Prologo de El Libertino

martes, 31 de mayo de 2016




Solamente la pasión, una gran pasión, puede elevar tu alma a cosas más grandes

Brian Tracy


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lunes, 30 de mayo de 2016




REGLAMENTOS

Todos los días la hora de levantarse será a las diez de la mañana. En tal momento los cuatro jodedores que no hayan estado de servicio la noche anterior visitarán a los amigos, llevando cada uno de ellos un muchachito; pasarán sucesivamente de una habitación a otra. Actuarán de acuerdo con las órdenes y deseos de los amigos, pero al principio los muchachitos que llevarán con ellos sólo servirán de acompañamiento, porque queda decidido y acordado que las ocho virginidades de los coños de las muchachas no serán violadas hasta el mes de diciembre, y las de sus culos, así como las de los culos de los ocho muchachos, lo serán a lo largo del mes de enero, y eso con el fin de acrecentar la voluptuosidad mediante el hostigamiento de un deseo inflamado sin cesar y nunca satisfecho, estado que debe necesariamente conducir a un cierto furor lúbrico que los amigos se esfuerzan en provocar como una de las situaciones más deliciosas de la lubricidad.

A las once los amigos se dirigirán al aposento de las muchachas donde se servirá el almuerzo consistente en chocolate o carne asada con vino español u otros reconfortantes manjares. Este almuerzo será servido por las ocho muchachas desnudas, ayudadas por las dos viejas Marie y Louison adscritas al serrallo de las doncellas, estando las otras dos al de los muchachos. Si los amigos tienen ganas de cometer actos impúdicos con las muchachas durante el almuerzo, antes o después, ellas se prestarán a dichos deseos con la resignación que se les supone y a la cual no faltarán sin un duro castigo. Pero se conviene en que no habrá juegos secretos o particulares en tal ocasión y que si se quiere hacer el crápula durante un rato, será entre sí y ante todo el que asista al almuerzo.

Las muchachas por regla general deberán ponerse de rodillas cada vez que vean o se encuentren con un amigo, y permanecerán en esta posición hasta que se les diga que se levanten; sólo las esposas y las viejas estarán sometidas a estas leyes: los demás quedan dispensados de ello, pero todo el mundo se verá obligado a llamar monseñor a cada uno de los amigos.

Antes de salir de la habitación de las muchachas, el amigo encargado del turno del mes (como lo que se intenta es que cada mes se encargue uno de los amigos de todos los detalles, el turno debe ser el siguiente: Durcet durante el mes de noviembre, el obispo en diciembre, el presidente en enero y el duque en febrero), aquel, pues, de los amigos al que le toque el mes, antes de salir del aposento de las muchachas, las examinará una tras otra para comprobar si están en situación adecuada, lo cual será comunicado cada mañana a las viejas y arreglado de acuerdo con la necesidad que haya de tenerlas en tal o cual estado.

Como está severamente prohibido ir a otro excusado que el de la capilla, que ha sido arreglado y destinado para esto, y prohibido ir allí sin un permiso particular, el cual es a menudo negado, por ello el amigo que esté de turno examinará con cuidado, inmediatamente después del almuerzo, todos los excusados particulares de las muchachas, y en el caso de alguna contravención, la delincuente será condenada a un castigo aflictivo.

De allí se pasará al aposento de los muchachos a fin de efectuar las mismas visitas y condenar igualmente a los delincuentes a la pena capital. Los cuatro muchachos que por la mañana no hayan estado con los amigos, los recibirán ahora cuando lleguen a sus habitaciones y se quitarán los calzones delante de ellos, los otros cuatro  permanecerán de pie y esperarán las órdenes que puedan serles dadas. Los señores se divertirán o no con estos cuatro, que no habrán visto hasta entonces, pero lo que hagan será público; nada de solitarios a tales horas.

A la una, aquellos o aquellas de las muchachas o de los muchachos, grandes y pequeños, que hayan obtenido el permiso de ir a satisfacer necesidades apremiantes, es decir, las gordas -y este permiso sólo se concederá muy raramente, y a todo lo más a una tercera parte de los interesados-, aquellos, digo, se dirigirán a la capilla donde todo ha sido artísticamente dispuesto para las voluptuosidades inherentes al caso. Allí encontrarán a los cuatro amigos, que esperarán hasta las dos, y nunca hasta más tarde, y que los colocarán como lo juzguen conveniente para las voluptuosidades de esta índole que les vengan en gana.

De dos a tres, se servirán las dos primeras mesas que comen a la misma hora, una en el gran aposento de las muchachas, la otra en el de los muchachos. Los encargados de servir en estas dos mesas serán las criadas de la cocina. La primera mesa estará compuesta por las ocho muchachas y las cuatro viejas; la segunda por las cuatro esposas, los ocho muchachos y las cuatro narradoras. Durante esta comida, los señores se dirigirán al salón donde charlarán hasta las tres. Poco antes de esta hora, los ocho jodedores se presentarán en este salón lo más arreglados y peripuestos posible.

A las tres se servirá la comida a los señores y los cuatro jodedores serán los únicos que gozarán del honor de ser admitidos. Esta comida será servida por las cuatro esposas, todas ellas desnudas, ayudadas por las cuatro viejas vestidas de magas: serán éstas quienes sacarán los platos de los tornos donde los pondrán las sirvientas y los entregarán a las esposas que los pondrán sobre la mesa. Los ocho jodedores, durante la comida, podrán manosear todo lo que quieran los cuerpos desnudos de las esposas, sin que éstas puedan negarse o defenderse; podrán también llegar a insultarlas y a servirse de ellas con la verga empinada, apostrofándolas con todas las invectivas que quieran.

Se levantarán de la mesa a las cinco. Entonces los cuatro amigos solamente (los jodedores se retirarán hasta la hora de la reunión general), los cuatro amigos, digo, pasarán al salón, donde dos muchachitos y dos muchachas, que variarán todos los días, les servirán desnudos café y licores; aquél no será todavía el momento en que podrán permitirse voluptuosidades que puedan enervar: habrá que limitarse a la simple broma.

Poco antes de las seis, los cuatro muchachitos que acaban de servir se retirarán para ir a vestirse de prisa. A las seis en punto, los señores pasarán al gran gabinete destinado a los relatos y que ha sido descrito antes. Cada uno de ellos se colocará en su nicho y los demás observarán el orden siguiente: en el trono se sentará la narradora, en las gradas del mismo estarán los dieciséis jóvenes, colocados de tal forma que haya cuatro, dos muchachos y dos muchachas, frente a los nichos; de esta manera cada nicho, tendrá su grupo independiente, este grupo está asignado al nicho ante el que está sin que el nicho de al lado pueda tener pretensiones sobre él, y estos grupos variarán todos los días, ningún nicho tendrá siempre el mismo. Cada individuo del grupo llevará en un brazo una cadena de flores artificiales que estará amarrada al nicho, de modo que cuando el ocupante del nicho quiera a un muchacho o muchacha de su grupo sólo tendrá que tirar de la guirnalda y el escogido correrá hacia él.

Detrás de cada grupo de cuatro habrá una vieja, que estará a las órdenes del jefe del nicho.

Las tres narradoras que no estén de turno mensual se sentarán en una banqueta al pie del trono, sin estar dedicadas a nada especial pero a las órdenes de todo el mundo. Los cuatro jodedores que estén destinados a pasar la noche con los amigos podrán no asistir a la reunión; permanecerán en sus habitaciones ocupados en prepararse para la noche y las hazañas que ésta exige. Los otros cuatro estarán a los pies de cada uno de los amigos, en los nichos, en cuyos sofás el amigo se hallará al lado de una de las esposas de turno. Esta esposa estará siempre desnuda, el. jodedor llevará chaleco y calzones de tafetán rosa, la narradora del mes irá vestida de cortesana elegante, así como sus tres compañeras, y los muchachos y muchachas de los cuatro grupos irán vestidos de modos distintos y elegantes; un grupo a la moda asiática, otro a la española, otro a la turca y el cuarto a la griega y al día siguiente cambiará, pero todos estos vestidos serán de tafetán y de gasa; la parte baja del cuerpo nunca estará ajustada con nada, y bastará desprender un alfiler para que queden desnudos.

En cuanto a las viejas, irán alternativamente vestidas con hábitos grises de religiosas, disfrazadas de hadas, magas y, a veces, de viudas. Las puertas de los gabinetes que dan a los nichos estarán siempre entreabiertas, y el gabinete, muy calentado por las estufas de comunicación, dispondrá de todos los muebles necesarios para las diferentes orgías. Cuatro velas arderán en cada uno de dichos gabinetes, y cincuenta en el salón.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)



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viernes, 27 de mayo de 2016




Con las pasiones uno no se aburre jamás; 
sin ellas, uno se idiotiza

Stendhal


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jueves, 26 de mayo de 2016




Así, pues, se hizo buscar en París, con el mayor cuidado, las cuatro criaturas que se necesitaban para desempeñar tal cargo, y por desagradable que pueda ser su retrato, el lector me permitirá sin embargo que lo trace: es demasiado esencial para la parte que se refiere a las costumbres, cuyo desarrollo es uno de los principales objetivos de esta obra.

La primera se llamaba Marie; había sido sirvienta de un famoso bandido recientemente aprehendido, y había sido azotada y marcada a cuenta suya. Tenía cincuenta y ocho años, era casi calva, nariz torcida, ojos empañados y legañosos, boca grande y con sus treinta y dos dientes, realmente, pero amarillentos como el azufre; era alta, flaca, había tenido catorce hijos, que había ahogado, decía ella, para evitar que se convirtieran en malos sujetos. Su vientre era ondulado como el oleaje marino y un absceso le devoraba una nalga.

La segunda se llamaba Louison; tenía sesenta años, era pequeña, jorobada, tuerta y coja, pero era dueña de un hermoso culo para su edad y la piel todavía hermosa. Perversa -como el diablo, y siempre dispuesta a cometer todos los horrores y todos los excesos que pudieran ordenarle.

Thérése tenía sesenta y dos años; era alta, delgada parecía un esqueleto, no tenía un solo pelo en la cabeza; ni un diente en la boca, y exhalaba por esta abertura de su cuerpo un hedor capaz de tumbar a un caballo. Tenía el culo acribillado de cicatrices y las nalgas tan prodigiosamente blandas que podían enrollarse a un bastón; el agujero de este hermoso culo se parecía a la boca de un volcán por la anchura y por el olor era un verdadero orinal; según ella misma decía, en su vida se había limpiado el culo, donde había aún, sin lugar a dudas, mierda de su infancia. Por lo que respecta a su vagina, era el receptáculo de todas las inmundicias y de todos los horrores, un verdadero sepulcro cuya fetidez hacía desmayarse. Tenía un brazo torcido y cojeaba de una pierna.

Fanchon era el nombre de la cuarta; había sido seis veces colgada en efigie y no existía un solo crimen en la tierra que no hubiese cometido. Tenía sesenta y nueve años, era chata, baja y gorda, bizca, casi sin frente, una bocaza con sólo dos dientes a punto de caer, una erisipela le cubría el trasero y unas hemorroides grandes como puños le colgaban del ano, un chancro horrible devoraba su vagina y uno de sus muslos estaba completamente quemado. Estaba borracha las tres cuartas partes del año y, en su embriaguez, como sufría del estómago, vomitaba por todas partes. El agujero de su culo, a pesar del bulto de hemorroides que lo adornaba, era tan ancho de una manera natural que lanzaba pedos y otras cosas muy a menudo, sin advertirlo. Independientemente del servicio de la casa durante la lujuriosa estancia, estas cuatro mujeres debían tomar parte además en todas las asambleas, para las diferentes necesidades y servicios de la lubricidad que se les pudiera exigir.

Avanzado ya el verano, y una vez hecho todo lo que antecede sólo quedó ocuparse del transporte de las diferentes cosas que debían, durante los cuatro meses que se moraría en las tierras de Durcet, contribuir a hacer más cómoda y agradable la estancia allí. Se hizo llevar una gran cantidad de muebles y espejos, víveres, vinos, licores de todas clases, se mandaron obreros, y poco a poco fueron llevadas las personas que Durcet, que se había adelantado recibía, alojaba y establecía a medida que llegaban.

Pero ya es hora que le hagamos al lector una descripción del famoso templo destinado a tantos sacrificios lujuriosos durante los cuatro meses previstos. Verá con qué cuidado se había elegido un retiro apartado y solitario, como si el silencio, el alejamiento y la tranquilidad fuesen los vehículos poderosos del libertinaje, y como si todo lo que comunica por estas cualidades un terror religioso a los sentidos tuviera evidentemente que prestar a la lujuria un atractivo más. Vamos a describir este retiro no como era en otro tiempo, sino en el estado de embellecimiento y soledad perfecta en que lo habían puesto nuestros cuatro amigos.

Para llegar hasta allá era necesario antes detenerse en Bâle; se atravesaba luego el Rin, más allá del cual el camino se estrechaba hasta el punto de que se hacía preciso abandonar los vehículos. Poco después se penetraba en la Selva Negra, hundíase en ella durante quince leguas por un sendero difícil, tortuoso y absolutamente impracticable sin guía. Una miserable aldea de carboneros y guardabosques se ofrecía a la vista. Allí empezaban las tierras de Durcet, a quien pertenecía la aldea; como los habitantes de aquel villorrio son casi todos ladrones o contrabandistas, fue fácil para Durcet hacerse amigo de ellos, y la primera orden que recibieron fue la de no dejar llegar a nadie hasta el castillo después del primero de noviembre, fecha en que todo el grupo estaría reunido. Armó a sus fieles vasallos, les concedió algunos privilegios que solicitaban desde hacía mucho tiempo, y se cerró la barrera. En realidad, la descripción siguiente hará ver cómo, una vez bien cerrada aquella puerta, era difícil llegar a Silling, nombre del castillo de Durcet:

En cuanto se había dejado atrás la carbonería se empezaba a escalar una montaña tan alta como el monte Saint-Bernard y de un acceso infinitamente más difícil, porque sólo a pie se puede llegar a la cumbre. No es que los mulos no puedan pasar por allí, pero los precipicios rodean de tal modo el sendero que hay que seguir que resulta muy peligroso montar los animales; seis de los que transportan los víveres y los equipajes perecieron, así como dos obreros que habían querido montar dos de los mulos. Se requieren cerca de cinco buenas horas para alcanzar la cumbre de la montaña, la cual ofrece allí otra particularidad que, por las precauciones que se tomaron, se convirtió en una nueva barrera de tal modo infranqueable que sólo los pájaros podían pasarla. Este singular capricho de la naturaleza consiste en una hendidura de más de treinta toesas en la cumbre de la montaña, entre la parte septentrional y la meridional, de manera que, sin ayudas, una vez que se ha escalado la montaña resulta imposible descender. Durcet había hecho unir estas dos partes, separadas por un abismo de más de mil pies, por un hermoso puente de madera que se quitó cuando hubieron llegado los últimos equipajes, y desde aquel momento desapareció toda posibilidad de comunicarse con el castillo de Silling. Porque al descender por la parte septentrional se llega a una llanura de unas doscientas áreas, rodeada de rocas por todas partes cuyas cimas se pierden en las nubes, rocas qué envuelven la llanura como un muro sin una sola brecha. Este paso, llamado el camino del puente, es pues el único que puede descender y comunicar con la llanura, y una vez destruido, no hay habitante en la tierra, sea de la especie que sea, capaz de abordar la llanura.

Ahora bien, es en medio de esta llanura tan bien cercada tan bien defendida, donde se encuentra el castillo de Durcet. Un muro de treinta pies de altura lo rodea también, más allá del muro un foso lleno de agua y muy profundo defiende todavía un último recinto que forma una galería circular, una poterna baja y angosta penetra finalmente en un gran patio interior alrededor del cual se levantan todos los alojamientos; estos alojamientos, vastos y muy bien amueblados tras los últimos arreglos, ofrecen en el primer piso una gran galería. Obsérvese que voy a describir los aposentos no tal como podían haber sido en otro tiempo, sino tal como acaban de ser arreglados y distribuidos de acuerdo con el plan formado. Desde la galería se penetraba en un comedor muy hermoso, con armarios en forma de torres que, comunicando con las cocinas, servían para que pudiera servirse la comida caliente, de un modo rápido y sin necesidad de criado. Desde ese comedor de tapices, estufas, otomanas, cómodos sillones y todo lo que podía hacerlo tan cómodo como agradable, se pasaba a un salón sencillo y sin rebuscamiento, pero muy caliente y lleno de lujosos muebles; este salón comunicaba con un gabinete para reuniones destinado a los relatos de las narradoras. Era, por decirlo así, el campo de batalla de los combates previstos, la sede de las asambleas lúbricas, y como había sido dispuesto en consecuencia, merece una pequeña descripción particular:

Tenía una forma semicircular, en la parte curva había cuatro nichos de espejos, con una excelente otomana en cada uno de ellos; estos cuatro nichos, por su construcción, estaban completamente delante del diámetro que cortaba el círculo, un trono de cuatro pies estaba adosado al muro que formaba el diámetro y estaba destinado a la narradora; posición que la situaba no solamente delante de los cuatro nichos destinados a sus auditores, sino que además teniendo en cuenta que el círculo era pequeño, no la alejaba demasiado de ellos, que la podían escuchar sin perder una sola palabra, puesto que ella se encontraba como el actor en el escenario y los auditores se hallaban colocados en los nichos como si estuvieran en el anfiteatro. El trono disponía de unas gradas en las que se encontrarían los participantes de las orgías llevados allí para calmar la irritación de los sentidos producida por los relatos: estas gradas, así como el trono, estaban cubiertas de alfombras de terciopelo negro con franjas de oro, y los nichos estaban forrados de una tela semejante e igualmente enriquecida, pero de color azul oscuro. Al pie de cada uno de los nichos había una puerta que daba a un excusado destinado a dar paso a las personas cuya presencia se deseaba y que se hacía venir de las gradas, en el caso de que no se quisiera ejecutar delante de todo el mundo la voluptuosidad para la realización de la cual se llamaba a la persona. Estos excusados estaban llenos de canapés y de todos los otros instrumentos necesarios para las indecencias de toda especie. A ambos lados del trono había una columna aislada que llegaba hasta el techo; estas dos columnas estaban destinadas a sostener a la persona que hubiese cometido alguna falta y necesitara una corrección. Todos los instrumentos necesarios para este castigo estaban colgados en la columna, y su contemplación imponente servía para mantener una subordinación tan esencial en las fiestas de aquella índole, subordinación de donde nace casi todo el atractivo de la voluptuosidad en el alma de los perseguidores.

Este salón comunicaba con un gabinete que, en aquella parte, componía la extremidad de
los alojamientos. Este gabinete era una especie de saloncito, extremadamente silencioso y secreto, muy caliente, oscuro durante el día, y se destinaba para los combates cuerpo a cuerpo o para ciertas otras voluptuosidades secretas que serán explicadas o continuación. Para pasar a la otra ala era necesario retroceder y, una vez en la galería, en cuyo extremo se veía una hermosa capilla, se volvía a pasar al ala paralela, donde terminaba el patio interior. Allí se encontraba una antecámara muy bella que comunicaba con cuatro hermosos aposentos, cada uno con saloncito y excusado; bellísimas camas turcas de damasco de tres colores adornaban estos aposentos, cuyos excusados ofrecían todo lo que puede desear la lubricidad más sensual y refinada. Estas cuatro estancias fueron destinadas a los cuatro amigos, y como eran muy calientes y cómodas, estuvieron perfectamente alojados. Como sus mujeres tenían que ocupar los mismos aposentos que ellos, no se les destinó alojamientos particulares.

En el segundo piso había más o menos el mismo número de aposentos, pero distribuidos de una manera diferente; se encontraba primero, a un lado, un vasto aposento adornado con ocho nichos con una pequeña cama en cada uno, y este aposento era el de las jóvenes, al lado del cual se encontraban dos pequeñas habitaciones para dos de las viejas que debían cuidarlo. Más allá había dos bonitas habitaciones iguales, destinadas a dos de las narradoras. A la vuelta, se encontraba otro aposento de ocho nichos como trasalcoba para los ocho jóvenes, también con dos habitaciones contiguas para las dos dueñas destinadas a vigilarlos; y más allá, otras dos habitaciones semejantes, para las otras dos narradoras. Más arriba de las habitaciones que hemos descrito, había ocho lindas celdas donde se alojaban los ocho jodedores, aunque éstos no estaban precisamente destinados a dormir mucho en sus camas. En la planta baja se encontraban las cocinas, con seis cubículos para los seis seres que se ocupaban de este trabajo, las cuales eran tres famosas cocineras: se las había preferido a los hombres para una orgía como aquella, con razón, creo yo. Eran ayudadas por tres muchachas robustas, pero nada de todo esto aparecía en los placeres, nada de todo esto estaba destinado a ellos y si las reglas que se habían impuesto sobre esto fueron infringidas es debido a que nada frena al libertinaje y que el verdadero modo de ampliar y multiplicar los deseos consiste en querer imponerle límites. Una de estas tres sirvientas debía cuidarse del numeroso rebaño que se había traído, porque, excepto las cuatro viejas destinadas al servicio interior, no había ningún criado más que estas tres cocineras y sus ayudantes. Pero la depravación, la crueldad, el asco, la infamia, todas estas pasiones previstas o sentidas habían erigido otro local del cual es urgente dar una idea, ya que las leyes esenciales para el interés del relato impiden que lo describamos por completo.

Una piedra fatal se levantaba artísticamente al pie del altar del pequeño templo cristiano que se encontraba en la galería; había allí una escalera de caracol, muy angosta y empinada, que descendía por trescientos peldaños a las entrañas de la tierra hasta llegar a un calabozo abovedado, cerrado con tres puertas de hierro, y donde se hallaba todo lo que el arte más cruel y la más refinada barbarie pueden inventar de más atroz, tanto para asustar a los sentidos como para infligir horrores. Y allí, ¡cuánta tranquilidad, y hasta qué punto debía sentirse tranquilizado el miserable al que el crimen conducía hasta aquel lugar junto con su víctima! Estaba en su casa, se encontraba fuera de Francia, en un país seguro, al fondo de un bosque inhabitable, en un reducto de este bosque que por las medidas tomadas sólo podían abordar las aves del cielo, y estaba allí en el fondo de la entrañas de la tierra. ¡Desgraciada, mil veces desgraciada la criatura que en tal abandono se encontraba a merced de un canalla sin ley y sin religión, a quien el crimen divertía y que no tenía allí otros intereses que sus pasiones y que no debía tomar otras medidas que las leyes imperiosas de sus pérfidas voluptuosidades! No sé qué ocurrirá allí, pero lo que puedo decir ahora sin perjudicar el interés del relato es que cuando se hizo al duque la descripción de aquello, descargó tres veces seguidas.

Finalmente estando preparado, todo perfectamente dispuesto, el personal alojado, el duque, el obispo, Curval y sus mujeres, junto con los cuatro jodedores, se pusieron en marcha (Durcet y su mujer así como el resto, se habían anticipado, como se ha dicho antes), y no sin infinitas dificultades llegaron por fin al castillo el día 29 de octubre, por la noche. Durcet, que había ido delante de ellos, hizo cortar el puente de la montaña tan pronto como hubieron pasado. Pero esto no fue todo: habiendo el duque examinado el local decidió que, puesto que los víveres estaban ya en el interior del castillo y que ya no había ninguna necesidad de salir, era necesario prevenir los ataques exteriores poco temidos y las evasiones interiores, que lo eran más, era necesario, digo, tapiar todas las puertas por las que se penetraba en el interior y encerrarse completamente en el lugar como en una ciudadela sitiada, sin dejar la más pequeña salida para el enemigo o para el desertor. El consejo fue ejecutado, se atrincheraron hasta tal punto que no era posible saber el lugar dónde habían estado las puertas, y se establecieron dentro.

Después de los arreglos que se acaban de leer, los dos días que faltaban aún para el primero de noviembre fueron consagrados a dejar descansar a todo el personal para que apareciese fresco en las escenas orgiásticas que iban a comenzar, y los cuatro amigos trabajaron en un código de leyes que fue firmado por los jefes y anunciado a los súbditos inmediatamente después de haber sido redactado. Antes de entrar en materia, es esencial que lo demos a conocer a nuestro lector, quien después de la exacta descripción que le hemos hecho de todo, sólo tendrá que seguir ahora ligera y voluptuosamente el relato sin que nada turbe su comprensión o embarace su memoria.

Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)


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miércoles, 25 de mayo de 2016




Mis pasiones...?
Algunas se pueden decir. 
Otras no…

Joan Manuel Serrat


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lunes, 23 de mayo de 2016




Nuestros libertinos pasaron con ellos un mes en el castillo del duque. Como el día de la partida estaba cerca y todo andaba de cabeza, las diversiones eran continuas. Cuando estuvieron hartos, encontraron un medio cómodo de desembarazarse de los muchachos: venderlos a un corsario turco. Por este medio se borraban todas las huellas y se resarcían en parte de los gastos. El turco fue a recogerlos cerca de Mónaco, donde llegaron en pequeños grupos que fueron conducidos a la esclavitud, destino terrible indudablemente, pero que no dejó de divertir en gran manera a nuestros cuatro criminales.
Llegó el momento de escoger a los jodedores. Los rechazados de esta clase no causaban ninguna molestia; de una edad razonable, se deshacían de ellos pagándoles el viaje de regreso y las molestias, y volvían a sus casas. Los ocho alcahuetes de éstos, por otra parte, habían tenido menos dificultades, ya que las medidas estaban más o menos fijadas y no había ningún problema con las condiciones. Habían llegado cincuenta; entre los veinte más gordos se escogieron los ocho más jóvenes y guapos, y de estos ocho, como sólo se mencionarán a los cuatro que lo tenían más grande, me contentaré con nombrarlos.

Hercule, verdaderamente formado como el dios cuyo nombre llevaba, tenía veintiséis años y estaba dotado de un miembro de ocho pulgadas de circunferencia por trece de largo. Nada se había visto nunca que fuese tan bello ni tan majestuoso como aquel instrumento casi siempre en erección y cuyas ocho descargas, se hizo la prueba de ello, llenaban una pinta. Por otra parte, era muy dulce y tenía un rostro muy interesante.

Antinoüs, así llamado porque, como el bardaje de Adriano, al más hermoso pito del mundo añadía el culo más voluptuoso, lo que es muy raro; su instrumento medía ocho pulgadas de circunferencia por doce de largo. Tenía treinta años y la cara más bonita del mundo.

Brise-cul tenía un miembro tan divertidamente formado que le era casi imposible dar por detrás sin rasgar el culo, y de ahí le venía el nombre que llevaba. La cabeza de su pito, que semejaba el corazón de un buey, tenía ocho pulgadas por tres de circunferencia. El miembro sólo tenía ocho, pero estaba retorcido de tal manera que rasgaba el ano cuando penetraba en él, y esta cualidad, tan apreciada por libertinos tan hastiados como los nuestros, hacía que fuese muy solicitado.

Bande-au.ciel, llamado así porque su erección era continua, hiciese lo que hiciese, tenía un miembro de once pulgadas de largo por siete pulgadas once líneas de circunferencia. Se habían rechazado otros más grandes que el de él porque aquéllos levantaban la cabeza difícilmente, mientras que éste, fuesen las que fueren las eyaculaciones que hubiese tenido en un día, estaba en el aire a la menor caricia.

Los otro cuatro eran más o menos del mismo porte y aspecto. Durante quince días se divirtieron con los cuarenta y dos sujetos rechazados, y tras haberles hecho muchas trastadas fueron despedidos, bien pagados.

Sólo faltaba pues escoger a las cuatro sirvientas, lo cual era sin duda lo más pintoresco. El presidente no era el único que tenía gustos depravados; sus tres amigos, y Durcet principalmente, eran un tanto adeptos a esa manía de crápula y desenfreno que encuentra más atractivo en una persona vieja, repugnante y sucia que con lo que la naturaleza ha formado de más divino. Sería difícil explicar esta fantasía, pero existe en mucha gente; el desorden de la naturaleza lleva consigo una especie de excitante que obra sobre el sistema nervioso con tanta o mayor eficacia como sus más singulares bellezas. Por otra parte, está demostrado que es el horror, la villanía, la cosa horrible la que gusta cuando uno está excitado y en erección. Ahora bien ¿dónde se encuentra esto mejor que en una persona viciada? Ciertamente, si es la cosa sucia lo que gusta en el acto de la lubricidad, cuanto más sucia es esta cosa más debe gustar, y ella es seguramente mucho más sucia en la persona viciada que en la persona intacta o perfecta.
En cuanto a esto no hay la más ligera duda. Por otra parte, la belleza es lo sencillo, la fealdad es lo extraordinario, y todas las imaginaciones ardientes prefieren sin duda lo extraordinario en la lubricidad a lo simple. La belleza, la frescura sólo impresionan en un sentido sencillo; la fealdad, la degradación pegan con más fuerza, la conmoción es más intensa, la agitación es por lo tanto más viva; no hay que sorprenderse pues, tras esto, de que mucha gente prefiera gozar con una mujer vieja, fea, e incluso maloliente que con una muchacha bonita y lozana, de igual modo que no debemos asombrarnos, digo, de que un hombre prefiera, en sus paseos, el suelo árido y abrupto de las montañas a los senderos monótonos de los llanos. Todas estas cosas dependen de nuestra conformación, de nuestros órganos, de la manera en que se ven afectados, y no somos más dueños de cambiar nuestros gustos sobre esto que de variar las formas de nuestros cuerpos.
Sea como fuere, tal era, como se ha dicho, el gusto dominante del presidente y casi, en verdad, de sus tres compinches, porque todos habían coincidido unánimemente en la elección de las sirvientas, elección que sin embargo, como se verá, denotaba en la organización este desorden y depravación que se acaba de describir.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)



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sábado, 21 de mayo de 2016

Buenas tardes amigo y amigas…, ¿Qué tal un poquito de humor para ir acabando la semana?
Que no se diga que la mansión es un lugar triste y tétrico.
Saquemos velas y antorchas..., la fiesta va a empezar...
Además…, ¿quien no tiene un amigo que tiene un amigo al que le ha pasado esto alguna vez, eh, eh?
Pues nada, lo dicho… a disfrutarlo y a reírse un rato que es lo que nos hace falta a todos :- )
Feliz sábado a tod@s desde la mansión y a disfrutar del fin de semana.

Sayiid

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Qué trabajito me costó llevármela al hotel
Qué trabajito me costó que se quitara la ropa
Qué trabajito me costó que se arrodillara a mis pies
Qué trabajito me costó que abriera la boca

Tuve que lavármela 3 veces con agua calentita
Y luego tuve que secármela con una toallita
Tuve que echarme entre las piernas 2 botes de colonia
Pero ella decía que no
Que no se la comía ni de coña

Y al bajarme la cremallera del pantalón
La muchacha se llevó una gran desilusión
Y cantándome esta canción me dio a entender
De que no estaba dispuesta a comer

Pequeñines no, gracias
Debes dejarlos crecer

Pequeñines no, gracias
Debes dejarlos crecer

Qué trabajito me costó que se metiera en la cama
Tuve que apagar todas las luces, que cerrar las persianas
Qué trabajito me costó convencer a la criatura
Tuve que jurarle que nos íbamos a casar delante de un cura

Y al bajarme la cremallera del pantalón
La muchacha se llevó una gran desilusión
Y cantándome esta canción me dio a entender
De que no estaba dispuesta a comer

Pequeñines no, gracias
Debes dejarlos crecer

Pequeñines no, gracias
Debes dejarlos crecer

¡Vamos allá!


Le dije que no podía desaprovechar aquella ocasión
Cuántas mujeres quisieran acostarse con una estrella del rock
Me llevé toda la noche cantándole canciones
y haciéndole carantoñas
Pero ella decía que no
Que no se la comía ni de coña

Y al bajarme la cremallera del pantalón
La muchacha se llevó una gran desilusión
Y cantándome esta canción me dio a entender
De que no estaba dispuesta a comer

Pequeñines no, gracias
Debes dejarlos crecer

Pequeñines no, gracias
Debes dejarlos crecer

Pequeñines no, gracias
Debes dejarlos crecer



(Los Mojinos Escozíos)

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jueves, 19 de mayo de 2016




La conciencia es la voz del alma;
 las pasiones son la voz del cuerpo

Jean-Jacques Rousseau


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martes, 17 de mayo de 2016




No me entretendré en pintar a estas bellezas: eran todas tan parejamente superiores que mis pinceles resultarían necesariamente monótonos; me contentaré con nombrarlas y afirmar de veras que es perfectamente imposible imaginarse tal conjunto de gracias, atractivos y perfecciones, y que si la naturaleza quisiera dar al hombre una idea de lo que ella puede formar de más sabio, no le presentaría otros modelos.

La primera se llamaba Augustine: tenía quince años, era hija de un barón del Languedoc y había sido robada de un convento de Montpellier.
La segunda se llamaba Fanny: era hija de un consejero del parlamento de Bretaña y robada del castillo mismo de su padre.
La tercera se llamaba Zelmire: tenía quince años, era hija del conde de Terville, que la idolatraba. La había llevado con él de caza a una de sus tierras de la Beauce y, habiéndola dejado sola, unos momentos en el bosque, fue raptada inmediatamente. Era hija única y, con una dote de cuatro cientos mil francos, debía casarse al año siguiente con un gran señor. Fue la que lloró y se apenó más por el horror de su suerte.
La cuarta se llamaba Sophie: tenía catorce años y era hija de un gentilhombre de holgada fortuna que vivía en sus tierras del Berry. Había sido raptada durante un paseo con su madre, la cual, al tratar de defenderla, fue arrojada a un río, donde la hija la vio morir, ante sus ojos.
La quinta se llamaba Colombe: era de París, hija de un consejero del Parlamento; tenía trece años y había sido raptada cuando regresaba con su aya, por la tarde, de su convento, a la salida de un baile infantil. El aya había sido apuñalada.
La sexta se llamaba Hébé: tenía doce años, era la hija de un capitán de caballería, hombre de alta condición que vivía en Orléans. La joven había sido seducida y raptada del convento donde se educaba; dos religiosas habían sido sobornadas con dinero. Era imposible imaginarse nada más seductor y más lindo.
La séptima se llamaba Rosette: tenía trece años, era hija de un teniente general de Chalonsur-Saône. Su padre acababa de morir, ella se encontraba en el campo con su madre, y fue raptada, ante los mismos ojos de su familia, por unos individuos disfrazados de ladrones.
La última se llamaba Mimi o Michette: tenía doce años, era hija del marqués de Senanges y había sido raptada en las tierras de su padre en el Borbonés mientras paseaba en una calesa acompañada de dos o tres mujeres del castillo, que fueron asesinadas. Como puede verse, los aprestos de estas voluptuosidades costaban mucho dinero y no pocos crímenes; con tales gentes, los tesoros importaban poco, y en cuanto a los crímenes, vivíase entonces en un siglo en que los asesinos no eran buscados y castigados como lo fueron después. Por lo tanto, todo salió a pedir de boca, y tan bien que nuestros libertinos no fueron nunca inquietados y apenas hubo pesquisas.

Llegó el momento del examen de los jóvenes. Como ofrecían más facilidades, su número fue mayor. Fueron presentados ciento cincuenta, y no exageraré al afirmar que por lo menos igualaban en belleza a las muchachas, tanto por sus deliciosos rostros como por sus gracias infantiles, su candor, su inocencia y su infantil nobleza. Eran pagados a treinta mil francos cada uno, el mismo precio que las muchachas, pero los alcahuetes no arriesgaban nada, porque como la caza era más fina y mucho más del gusto de nuestros amigos, se había decidido que no se ahorraría ningún gasto, que serían devueltos algunos, pero como antes serían utilizados se les pagaría igualmente.
El examen se efectuó como el de las mujeres, se pasó revista a diez cada día, con la precaución muy prudente, y que se había descuidado con las jóvenes, con la precaución, digo, de eyacular siempre mediante el ministerio de los diez presentados antes de proceder al examen. Casi se había querido excluir al presidente, porque se desconfiaba de la depravación de sus gustos; habían creído ser engañados en la elección de las mujeres por su maldita inclinación a la infamia y la degradación: él prometió no entregarse a sus excesos, y si cumplió su palabra no fue verosímilmente sin gran trabajo, porque una vez que la imaginación desbocada o depravada se ha acostumbrado a esa índole de ultrajes al buen gusto y a la naturaleza, ultrajes que la halagan tan deliciosamente, es muy difícil volver a llevarla al buen camino: parece que el deseo de servir sus gustos le arrebata la facilidad de ser dueña de sus juicios. Despreciando lo que es verdaderamente bueno, y sólo queriendo lo que es horrible, actúa como piensa y la vuelta a sentimientos más verdaderos le parece un insulto hecho contra principios de los cuales le disgustaría apartarse. Cien jóvenes fueron recibidos por unanimidad en las primeras sesiones, y fue necesario reconsiderar cinco veces los juicios emitidos para escoger el pequeño número que tenía que ser admitido. Por tres veces seguidas quedaron cincuenta jóvenes, tras lo cual se tuvo que acudir a medios singulares para rebajar el prestigio de los ídolos, se hiciera lo que se hiciera con ellos, y limitarse a los que deberían ser admitidos. Imaginóse disfrazarlos de muchachas: veinticinco desaparecieron tras esta astucia, que prestando a un sexo al que se idolatraba el aspecto de aquel del que se estaba hastiado los desvaloró y les arrebató casi toda la ilusión. Pero nada pudo hacer variar el escrutinio a los veinticinco últimos. Por más que se hizo, por más que se perdió semen, por más que no se escribió ningún nombre en billetes hasta el momento de la descarga, por más que se emplearon los medios seguidos con las muchachas, se mantuvieron los mismos veinticinco y tomóse el partido de sortearlos. He aquí los nombres que se dieron a los que permanecieron, con su lugar de nacimiento, edad y detalles de sus aventuras, ya que renuncio a hacer sus retratos: los rasgos del Amor no eran seguramente más delicados, y los modelos donde el Albano iba a escoger los rostros de sus ángeles divinos eran ciertamente muy inferiores.

Zélamir tenía trece años: era el hijo único de un gentilhombre de Poitou que lo educaba con toda suerte de cuidados en sus tierras. Lo habían enviado a Poitiers para que visitara a una pariente, acompañado por un solo criado, y nuestros rateros, que lo esperaban, asesinaron al criado y se apoderaron del niño.
Cupidon tenía la misma edad que el anterior: se encontraba en el colegio de la Flèche. Hijo de un gentilhombre de los alrededores de esta ciudad cursaba en ella sus estudios. Fue espiado y, raptado durante un paseo que los escolares daban el domingo. Era el muchacho más lindo de todo el colegio.
Narcisse tenía doce años; era caballero de Malta. Lo habían raptado en Rouen, donde su padre desempeñaba un cargo honorable y compatible con la nobleza; cuando fue raptado, viajaba hacia el colegio de Louis-le-Grand de París.
Zéphyr el más delicioso de los ocho, suponiendo que la excesiva belleza de todos hubiese hecho posible la elección, era de París, donde estudiaba en un célebre internado. Su padre era un oficial general que hizo todo lo posible en el mundo para recobrarlo sin conseguirlo; el dueño del internado había sido sobornado con dinero, y había entregado a siete muchachos, de los cuales seis habían sido desechados. Zéphyr había enloquecido al duque, quien aseguró que si hubiese sido necesario un millón para encular a aquel chiquillo, lo hubiera desembolsado inmediatamente. Se reservó las primicias, que le fueron concedidas. ¡Oh tierno y delicado niño, qué desproporción y suerte horrenda te estaba deparada!
Céladon era hijo de un magistrado de Nancy; fue raptado en Lunéville, a donde había ido para visitar a una tía. Acababa de cumplir catorce años. Fue el único seducido por medio de una chiquilla de su edad que se encontró el medio de lograr que se acercara a él. La pequeña bribona lo hizo caer en la trampa fingiendo que sentía amor por él, y como no era muy bien vigilado, el golpe tuvo éxito.
Adonis tenía quince años; fue raptado en el colegio Plessis, donde estudiaba. Era hijo de un presidente del Parlamento que por más que se quejó, hizo gestiones y removió cielo y tierra, como se habían tomado toda clase de precauciones, le fue imposible descubrir nada. Curval, que estaba loco por el muchachito desde que, dos años atrás, lo había conocido en casa de su padre, había facilitado los medios y los informes necesarios para corromperlo. Sorprendió mucho que un gusto tan razonable se albergase en una cabeza tan depravada, y Curval, orgulloso de ello, aprovechó la ocasión para hacer ver a sus compañeros que todavía tenía, como podía advertirse, buen gusto. El niño lo reconoció y lloró, pero el presidente lo consoló diciéndole que sería él quien lo desvirgaría, y mientras le proporcionaba este conmovedor consuelo, le ponía su enorme verga sobre las nalgas. Lo pidió, en efecto, a la asamblea, y lo obtuvo sin dificultad.
Hyacinthe tenía catorce años; era hijo de un oficial retirado en una pequeña ciudad de la Champagne. Fue raptado durante una cacería, cosa que le gustaba con locura, y a la que su padre cometía la imprudencia de dejarle ir solo.
Giton tenía trece años y fue criado en Versalles entre los pajes de la gran caballeriza. Era hijo de un hombre distinguido del Nivernais, quien lo había llevado allí no hacía seis meses. Fue raptado simplemente mientras paseaba solo por la avenida de Saint-Cloud. Se convirtió en la pasión del obispo, a quien le fueron destinadas sus primicias.
Tales eran las deidades masculinas que nuestros libertinos preparaban para su lubricidad; en su momento y lugar veremos el uso que de ellas hicieron. Quedaban ciento cuarenta y dos sujetos, pero no se bromeó con esta caza como con la otra: ninguno fue despedido sin haber servido.

Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)


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lunes, 16 de mayo de 2016




Uno de los grandes errores de la gente es que traten de 
forzar un interés en sí mismos. No se eligen tus pasiones,
tus pasiones te eligen

Jeff Bezos


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domingo, 15 de mayo de 2016




Halladas estas mujeres, y halladas en todo tal como se las deseaba, fue preciso ocuparse de los accesorios. Al principio se había deseado rodearse de un gran número de objetos lujuriosos de los dos sexos, pero cuando se hubo comprobado que el local donde esta lúbrica fiesta podría efectuarse cómodamente era aquel mismo castillo en Suiza que pertenecía a Durcet y al que había mandado a la pequeña Elvire, que este castillo no muy grande no podría albergar a tantos habitantes y que además podía resultar indiscreto y peligroso llevar allá tanta gente, se limitaron a treinta y dos las personas, incluidas las narradoras, a saber: cuatro de esta clase, ocho muchachas, ocho muchachos, ocho hombres dotados de miembros descomunales para las voluptuosidades de la sodomía pasiva y cuatro sirvientes. Pero todo esto se deseaba refinado; transcurrió un año entero dedicado a tales detalles, se gastó muchísimo dinero, y he aquí las precauciones que se tomaron respecto a las ocho muchachas con el fin de disponer de lo más delicioso que podía ofrecer Francia: dieciséis alcahuetas inteligentes, con dos ayudantes cada una de ellas, fueron enviadas a las dieciséis principales provincias de Francia, aparte de otra que trabajaba sólo en París con el mismo objeto. Cada una de estas celestinas fue citada en una de las fincas del duque, cerca de París, en donde debían presentarse todas en la misma semana, diez meses después de su partida, ese fue el tiempo que se les dio para su búsqueda. Cada una de ellas tenía que llevar nueve personas, lo cual significaba un total de ciento cuarenta y cuatro muchachas, de las cuales sólo ocho serían escogidas.
Se había recomendado a las alcahuetas que sólo prestaran atención a la alcurnia, virtud y delicioso rostro; debían buscar principalmente en las casas honestas, y no se les permitía ninguna muchacha que no hubiese sido robada o de un convento de pensionistas de calidad o del seno de su familia, y de una familia distinguida. Toda la que no estuviera por encima de la clase burguesa, y que dentro de las clases superiores no fuese muy virtuosa y perfectamente virgen, era rechazada sin misericordia; muchos espías vigilaban las gestiones de estas mujeres e informaban inmediatamente a la sociedad acerca de lo que hacían.
Por la persona que cumplía las mencionadas condiciones se pagaba treinta mil francos, con todos los gastos pagados. Es inaudito lo que todo aquello costó. En lo que concierne a la edad, se había fijado entre los doce y quince años, y todo lo que estuviese por encima o por debajo era absolutamente rechazado. Mientras tanto, de la misma forma, los mismos medios y los mismos gastos, situando igualmente la edad entre doce y quince años, diecisiete agentes de sodomía recorrían la capital y las provincias, y su cita en la finca del duque se había fijado para un mes después de la elección de las muchachas. En cuanto a los jóvenes que designaremos desde ahora con el nombre de jodedores, fue la medida de su miembro lo único que se tuvo en cuenta: no se quería nada por debajo de diez o doce pulgadas por siete y medio de circunferencia. Ocho hombres trabajaron en este asunto en todo el reino, y se les citó para un mes después de la entrevista de los jóvenes. Aunque la historia de estas elecciones y entrevistas se aparte de nuestro tema, no queda fuera de propósito decir algunas palabras aquí para mejor dar a conocer aún el genio de nuestros cuatro héroes; me parece que todo lo que sirve para describirlos y arrojar luz sobre una orgía tan extraordinaria como la que vamos a describir no puede ser considerado como un entremés.
Cuando llegó el momento de la entrevista de las jóvenes, la gente se dirigió a la finca del duque. Como algunas alcahuetas no habían podido llegar al número de nueve, otras habían perdido algunos individuos por el camino, sea por enfermedad o por fuga, sólo llegaron ciento treinta a la cita, ¡pero cuántos atractivos, gran Dios!, nunca, creo, se vieron tantos reunidos. Se dedicaron trece días a este examen, y cada día se pasaba revista a diez. Los cuatro amigos formaban un círculo en medio del cual aparecía la muchacha, primero vestida tal como estaba en el momento de su rapto, y la alcahueta que la había corrompido contaba la historia; si faltaba algo a las condiciones de nobleza y virtud, la muchacha era rechazada sin ahondar más en el asunto, se marchaba sola y sin ningún tipo de socorro, y la alcahueta perdía todo el dinero que le hubiese costado la muchacha. Tras haber dado la alcahueta toda clase de detalles, se retiraba y se procedía a interrogar a la doncella para saber si lo que se había dicho de ella respondía a la verdad. Si todo era cierto, la alcahueta regresaba y levantaba las faldas de la muchacha por detrás a fin de mostrar sus nalgas a la asamblea; era lo primero en examinar. El menor defecto en esta parte motivaba su rechazo instantáneo; si por el contrario nada faltaba a este tipo de atractivos, se la hacía desnudar completamente y, en tal estado, la muchacha pasaba y volvía a pasar, cinco a seis veces seguidas, de uno a otro de los libertinos, los cuales la hacían girar, la manoseaban, la olían, la alejaban, le examinaban sus virginidades, pero todo esto de una manera fría, y sin que la ilusión de los sentidos viniera a turbar el examen. Tras esto, la chiquilla se retiraba, y al lado de su nombre escrito en un billete, los examinadores ponían aceptada o rechazada, y firmaban la nota; luego estos billetes se ponían en una caja, sin que ninguno de ellos se comunicase sus ideas. Una vez examinadas todas, se abría la caja: para que una muchacha fuera aceptada era necesario que tuviese en su billete los cuatro nombres de los amigos a su favor. Si faltaba uno, era rechazada, y todas, inexorablemente, como he dicho, se marchaban a pie, sin ayuda y sin guía, excepto una docena quizás con las cuales se divirtieron nuestros libertinos, después de haber efectuado la elección, y después cedieron a sus respectivas alcahuetas.
En la primera vuelta hubo cincuenta personas rechazadas, fueron repasadas las otras ochenta, pero con más esmero y severidad; el más leve defecto significaba la inmediata exclusión. Una de ellas, bella como el día, fue rechazada porque tenía un diente un poco más alto que los otros; otras veinte muchachas fueron excluidas también porque sólo eran hijas de burgueses. Treinta saltaron en la segunda vuelta, no quedaban, pues, más que cincuenta.
Se resolvió no proceder a un tercer examen sin antes haber perdido el semen gracias a aquellas cincuenta mujeres, a fin de que la calma perfecta de los sentidos redundara en una elección más segura. Cada uno de los amigos se rodeó de un grupo de doce o trece de aquellas muchachas. Los grupos, dirigidos por las alcahuetas, iban de uno a otro. Se cambiaron tan artísticamente las actitudes, todo estuvo tan bien dispuesto, hubo en una palabra tanta lubricidad, que el esperma eyaculó, las cabezas se calmaron y treinta de ese último número desaparecieron aquel mismo día. Sólo quedaban veinte; todavía había doce de más. Se calmaron por nuevos medios, por todos los que se creía que harían nacer el hastío, pero las veinte permanecieron, ¿y qué hubiera podido suprimirse de un número de criaturas tan singularmente celestes que hubiérase dicho eran obra de la divinidad? Fue necesario, por lo tanto, entre bellezas iguales, buscar en ellas algo que pudiera al menos asegurar a ocho de ellas una especie de superioridad sobre las otras doce, y lo que propuso el presidente sobre esto era digno de su desordenada imaginación. No importa, el expediente fue aceptado; se trataba de saber cuál de ellas haría mejor una cosa que se les haría hacer a menudo. Cuatro días bastaron para decidir ampliamente esta cuestión, doce fueron despedidas, pero no en blanco como las otras; se gozó de ellas durante ocho días, y de todas las maneras. Luego, como he dicho, fueron cedidas a las alcahuetas, las cuales se enriquecieron pronto con la prostitución de personas tan distinguidas como aquellas. En cuanto a las ocho escogidas, fueron alojadas en un convento hasta el instante de la partida, y para reservarse el placer de gozar de ellas en el momento escogido, no fueron tocadas.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)



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jueves, 12 de mayo de 2016




Las pasiones reprimidas, como otros 
elementos naturales, suelen hacer
 erupción en el punto menos esperado

Stefan Zweig


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miércoles, 11 de mayo de 2016




Es aceptado por los verdaderos libertinos que las sensaciones transmitidas por el órgano del oído son las que halagan más e impresionan más vivamente; en consecuencia, nuestros cuatro criminales, que querían que la voluptuosidad penetrase en sus corazones lo más profundamente posible, habían imaginado a tal efecto una cosa bastante singular.
Se trataba, después de haberse rodeado de todo lo que mejor podía satisfacer a los otros sentidos mediante la lubricidad, de hacer que se narrara con todo lujo de detalles, y por orden, todos los diferentes extravíos de esta orgía, todas sus ramificaciones, todos sus escarceos, lo que se llama, en una palabra, en el idioma del libertinaje, todas las pasiones. Es difícil imaginar hasta qué punto las varía el hombre cuando su imaginación se inflama, su diferencia entre ellos, excesiva en todas sus manías, en todos sus gustos, lo es todavía más en este caso y quien pudiese fijar y detallar estos extravíos haría tal vez uno de los mejores trabajos sobre las costumbres, y quizás uno de los más interesantes. Se trataba, pues, en primer lugar, de hallar personas en condiciones de dar cuenta de todos esos excesos, de analizarlos, alargarlos, detallarlos y, a través de todo ello, comunicar interés al relato. Tal fue, en consecuencia, el partido que se tomó. Después de un sin fin de informaciones y averiguaciones, hallaron cuatro mujeres que estaban ya de vuelta —era lo que se necesitaba, puesto que en esta situación la experiencia era lo más esencial-. Cuatro mujeres, digo, que habían pasado sus vidas en orgías desenfrenadas, y que se hallaban en situación de ofrecer un relato exacto de sus aventuras; y como se había procurado escogerlas dotadas de cierta elocuencia y de una contextura de espíritu apta para lo que de ellas se exigía, después de haber sido escuchadas una y otra vez, las cuatro se encontraron en disposición de contar, cada una en las aventuras de su vida, los extravíos más extraordinarios del libertinaje, y esto dentro de tal orden, que la primera, por ejemplo, introduciría en el relato de los acontecimientos de su vida las ciento cincuenta pasiones más sencillas y las desviaciones menos rebuscadas o las más ordinarias, la segunda, en un mismo marco, un número igual de pasiones más singulares y de uno o varios hombres con varias mujeres, la tercera, igualmente, en su historia, debería introducir ciento cincuenta manías de las más criminales e insultantes para las leyes, la naturaleza y la religión, y como todos estos excesos conducen al asesinato, y estos asesinatos cometidos por el libertinaje varían hasta el infinito, y tantas veces como la imaginación inflamada del libertino adopta diferentes suplicios, la cuarta tendría que añadir a los acontecimientos de su vida el relato detallado de ciento cincuenta diferentes torturas de esas. Mientras tanto, nuestros libertinos, rodeados, como he dicho antes, de sus mujeres y de varios otros sujetos de toda índole, deberían escuchar, se inflamarían y acabarían por apagar, con sus mujeres o con esos diferentes sujetos, el incendio que las narradoras hubiesen producido. Nada hay sin duda más voluptuoso en este proyecto como la manera lujuriosa con que se procedió, y por esta manera y los diferentes relatos que formarán esta obra, es por lo que yo aconsejo, después de esta exposición, que toda persona devota lo deje enseguida si no quiere ser escandalizada, porque el plan es poco casto y nosotros respondemos por anticipado que la ejecución del mismo lo será mucho menos. Como las cuatro actrices de que se trata aquí representan un papel muy importante en estas memorias, creemos, aunque por ello tengamos que pedir excusas al lector, estar obligados a pintarlas. Ellas contarán, actuarán. Después de esto, ¿es posible dejarlas en el anonimato? No se esperen retratos de bellezas, aunque hubo sin duda el proyecto de servirse físicamente y moralmente de estas cuatro criaturas; sin embargo, no fueron ni sus atractivos ni su edad lo determinante aquí, sino únicamente su espíritu y su experiencia, y en este sentido era imposible ser mejor servido de lo que se fue.

La señora Duclos era el nombre de la que se encargó del relato de las ciento cincuenta pasiones simples. Era una mujer de cuarenta y ocho años, bastante fresca todavía, que tenía grandes restos de belleza, hermosos ojos, piel muy blanca y uno de los más hermosos y rollizos culos que se puedan ver, la boca fresca y limpia, los senos soberbios, hermosos cabellos castaños, cintura ancha, pero esbelta, y todo el aire de una muchacha distinguida. Había pasado su vida, como se verá luego, en sitios donde había podido estudiar lo que iba a relatar, y se veía que lo haría con ingenio, facilidad e interés.

La señora Champville era una mujer alta de unos cincuenta años, delgada, bien formada, de porte y mirada muy voluptuosos; fiel imitadora de Safo, esto se delataba hasta en sus menores movimientos, en los gestos más sencillos y en sus más cortas frases. Se había arruinado manteniendo a mujeres, y sin esta inclinación a la cual sacrificaba generalmente todo lo que podía ganar en el mundo, hubiese podido vivir de una manera holgada. Había sido durante mucho tiempo una prostituta, y desde hacía algunos años practicaba a su vez el oficio de alcahueta, pero se limitaba a cierto número de individuos, todos disolutos y de cierta edad; jamás recibía a gente joven, y esta conducta prudente y lucrativa apuntalaba un poco sus negocios. Había sido rubia, pero un color menos brillante empezaba a aparecer en su cabellera. Sus ojos eran muy hermosos, azules y con una expresión muy agradable. Su boca era bella, todavía fresca y con toda su dentadura, sus senos eran casi inexistentes, un vientre sin nada de particular, nunca había inspirado deseo, el monte de Venus un poco prominente y el clítoris saliente, de unas tres pulgadas, cuando se calentaba al hacerle cosquillas en esta parte de su cuerpo, podía tenerse la seguridad de ver que casi se desmayaba, especialmente si el servicio se lo hacía una mujer. Su culo era muy fofo y resabiado, completamente fláccido y marchito, y tan curtido por hábitos libidinosos que nos contará su historia, que podía hacerse en él todo lo que uno quisiera sin que ella lo advirtiese. Cosa bastante singular y muy rara en París sobre todo, es que era virgen por ese lado, como una muchacha que sale del convento, y quizás sin la maldita orgía en que tomó parte con gente que sólo quería cosas extraordinarias, y a quién por consiguiente agradó ésta, tal vez, digo, sin dicha orgía esta particular virginidad hubiera muerto con ella.

La Martaine, una gorda mamá de cincuenta y dos años, mujer rozagante y sana y dotada de las más voluminosas y bellas posaderas que puedan tenerse ofrecía todo lo contrario de la aventura. Su vida había transcurrido en el desenfreno sodomita, y estaba tan familiarizada con ello que sólo gozaba por ese lado. Como una malformación de la naturaleza (estaba obstruida) le había impedido conocer otra cosa, se había entregado a esta clase de placer, arrastrada por esta imposibilidad de hacer otra cosa y por sus primeros hábitos, y continuaba en la práctica de esta lubricidad en la que se asegura que era aún deliciosa, desafiándolo todo y no temiendo nada. Los más monstruosos instrumentos no la asustaban, hasta los prefería, y la continuación de estas memorias nos la presentará tal vez combatiendo valerosamente bajo las banderas de Sodoma como el más intrépido de los bribones. Tenía unos rasgos bastante graciosos, pero un aire de languidez y debilidad empezaba a marchitar sus atractivos, y sin su gordura, que aún la sostenía, hubiera podido pasar por muy avejentada.

En lo que atañe a la Desgranges, era el vicio y la lujuria personificados: alta, delgada, de cincuenta y seis años, un aspecto lívido y descarnado, con los ojos apagados y los labios muertos, ofrecía la imagen del crimen a punto de perecer por falta de fuerzas. Muchos años atrás había sido morena y decíase que había poseído un hermoso cuerpo; mas poco a poco se había convertido en un esqueleto que sólo podía inspirar repugnancia. Su culo marchito, usado, marcado, desgarrado, parecía más bien cartón cuero que piel humana, y el agujero era tan ancho y arrugado que un grueso miembro podía penetrarlo a pelo sin que ella lo advirtiera. Para colmo de atractivos, esta generosa atleta de Citerea, herida en varios combates, tenía una teta de menos y tres dedos cortados. Cojeaba, le faltaban seis dientes y un ojo. Tal vez sepamos qué clase de ataques había soportado para salir tan maltrecha; pero lo cierto es que nada la había corregido, y si su cuerpo era la imagen de la fealdad, su alma era el receptáculo de todos los vicios y de todas las fechorías más inauditas: incendiaria, parricida, incestuosa, sodomita, tortillera, asesina, envenenadora, culpable de violaciones, robos, abortos y sacrilegios, se podía afirmar con razón que no había un solo crimen en el mundo que aquella bribona no hubiese cometido o hecho cometer. En la actualidad era alcahueta; era una de las abastecedoras tituladas de la sociedad, y como a su mucha experiencia unía una jerga bastante agradable, había sido escogida para ser la cuarta narradora, es decir, aquella en cuyo relato se encontrarían más horrores e infamias. ¿Quién mejor que una criatura que los había cometido todos podía representar aquel personaje?


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)



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