ir, poco a poco, conforme se aproximaba al pezón –no es preciso aclarar que erecto- aumentando la intensidad, ritmo y velocidad de la succión. Ella, sentada en la banqueta del tocador, suplicaba a Beltrán, fóllame, vida mía, visiblemente excitada, urgiéndolo con ira, al tiempo que separaba las piernas, gritándole: ¿A qué esperas, cabrón, no ves que estoy muriéndome? Y él comenzaba a masturbarse entonces y dejaba caer sobre los muslos de la muchacha un lento chorreón de flujo lubricante, que provocaba en ella convulsiones y escalofríos. Voy a matarte, puta, susurraba en su oído, al tiempo que su mano le hurgaba la vulva, totalmente mojada. Eso, mátame ya, le exigía, pero él, volviendo a la carga, le mordía el pezón, graduando de nuevo la intensidad del suplicio, hasta arrancarle el grito y dejarla, jadeante y desatada, en la molicie del butacón vecino.         
Volvía a blasfemar y ella le reprochaba su ligereza. La culpa es tuya, zorra, y voy a castigarte. Valeria, adivinándole el pensamiento, se encaminaba al lecho y, a cuatro patas, le ofrecía el trasero y él, con un cinturón, flagelaba sin piedad aquel culo que, a cada golpe, se movía deliciosamente, surcado por intensos regueros de rubor, y la tralla llovía sobre su carne hasta que, al borde del paroxismo, Beltrán la penetraba en aquella misma postura y ella, revolviéndose, se metía en la boca el miembro chorreante, limpiando con su lengua los zumos de la batalla. Luego, los dos, rendidos, se dejaban caer sobre las sábanas y, uno tras otro, apuraban el humo de un paquete de cigarrillos, que iba, finalmente, arrugado y escuálido, al cristal de la mesita de noche, cuando la calle, tras el balcón, había apagado ya sus últimos ruidos. Se dejaban mecer por el silencio, navegando por el sopor que flotaba en la estancia. A veces, una mano, no importa de quien fuese, recorría el otro cuerpo y de nuevo los pelos se erguían sobre la piel y se encendía en los ojos nuevamente el deseo. Voy a hacer que te corras en mi boca, exclamó a aquellas horas Valeria y descendió hasta el mástil que la esperaba con las velas hinchadas. Posó entonces los labios en la punta y lamió con fruición, para ir abriéndolos despacio y engullir de este modo todo el miembro, que quedó sepultado en su boca.      
Beltrán movía, furioso, las caderas y el pene abandonaba la caverna para volver a hundirse hasta la garganta de la mujer, que yacía en escorzo, permitiendo a su compañero recrearse en la panorámica de su vientre y las piernas espléndidas donde, como un molusco hambriento, se le agitaba el sexo, y él le introducía el índice y le frotaba el clítoris con el pulgar, hasta provocarle un orgasmo que ella acompañaba de gemidos entrecortados. Fuera de sí, sus dedos arañaban el culo de su amante y hurgaban en los accesos de aquel templo sombrío que, así tratado, no tardaba en abrir, aunque por otro cauce, regueros de lava, hasta desembocar en la boca de Valeria. Trágatela, trágatela toda, musitaba Beltrán.      
Cuando sonó el reloj, horas más tarde, una mano sedosa lo interrumpió. Nos hemos ganado un buen día de asueto, ¿no crees? Y nadie respondió. El ruido de la calle acallaba el chirrido del lecho.      

© Jacobo Fabiani (2011)


=================================================================================================================================

lunes, 8 de febrero de 2016




Las pasiones humanas, como los seres y las plantas, no se forman en plena luz. Su primer desarrollo necesita de la cálida y cerrada oscuridad de los bajos fondos de la conciencia

León Blum


========================================================================================================================

sábado, 6 de febrero de 2016




Él se deslizó de la cama de espaldas a ella, desnudo, blanco y delgado, y fue hacia la ventana, deteniéndose un momento, corriendo las cortinas y mirando al exterior un instante. La espalda era blanca y fina, las pequeñas nalgas hermosas, con una virilidad exquisita y delicada; la nuca rojiza, delicada y sin embargo fuerte.
Había una fuerza interior, no exterior, en aquel cuerpo delicadamente
 fino. 

-¡Qué hermoso eres! -dijo ella-. ¡Tan puro, tan fino! ¡Ven! 

Y extendió los brazos hacia él.
Le daba vergüenza volverse hacia ella a causa de su desnudez erecta. Cogió su camisa del suelo y se cubrió para acercarse a ella. 

-¡No! -dijo ella, extendiendo aún los brazos hermosos y esbeltos desde sus pechos descendentes-. ¡Déjame verte! 

El dejó caer la camisa y se quedó quieto frente a ella. El sol, a través de la ventana baja, emitía un rayo que iluminaba sus muslos, su esbelto vientre y el falo erecto, que se alzaba oscuro y caliente de entre la pequeña nube de pelo de un rojo vivo dorado. Ella estaba admirada y asustada. 

-¡Qué extraño! -dijo lentamente-. ¡Qué extraño parece! ¡Tan grande, tan oscuro, con su seguridad de polla! ¿Es de verdad así? 

El hombre echó una mirada hacia la parte baja de su cuerpo blanco y esbelto y se rio. Entre los hombros estrechos su pelo era oscuro, casi negro. Pero en la raíz del vientre, donde surgía el falo rígido y en arco, era de un dorado rojizo, formando una pequeña nube brillante. 

-¡Tan orgulloso! -murmuró ella inquieta-. ¡Y tan señorial! ¡Ahora sé por qué son los hombres tan jactanciosos! ¡Pero es realmente encantador! ¡Como un ser aparte! ¡Un tanto aterrador! ¡Pero encantador realmente! ¡Y viene a mí! 

Se mordió el labio inferior entre los dientes con miedo y excitación.
El hombre miró en silencio al falo tenso, invariablemente erecto. 

-¡Sí! -dijo al fin con voz baja en el más cerrado dialecto-. ¡Sí, muchacho! Ahí estás muy bien. ¡Sí, puedes ir con la frente bien alta! Eres tu propio dueño, ¿eh?, y no debes nada a nadie. Eres mi jefe, John Thomas. ¿Jefe mío? Bueno, tienes más cojones que yo y hablas menos. ¡John Thomas! ¿La quieres para ti? ¿Te quieres quedar con mi Lady Jane? Eres tú quien me ha hecho caer de nuevo, tú. Ah, ¿y te ríes? ¡Cógela! ¡Coge a Lady Jane! Di: dejad libres los dinteles de vuestras puertas y que entre el rey de la gloria. ¡Ah, descarado! ¡Coño es lo que estás buscando! Dile a Lady Jane que quieres coño, John Thomas, el coño de Lady Jane. 

-Oh, no le tomes el pelo -dijo Connie, reptando de rodillas sobre la cama hacia él y echando los brazos en torno a sus tiernas caderas, atrayéndolo hacia sí de modo que sus pechos colgados y oscilantes tocaron la punta del falo vibrante y erecto y captaron la gota de humedad. Se apretó contra el hombre. 

-¡Échate! -dijo-. ¡Échate! ¡Quiero correrme!
 También él tenía prisa ahora.
Y luego, tras el reposo de la pausa, la mujer tuvo que destapar de nuevo al hombre para observar el misterio del falo. 

-¡Y ahora es chiquitito y suave como un capullito de vida! -dijo, cogiendo en su mano el pene suave y pequeño-: ¿No es encantador? ¡Tan suyo, tan extraño! ¡Y tan inocente! ¡Y entra tanto dentro de mí! No debes insultarle nunca, ya lo sabes. Es mío también. No es sólo tuyo. ¡Es mío! ¡Y tan hermoso y tan inocente!
Y mantenía delicadamente el pene en la mano. El reía. 

-Bendito el lazo que une nuestros corazones en un solo amor -dijo él. 

-¡Desde luego! -dijo ella-. Incluso cuando está suave y pequeño siento mi corazón unido sencillamente a él. ¡Y qué hermoso es aquí tu pelo! ¡Muy, muy diferente! 

-¡Ese es el pelo de John Thomas, no el mío! -dijo Mellors. 

-¡John Thomas! ¡John Thomas! -y besó rápidamente el suave pene, que comenzaba a excitarse de nuevo. 

-¡Sí! -dijo el hombre, estirándose casi con dolor-. Tiene sus raíces en mi alma este caballero. Hay momentos en que no sé qué hacer con él. Es testarudo y a veces es difícil de contentar, pero no me gustaría verle muerto. 

-¡No me extraña que los hombres siempre le hayan tenido miedo! -dijo ella-. Es un tanto terrible. 

Un estremecimiento recorría el cuerpo del hombre y el flujo de la consciencia volvió a cambiar de nuevo de dirección, dirigiéndose hacia abajo. Y él no podía hacer nada mientras el pene, con ondulaciones suaves y lentas, se iba llenando, emergía y se elevaba, endureciéndose y quedando en alto, duro y victorioso, de manera curiosamente dominante. La mujer temblaba también ligeramente al observarlo. 

-¡Ahora! ¡Tómalo ahora! ¡Es tuyo! -dijo el hombre. 

Y ella se estremeció y sintió cómo se diluía su mente. Olas cortantes y suaves de un placer indecible parecían recubrirla mientras él entraba en ella y comenzaba el curioso frote fundente que se ampliaba y ampliaba y la llevaba al último extremo con el empuje último y ciego.

El amante de lady Chatterley


==================================================================================================================

jueves, 4 de febrero de 2016




Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo... 


Julio Cortazar (Fragmento del capítulo 7 de la novela "Rayuela)



=======================================================================================================================================

miércoles, 3 de febrero de 2016




La diferencia entre la pornografía y el erotismo es la iluminación.

Gloria Leonard

=============================================================================================================================

lunes, 1 de febrero de 2016




Felicidades, amor

Elisa se quitó el abrigo. Dejó sobre la mesa el paquete que llevaba y se adentró en la pequeña sala contigua a la cocina. Marcos no estaba en casa. Al sentirla llegar, la pequeña Ginebra había maullado en señal de protesta. Elisa recordó que, antes de irse, se olvidó de ponerle el plato de comida, pero la gata estaba gorda y podía esperar. Se descalzó y, al verse desnudos los pies, recordó cómo él se los había mordisqueado esa misma mañana. ¿Dónde estará a estas horas?, se prguntó impaciente. Eran más de las dos y el potaje esperaba, caliente, en la cocina. No había salido sino una media hora, más o menos. Urgía localizar un regalo adecuado para celebrar el aniversario de su unión y ya tenía en objeto que creyó adecuado. Marcos era un tanto especial y ella no quería equivocarse. Espero que le guste, se dijo, y prosiguió quitándose la ropa. Se quedó semidesnuda. Por el delicado escote de aquel sujetador que, en transparencia, mostraba sus dos senos abultados, apareció una mancha, todavía rojiza. Ya se pondrá morada, imaginó, esbozando una sonrisa de júbilo: se lo había hecho Marcos con un dulcísimo y a la vez enérgico chupetón, después de haber lamido con avidez sus pezones e incluso pellizcado la parte más abombada de su vientre, en tanto le explicaba que aquella semicurva en su perfil le excitaba muchísimo. Se humedeció al recordar la escena. Puso ambas manos bajo sus brazos y, de un solo movimiento, se desprendió de la prenda juvenil que aún quedaba en su cuerpo.    
- Espero que no tarde. Sería inimaginable que, justamente hoy, no viniera a comer. Casi desesperante, hasta el punto de hacerme pensar cosas que… no, no creo…    
Y continuó mirándose en el espejo de un mueble que, ya antiguo, decoraba con ajada hermosura el rincón de la sala.    
- Sabe que estoy nerviosa y que pienso mil cosas indecentes y que, a estas horas, debe ya estar en casa…    
Dejó sobre la chaise-longue el artilugio y se quitó las bragas. Marcos le había dicho que, al volver, deseaba encontrarla desnuda. No hacía frío ese invierno y respondió que sí. A Marcos le gustaba llegar y ver el objeto de su lujuria, y a ella, cómo no, le encantaba que al joven se le notara el sexo que, cada vez más abultado, la ponía cachonda. Era una dulce forma de mostrarle el amor que le profesaba. Ya desnuda, se palpó entre las piernas y notó lo que tantísimas veces le había dicho Marcos, su sexo estaba ardiendo y una estrepitosa humedad franqueaba la zona terminal de su vagina.    
Llamaron a la puerta. No sería su amor. Marcos llevaba llave y no solía olvidarla jamás. Se dispuso a abrir y, una vez en la puerta, miró enternecida. Pero no era él. Una mujer de negro la esperaba risueña frente al quicio.    
- Hola, es una grata sorpresa, la verdad… No te esperaba así.    
Carmen descerrajó una sonrisa, casi de oreja a oreja. Elisa, algo azarada, suspiró:     
- Ya ves, esperaba a Marcos, pero pasa. ¿Cómo te van las cosas?     
- Hasta hace poco, me iba todo bien, ya sabes, a Lucía le dio un no sé qué de cotidianeidad y aquí me tienes.      
- Siéntate, ¿te apetece una copa de oloroso?    
- De acuerdo. Y a ti, ¿cómo te va con Marcos?        
- De maravilla, Carmen, justamente estaba desnuda porque hoy celebramos nuestro tercer año de amantes e íbamos a festejarlo. Pero ni se te ocurra cortarte. Será una fiesta a tres.     
Carmen se inclinó, miró hacia la silla, casi cama, que, situada al lado del sillón, serviría, descuidada, de repisa a las prendas que Elisa había dejado al desnudarse.      
- Bonitas bragas, sigues usando prendas negras, igual que en nuestros tiempos.     
- Siempre las usé así; ya sabes, Carmen, que el negro es mi color favorito...     
- Yo, en cambio, recuerda,no uso bragas y, en cuanto al sujetador, sigo llevándolo del color de la arena.    
- ¿Por qué no te pones cómoda?      
- Elisa, ¿estás segura de que a Marcos le gustará que me quede? No me conoce y no sé si, así, tan de repente y siendo como es vuestro aniversario… Porque a ti, ya lo sé, estas pequeñas cosas siempre te importaron un bledo.      
- ¡Anda! ¿Y desde cuándo a Carmen le da tantísimas vueltas el cerebro? ¿O se te olvidó cuando nos calzamos al poeta en aquella especie de simposio , donde a nadie parecía importarle la literatura? Aún recuerdo cómo se le empinó. Parecía tan tímido y, de repente, entró tanto en materia que casi tuvimos que frenarlo.     
- Pero imagino que Marcos será distinto. Me dijeron que es serio, intelectual y un pedazo de poeta.     
- Pues justamente por eso. Respeta la hermandad entre personas y, en cuanto a la belleza, con lo buenas que estamos, ¿tú qué crees? Nos follará a las dos, no tengas duda.   
- Entonces, decidido. Voy a quedarme desnuda. Oye, ¿por qué no quemamos algo de alhucema o incienso…?     
- Caramba, Carmen, es lo ideal; a él le encanta ese olor. Esta mañana fuimos al mercado y parecía un gato, oliendo el tenderete donde siempre compramos esas cosas. Ah, y ni se te ocurra lavarte: le gusta oler a hembra.      
- Pues conmigo no va a tener queja, porque cuando me excito hasta tú te volvías como loca.     
- Espera unos instantes. Mientras tú te desnudas, voy a servir la mesa y así no perdemos más tiempo. Marcos va a llegar de un momento a otro, sé que le hará ilusión si le pido que rememore aquello de Portero di notte. Pon música cuando acabes, la cadena está ahí, en ese mueble, y sírvete una copa, que así entrarás en calor, aunque creo que no te hace falta.     
Carmen dejó al lado de la ropa de Elisa el sujetador, el resto de la ropa lo apartó disimuladamente en un rincón, fuera de una mirada a simple vista.      
Se escuchó una canción de los Beatles. La gata volvió a emitir su lastimero maullido y se escuchó, por fin, el ruidito agresivo de una llave que forzaba la puerta. La humedad de la casa había hinchado la madera y requería su esfuerzo conseguir que rodase aquel metal, algo torcido ya de tanta maniobra.     
- Tigresa, estoy aquí y no veas cómo vengo. Te morderé el coño hasta hacerte parir.     
Se quitó la chaqueta y la arrojó sobre la mesa de cristal que, en el patio, rodeado de potos , bajo una montera transparente dejaba en tornasol la entrada del salón. Se desabrochó el cinturón e hizo sonar un chasquido, como de látigo, contra las rojas baldosas que, oteadas de escudos, llegaban hasta el blanco escalón de mármol. Elisa esperaba adentro. Él se quitó el pantalón, dejándolo caer al suelo. Elisa y Carmen, en absoluto silencio, esperaban su entrada.     
- Coño, joder –exclamó-, esto no me lo esperaba. La hostia, esto es baudeleriano, Elisa, eres satánica, cielos…      
Y siguió profiriendo jaculatorias por el estilo, no sin muestras del júbilo que, al mismo tiempo, elevaba la parte más blanca de su perenne paño de pureza. A Marcos no le gustaban aquellos calzoncillos de los jóvenes, llenos de colorines y sin bragueta. Se acercó adonde estaban y las besó en la boca. Elisa se incorporó y, haciendo un movimiento insinuante, le bajó el slip y dejó al descubierto su miembro. Carmen le hizo ademán de que se dirigiese a ella y le indicó que se arrodillase a sus pies. Lentamente, le desanudó la corbata y fue desabrochándole la camisa.      
Marcos puso sus manos en los pechos de Carmen, mientras Elisa, situándose a su espalda, le acariciaba el cabello y le lamía la nuca. El disco, en la cadena, llegaba a su final y Ginebra trepaba por la malla del trastero, en la planta superior.       
- Que se fastidie un rato –pensó Elisa-, las cosas guardan un orden de valores y ahora me toca a mí, gatita. Jamás la había descuidado, pero a Marcos no le gustaba que el animal interfiriera en ciertas actividades y Elisa, por su parte, no quería contrariarlo ni desaprovechar la fuerza de ese momento incendiario de su carne. Se arrodilló detrás de su amante y le agarró el miembro con ambas manos. Marcos se abalanzó contra Carmen y comenzó a morderle los pezones. Ésta levantó sus brazos y consiguió llegar a la mesa redonda que se hallaba delante del sillón y, sin tropezar con la cabeza de Elisa, acercarse la copa de vino que se había servido. La inclinó levemente y dejó caer unas gotas sobre el poblado pecho de Marcos. Luego, con avidez, fue lavando el reguero con su lengua. Se incorporó después y besó a su amiga en los labios. Marcos se puso al rojo y, agarrando a Carmen por el sexo, le dijo a Elisa:      
- Cariño, tú ya sabes que el camino más corto es por Sodoma, así que, si quieres que pase al comedor, penétrame y muérdeme en mitad de la espalda. Ya conoces lo que vendrá después e imagino que quieres, si no me equivoco, que os dé de comer. La mesa nos espera. ¿Has traído la nata que te encargué?    
- En efecto, Marcos.      
Suspiró, entrecortada, Elisa, al tiempo que metía su dedo corazón en el culo de Marcos.       
- Y otra cosa, amor mío, te he comprado aquel dildo que comentaste anoche en la cama…    

© Ruth Cañizares, 2011

==================================================================================================================


______________________________________________________________________________________________________________________________________________