Prologo de El Libertino

jueves, 31 de marzo de 2016




“Te amo sin saber cómo, ni cuando, ni de dónde. Te amo directamente sin problemas ni orgullo. Te amo así porque no se hacerlo de otra manera. Tan cerca que tu mano sobre mi pecho, es mi mano.
 Tan cerca que se cierran tus ojos con mi sueño.”


Robin Williams en Hunter 'Patch' Adams



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miércoles, 30 de marzo de 2016

Hoy es fiesta en la mansión…
Hoy nos visita mi gran amiga y aún mejor poetisa, mi siempre querida y admirada lady PI (Puramente Infiel, para los amigos).
Y como siempre, no viene con las manos vacías, sino que nos deja una de sus eróticas, excitantes, morbosas y religiosas obras, donde aúna la fe, la pasión, la entrega y el más puro sentimiento…
Aún huele el ambiente a cirios derretidos y a incienso perfumado…
Aún tenemos en la retina impresas a las manolas, con sus mantones negros, sus peinetas altas, sus medias de seda ciñendo sus largas piernas y sus zapatos de tacón alto haciendo sus culos aún más respingones y erectos…
Aún resuenan en nuestros oídos las oraciones y letanías, los rezos y las plegarias, las súplicas y las jaculatorias de los ardorosos creyentes…
Aún vibran en el ambiente los ecos de las saetas…
Aún persiste en nuestras mentes la excitación provocada por el morbo religioso…
Por eso, no queda fuera de lugar, sino que es hoy y en este instante, el momento más precioso y preciso para traer, aquí y ahora, esta excitante poesía que nos dejara, en carne viva, el alma…
Gracias mi querida Lady PI por tu regalo…
Gracias por traer tu obra a esta, sino iglesia catedral, si gótica mansión.
Que todos disfrutéis de ella…
Amén.

Sayiid

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¿Es Pecado mi amor, Mi Señor?
¿Debo temer por mí?
No blasfemo tu nombre en pos de un deseo,
ni me vanagloria el seguirte o besarte los pies 
pues sierva de Ti soy mas no de nadie.

Espero tu gloria entre los poros de mi piel,
rendida a tus entregas y suplicando tus bendiciones,
beso en la frente que me hace Señora y Reina, Tuya, de Ti.

Goza en mí, pues, yo soy de tu Nombre…
Andaba perdida, confundida; ciega y sorda, 
 y Tú  me hiciste más digna.

Tú me prendiste de la mano y me miraste a los ojos.
Vi el mar, el viento, la lluvia, la paz, la esperanza… la Libertad.
Tú, Mi Guía, Señor.
Mi Raboni.

A Ti me entrego. A Ti me doy. De Ti soy.
Tú renaces. Tú revives. Tú te haces…
porque Tú me haces, me revives…
Nunca más pequé pues Tú me bendijiste
cuando tus dedos escribieron mi nombre 
sobre la arena del desierto
y me dijiste: “Ven, Mujer...

Y tomando con fuerza tu mano, Te seguí…
Tú,  Mi Alfa y Mi Omega.

(Lady PI o Puramente Infiel)


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martes, 29 de marzo de 2016




Saben bien los amantes instruidos  
que quiere decir "sí" tres "no" seguidos.

Ramón de Campoamor (1817-1901)


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lunes, 28 de marzo de 2016




UN MOMENTO ESTOY SOLO

Un momento estoy solo: Tu, allí abajo
te ajetreas en torno de mi cosa,
delicada y voraz, dulce y fogosa,
embebida en tu trémulo trabajo.
Toda fervor y beso y agasajo
toda salivas suaves y jugosa
calentura carnal, abres la rosa
de los vientos de vértigo en que viajo.
Más la brecha entre el goce y la demencia,
a medida que apuras la cadencia,
intolerablemente me disloca,
y al fin me rompe, y soy ya puro embate,
y un yo sin más­ ya tuyo a ciegas late
gestándose la noche de tu boca.

(Tomás Segovia)


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domingo, 27 de marzo de 2016




TRES MÁS UNA

A pesar de los años –esas décadas en que suelen contarse, más allá de los veinte, era hermosa Camila, muy hermosa; y a su figura espléndida sumaba otros encantos adquiridos, cierto morbo y misterio, que disparaban la imaginación y elevaban el deseo a cotas altísimas.
Tiene mucho que magrear, dijo Pablo, casi en voz baja. Y mucho que follar, repuso Antonio. Aunque era evidente tanto lo uno como lo otro, repararon los dos en que la carne de aquella mujer, que ya no era joven, contenía secretos apasionantes y prometía en silencio los más exquisitos y exclusivos placeres que nadie se atreviera a imaginar. Era, cómo decirlo, una especie de tierra prometida y ellos dos peregrinos en medio del desierto. Por eso se quedaron petrificados cuando, después del postre, ella irrumpió desnuda, sí, completamente desnuda, portando una bandeja con el café.
Federico, advirtiendo la turbación de sus camaradas, les dijo: Ésta es Camila, mi mujer. Y mientras ella disponía las tazas, vertiendo en cada una el humeante líquido, él le puso la mano en el trasero y deslizó el dedo índice por la raja, hurgando en el agujero y descendiendo, seguidamente, hasta los aledaños de la vagina, allí donde los vellos, leve césped aún, preludian la maraña del pubis. Al retirarlo, lo acercó a su nariz y, tras olerlo, lo aproximó a las de sus amigos. Delicioso, ¿verdad? –exclamó-.
Ellos, que no acababan de salir de su asombro, contestaron que sí, moviendo la cabeza y dando muestras de sentirse cortados.
- Vaya, vaya –prosiguió Federico, llevándose la taza a los labios-; ahora resulta que sois dos novicios y os asusta la situación.
- Hombre... –repuso no importa quién- Comprenderás que no nos esperábamos algo así; que venimos contigo a comer en tu casa y de pronto...
- Sí, hombre, sí: y, de pronto, aparece desnuda la tía más deseada de nuestro grupo, la que todos queréis follaros; y, cuando la tenéis ante los ojos, a un tiro de liebre, casi tembláis de miedo.
Camila, mientras tanto, no había perdido el tiempo y, colocada que estaba entre Federico y Antonio, se arrodilló de forma que, al abrir las piernas, ofrecía a su marido el culo y el coño, en tanto iba extrayendo la polla del amigo y empezaba a chupársela. Pablo, tercero en discordia, no daba crédito a lo que veía y es que Camila, agarrada a la verga de Antonio, hacía resbalar su boca de arriba a abajo, como si fuera a tragársela. Él, tenso como un garrote, la tenía cogida por los cabellos, tratando de intensificar la succión, y acompañaba con gemidos de gozo los movimientos de la mujer. Sólo decía incoherencias y, eso sí, acompasaba con el traqueteo de los glúteos el beneficio que recibía, ante la divertida mirada de Federico, entusiasmado por el cariz que tomaban los hechos y visiblemente excitado.
Que ella también estaba disfrutando, lo pudo comprobar, usando sus propios dedos como termómetro, pues los había metido en los dos orificios de su mujer y observaba con júbilo cómo le destilaba la fuente, al tiempo que se contraía, borracha de lujuria.
Retiró, pues, la mano y olió de nuevo, repetidas veces, sus dedos, impregnados de aquel aroma que tanto le enardecía. Y es que Camila, cuando separaba las piernas en posición dorsal, transpiraba como una yegua, mezclando sus efluvios femeninos con los jugos que se espesaban entre las ingles y el culo. Chupó, después, ambas yemas y aun las hubiese mordido, de no ser porque los resuellos de Camila lo devolvieron a la realidad.
Antonio, dando gritos, le había puesto en la boca un torrente de leche viscosa y, al retirarse, Pablo lo reemplazó y ya iba y venía por la húmeda cavidad, dando signos de hacer otro tanto. Así que Federico, enarbolando su estaca, a punto ya de estallarle, se puso en pie y penetró a Camila tal como la encontrara; es decir: genuflexa, el torso flexionado hacia delante, apoyada con una mano y sosteniendo con la derecha el miembro de Pablo, que entraba y salía entre sus labios como las bielas de un tren. En acomodo tal, las nalgas, respingonas y protuberantes, servían de asidero a su follador, que no tardó en pellizcarlas con verdadero deleite. Ella, al recibir el falo, empezó a menearse con violenta voluptuosidad, hasta que fue inundada por sus dos asaltantes.
Se sentían cansados y sudaban. Durante unos instantes, el silencio vagaba por la estancia, sin que nadie se atreviera a decir palabra. Fue Federico quien dijo de subir a la alcoba y descansar un rato. Se fueron todos juntos. La fiesta no había hecho sino comenzar.


© Jacobo Fabiani (2008)


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jueves, 24 de marzo de 2016




Estoy firmemente convencido de que un hombre que no sienta cierto afecto por la totalidad del otro sexo es incapaz de amar a una sola de sus componentes como es debido.

Laurence Sterne


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martes, 22 de marzo de 2016




Todas las pasiones son buenas cuando uno es dueño de ellas, y todas son malas
 cuando nos esclavizan

Jean-Jacques Rousseau


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lunes, 21 de marzo de 2016




La primavera ha llegado,
y con ella ha venido,
como ocurre cada año,
de mi sumisa sayuri,
el día de su cumpleaños

Feliz seas en tu día,
Señora de la mansión,
de tu Amo la sumisa,
reina de mi corazón,
que me diste la vida,
y me regalaste tu pasión,
tu cariño, tu entrega,
y tu ilimitado amor.

En  este día de fiesta,
recibe la felicitación,
de este, tu Amo, tu Dueño,
del Señor de la Mansión,
a donde un día llegaste,
por el destino enviada,
y conmigo te quedaste,
abducida y obnubilada…

Más no seré yo el que se queje,
de tamaña inconsciencia,
pues desde ese día yo vivo
en completa complacencia.

Feliz, feliz en tu día,
mi sumisa que Ford te bendiga,
que sientas la pasión en tu vida,
y que cumplas muchos más…
(y que yo lo vea, claro…)

(Sayiid)


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domingo, 20 de marzo de 2016




El higo

Cómo esconder aquello. Su amiga le decía: no vayas a la higuera, que quien come de lo que tiene le crece. Y vaya si le gustaba saborear el fruto de aquel árbol. Le creció, pero no desde el higo sino él mismo. Bajaba a la playa y se tumbaba, tímida, en la arena; siempre quedaba un hueco desde donde Lucita veía su entrepierna, temerosa de que todos pudieran pasear, por el bosquejo que guardaba, debajo de la tela, su mirada. No comas más del fruto, déjalo, y el pantalón op-art, de espuma, como era moda, marcándole hasta el paso por el monte de Venus. ¿Cómo esconder a gritos tanta femineidad? La coplilla aquella o la maledicencia popular en canto se le venía siempre a la cabeza: María Rosa que bona estás, tens una figa com un cabás (María Rosa qué buena estás, tienes un higo como una espuerta).
Y nada y nunca, la boca se le hacía agua con el deleite de esa fruta carnosa y sonrosada que afloraba por la comisura de sus labios, lo mismo que su íntima flor que ya se le desparramaba por la vertiente de sus piernas, creciéndole las algas hasta acariciar, ya casi, la rodilla.

© Ruth Cañizares (2009)


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sábado, 19 de marzo de 2016




Muere lentamente quien evita una pasión y su remolino de emociones, justamente éstas que regresan el brillo a los ojos y restauran los corazones destrozados

Pablo Neruda


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viernes, 18 de marzo de 2016




AL AMOR DE LA LUMBRE

Al terminar el servicio militar, dentro de las visitas de cortesía a familiares y amigos, me llegué una tarde de invierno, cerca de la Navidad, por casa de mi tía Claudia, una prima hermana de mi padre, que vivía sola en una casita a las afueras del pueblo. No era una tarea especialmente atractiva, pero recordaba con cariño el pisto de ricos tomates y pimientos de huerta, que solía prepararme las noches de verano en que, liberado de la férula materna, me llegaba por su emparrado patio en compañía de una nieta suya de mi misma edad, tras habernos pasado la tarde descubriendo cabezolitos o matando procesionarias.
De vez en cuando, había visitado a mi tía, ya muy mayor, pero no siempre de forma grata, especialmente porque se empeñaba en darme de comer y sus habilidades culinarias no tenían nada que ver ahora con las que yo recordaba. Por otra parte, mi lejana prima había desaparecido hacía tiempo, se había marchado a Barcelona junto a sus padres, que emigraron cuando la pequeña tierra de labor no les daba ni para comer: lo vendieron todo y se instalaron, creo, en Masnou, en donde todos encontraron trabajo en una fábrica de porcelana.
El caso es que ahora, con casi veinticinco años, pues fui a la Mili con dos de retraso, gracias a una prórroga por estudios, estaba ante la claveteada puerta de madera agrietada y color indefinido, que tantos recuerdos me traía. Golpeé el trozo de hierro que servía de aldaba y escuché unos pasos que identifiqué enseguida. En efecto, mi pobre tía Claudia abrió la puerta y, antes de que me diera tiempo a reaccionar, me tenía fuertemente abrazado y propinándome una serie de sus apretadísimos y entrañables besos. Estaba anocheciendo y la casa olía al hogar en donde se quemaban unos troncos de olivo. Allí, junto al fuego, sentada y roja por la luz de las llamas se hallaba una mujer extraordinariamente atractiva.
-Es tu primita, cariño. ¿No la recuerdas? Ramona... Pero vamos, ¿No os saludáis? Todavía recuerdo las irritaciones que me dabais cuando llegaba la noche y no sabía en donde os habíais metido... A ver, ¿os reconocéis o no? ¡Uy, qué tontos! ¿Os vais a dar la mano? Venga, coño, a besaros.
Mi prima, que se había levantado sonriendo y extendiendo la mano, cambió el gesto y yo seguí muerto. Jamás había visto una mujer como esa: Morena, alta -quizá más que yo-, con una cintura estrechísima, que servía de excusa para estallar más abajo en una grupa perfecta, con unos ojos profundos y seductores... De pronto, la tuve en mis brazos, o mejor, yo en los suyos, porque me abrazó con todas sus fuerzas y me estampó un sonoro beso en plena boca, como hacíamos de chicos. En seguida supe que estaba desbordado, que me había ganado la partida y, con este sentimiento de derrota, nos sentamos. Ella frente a mí y mi tía en medio de ambos, alrededor de la lumbre.
Al poco rato, mientras yo contaba mis anodinas "batallas" de cuartel, Ramona fue confiándose y dejando caer su pierna izquierda contra el brazo del pequeño sillón en que se sentaba. La falda, de vuelo ancho pero corta, actuó en consecuencia, con lo que tuve ante mí un espectáculo que casi inmediatamente me cortó el aliento. Las piernas, doradas a luz cambiante de las llamas, se ofrecían en toda su extensión, rotundas y tersas, largas pero gorditas y apetecibles. Y al final, quizás fruto de mi imaginación, la oscura e impenetrable selva de lo que imaginaba pobladísimo felpudo. Como comenzara a vacilar y la voz se me iba asfixiando por el panorama, mi tía sacó la conclusión de que necesitaba comer algo y, a pesar de mis calurosas y agradecidas negativas, se levantó y a los dos minutos la sentíamos en la cocina trajinando con un ruido de cacerolas y majados que la controlaban perfectamente.
Ramona, entonces, incorporándose, me preguntó directamente que como la encontraba, que si le gustaba el cambio que veía había experimentado. No me preguntéis cómo ni porqué, pero se me nubló la vista cuando ella se levantó la falda para mostrarme más claramente a qué cambio se refería. ¡Dios mío! casi me desmayo. Era una mujer espléndida, rotunda y casi irreal. Su vientre, liso, y hasta su ombligo llegaba un rastro de vello oscuro y sedoso que partía desde donde terminaba la braguita que, a su vez, dejaba escapar un par de centímetros de pelo espeso. Así que la braga, pues no era el coño lo que mi fantasía creyó vislumbrar en la oscuridad intermitente del fuego, ocultaba lo que era sin lugar a dudas un sexo gordo y muy bien poblado, pues se veía abultada a pesar de que ceñía la vulva estrechamente, dibujando a le perfección la larga raja que se prolongaba por entre sus piernas hacia abajo. Las caderas, anchas y poderosas se frustraban hacia arriba en una estrechísima cintura que resaltaba más aún sus pechos, ocultos pero contundentes.
Naturalmente, mi polla se levantó hasta el dolor y, como ni el sitio era el adecuado ni la celeridad como cocinera de mi tía hacía presagiar su ausencia por largo rato, me incorporé y abrazando a Ramona a la vez que le cogía el coño desbordándome la mano, le pedí caridad y justicia al precio que ella fijara. El precio es que te quedes sentado ahí enfrente y no me toques, susurró. Tú puedes hacer lo que quieras, añadió, que yo te daré lo que necesitas sin que nos juntemos todavía, pues te reservo algunas sorpresas y no quiero que se frustren. Dicho esto se quitó las bragas, que metió en el bolsillo del vestido y, luego, se sentó dónde estaba. Será rápido, me aseguró.
Abrió sus piernas y me puso a medio metro el más importante coño que yo he visto jamás. Luego tomó con ambas manos sus pechos, que había sacado por el escote, y chupándose los dedos de la mano derecha, comenzó a masajearse la vulva mientras apenas rozaba sus pezones con la otra. Naturalmente me saqué el nabo, casi para estallar, y mirándola como un catatónico, me apliqué a moverlo contundentemente. Sus ahogados suspiros y algunas gotas que se le resbalaron de la vulva hasta el suelo, a la vez que sacaba su lengua hasta doblarse la barbilla y comprimía su clítoris entre los dedos, haciéndole sacar una excitante cabecita que, como un pequeño pene, se levantaba rosa y húmeda hacia arriba, fueron suficiente para que, arrodillado frente al hogar, regara con el zumo lechoso de mis testículos las granates brasas. Cuando volví a mirar, ella había terminado también y bajaba su ropa mientras me sonreía procaz.
Al momento, nos llamaba la tía para cenar. Allí fuimos, esta vez ya familiarizados como antes, como si el tiempo no hubiese pasado y contentos del reencuentro. La cena fue agradable y la sobremesa, en el dormitorio que mi tía le había asignado en la planta baja, me ha marcado hasta hoy. Aquella navidad no se me olvidará nunca. Mi prima Ramona seguía siendo mi colega y mi amiga, pero a la vez se había convertido por voluntad suya en mi puta privada y generosa.
Sólo supe que estaba casada cuando, un día antes del de Reyes, me dijo que al siguiente llegaba su marido y que se marcharía con él el siete, muy temprano. La noche del cinco, en esa cama de barrotes de hierro y péndolas sonadoras, que teníamos que desmontar a diario para no despertar a nuestra ignorante anfitriona, fue una de las pocas noches de mi vida en que el sexo no logró tapar la tristeza por el dolor anticipado de su partida. Ella lloraba hasta cuando se venía una y otra vez, y yo también lo hice en mi último orgasmo.
Tuve el rico olor de su coño en mi cara durante casi una semana y ¿me creeríais si os dijera que, tras su partida estuve quince días llorando cada noche en el silencio de mi cama, perdidamente enamorado de mi prima Ramona?


© Mario Visconti (2008)

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miércoles, 16 de marzo de 2016




“Dime cuál es tu fantasía y veremos qué podemos hacer para cumplirla, esa tal imaginación y yo”

Octavio Paz


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martes, 15 de marzo de 2016




El parvulario

Amelia, no dejes las bragas sobre la mesa del despacho, por favor. Ya no tienes edad de ser tan desordenada y no te muerdas las uñas. Ven, recoge todo lo que esparciste y ponlo en el cesto. Deja ya de formar palabras con las fichas, ¿no ves que ando esperándote? Ya hace mucho que cumpliste los cuarenta y follas como una loca. Si no tuvieras ese vicio de imaginarte en el parvulario cada vez que te poseo, qué sencillo sería vestirse después del polvo y llegar a tiempo al cine. No sé qué voy a hacer contigo. Ah, y la chichonera escóndela en el armario, pronto llegará Mercedes y no quiero que empiece a sospechar que tengo un lío. Estas enfermeras se dan cuenta de todo y no es caso.

© Ruth Cañizares, 2009


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sábado, 12 de marzo de 2016




Más fácilmente resistimos a nuestras pasiones 
por su debilidad que por nuestra fuerza



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jueves, 10 de marzo de 2016




HABITACION “MENAGÈ Á TROIS”

El jadeo etílico que exhalaban las sábanas se blandía como un serrín de ginebra sobre los tres cuerpos anónimos. Allí una sola cama la peinaban seis piernas y seis brazos embolados en una corrida picasiana, el arranque de toda extremidad dirigido a follarse la última palabra, el último suspiro... Un enérgico juego de piel para dos féminas y un hombre: tres para uno o uno para ambas, o todos para todos. Y como lámpara recién frotada, el tallo firme de su verga concedía cien deseos. Las rodillas de una chica inmovilizaban las muñecas de otra joven, y en su entrepierna un misterio de carne y de saliva rezumaba por la boca de la que permanecía bajo ella, con la cabeza entre sus ingles, jalando de aquél pastel róseo insaciable, recitando la exprimida voluntad de un sumidero lubricado. _ ¡Follad!_ musitaba el hombre justo antes de embestir, de improviso, a la mujer de la boca llena. La acometida desveló entre las piernas un hipódromo de charcos entre brasas. Una y otra vez espoleaba el semental su porción de carne en la oquedad de una comarca rasurada. Una y otra vez, de treinta a cuarenta embestidas por minuto... mientras que la otra resbalaba sus dedos por el clítoris de aquélla, cuya lengua a cambio aún mantenía en su sexo rimando el éxtasis, una oratoria lésbica de movimientos circundantes, el ciclismo lingual previo a toda convulsión, un diálogo diáfano sin viejos formulismos... una bárbara corrida en el faldón del paladar que dejaba tras de sí un lienzo de brillo en su barbilla. Un hombre y dos mujeres, tres criaturas reinventándose de goce y un baile fluvial navegándoles el sexo, eso marcaba el ritmo o el desorden. Y ellas seguían regalándose pezones como puños, raciones de un sueño lactífero que excitaba la yema del pulgar sobre unos senos lamidos por la gula. También sus pechos arrastraban voluntad de fornicar, poetizados por la erógena borrasca de un reguero de saliva. Y él tomó los senos de aquella fémina que mascullaba, aún erguida sobre el rostro de la otra, un silábico chorreo de lujuria, los tomó tan fuertemente que un calambre de dolor-placer le faenó en el centro del pubis y volvió a pasarle, sucedió. Otra vez. Y así continuaron hasta que el tiempo consumió el semen de la única vela encendida.      


© Julie de Montparnasse



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miércoles, 9 de marzo de 2016




Un hombre que no ha pasado a través del infierno de sus pasiones, no las ha superado nunca

Carl G. Jung


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martes, 8 de marzo de 2016




La leche derramada


Estaba vieja y ella lo sabía, pero tenía el pecho erecto y el pubis todavía no había perdido la espesa maraña que, de joven, le hiciera tan preciso un severo depilado para ir a la playa. Todavía recuerda a los vecinos, apostados sin vergüenza en la escalera, levantando la voz para que oyera claramente: Vaya coño peludo tiene la francesita del primer piso.
Chantal, mientras se viste, rememora esas cosas o el momento aquel en que uno de ellos llevaba el bañador mojado por un flujo lechoso. Ella tenía entonces quince años. Y recuerda también cómo la madre del joven le apostilló diciendo: Manuel, te has derramado la leche por encima. Ahora, tanto tiempo después, se deleita en el antiguo nerviosismo del muchacho y, a pesar de que ya supo hace mucho de aquellos menesteres para llevar a cabo los ritos de la vida, recuerda con regocijo el abultado pene de Manuel y cómo, después de aquel mancharse y lejos de cualquier mesa, volvía a suceder el desparrame blanquecino en los despoblados arenales de aquella aldea costera; eso sí, bajo el acompasado movimiento de su propia mano.

© Ruth Cañizares


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lunes, 7 de marzo de 2016




El amor implica un fenómeno tan raro que se puede vivir toda la vida sin encontrar el ser a quien la naturaleza ha concedido el poder de hacernos feliz

(Honoré De Balzac)


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domingo, 6 de marzo de 2016




“En todo encuentro erótico hay un personaje invisible y siempre activo: la imaginación”

Octavio Paz


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sábado, 5 de marzo de 2016




Una extraña pastilla

Sintió que alguien se apretaba a su cuerpo y le metía el miembro. Era como una estaca templada, húmeda, nerviosa en su jadeo. Estaba situado a sus espaldas y reculó hasta notar aquello inmerso totalmente en su vagina. Al despertar, no había nadie. Solamente en la sombra de los sueños le sucedían estas cosas. Hacía unos meses que el galeno le había recetado un somnífero que, más que relajarla, violaba constantemente la intimidad de su noche.

© Ruth Cañizares (2009)

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jueves, 3 de marzo de 2016




Me gustaría morir a los 104 años, completamente sano,
 asesinado por un marido que me acabara de pillar,
 in fraganti, con su joven esposa.



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martes, 1 de marzo de 2016




ESCRITO EN PAPEL MOJADO
(Pornonarración a dos manos)


Estábamos comiendo en la cocina. Encendió un cigarrillo y comenzó a mirarme. Su voz se hizo más tenue y su miraba se engarzaba en mis piernas. Me levantó la falda, procurando dejar al descubierto ese lugar. Mientras él me palpaba, yo tomé un trozo de papel, dispuesta a dar cuenta de todo. Sopló el humo sensualmente y se quedó hierático. Todo él, incluso ese lugar que ya le hería hasta hacerse evidente.    

Leonor, le dije, siéntate encima de la mesa. Y procuré, al hacerlo, subirle por atrás toda la falda, de manera que, al reclinarla sobre el tablero, no halle dificultad en levantarle el resto por delante y emborrachar mis pupilas en el alcor palpitante que, flanqueado por sus espléndidos muslos, celaban a duras penas sus bragas, negras, sencillas, tan endiabladamente naturales que dejaban incluso al descubierto los vellos de ambos lados y permitían oler un perfume a real hembra que, poco a poco, amenazaba con desmayarme.    
Preso, pues de furor y enfebrecido por la turgencia de aquellos muslos, la tomé por las nalgas y, elevándolas como un astro de carne sabrosísima, comencé a bajarle el estorbo, mientras mis dientes iban mordisqueándola y el índice derecho comprobaba en el pórtico de la gloria los efectos devastadores de aquella borrasca interna que estaba provocándole.      

Respiré hondamente y le agarré. Hubiera pronunciado que le tomé tan firme que mi boca comenzó a ensalivarse, Al punto, se inclinó suavemente y yo me dejé hacer. Palpitaba su sexo como en un huracán frunce su ceño el viento. Yo estaba mojada, como lluvia real y la mesa era el suelo que, al instante, se fue reblandeciendo. Me sentí palpitar el corazón, alocado y febril, entre las piernas.  

Latía, ciertamente, mi sexo en sus entrañas…    

Yo le había abierto ya la puerta y él empujaba adentro, tal si tuviese miedo a las paredes que mi flujo, espeso, iba encendiendo a su paso. Noté cómo crecía en mi interior, cómo estallaba casi, era un hierro capaz de desgarrarme. Lo agarré por el pecho y fui mordisqueando sus hombros. Dentro de mí, y entre la oscuridad del vello, fue emergiendo una baba…       

Mientras iba, de atrás adelante, embistiéndole, mis manos recorrían sus espléndidas piernas, pellizcando con sádica delectación las carnosas eminencias de las zonas internas. Con los labios cerrados, apretados incluso, emitía rugidos de placer, que a mí me producían una abundante destilación de humores. Arremetí con fuerza hasta hacerla gritar levemente y, arañándole los glúteos, flexioné sobre el vientre sus piernas, de modo que quedaban al aire los pies, todavía cubiertos por las medias, enrolladas en desorden en torno a los tobillos. Me excitaban aquellos pies. Quise verlos, olerlos, tocarlos, mordisquearlos y, poseído de un extraño e irrefrenable furor, mis dientes extrajeron aquellos obstáculos. Mi lengua recorrió sus adorables plantas y mis pulgares hendieron su piel, entre gemidos entrecortados y tibios escalofríos. Su vagina, acortada por la postura, no oponía resistencia a mi empuje y la punta del glande chocaba fieramente contra el último confín de su coño, amenazando con inundarlo.      

Miraba como un loco. Noté que sus dos piernas, casi hieráticas, jugaban con sus músculos abductores. Sentía en mi interior ese enorme animal descabezando el deseo, lo había visto antes en sus manos. Podía describirlo en su ir y venir, remojando la piel que, ya húmeda, volvía más suave la embestida. Estaba rojo, como encendido, medio sudado, apelmazado a mí. No quedaba espacio, le oía respirar casi en mi boca y emanaba un olor como de fiera.      

Se acercaba el orgasmo. Sentía en mis esfínteres un aguijón de fuego y las compuertas del silo comenzaron a abrirse. Pero aún no deseaba vaciarme en su interior. Quería prolongar esos momentos y, antes de haberlo pensado, le extraje mi pene y salí. Ella gimió, como decepcionada, y yo apagué su queja cayendo sobre el sexo enrojecido e hiriéndolo de muerte con la lengua. . Una vez y otra vez, lo que el labio oprimía recibía el lametón que, gradualmente, se iba convirtiendo en chupadura y aspiraba sus mieles, mientras las gruesas valvas temblaban de placer hasta el paroxismo.       

Le imaginé con otra. Él me había contado muchas secuencias de antiguos avatares. Ella estaba desnuda, al calor de una chimenea que crujía exhalando briznas de fuego. Él, con el pene en la mano, recorría su espalda. Ella entonces dejaba que sus dedos se le hincasen entre las ingles y gemía. Todo era silencio, menos ese chasquido de los cuerpos y sucedió algo insólito: me desplacé también hacia otros lugares. Nunca había hecho el amor con él. Veía un río, que enfriaba mis pies mientras un hombre palpaba mis senos y mordía suavemente mis labios inferiores.      

Que gozaba era más que evidente. Verla así, jadeante, moviendo todo el cuerpo, sudorosa y enajenada, se me hacía del todo insoportable y empecé a pellizcarla. Saltando sobre ella, la volví a penetrar. Sin embargo, teniéndola en aquella posición, tan sugerente, también el agujero de su culo avanzaba hacia el exterior y mis dedos traviesos, recogiendo una vela de flujo, comenzaron a juguetear en los aledaños del antro prohibido, en una maniobra cuyos efectos no tardaron en evidenciarse. Movía todo el culo, como pidiendo a gritos un taladro, e introduje mi dedo, como una broca, hendiendo y girando hasta hacerla gritar.      

Eso no tenía nombre. Otra vez me sentí como en tiempos antiguos. Se diría que fuese una muchacha virgen en unos arenales donde el primer amor se acercaba a mis zonas nunca abiertas. Su dedo era un alfanje de lujuria. Deseaba apretarlo hasta hacerme sangrar. Le pedí que metiera otros dos dedos.      

Su fantasía se me antojó imposible, desde luego, amén de un desperdicio, pues qué carajo –me preguntaba- hacían allí mis dedos, que ni sienten ni consienten en excediendo el precalentamiento. Así que aproveché uno de los vaivenes de su vulva para sacar mi sexo y, bien lubricado como se hallaba, descender hasta el piso inferior y entrar allí a degüello.       

Al principio, dolía. Era como si un vidrio me rasgara. Pero al poco, y mojado como iba, entraba holgadamente y bombeaba con fuerza mis entrañas. Me sentía morir. Mis manos, locamente, recorrían su espalda. Mordía su barbilla y, con voz entrecortada, le instaba a penetrar más y más hondo.       

Recordaba, en mis años de estudiante, las lecturas de Sade. Siempre me había llamado la atención el interés de aquel hombre por el altar de Sodoma y me excitaba sobremanera un placer que, maldito, tuve por imposible, y su ardor era en mí insatisfecho. Así, pues, exclamé: ¡Ah, qué angostura y calidez!, como una jaculatoria, mientras el tronco, enfundado en una tórrida nube, subía y bajaba, y mis manos llenaban de arañazos felinos la piel blanca y suave de Leonor.       

No se había quitado las gafas y en el ancho bigote quedaban las estelas de un anterior naufragio por mi sexo. Su corazón parecía estallar y sus manos se deslizaban ávidas por mi vientre. Lo miré unos instantes y le dije: ¿quieres que te la tome con la boca?      

Sí –le dije en voz queda-, chúpamela. Y sin más protocolo ni licencias, dando ya por sabida la respuesta, desenculé mi arma y, sentando a mi amante en una silla contigua, dejé que su boca absorbiera mi pene, que, al sentir la humedad de aquella nueva gruta, se hinchó y lloró de júbilo un río de espeso semen.    


© Jacobo Fabiani  Ruth Cañizares, 2011.


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