Prologo de El Libertino

miércoles, 29 de junio de 2016




"Se necesita más genialidad para hacer el amor 
que para liderar ejércitos”

Ninon de Lenclos


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martes, 28 de junio de 2016




Por la mañana nos levantamos y, tras habernos arreglado bien, nos dirigimos a casa de la señora Guérin. Esta heroína vivía en la calle Soli, en un apartamento muy limpio del primer piso, que compartía con seis señoritas entre dieciséis y veintidós años, todas muy lozanas y lindas. Permitidme, señores, que no os las describa más que a medida que sea necesario. La Guérin, encantada del proyecto que había conducido a mi hermana a su casa después que hacía tanto que la deseaba, nos recibió y alojó a ambas con gran placer.

-Aunque es muy joven -le dijo mi hermana, señalándome-, le servirá bien, se lo aseguro. Es dulce, gentil, tiene buen carácter y un alma decididamente inclinada al puterío. Tiene usted muchos disolutos entre sus amistades que desean niñas, he aquí una que corresponde a lo que necesitan... empléela.

La Guérin, volviéndose hacia mí, me preguntó entonces si estaba decidida a todo.

-Sí, señora -le contesté, en un tono ligeramente descarado que le gustó-, a todo para ganar dinero.

Fuimos presentadas a nuestras nuevas compañeras, que ya conocían a mi hermana y que por amistad le prometieron que cuidarían de mí. Luego cenamos todas juntas, y en una palabra así fue, señores, mi primera instalación en el burdel.
No transcurrió mucho tiempo sin que empezara mi práctica en él: aquella misma noche llegó un viejo comerciante envuelto en una capa con quien la Guérin me emparejó para mi estreno.

- ¡Oh! A propósito, -dijo la Guérin presentándome al viejo libertino-, las queréis sin pelo, señor Duelos, le aseguro que ésta no tiene ni uno.

-En efecto -contestó el viejo original, contemplándome. Parece muy niña. ¿Cuántos años tienes, pequeña?

 -Nueve, señor.

-¡Nueve años!... Bien, bien, señora Guérin, usted sabe que son así como las quiero. Y más jóvenes aún, si usted las tuviera. Las tomaría pardiez, recién destetadas.

Y la Guérin, tras retirarse, riéndose de la expresión, nos dejó solos. Entonces el viejo libertino, acercándose, me besó dos o tres veces en la boca. Acompañando una de mis manos con la suya, hizo que sacara de su bragueta su verga no muy empalmada y, actuando constantemente sin hablar demasiado, me desabrochó las faldas, me acostó en el canapé, me subió la camisa hasta el pecho y, montando sobre mis dos muslos, que había abierto completamente, con una mano me entreabría el coño todo lo que podía, mientras con la otra se la meneaba con todas sus fuerzas. "El lindo pajarito", decía, agitándose y suspirando de placer. "Cómo lo domesticaría si aún pudiera, pero ya no puedo; por más que hiciera, ni en cuatro años se endurecería este bribón de pito. Ábrete, ábrete, pequeña, separa bien los muslos." Y al cabo de un cuarto de hora, por fin, advertí que el hombre suspiraba más hondamente. Algunos " ¡rediós! " añadieron cierta energía a sus expresiones y sentí los bordes de mi coño inundados del esperma cálido y espumoso que, como el bribón no podía lanzar dentro, se esforzaba en hacerlo penetrar dentro con los dedos.
Hecho esto, partió como un rayo, y todavía me encontraba ocupada en limpiarme cuando mi galán abría ya la puerta de la calle. Este fue el principio, señores, que me valió el nombre de Duelos. Era costumbre en aquella casa que cada pupila adoptase el nombre del primer hombre que la ocupaba, y yo me sometía tal uso.

-¡Un momento! -dijo el duque-. No he querido interrumpir hasta que no hubiese una pausa, pero ya que has hecho una, explícame un poco dos cosas: primera, si tuviste noticias de tu madre o si jamás supiste lo que fue de ella; segunda, dime si las causas de la antipatía que os inspiraba a tu hermana y a ti eran naturales o tenían una causa. Esto tiene relación con la historia del corazón humano, a lo que nos dedicamos de una manera particular.

-Monseñor -contestó la Duelos-, ni mi hermana ni yo tuvimos nunca la menor noticia de esa mujer.

-Bien -dijo el duque-. En ese caso está claro, ¿no es verdad Durcet?

-Sin la menor duda -contestó el financiero-. Y tuvisteis suerte en no caer en la trampa, porque no hubierais regresado jamás.

- ¡Es inaudito -dijo Curval-, cómo se propaga esta manía!

-Es que es muy deliciosa, a fe mía --lijo el obispo.

-¿Y el segundo punto? -preguntó el duque, dirigiéndose a la narradora.

-El segundo punto, monseñor, es decir, el motivo de nuestra antipatía, difícilmente a fe mía sería capaz de explicarla, pero era tan violenta en nuestros dos corazones que nos confesamos una a otra que hubiéramos sido capaces de envenenarla en el caso de no poder llegar a desembarazarnos de ella de otro modo. Nuestra aversión era completa, y como ella no daba ningún motivo para ello, lo más verosímil es pensar que este sentimiento era obra de la naturaleza.

-¿Y quién lo duda? -dijo el duque-. Cada día vemos que la naturaleza nos inspira la inclinación más violenta hacia lo que los hombres llaman crimen, y aunque la hubieseis envenenado veinte veces, esta acción dentro de vosotras sólo hubiera sido el resultado de esa inclinación que ella os inspiraba hacia el crimen, inclinación que cobraba en vosotras la forma de una invencible antipatía. Es una locura imaginar que debamos nada a nuestras madres. ¿Y sobre qué se fundaría nuestro agradecimiento?: ¿Sobre lo que gozaba cuando era jodida? Seguramente, no es para menos. En cuanto a mí, yo sólo veo en ello motivos de odio y desprecio. ¿Nos da la felicidad al darnos la vida?... Lejos de esto. Nos arroja a un mundo lleno de escollos, y a nosotros nos toca salir de apuros como podamos. Recuerdo que tuve una madre en otro tiempo que me inspiraba más o menos los mismos sentimientos que la Duelos sentía por la suya: la aborrecía. Cuando me fue posible, la mandé al otro mundo, y nunca he gozado una voluptuosidad más viva que cuando cerró los ojos para no volverlos a abrir más.

En este momento se escucharon unos sollozos terribles en una de las cuadrillas. Era en la del duque, sin lugar a dudas. Al investigar, vióse que la joven Sophie tenía los ojos arrasados en lágrimas. Dotada de un corazón muy distinto al de aquellos canallas, la conversación trajo a su espíritu el recuerdo querido de aquella que le había dado el ser y había muerto defendiéndola cuando fue raptada. Y esta idea cruel había venido a su tierna imaginación acompañada sólo de abundantes lágrimas.

- ¡Ah, pardiez! -dijo el duque- ¡Buena cosa es ésa! ¿Lloras a tu madre, no es verdad, pequeña mocosa? Acércate, acércate, para que te consuele.

Y el libertino, enardecido por los preliminares y por estas palabras y por el efecto que tenían, mostró un triunfal pito que parecía querer una eyaculación. Mientras tanto, Marie (era la dueña de la cuadrilla), trajo a la muchacha. Sus lágrimas corrían abundantemente y el hábito de novicia que le habían puesto aquel día prestaba aún más encanto a un dolor que la embellecía. Era imposible ser más linda.

- ¡Jodido Dios -dijo el duque, levantándose como un frenético-, qué linda tajada para hincarle el diente! Quiero hacer lo que la Duelos acaba de contarnos, quiero mojarle el coño con mi leche... ¡Que la desnuden!

Y todo el mundo esperaba en silencio el desenlace de aquella pequeña escaramuza.

-¡Oh, señor, señor! -exclamó Sophie, lanzándose a los pies del duque-. Respetad al menos mi dolor, gimo por la muerte de una madre que me fue muy querida, que murió defendiéndome y a la que no veré nunca más. ¡Tened piedad de mis lágrimas y concededme por lo menos una noche de descanso!

- ¡Ah! ¡Joder! -exclamó el duque, empuñando su verga que amenazaba al cielo-. Nunca hubiera creído que esta escena fuese tan voluptuosa. Desnúdala, desnúdala, pues -decía a Marie, furioso-; ya debería estar desnuda.

Y Aline, que se encontraba en el sofá del duque, lloraba a lágrima viva, mientras se oía gemir a la tierna Adélaïde en el nicho de Curval, quien, lejos de compartir el dolor de aquella bella criatura, la regañaba violentamente por haber abandonado la posición en que la había colocado, y por otra parte, contemplaba con el más vivo interés el desenlace de aquella deliciosa escena.

Mientras tanto, desnudan a Sophie, sin el menor miramiento por su dolor, la colocan en la actitud que acababa de relatar la Duelos y el duque anuncia que va a descargar. Pero ¿cómo hacerlo? Lo que acababa de relatar Duelos había sido realizado por un hombre con el miembro mustio y la descarga de su fofo pito podía dirigirse a voluntad. Pero no era el mismo caso ahora: la amenazadora cabeza del miembro del duque no quería inclinarse y continuaba amenazando al cielo; hubiera sido preciso, por decirlo así, colocar a la muchachita encima. Nadie sabía qué hacer, y sin embargo, cuantos más obstáculos surgían, más juraba y blasfemaba el irritado duque. Finalmente, la Desgranges acudió en su ayuda. Nada de lo que se refería al libertinaje era desconocido para aquella vieja bruja; cogió a la niña y la colocó tan hábilmente sobre sus rodillas que, se colocase como se colocase el duque, la punta de su pito rozaba la vagina. Dos sirvientas acudieron para sujetar las piernas de la muchachita, la cual, si hubiese tenido que ser desvirgada, nunca hubiera podido ofrecer un coño más hermoso. Pero eso no era todo aún: era necesaria una mano hábil para hacer desbordar el torrente y dirigirlo justamente a su destino. Blangis no quería correr el riesgo de utilizar la mano de un muchacho torpe para una operación tan importante.

-Toma a Julie -dijo Durcet-; quedarás contento de ella. Empieza a menearla como un ángel.

- ¡Oh, joder! -exclamó el duque-. Esa puta fallará, la conozco. Basta con que yo sea su padre, tendrá un miedo espantoso.

-Te aconsejo un muchacho, a fe mía -dijo Curval-. Toma a Hercule; tiene una muñeca muy hábil.

-Sólo quiero a la Duelos -dijo el duque-. Es la mejor de todas las meneadoras, permitidle que deje su puesto unos momentos y que venga.

La Duelos llega, muy orgullosa de una preferencia tan notable. Se arremanga hasta el codo y empuñando el enorme instrumento de Monseñor, empieza a sacudirlo, con la cabeza siempre descubierta, a menearlo con tal arte, a agitarlo con sacudidas tan rápidas y al mismo tiempo tan adecuadas al estado en que veía al paciente, que finalmente la bomba estalla sobre el mismo agujero que debe cubrir. Lo inunda, el duque grita, blasfema y se debate. Duelos no se detiene; sus movimientos están condicionados al grado del placer que proporcionan. Antinoüs, colocado allí a propósito, hace penetrar delicadamente el esperma en la vagina a medida que fluye, y el duque, vencido por las más deliciosas sensaciones, ve, expirando de voluptuosidad, cómo se deshincha poco a poco entre los dedos de su meneadora el fogoso miembro cuyo ardor acaba de inflamarlo tan poderosamente. Se echa de nuevo sobre el sofá, la Duelos regresa a su lugar, la muchachita se limpia, se consuela y vuelve a su cuadrilla, y el relato prosigue, dejando a los espectadores persuadidos de una verdad de la cual, creo, estaban imbuidos desde hacía tiempo, a saber, que la idea del crimen supo siempre inflamar los sentidos y conducirnos a la lubricidad.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)


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lunes, 27 de junio de 2016




"El sexo es el consuelo para los que ya no tienen amor

Gabriel García Márquez


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domingo, 26 de junio de 2016




Hacía tres días que mi madre no había aparecido por la casa, cuando su marido,
inquieto más por sus efectos y su dinero que por la criatura, decidió entrar en su habitación, donde tenían la costumbre de guardar todo lo más precioso, ¡pero cuál no fue su asombro cuando en vez de encontrar lo que buscaba halló sólo un billete de mi madre en el que le decía que se resignara a su pérdida, porque habiéndose decidido a separarse de él para siempre, y careciendo de dinero, le había sido necesario coger todo lo que se llevaba! En cuanto al resto, sólo él y los malos tratos que le había dado tenían la culpa, si lo abandonaba, y que le dejaba las dos hijas, que bien valían lo que se llevaba. Pero el buen hombre estaba lejos de considerar que lo uno valiese como lo otro, y nos despidió graciosamente, rogándonos que no durmiéramos en la casa, prueba cierta de que discrepaba con mi madre.
Bastante poco afligidas por una situación que nos dejaba en plena libertad, a mi hermana y a mí, para entregarnos tranquilamente a un género de vida que empezaba a gustamos, sólo pensamos en llevarnos nuestras escasas pertenencias y en despedirnos de nuestro querido padrastro que había tenido a bien dárnoslas. Mientras decidíamos lo que debíamos hacer, nos alojamos mi hermana y yo en una pequeña habitación de los alrededores. Allí lo primero que hicimos fue preguntarnos acerca de la suerte de nuestra madre. Teníamos la seguridad de que se encontraba en el convento, decidida a vivir secretamente en la celda de algún padre, o haciéndose mantener en algún rincón de las cercanías, cosa que no nos preocupaba demasiado, cuando un hermano del convento nos trajo un billete que hizo cambiar nuestras conjeturas. Dicho billete decía en sustancia que lo mejor que nos podía aconsejar era que fuésemos al convento en cuanto anocheciera, a la celda del padre guardián, el mismo que escribía el billete; que él nos esperaría en la iglesia hasta las diez de la noche y nos conduciría al lugar donde se encontraba nuestra madre, cuya felicidad actual y calma nos haría compartir gustosamente. Nos exhortaba vivamente a que no faltásemos a la cita y, sobre todo, a ocultar nuestros movimientos con gran cuidado; porque era esencial que nuestro padrastro no se enterase de nada, en bien de nuestra madre y de nosotras mismas.
Mi hermana, que a la sazón había cumplido quince años y que, por consiguiente, tenía más vivacidad y razonaba más que yo, que sólo tenía entonces nueve, después de haber despedido al Portador del billete y contestado que reflexionaría sobre el asunto arriba, no dejó de extrañarse de todas aquellas maniobras.

-Françon -me dijo-, no vayamos. Hay gato encerrado en todo esto. Si esta proposición fuese franca, ¿por qué mi madre no hubiera escrito ella misma un billete junto a éste o al menos no lo hubiera firmado? ¿Y con quién podría estar en el convento, mi madre? El padre Adrien, su mejor amigo, no está allí desde hace tres años, más o menos. Desde entonces, ella no va al convento, más que de paso, y no tiene ningún asunto allí. ¿Por qué azar hubiera buscado ella este retiro? El padre guardián no es ni ha sido nunca su amante. Sé que ella lo ha divertido dos o tres veces, pero no se trata de un hombre capaz de liarse con una mujer sólo por eso, porque es inconstante y hasta brutal con las mujeres una vez que se le ha pasado el capricho. Por lo tanto, ¿a qué viene que ahora muestre tanto interés por nuestra madre? Te digo que hay gato encerrado en este asunto. Nunca me ha gustado ese viejo guardián; es malo, duro y brutal. Una vez me atrajo a su habitación, donde estaba con tres más, y después de lo que me sucedió allí, juré no volver a poner los pies en su celda. Créeme, dejemos ahí todos esos monjes bribones. No quiero ocultarte más tiempo, Françon, que tengo una conocida, me atrevo a decir una buena amiga. Se llama Mme Guérin, hace dos años que la trato, y desde entonces no ha transcurrido una semana sin que me hiciese participar en una buena juerga. Pero no juergas de doce miserables monedas como las del convento; no hay una sola que no me haya reportado tres escudos por lo menos. Mira, aquí tienes una prueba de ello prosiguió mi hermana mostrándome una bolsa que contenía por lo menos diez luises-; como puedes advertir, tengo de qué vivir. Y bien, si quieres seguir mi consejo, haz como yo. La Guérin te recibirá, no te quepa la menor duda, te vio hace ocho días, cuando vino a buscarme para una juerga, y me ha encargado que te lo propusiese también y que por muy joven que fueses ella siempre hallaría dónde colocarte. Haz como yo, te digo, y pronto nos veremos libres de apuros. Por lo demás, es todo lo que puedo decirte, pues, excepto esta noche que pagaré tus, gastos, no cuentes más conmigo, pequeña. Cada cual para sí, en este mundo. He ganado esto con mi cuerpo y mis dedos, haz tú lo mismo. Y si el pudor te lo impide, vete al diablo, y sobre todo no vengas a buscarme, porque después de lo que acabo de decirte, si te viera morir de sed, no te daría un vaso de agua. Por lo que respecta a mi madre, muy lejos de estar enojada por la suerte que haya corrido, sea cual sea, te diré que me regocijo de ello, y que mi único deseo es que la muy puta se encuentre tan lejos que no la vuelva a ver nunca. Sé hasta qué punto ella me perjudicó en mi oficio, y todos los hermosos consejos que me daba mientras, la muy ramera se comportaba tres veces peor. Amiga mía, que el diablo se la lleve y sobre todo que no la traiga, eso es todo lo que le deseo.

No teniendo, en verdad, el corazón más tierno ni mejor alma que mi hermana, aprobaba sinceramente todas las invectivas con que ella llenó a esa excelente madre, y, tras agradecer a mi hermana el conocimiento que me proporcionaba, le prometí seguirla a casa de aquella mujer y, una vez adoptada, dejar de serle una carga. Como mi hermana, me negaba a ir al convento.
-Si efectivamente ella es feliz, tanto mejor -dije-; en tal caso, nosotras podremos serlo por nuestro lado, sin necesidad de compartir su suerte. Y si se trata de una trampa que se nos tiende, es necesario evitar caer en ella.
Después de eso mi hermana me abrazó.

- ¡Vaya! -dijo-. Veo ahora que eres una buena chica. Bien, bien, ten la seguridad de que haremos fortuna. Yo soy linda y tú también, ganaremos lo que se nos antoje, amiga mía. Pero es necesario no atarse, no lo olvides. Hoy uno, mañana otro, es preciso ser puta, niña mía, puta en el alma y en el corazón. En cuanto a mí -continuó diciendo-, lo soy tanto, puedes verlo ahora, que no hay confesión, sacerdote, consejo ni representación que puedan apartarme del vicio. Estaría dispuesta, rediós, a mostrar mi culo en la plaza del mercado con tanta tranquilidad como me bebo un vaso de vino. Imítame, Françon, complaciéndolos, una saca todo lo que quiere de los hombres; el oficio es un poco duro al principio, pero una se hace a ello. Hay tantos hombres como gustos. Primero, hay que ser capaz de cualquier cosa, uno quiere una cosa, otro quiere otra. Pero ¿qué importa? Una está allí para obedecer y someterse, enseguida se acaba, y queda el dinero.

Yo me sentía turbada, lo confieso, al escuchar palabras tan licenciosas en la boca de una muchacha tan joven y que siempre me había parecido tan decente. Pero como mi corazón compartía su sentido, no tardé en decirle que estaba no solamente dispuesta a imitarla en todo, sino hasta en portarme peor que ella, si era necesario. Encantada conmigo, mi hermana me abrazó de nuevo, y como empezaba a ser tarde mandamos a buscar una pularda y buen vino, cenamos y dormimos juntas, decididas a ir al día siguiente por la mañana a casa de la Guérin para rogarle que nos recibiera como pupilas.
Fue durante la mencionada cena cuando mi hermana me enseñó todo lo que yo ignoraba todavía acerca del libertinaje. Se me exhibió completamente desnuda, y puedo asegurar que era una de las más bellas criaturas que había entonces en París. Hermosa piel, una gordura agradable y, a pesar de esto, el talle más esbelto e interesante, los más bellos ojos azules y todo el resto digno de lo mencionado. Me enteré también del tiempo que hacía que la Guérin se había fijado en aquellos atractivos y del placer con que se la ofrecía a sus clientes, quienes, jamás cansados de ella, la volvían a pedir una y otra vez. Al meternos en la cama caímos en la cuenta de que nos habíamos olvidado de dar una respuesta al padre guardián, quien seguramente se enojaría por nuestra negligencia y a quien era preciso tratar con miramientos mientras estuviésemos en el barrio. ¿Pero cómo reparar aquel olvido? Ya eran más de las once, y decidimos dejar las cosas tal como estaban.
Al parecer, la aventura le interesaba mucho al guardián, por lo que es de creer que trabajaba más para él que para la pretendida felicidad de que nos hablaba, porque apenas dieron las doce llamaron con suavidad a nuestra puerta. Era el padre guardián en persona; nos esperaba, dijo, desde hacía dos horas, y por lo menos hubiéramos podido hacerle llegar una respuesta, y tras haberse sentado en nuestra cama, nos dijo que nuestra madre había decidido pasar el resto de sus días en un pequeño aposento secreto que tenían en el convento y donde le daban la mejor comida del mundo, amenizada con la compañía de los grandes personajes de la casa que solían pasar la mitad del día con ella y con otra mujer joven, compañera de mi madre; que sólo dependía de nosotras aumentar el número, pero como éramos demasiado jóvenes para establecernos, él nos tomaría sólo por tres años, al cabo de los cuales, juraba que nos devolvería nuestra libertad y mil escudos a cada una; que nuestra madre le había encargado que nos dijera que le causaríamos un gran placer si íbamos a compartir su soledad.

-Padre -le contestó descaradamente mi hermana-, le agradecemos su proposición. Pero a nuestra edad no tenemos ningún deseo de encerramos en un claustro para convertirnos en putas de sacerdotes, ya lo hemos sido demasiado.

El guardián insistió en sus proposiciones, y lo hizo con un fuego que demostraba bien a las claras hasta qué punto deseaba lograr sus propósitos. Advirtiendo al fin que no se salía con la suya, dijo lanzándose casi furiosamente, sobre mi hermana.

-Y bien, puta, satisfáceme pues una vez más por lo menos, antes que me vaya.

Y, tras haberse desabrochado sus calzones, montó encima de mi hermana, quien no opuso ninguna resistencia, convencida de que si satisfacía su necesidad se desembarazaría de él más pronto. Y el libertino, sujetándola debajo de sus rodillas, agitó un instrumento duro y bastante grueso a unos centímetros de la cara de mi hermana.

- ¡Linda cara -exclamó-, linda carita de puta, cómo voy a inundarte de leche, ah, rediós!

Y al cabo de unos instantes las esclusas se abrieron, el esperma eyaculó y todo el rostro de mi hermana, principalmente la nariz y la boca se encontraron cubiertos por las pruebas del libertinaje de nuestro hombre, cuya pasión no hubiera sido satisfecha de un modo tan barato si su proyecto hubiese tenido éxito. El religioso, más calmado, sólo pensó ya en marcharse, y después de habernos arrojado un escudo sobre la mesa, y encendido de nuevo su linterna, dijo:

-Sois unas pequeñas imbéciles, sois unas pequeñas tiparracas. Dejáis escapar vuestra fortuna. ¡Que el cielo os castigue haciéndoos caer en la miseria y tenga yo el placer de veros hundidas en ella como venganza, esos son mis últimos deseos!

Mi hermana, que se limpiaba la cara, le devolvió todas sus tonterías, y cuando la puerta volvió a cerrarse para no abrirse ya hasta la mañana siguiente, pasamos al menos el resto de la noche tranquilas.

-Lo que has visto -me dijo mi hermana- es una de sus pasiones favoritas. Le gusta con locura descargar sobre la cara de las muchachas. Si se limitara a ello, bueno..., pero el bribón tiene otros gustos y tan peligrosos que temo...

Pero mi hermana, vencida por el sueño, se durmió antes de acabar la frase, y como el día siguiente nos trajo otras aventuras, dejamos de pensar en aquélla.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)


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sábado, 25 de junio de 2016




El sexo a los 90 es como intentar jugar
 al billar con una cuerda.

Camille Paglia


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jueves, 23 de junio de 2016




SEGUNDA JORNADA


Se levantaron a la hora de costumbre. El obispo, completamente repuesto de sus excesos, y que desde las cuatro de la mañana estaba escandalizado de que lo hubiesen dejado acostarse solo, había tocado el timbre para que Julie y el jodedor que le había sido destinado vinieran a ocupar su puesto. Llegaron inmediatamente, y el libertino se echó en sus brazos en busca de nuevas obscenidades.
Después de haber tomado el desayuno como de costumbre en el aposento de las muchachas, Durcet realizó la visita y, a pesar de lo que pudiera decirse, todavía encontró nuevas delincuentes. Michette era culpable de un tipo de falta y Augustine, a quien Curval había hecho decir que se mantuviera durante todo el día en un determinado estado, se encontraba en el estado completamente contrario; ella no recordaba nada, y pedía perdón por ello, y prometía que no volvería a suceder más, pero el cuadrumvirato fue inexorable, y ambas fueron inscritas en la lista de castigos del siguiente sábado.
Singularmente descontentos por la torpeza de todas aquellas muchachas en el arte de la masturbación, impacientes por lo que habían experimentado sobre esto la víspera, Durcet propuso establecer una hora por la mañana, durante la cual se darían lecciones al respecto, y que por turno, cada uno de ellos se levantaría una hora más temprano, y como el momento del ejercicio sería establecido desde las nueve hasta las diez, se levantaría, digo, a las nueve para ir a dedicarse a este ejercicio. Decidióse que aquel que realizase esta función se sentaría tranquilamente en medio del serrallo, en un sillón, y que cada muchacha, conducida y guiada por la Duelos, la mejor meneadora que había en el castillo, se acercaría a sentarse encima de él, que la Duelos dirigiría su mano, sus movimientos, le enseñaría la mayor o menor rapidez que hay que imprimir a las sacudidas de acuerdo con el estado del paciente, que prescribiría sus actitudes, sus posturas durante la operación, y que se impondrían castigos reglamentados para aquella que al cabo de la primera quincena no lograra dominar perfectamente este arte, sin necesidad de más lecciones. Sobre todo, les fue concretamente recomendado, según los principios del padre recoleto, mantener el glande siempre descubierto durante la operación, y que la mano vacante se ocupase sin cesar durante todo el tiempo en cosquillear los alrededores, según las diferentes fantasías de los interesados.
Este proyecto del financiero gustó a todos, la Duelos, informada, aceptó el trabajo, y desde aquel mismo día dispuso en su aposento un consolador con el que ellas pudiesen ejercitar constantemente sus dedos y mantenerlos en la agilidad requerida. Se le encargó a Hercule el mismo trabajo con los muchachos, que más hábiles siempre en este arte que las muchachas, porque sólo se trata de hacer a los otros lo que hacen a sí mismos, sólo necesitaron una semana para convertirse en los más deliciosos meneadores que fuese posible encontrar. Entre ellos, aquella mañana, no se encontró a nadie en falta, y como el ejemplo de Narcisse, la víspera, había tenido como consecuencia que se negaran casi todos los permisos, sucedió que en la capilla sólo se encontraron la Duelos, dos jodedores, Julie, Thérèse, Cupidon y Zelmire. A Curval se le empalmó mucho, se había enardecido asombrosamente por la mañana con Adonis, en la visita de los muchachos, y creyóse que eyacularía al ver las cosas que hacían Thérése y los jodedores, pero se contuvo.
La comida fue como siempre, pero el querido presidente, que bebió y se comportó disolutamente durante el ágape, se inflamó de nuevo a la hora del café, servido por Augustine y Michette, Zélamir y Cupidon, dirigidos por la vieja Fanchon, a quien, por capricho, se le había ordenado que estuviera desnuda como los muchachos. De este contraste surgió el nuevo furor lúbrico de Curval, quien se entregó a algunos desenfrenos con la vieja y Zélamir que le valieron por fin la pérdida de su semen.
El duque, con el pito empalmado, abrazaba a Augustine; rebuznaba, denostaba, deliraba, y la pobre pequeña, temblando, retrocedía como la paloma ante el ave de presa que la acecha, dispuesta a capturarla. Sin embargo, se contentó con algunos besos libertinos y con darle una primera lección, como anticipo de la que empezaría a tomar al día siguiente. Y como los otros dos, menos animados, habían empezado ya sus siestas, nuestros dos campeones los imitaron. Se despertaron a las seis para pasar al salón de los relatos.
Todas las cuadrillas de la víspera estaban cambiadas, tanto los individuos como los vestidos, y nuestros amigos tenían por compañeras de canapé, el duque a Aline, hija del obispo y por consiguiente, ¡por lo menos, sobrina del duque!, el obispo a su cuñada Constance, mujer del duque e hija de Durcet; Durcet a Julie, hija del duque y mujer del presidente, y Curval, para despertarse y reanimarse un poco, a su hija Adélaïde, mujer de Durcet, una de las criaturas del mundo a quien más le gustaba molestar a causa de su virtud y devoción. Empezó con algunas bromas perversas, y habiéndole ordenado que tomara durante la sesión una postura adecuada a sus gustos pero muy incómoda para aquella pobre mujercita, la amenazó con toda su cólera si la cambiaba un solo momento. Cuando todo estuvo listo, Duelos subió a su tribuna y reanudó así el hilo de su relato


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)


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miércoles, 22 de junio de 2016




La gran victoria que hoy parece fácil fue el resultado de pequeñas victorias que pasaron desapercibidas.

Paulo Coelho


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martes, 21 de junio de 2016




La feminidad es un vestido 
que hay que saber usar.

 Gianluca Frangella


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lunes, 20 de junio de 2016




En este momento se oyó sonar una campana en el salón: la que anunciaba que la cena estaba servida. Por lo tanto, la Duelos, generalmente aplaudida en los interesantes comienzos de su historia descendió de la tribuna y, tras haber arreglado todos un poco el desorden en que se encontraban, se ocuparon de nuevos placeres dirigiéndose apresuradamente a buscar los que Como ofrecía.
Aquella comida fue servida por las ocho muchachitas desnudas. En el momento en que se cambió de salón, ya estaban preparadas, porque habían tenido la precaución de salir algunos minutos antes. Los invitados debían ser veinte: los cuatro amigos, los ocho jodedores y los ocho muchachos. Pero el obispo, siempre furioso contra Narcisse, no quiso permitir que éste tomase parte en la fiesta, y como se había convenido que se tendrían mutuas y recíprocas complacencias, nadie se preocupó de pedir la revocación de la sentencia, y el muchachito fue encerrado solo en un cuarto oscuro, en espera del momento de las orgías, en que monseñor tal vez se reconciliaría con él. Las esposas y las narradoras se fueron a cenar rápidamente a fin de estar dispuestas para las orgías, las viejas dirigieron el servicio de las ocho muchachitas, Y se sentaron a la mesa.
Esta cena, mucho más fuerte que la comida, fue servida con mayor magnificencia, brillo y esplendor. Hubo primero un servicio de sopa de cangrejo y entremeses compuestos de más de veinte fuentes. Veinte entradas los sustituyeron, que pronto lo fueron a su vez por otros veinte principios finos compuestos únicamente por pechugas de ave de corral y caza, cocinados de todo tipo de formas. Vino después un servicio de asado donde apareció todo lo más raro que pueda imaginarse. A continuación llegó un plato de repostería fría que pronto dejó sitio a veintiséis dulces de todos los tipos y formas. Se retiró esto y fue sustituido por una guarnición completa de pasteles dulces fríos y calientes. Por último apareció el postre que ofreció un número prodigioso de frutas a pesar de la estación, después los helados, el chocolate y los licores, que se tomaron en la mesa. Por lo que respecta a los vinos, habían variado en cada servicio; en el primero, borgoña, en el segundo y tercero, dos clases de vinos de Italia, en el cuarto, vino del Rin, en el quinto, vinos del Ródano, en el sexto, champaña espumoso y vinos griegos de dos clases con dos diferentes servicios. Las cabezas se habían calentado mucho, tanto en la comida como en la cena, no estaba permitido abusar de las sirvientas; éstas, siendo la quintaesencia de lo que ofrecía aquella comunidad, debían ser tratadas con miramientos, pero, en revancha, se permitieron con ellas toda suerte de porquerías.
El duque, achispado, dijo que sólo quería beber ya orina de Zelmire, de la que se echó entre pecho y espalda dos grandes vasos, que ella llenó subida a la mesa, en cuclillas sobre su plato: "¡Qué gracia tiene beber meados de virgen! -dijo Curval. Y, llamando a Fanchon, prosiguió-: Ven, puta, quiero beber de la misma fuente." Y Curval, colocando su cabeza entre las piernas de la vieja bruja, tragó golosamente los chorros impuros de la orina envenenada que ella le soltó en el estómago. Finalmente, las conversaciones se animaron, se tocaron diferentes puntos sobre las costumbres y la filosofía, y dejo al lector que considere si la moral fue muy refinada. El duque inició un elogio del libertinaje y demostró que se encontraba en la naturaleza y que cuanto más se multiplicaban sus extravíos, más la servían. Su opinión fue recibida generalmente con aplausos, y luego todos se levantaron para ir a poner en práctica los principios que se acaban de exponer. Todo estaba ya dispuesto en el salón de las orgías: las mujeres estaban ya desnudas, acostadas sobre montones de cojines colocados en el suelo, entremezcladas con los jóvenes putos que se habían levantado de la mesa con este propósito poco después de los postres. Nuestros amigos se dirigieron hacia allá tambaleándose; dos viejas los desnudaron, y nuestros cuatro compinches cayeron en medio del rebaño como lobos que asaltan un redil. El obispo, cuyas pasiones se habían excitado cruelmente ante los obstáculos que habían encontrado durante el día, se apoderó del culo sublime de Antinoüs, mientras Hercule lo enfilaba, y, vencido por esta última sensación y por el servicio importante y tan deseado que Antinoüs sin duda le hacía, descargó finalmente chorros de semen tan impetuosos que se desmayó en el éxtasis. Los vapores de Baco acabaron de encadenar los sentidos que entorpecía el exceso de lujuria, y nuestro héroe pasó del desmayo a un sueño tan profundo que tuvo que ser trasladado a la cama. El duque se despachó por su lado. Curval, recordando el ofrecimiento que había hecho la Martaine al obispo, le exigió que lo cumpliera, y descargó mientras lo enfilaban. Mil otros horrores, mil otras infamias acompañaron y siguieron a las descritas, y nuestros tres valientes campeones, ya que el obispo no estaba ya en este mundo, nuestros valerosos atletas, digo, escoltados por los cuatro jodedores del servicio de noche que no se encontraban allí pero que vinieron a buscarlos, se retiraron con las mismas mujeres que habían tenido en los canapés durante la narración. Infelices víctimas de su brutalidad a las que es verosímil creer que ultrajaron más que acariciaron, y a las cuales, sin duda, dieron más repugnancia que placer. Tal fue la historia de la primera jornada.


Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)


(Continuará...)


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domingo, 19 de junio de 2016


Buenas noches mis queridos y queridas amigas de la mansión… Acabemos la semana (o iniciémosla, según quién y donde) con una buena dosis de humor inoculada por el siempre grande y magnánimo Javier Krahe, un genio y un poeta…




UN BURDO RUMOR

No sé tus escalas por lo tanto eres muy dueña
de ir por ahí diciendo que la tengo muy pequeña
no está su tamaño en honor a la verdad
fuera de la ley de la relatividad

Y aunque en rigor no es mejor
por ser mayor o menor
ciertamente es un burdo rumor

Pero como he visto que por ser tu tan cotilla
va de boca en boca y es la comidilla
en vez de esconderla como haría el avestruz
tomo mis medidas, hágase la luz

Y aunque en rigor no es mejor
por ser mayor o menor
una encuesta he hecho a mi alrededor

Trece interesadas respondieron a la encuesta
de las cuales una no sabe, no contesta
y en las otras doce, división como veréis
se me puso en contra la mitad, es decir, seis

Y aunque en rigor no es mejor
por ser mayor o menor
otras seis francamente a favor

Y si hubo reproches fueron, en resumen,
por su rendimiento, no por su volumen
y las alabanzas que también hubo un montón
hay que atribuirlas a una cuarta dimensión

Y aunque en rigor no es mejor
por ser mayor o menor
aunque a veces soy muy cumplidor

Mi mujer incluso dijo aunque prefiera
como tú ya sabes la del jardinero
por si te interesa porque estáis a la par
sólo que la suya es mucho menos familiar

Y aunque en rigor no es mejor
por ser mayor o menor
nunca olvida traerme una flor

Es mísero, sórdido, y aún diría tétrico
someterlo todo al sistema métrico
no estés con la regla más de lo habitual
te aseguro chica que podría ser fatal

Y aunque en rigor no es peor
por ser mayor o menor
yo que tú consultaba al doctor López Ibor

(Javier Krahe)


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jueves, 16 de junio de 2016




Fui al encuentro de mi pequeña compañera. La operación de Louis había sido realizada y, poco contentas ambas, abandonamos el convento, yo con la casi resolución de no volver más. El tono de Geoffroy había humillado mi pequeño amor propio, y sin profundizar acerca de dónde venía la repugnancia, no me gustaban las repeticiones ni las consecuencias. Sin embargo, estaba escrito en mi destino que tendría aún algunas aventuras en el convento, y el ejemplo de mi hermana, que había tenido, me dijo, enredos con más de catorce, debía convencerme de que no me hallaba al final de mis líos galantes. Me di cuenta de ello tres meses después de esta última aventura ante las solicitudes que me hizo uno de aquellos buenos reverendos, hombre de unos sesenta años. No hubo astucia que no inventara para decidirme a ir a su habitación. Uno tuvo éxito, tanto que una hermosa mañana de domingo, sin saber cómo ni por qué, me encontré en su celda. El viejo disoluto al que llamaban padre Henri, me encerró con él en cuanto me vio entrar y me abrazó de todo corazón.

-   ¡Ah, bribonzuela! -exclamó, transportado de alegría-. Ya te tengo, ya te tengo, esta vez no te escaparás.

Hacía mucho frío; mi naricilla estaba llena de mocos, como sucede a menudo con los niños. Quise sonarme.

-   ¡Oh, no, no! -dijo Henri, oponiéndose seré yo, seré yo el que haga esta operación.

Y, tras tumbarme en la cama con la cabeza un poco inclinada, se sentó cerca de mí y puso mi cabeza sobre sus rodillas. Dijérase que de esta manera devoraba con los ojos esta secreción de mí cerebro.

 -¡Oh, la linda mocosa, cómo la voy a sorber! -decía, medio desmayado. Inclinándose entonces sobre mi cabeza, y metiendo toda mi nariz en su boca, no solamente devoró todos los mocos con los que yo estaba cubierta, sino que también lanzó lúbricamente la punta de su lengua dentro de los agujeros de mi nariz alternativamente y con tanto arte que provocó dos o tres estornudos que redoblaron el chorreo que deseaba y devoraba con tanto apremio. Pero de éste, señores, no me pidáis más detalles, pues nada vi, y sea que no hizo nada o se lo hizo en sus calzones, el caso es que nada advertí, y en la multitud de sus besos y sus lamidas nada delató un éxtasis más intenso, cosa que me hace creer que no eyaculó. No fui arremangada más, ni siquiera sus manos se extraviaron, y os aseguro que la fantasía de aquel viejo libertino podría ejercer con la muchacha más honrada y más ignorante sin que ella pudiera sospechar la menor lubricidad.

No ocurría lo mismo con aquel que la casualidad me ofreció el mismo día en que cumplí nueve años. El padre Etienne, tal era el nombre del libertino, había dicho ya a mi hermana varias veces que me condujera hasta él, y ella había insistido para que yo fuera a verlo, pero sin querer acompañarme, por miedo de que nuestra madre, que ya sospechaba algo, no se enterara cuando yo me hallase cara a cara con él, en un rincón de la iglesia, cerca de la sacristía. El libertino se lo tomó con tantas ganas y empleó razones tan persuasivas que no tuvo que arrastrarme por la oreja. El padre Etienne era un hombre de unos cuarenta años, de tez fresca, gallardo y vigoroso. Apenas nos encontramos en su habitación me preguntó si sabía menear un pito.

-   ¡Ay! -le contesté, ruborizándome-. No sé siquiera qué quiere usted decir.

-   ¡Y bien!, voy a enseñártelo, pequeña -me dijo, besándome de todo corazón en la boca y en los ojos-. Mi único placer consiste en enseñar a las chiquillas, y las lecciones que les doy son tan excelentes que no las olvidan nunca. Empieza por aflojarte las faldas, porque si te enseño cómo hay que dar placer es justo que te enseñe al mismo tiempo qué debes hacer para recibirlo, y es necesario que nada nos estorbe para esta lección. ¡Vamos, empecemos por ti! Lo que ves aquí -me dijo, poniéndome mi mano sobre el pubis-' se llama un coño, y he aquí lo que debes hacer para proporcionarte unos cosquilleos deliciosos. Hay que frotar ligeramente con un dedo esta pequeña elevación que sientes aquí Y que se llama el clítoris.


Y luego, haciéndome actuar:

-Es así, pequeña, mientras una de tus manos trabaja aquí, un dedo de la otra debe introducirse imperceptiblemente en esta deliciosa hendidura...

Y colocándome la mano:

-Eso es, si... ¡Y bien!, ¿no sientes nada? -continuó mientras hacía que ejecutase su lección.

-No, padre, se lo aseguro -contesté con inocencia.

-               ¡Vaya! señorita, es que debes ser todavía demasiado joven, pero dentro de un par de años ya verás el placer que te causará esto.

-               ¡Espere! -le dije-. Creo que siento algo.

Y frotaba tanto como podía en los lugares que me había dicho... Efectivamente, algunas leves titilaciones voluptuosas acababan de convencerme de que la receta no era una quimera, y el gran uso que hice después de este caritativo método ha acabado de convencerme más de una vez de la habilidad de mi maestro.

-Ahora me toca a mí -me dijo Etienne-, pues tus placeres excitan mis sentidos, y es preciso que yo los comparta, angel mío. Toma -me dijo, haciéndome empuñar un instrumento tan monstruoso que mis dos pequeñas manos apenas podían rodearlo-, toma, hija mía, esto se llama un pito y este movimiento -continuó diciendo, al tiempo que hacía mover mi puño con rápidas sacudidas-, este movimiento se llama menear. Así, pues, en esos momentos, me estás meneando el pito. ¡Vamos, hija mía, vamos, menea con todas tus fuerzas! Cuanto más rápidos y fuertes sean tus movimientos, más apresurarás el instante de mi embriaguez. Pero fíjate en una cosa esencial -añadió, dirigiendo siempre mis sacudidas-, procura que la cabeza esté siempre descubierta. No la cubras nunca con esta piel que llamamos el prepucio; si el prepucio recubriera esta parte que llamamos el glande, todo mi placer desaparecería. ¡Vamos, pequeña -añadió mi maestro-, deja que yo haga contigo lo que tú haces conmigo.

Y arrimándose a mi pecho mientras decía esto, en tanto yo seguía meneándosela, colocó sus dos manos tan hábilmente, movió sus dedos con tanto arte, que el placer hizo finalmente presa en mí, y es a él a quien debo en verdad la primera lección. Entonces, como la cabeza empezó a darme vueltas, interrumpí mi faena, y el reverendo, que no había terminado, consintió en renunciar un instante a su placer para ocuparse sólo del mío; y cuando me lo hubo hecho conocer completamente, me hizo volver a la tarea que mi éxtasis me había obligado a interrumpir, y me recomendó encarecidamente que no me distrajera y que sólo me ocupase de él. Lo hice con toda mi alma. Era justo: le debía cierto agradecimiento. Efectuaba yo mi trabajo con tan buena voluntad y cumplía tan bien todo lo que me ordenaba, que el monstruo vencido por los meneos vomitó finalmente toda su rabia y me cubrió con su veneno. Etienne entonces pareció transportado por el delirio más voluptuoso; besaba mi boca con ardor, me manoseaba el coño y el extravío de sus frases anunciaba todavía mejor su desorden. Las "f..." y las "b..." unidas a las más cariñosas palabras caracterizaban este delirio que duró mucho tiempo, y del que el galante Etienne, muy diferente de su cofrade el tragador de orina, sólo salió para decirme que era encantadora y para rogarme que volviera a verlo, y que me trataría siempre como iba a hacerlo: deslizándome un escudo en la mano, me acompañó hasta el lugar donde nos habíamos encontrado y me dejó, maravillada y encantada de una nueva buena suerte que, al reconciliarme con el convento, me hizo tomar la resolución de regresar a menudo desde entonces, persuadida de que, a medida que creciera, más agradables aventuras me esperaban. Pero no era ese mi destino; acontecimientos más importantes me esperaban en un nuevo mundo, y al regresar a casa me enteré de unas noticias que turbaron pronto la embriaguez que me había producido mi última historia.

Los 120 días de Sodoma (Marqués de Sade)

(Continuará...)


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miércoles, 15 de junio de 2016




EL PLUG

¡Horror!, ¡espanto!, ¡maldición!,
¿Pues no se nos ha perdido
el plug en medio de la sesión?

Ni en la cama, ni en el suelo,
ni siquiera en la mesilla…,
El negro y sexual juguete,
por su ausencia esta noche brilla…

¿Has mirado bajo la almohada?.
¿Has mirado en el cajón?.
¿En el armario?. ¿En la cómoda?.
¿Miraste dentro de aquel jarrón?.

Que no lo encuentro, mi Amo,
que no aparece ni aquí, ni allá…
¿Pero tú donde leches lo tenías
cuando en falta lo empezaste a echar?

Pues que yo recuerde, mi Dueño,
estaba donde tenía que estar…
dilatando mi negro agujero
que tu después querías usar…

Pues si yo de allí no lo he sacado…,
y tú de allí no lo has cogido…,
¿Dónde coño se ha metido
el dilatante artefacto sexual?

Pues me da, mi Señor, mire por donde…
que no es en el coño donde se esconde,
sino que va a ser un poco más abajo…,
pues vengo sintiendo desde hace un rato
un “nosequé”, un “queseyo”, un “arrebato”…,
una incómoda sensación intestinal,
que me indica, sin lugar a duda,
que ahí abajo la cosa va un poco mal…

¿Qué me dices, mi sierva, mi diosa…?,
¿qué el plug, maldita sea la cosa…,
a elegido la vía del ascenso rectal?

¿Que ha remontado, el muy maldito,
sin permiso…,
lo digo y  lo repito,
el oscuro y estrecho canal?

Pues empuja con cuidado,
con presteza y con mesura…,
presiona mi sierva, pero con cordura,
para que despacio lo puedas echar…
no sea que vaya a acabar
resbalando contra natura,
y al final tengamos que avisar,
a un fontanero con premura..

De urgencias la cosa va….

Y por Dios…
No te olvides de comprar
un plug de tu talla y tamaño,
pues tan redondo  y hermoso “año”
no merece, ni tan mala ventura,
ni tan escatológico final.

Así lo firma y lo rubrica,
lo confirma y lo corrobora,
lo certifica y lo ratifica,
este, que lo es,
su seguro servidor,
El Satiricón,
que vive con pasión,
su vida en La Mansión

(El Satiricón)


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