Prologo de El Libertino

lunes, 31 de octubre de 2016

“Clamé al cielo, y no me oyó. Mas, si sus puertas me cierra, de mis pasos en la Tierra responda el cielo, no yo.”
Con esta frase del inmortal Tenorio, iniciamos esta noche la celebración en la mansión de la Noche de todos los Santos.
Y digo bien: “Noche de todos los Santos”, y no esa extraña fiesta que se ha puesto de moda en los últimos años y que llaman Halloween.
Aquí, mis queridos amigos, ya nos disfrazamos en carnaval, fiesta pagana de lujuria y desenfreno, y no necesitamos que vengan de fuera a cambiarnos nuestras viejas costumbres.
Por eso en la mansión no se celebra Halloween y si se celebra la Noche de todos los Santos. Y que mejor celebración que hacerlo con los últimos versos del Tenorio, de Don José Zorrilla…
Que lo disfrutéis amigos y cuidado, porque ya sabéis que, esta noche, los espíritus andan sueltos por el más acá….

Sayiid

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Doña Inés ha hecho una apuesta, pero con Dios: si logra el arrepentimiento del joven, los dos se salvarán pero, si no lo consigue, se condenarán eternamente. Ante la tumba de Don Gonzalo, Don Juan invita al comendador a cenar y éste lo invita a su vez a compartir la mesa de piedra con él en el panteón. Cuando el espíritu del Comendador está a punto llevarse a Don Juan al infierno, Doña Inés interviene y le ruega que se arrepienta.
(Don Juan se hinca de rodillas, tendiendo al cielo la mano que le deja libre la estatua. Las sombras, esqueletos, etc., van a abalanzarse sobre él, en este momento se abre la tumba de doña Inés y aparece ésta. Doña Inés toma la mano que don Juan tiende al cielo.)
DOÑA INÉS:
¡No! Heme ya aquí,
don Juan mi mano asegura
esta mano que a la altura
tendió tu contrito afán,
y Dios perdona a don Juan
al pie de la sepultura.

DON JUAN:
¡Dios clemente! ¡Doña Inés!

DOÑA INÉS:
Fantasmas, desvaneceos: su fe nos salva...,
volveos a vuestros sepulcros, pues
la voluntad de Dios es
de mi alma con la amargura
purifiqué su alma impura,
y Dios concedió a mi afán
la salvación de don Juan
al pie de la sepultura.

DON JUAN:
¡Inés de mi corazón!

DOÑA INÉS:
Yo mi alma he dado por ti,
y Dios te otorga por mí
tu dudosa salvación.
Misterio es que en comprensión
no cabe de criatura:
y sólo en vida más pura
los justos comprenderán
que el amor salvó a don Juan
al pie de la sepultura.
Cesad , cantos funerales
(Cesa la música y salmodia.)
callad, mortuorias campanas
(Dejan de tocar a muerto.)
ocupad, sombras livianas,
vuestras urnas sepulcrales
(Vuelven los esqueletos a sus tumbas, que se cierran.)
volved a los pedestales,
animadas esculturas;
(Vuelven las estatuas a sus lugares.)
y las celestes venturas
en que los justos están,
empiecen para don Juan
en las mismas sepulturas.

(Las flores se abren y dan paso a varios angelitos que rodean a DOÑA INÉS y a DON JUAN, derramando sobre ellos flores y perfumes, y al son de una música dulce y lejana, se ilumina el teatro con luz de aurora. DOÑA INÉS cae sobre un lecho de flores, que quedará a la vista en lugar de su tumba, que desaparece.)

DON JUAN:
¡Clemente Dios, gloria a Ti!
Mañana a los sevillanos
aterrará el creer
que a manos de mis víctimas caí.
Mas es justo:
quede aquí al universo notorio que,
pues me abre el purgatorio
un punto de penitencia,
es el Dios de la clemencia
el Dios de Don Juan Tenorio.

(Cae DON JUAN a los pies de DOÑA INÉS, y mueren ambos. De sus bocas salen sus almas representadas en dos brillantes llamas, que se pierden en el espacio al son de la música.)
(Cae el telón.)

(José Zorrilla)


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domingo, 30 de octubre de 2016


“Los vicios de sexo no son vicios.”

Joaquín Sabina


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sábado, 29 de octubre de 2016




Cuán bellos son tus pasos, y el de tu andar,
los tus graciosos píes, y ese calzado,
los muslos una aljorca por collar,
de mano de maestro bien labrado:
tu ombligo es una taza circular,
llena de un licor dulce muy preciado,
montón de trigo es tu vientre hermoso, 
cercado de violetas, y oloroso.
Tus pechos son belleza, y ternura, 
dos cabritos mellizos, y graciosos;
y torre de marfil de gran blancura
tu cuello, y los tus ojos tan hermosos
estanques de Esebon de agua pura,
que en puerta Batrabim están vistosos:
tu nariz una torre muy preciada, 
del Líbano a Damasco está encarada
Tu cabeza al Carmelo, levantado
sobre todos los montes, parescía:
y el tu cabello roxo, y encrespado,
color de fina púrpura tenía:
el Rey en sus regueras está atado,
que desasirse de ahí ya no podía:
¡Oh quán hermosa eres, y agraciada,
amiga, y en deleites muy preciada!
Una muy bella palma, y muy crecida
parece tu presencia tan preciada,
de unos racimos dulces muy ceñida,
que son tus lindos pechos, desposada.
Dixe, yo subiré en la palma erguida,
asiré los racimos de la amada,
racimos de la vid dulces, y hermosos
serán tus pechos lindos, y graciosos.
Un olor de manzanas parecía
el huelgo de tu boca tan graciosa,
y como el suave vino bien olía:
tu lindo paladar, oh linda Esposa,
qual vino que al amado bien sabía,
y a las derechas era dulce cosa,
que despierta los labios ya caídos,
y gobierna la lengua y los sentidos.

(El cantar de los Cantares)


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viernes, 28 de octubre de 2016





RECORRIÉNDOTE


Quiero morder tu carne,
salada y fuerte,
empezar por tus brazos hermosos
como ramas de ceibo,
seguir por ese pecho con el que sueñan mis sueños
ese pecho-cueva donde se esconde mi cabeza
hurgando la ternura,
ese pecho que suena a tambores y vida continuada.
Quedarme allí un rato largo
enredando mis manos
en ese bosquecito de arbustos que te crece
suave y negro bajo mi piel desnuda
seguir después hacia tu ombligo
hacia ese centro donde te empieza el cosquilleo,
irte besando, mordiendo,
hasta llegar allí
a ese lugarcito
-apretado y secreto-
que se alegra ante mi presencia
que se adelanta a recibirme
y viene a mí
en toda su dureza de macho enardecido.
Bajar luego a tus piernas
firmes como tus convicciones guerrilleras,
esas piernas donde tu estatura se asienta
con las que vienes a mí
con las que me sostienes,
las que enredas en la noche entre las mías
blandas y femeninas.
Besar tus pies, amor,
que tanto tienen aun que recorrer sin mí
y volver a escalarte
hasta apretar tu boca con la mía,
hasta llenarme toda de tu saliva y tu aliento
hasta que entres en mí
con la fuerza de la marea
y me invadas con tu ir y venir
de mar furioso
y quedemos los dos tendidos y sudados
en la arena de las sábana


(Gioconda Belli - Managua, 1948 )



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jueves, 27 de octubre de 2016




“Dejé caer mi pelo sedoso sobre mis hombros y abrí mis muslos hacía mi amante… los cielos de invierno son fríos y bajos, con fuertes vientos y granizo helado. Pero cuando hacemos el amor debajo de nuestra colcha, hacemos tres meses de verano”.

Tzu Yeh


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martes, 25 de octubre de 2016





CIBELES ANTE LA OFRENDA ANUAL DE TULIPANES

Desprendida su funda, el capullo,
tulipán sonrosado, apretado turbante,
enfureció mi sangre con brusca primavera.

Inoculado el sensual delirio,
lubrica mi saliva tu pedúnculo;
el tersísimo tallo que mi mano entroniza.

Alta flor tuya erguida en los oscuros parques;
oh, lacérame tú, vulnerada derríbame
con la boca repleta de tu húmeda seda.

Como anillo se cierran en tu redor mis pechos,
los junto, te me incrustas, mis labios se entreabren
y una gota aparece en tu cúspide malva.


(Ana Rossetti -  Cádiz, 1950 )


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lunes, 24 de octubre de 2016




En cualquier momento,
en cualquier lugar,
tu cuerpo ya es mío,
no me lo puedes negar…

En cualquier lugar,
en cualquier momento,
dispongo de él,
estoy en mi derecho.

En cualquier momento,
en cualquier lugar,
en el mismo instante
que lo quiera usar.

En cualquier lugar,
en cualquier momento,
tu cuerpo no es tuyo,
hiciste un juramento.

En cualquier momento,
en cualquier lugar,
pues tú eres mi sierva
y yo.., yo soy tu juglar…

(Sayiid)


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domingo, 23 de octubre de 2016




“Nigromanta le esperaba para enseñarle, en primer 
lugar, a hacer como las lombrices, luego como los 
caracoles y finalmente como los cangrejos”.

Gabriel García Márquez


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jueves, 20 de octubre de 2016




UNA NOCHE CUALQUIERA


Acababa de cumplir los dieciocho, sí señor, una perita en dulce; tanto, que si llego a encontrármelo dos o tres noches antes, no sé, no sé qué hubiera hecho ni qué hubiese podido ocurrir, figúrese, pues lo mismo le da por denunciarme y, menor todavía, se las ingenia para chantajearme y me saca el dinero. Estos muchachos son muy peligrosos y tienen más recámara que nosotros, lo que yo le diga; que nos pierde la necesidad y nos ciega, ya sabe, un cuerpecito fresco, nuevo o casi, con una buena polla y ninguna vergüenza para darse el capricho.
Sí señor, dieciocho; y ya andaba a la greña por los bares de ambiente, dejándose caer. A mí me tocó y yo, contento, me dejé engatusar por su sonrisa y esa mirada como perversa, que le encendía las carnes y le proporcionaba su atractivo irresistible. Pues sí, por mis muertos, estaba buenísimo y a mí me entró una cosa por el cuerpo, que por poco me muero tan pronto lo vi.
Tomamos unas copas y, cuando todo estaba vendido en el local, ninguno de los dos parecía resuelto a darlo todo por terminado, largarse a su casa y quitarse la calentura con agua fría o montárselo a mano, así que yo me armé de valor y, sin preámbulos, le propuse que se viniera conmigo a seguir en mi apartamento, trasegando unos güisquicitos más lo que se encartara. Y él, sereno que estaba, seguro de su fuerza y convencido de mi debilidad, me dijo que sí, tío, que vámonos donde quieras; y así comenzó todo.
A mí me gusta el rollo sin más complicaciones. Si te mola el chaval y te quedas colgado, mal asunto. Uno va a lo que va y, al cabo de los años, sólo es lo que es: un bujarrón, ya sabe, y esa fama ya nadie te la quita ni falta que te hace; las cosas, claras, y eso yo se lo dije al muchachote durante el recorrido en automóvil, mientras veía cómo su mirada se iba haciendo de hielo y una sonrisa, leve y maligna, se dibujaba apenas en su rostro.
Subimos la escalera, abrí la cerradura y nos encaminamos hacia el salón. Le dije: oye, ¿qué te parece si nos ponemos cómodos? Y le ofrecí un albornoz para que se diera una ducha, mientras yo hacía lo mismo en el pequeño cuarto de baño del dormitorio. Cuando salimos, limpios, perfumados, sólo la suave felpa de aquella prenda cubría nuestros cuerpos.
Él no albergaba dudas sobre a qué se exponía mostrándose así y yo estaba seguro, a esas alturas, de que, al precio que fuera, la noche iba ser larga y divertida. Me arrellané a su lado en el sofá, eché un trago, que bien lo necesitaba, y, tirando del cinturón, le abrí el batín, hasta que sus tesoros quedaron al descubierto y yo, que estaba ciego, casi me trago su virilidad, con el ansia que tenía de mamar esa polla increíble, a punto de estallar en mi garganta.
Entonces sucedió lo inesperado: en un súbito arranque de violencia, me retiró su miembro de la boca y, empujándome bruscamente, quedé con el trasero a su merced. Él, aprovechando mi turbación, me separó las piernas, apartó con sus dedos mis glúteos y me introdujo el pene sin ninguna delicadeza, desgarrando como un ariete cuanto hallara a su paso.
Sentí un dolor intenso y me invadió una extraña sensación de frío al reparar en el reguero caliente de sangre, que, rodando por mis muslos, vino a caer en la tapicería. Creí, por un momento, que iba a desmayarme, pero me sobrepuse. Cuando logré controlar la respiración, mi verdugo me había penetrado y se movía en mi vientre con una rara mezcla de vigor y dulzura, acompasando el ritmo de su pelvis con terribles pellizcos en los cuartos traseros, clavándome las uñas sin piedad. Poco a poco, la situación se hizo soportable y de ahí fue subiendo a placentera: la punta de su sexo presionaba esa zona que, en el nuestro, regula las funciones naturales, de manera que, confundidas y entreveradas, unas veces pensé que me corría y otras que me orinaba, en una sensación voluptuosa a la que me rendí. En el paroxismo de mi deleite, noté cómo la mano del muchacho, agarrándome el pene, empezó a menearlo con rudeza, hasta que eyaculé. Él, percibiendo mis convulsiones allí donde su hombría se encontraba alojada, me quemó las entrañas con un río de lava y, exhausto al fin, salió de su hospedaje y rodó junto a mí.
Le pregunté su nombre. Patroclo, respondió. Lo miré, entre indignado y socarrón, reprochándole la mentira. Qué más te da –me dijo-, querías una polla y has tenido en el culo la mejor, ¿no era eso lo que buscabas? Asintiendo con la cabeza, le interpelé: ¿Y tú, qué buscas tú?
Vomitando desprecio por los ojos, se levantó y, dispuesto a ofrecerme la apoteosis del espectáculo, se vistió lentamente, dosificando su procacidad, hasta que un frío intenso se me metió en el alma. Sí, señor comisario, no sé qué ocurriría. Cuando me desperté, el viento flameaba las cortinas y la lluvia mojaba el alféizar de las ventanas. Todo se hallaba en aparente orden, pero nunca encontré la cartera. Tenía algún dinero, las tarjetas de crédito, papeles y esas cosas. Ya ve, fui un estúpido. Desolado, hice sonar un disco. Y quién no da la vida por un sueño…


© Jacobo Fabiani, (2007)



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miércoles, 19 de octubre de 2016




Hombres necios que acusáis
a la mujer, sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis;

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?


(Sor Juana Inés de la Cruz)


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martes, 18 de octubre de 2016




LA ESCLAVA DEL CALIFA

A la esclava del Califa
una duda le ha surgido,
y es que nunca como ahora,
tan feliz ella había sido.

Y no sabe si lo que quiere
es que la vengan a librar,
pues de su amado caudillo,
muy enamorada ella está.

Y tiembla si escucha cornetas
en las murallas sonar,
pues imagina que es su marido
que a liberarla ha venido ya.

Y es que ella es presa y esclava,
pero esclava de su corazón,
pues nunca nadie la había tratado
como el Señor de esta mansión.

Y sufre y llora,
y gime y teme,
y piensa y cavila,
impotente ante su suerte

Pues sabe que ahora sería,
si así Dios es como lo quiere,
más esclava en su propia casa,
que en el harem de su Jeque.

Los cual demuestra, amigos,
que la libertad es cosa muy extraña,
pues se puede ser  más libre entre rejas,
que lo que es uno en su  propia morada…

(Sayiid)


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lunes, 17 de octubre de 2016




“Mi opinión en lo que se refiere al placer es que hay que emplear todos los sentidos”.

Marqués de Sade

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domingo, 16 de octubre de 2016




“La amarga experiencia me ha mostrado que lo que sostiene al mundo son las relaciones sexuales”.

Henry Miller


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viernes, 14 de octubre de 2016




Oveja descarriada

Oveja descarriada, dijeron por ahí.
Oveja descarriada. Los hombros encogí.

En verdad descarriada. Que a los bosques salí;
estrellas de los cielos en los bosques pací

En verdad descarriada. Que el oro que cogí
no me duró en las manos y a cualquiera lo di.

En verdad descarriada, que tuve para mí
el oro de los cielos por cosa baladí.

Es verdad descarriada, que estoy de paso aquí.

(Alfonsina Storni)


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jueves, 13 de octubre de 2016




Cogió el pájaro y se sintió feliz. Por la orilla del mar, varios muchachos paseaban eufóricos sus desnudos. Ella siempre había escuchado aquel refrán y, la verdad que sí, se sintió satisfecha mientras se lo llevaba, con deleite, a la boca.
Ya casi anochecía en aquella playita de Chipiona.

Ruth Cañizares


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miércoles, 12 de octubre de 2016




¿Por qué sufres, mujer?
¿Por capricho?
¿Por pasión?
¿Por vicio?
¿Por servir a tu Señor…?
¿Qué valor tiene tu sufrimiento?
¿Qué consigues con él?
¿Acaso es que es necesario que sufras para ser feliz?
¿O es necesario ese sufrimiento para hacer feliz al que amas?
¿Qué o que placeres pueden provocar tu sufrimiento?
¿Qué significado tienen tu dolor y tus lágrimas?
Difícil respuesta, ¿verdad?
Sólo la que ha sufrido, la que ha llorado, la que ha soportado el dolor, puede saber por qué lo ha hecho… Y la respuesta, sin duda, será diferente para cada mujer u hombre que sufre, ha sufrido, o sufrirá…
Y tú, amiga o amigo de la mansión:
 ¿por qué estarías dispuesto a sufrir?

Sayiid


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martes, 11 de octubre de 2016




“… experimentar una vez más este instante trémulo, tenerle, conocerle y dejarle irse, como un pájaro cautivo que sentimos palpitar bajo nuestros dedos antes de liberarle en el aire claro. “¡Ahora, si! ¡Oh Dios mío!” le oí exclamar al segundo de su vuelo”.

John McGahem


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domingo, 9 de octubre de 2016




“Guarda silencio cuando no tengas nada que decir, cuando la pasión genuina te mueva, di lo que tengas que decir, y dilo caliente”.

D.H. Lawrence



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viernes, 7 de octubre de 2016




CRUCIFICADA

Crucificada fue, en aras del amor…
Sacrificada, como muestra de pasión…
Torturada, y su entrega así demostrada…
Atormentada, y aun así, a su Dueño ella entregada…
Martirizada, y no por ello fue desgraciada…
Afligida, pero en su pecho la llama jamás extinguida…
Abrumada, pues las horas lentas para ella pasaban…
Mortificada, pero feliz de amar y ser amada…
Crucificada fue…
Y no para redimirse del pecado…
Sino para pecar con, por y para Él…

(Sayiid)


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miércoles, 5 de octubre de 2016




“La extrema seducción colinda, probablemente, con el horror”.

Georges Bataille


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martes, 4 de octubre de 2016


 


“Y cuando sintió una mano que se deslizaba por entre las bragas bordadas de encaje, justo para desnudar sus riñones con precisión –pero tiernamente, con reverencia-, la idea que se le vino a la cabeza, es que estaba muy contenta de estar en Inglaterra y de aprender las costumbres británicas”.

Helen Zhavi


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domingo, 2 de octubre de 2016




De la granja donde creció, ni un detalle que no esté largamente impreso en su cabeza: de todo el edificio, Irene no sólo conoce la disposición que se aprecia, sino que conoce las desigualdades de la pared, lo que distingue a una baldosa del embaldosado, las variaciones del color de las vigas en los techos. Adquirió la costumbre, como el que cuida mucho su cuerpo y anota sus accidentes, de interesarse por el yeso, la madera, el ladrillo. Vive con esa casa como consigo misma. Está impregnada de sus olores. Siente las estaciones como la granja, por las ranuras de los postigos, la recogida de las cosechas. Le gusta esa gama infinita del año, su límite, en el que se exaspera también una sensualidad salvaje que traiciona ese moño mal anudado, negro y salvaje, que se deshace con frecuencia y que ella vuelve a levantar con impaciencia. .
No sabe negarse nada. No le gustan los demás. Jamás le han gustado los demás. Son sus enemigos, lo pensó desde la infancia. Los olvida, a veces, inmóvil.
Es como si ya no tuviera motivo alguno para despertarse. Ni de su sueño, el más recio del mundo. Pesada y violenta. Bastante alta con todo, altanera. Indolente. Si la madre la atosiga, ella le lanza una mala mirada. Piensa mucho en los hombres. Como en todos los placeres. Es sensible a su vigor y a su belleza. No es lo que se dice fácil, pues se cuida mucho de no prostituir su cuerpo. No por virtud. Parece que se acueste con todo el mundo. Es un error. Piensa mucho tiempo en aquel a quien marcó con su deseo. No se entrega a la primera, por sorpresa. Siente muy poco el gusto por la fantasía. Se apodera de un hombre como el agua de las marismas, por sorda infiltración.
A los catorce años, se entregó a un mozo de labranza. Luego hizo que lo despidieran enseguida.
Decir que está enamorada, es como decir que lo estuviera una perra. No es sentimental con sus amantes. Cuando tiene ganas, hay que satisfacerla. O adiós. Más de uno no pediría otra cosa. Y es que es bella, y complaciente, y fresca. Y dotada para los quehaceres del amor. No permanece ajena a él. No se echa atrás ante el acto. Es incansable, y cuando un suave sudor la recubre de perlas, tiene el brillo del placer, resplandece. La voluptuosidad con ella no es un asunto cualquiera. Entiende que debe compartirla.
Dice que no tiene el sentido del engaño. Que eso es lo que hace que odie a los curas, que en su mayoría tienen costumbres lamentables. Ni se le ocurre comprometerse. Quienes hablan, no tienen más remedio que callarse. Sólo contesta a su madre. Y los que se le someten, pues no es ella la que se somete, lo hace sólo cuando quiere, siempre han bajado los ojos ante ella. Tiene boca de escorpión, y generalmente vuelve la cabeza, se la ve de tres cuartos, como si no viese a la gente. Luego su mirada arremete contra los ojos como un animal de presa. No es habladora. Pero es dura para todos. Despreciativa.
Sabe muy bien que los placeres del amor son lo esencial de su vida. Se siente hecha para ellos. Todo lo demás le parecen moratorias, bagatelas. Tiene cierta seriedad que otorga un carácter brutal a sus besos. El dinero, en una existencia como la suya, tiene poca importancia. Jamás pensó en vivir en otra parte, y es, será aquí el ama. El bienestar que reina en la granja y en sus dependencias, pacientemente acumulado por su madre, Victoria, no le deja, a falta de imaginación o conocimiento, más que deseos muy simples, el hambre, el deseo. ..Un hombre le aburre por momentos, sus palabras, su estupidez. No cree que se pueda hacer nada mejor que dejarlo, y tomar a otro. El cuerpo del hombre tiene algo muy fuerte que la atrae. Se lo confiesa a sí misma, sin remilgos. y además, ¿qué podría hacer, si no amase? ¿Pasearse? El trabajo del campo no corresponde a su rango, y hay suficientes sirvientas en la casa como para hacer otra cosa que simular que la gobierna.
Hay muchas viejas, muy capaces. Su madre se ocupa de los hombres, y es la reina. Las dos mujeres se odian; pero no se molestan. Se estiman. Se parecen mucho. Extraña familia ésta en la que desde hace dos generaciones los varones han sido dominados por sus compañeras. El padre de Irene murió poco después de su matrimonio. Corrió por la región la voz de que Victoria se lo había sacado de encima, no gustándole tener que alimentar a un hombre al que tenía que considerar como a un igual. El padre de Victoria sigue estando ahí en su sillón de enfermo que contempla desde hace cuarenta años el triunfo de las mujeres y su orgullosa salud. Él fue quien se estableció en aquel campo que debía convertirse en su trágico horizonte. ¿Qué era exactamente? Tenía algún dinero, había seducido a la hija de un campesino. Se casó con ella, compró la granja y un poco de tierra. Luego, una vez enfermo, vio cómo a su alrededor aumentaba tanto la fortuna de los suyos como su descendencia.
Sin embargo; parece ser que al principio de todo sólo hubo por su parte una bravata. Un reto que tomó cuerpo. Pero el pensamiento inicial se perdió. Lo que de singular había en esa ruina murió antes que ella misma. De una hija a otra, hasta llegar a Irene, se mezcló sin duda al salvajismo campesino una especie de ardor sin escrúpulo que se propagó.
En toda la comarca se cuentan historias, se teme la sangre furiosa que fluye aquí.
Lo que distingue bastante a Irene de Victoria, lo que por otra parte ha alejado mucho a ésta de su hija, es el hecho de que Irene jamás se aficionara a las mujeres, por quienes su madre sintió y sigue sintiendo una fuerte atracción, hasta el punto de que jamás se dio el caso desde que ella dirige la granja de que una sirvienta se haya quedado, sin ser o llegar a ser una tríbada. Esa particularidad no ha dejado de contribuir al éxito de Victoria. Se ha unido a ella toda una población de mujeres que no tienen otro deseo que la grandeza de su casa. Se siente cierto respeto en la región por esa irregularidad que no se oculta demasiado, y que parece constituir una virtud. Ha hecho mucho por el prestigio de Victoria, a quien los hombres tratan como a una igual, a una temible igual. Ha sido considerado como un honor el ser distinguido por sus favores. Algunos campesinos de otras regiones recuerdan con orgullo que ella no se mostró feroz con ellos. Una mujer como ésa. Como sus bienes se han extendido como una mancha de aceite a su alrededor, la admiración se impuso a todos los sentimientos que suscitó Victoria. A pesar de los curas, por quienes nadie siente mucho afecto.
Que hacen cosas peores, y que vienen a dar la lata con el cuento de lo que es o no natural.
A Irene pues no le gustan las mujeres, aunque en casa siempre haya estado rodeada de líos de mujeres. Lo probó, por supuesto. Era muy simple, y tentador. Una rubia alta la había poseído varias veces en su cama antes de que ella tuviera a su primer amante.
No puede decir que eso le resultara desagradable. Valía si se daba el caso, si se aburría. Pero en fin, ni tan sólo un poco más tarde, con una chica de su edad a la que aterrorizaba, o con otras que los hombres con frecuencia le habían llevado en broma, pues aquel lugar se había acostumbrado a esos caprichos y los hombres se habían aficionado a esas zalamerías, no había gozado muy vivamente de un placer que llegaba a la larga, pero que no le parecía muy distinto del que ella misma podía darse, y por lo tanto ya no vale la pena. Entiende mucho de gozar. Necesita al hombre. Y sus comodidades. Pero entonces no pierde ni un momento. El placer es el placer. Sabe lo que quiere. Algunos se andan con cumplidos. Ella los ve venir. Habla, chato. Y luego venga, ya no respeta nada. El hombre. Todo lo que se aprende en la ciudad no significa nada. No le gusta eso. Algunos se hacen los finos por una tontería. Primero a su antojo. Luego, ya veremos.
Victoria nota muy bien, y con bastante lucidez, que Irene no concuerda en todo con ella. No le importa demasiado. Pero tampoco le gusta. Naturalmente le reconoce a su hija el derecho de actuar como le venga en gana. No la cree tan tonta como para censurar unas costumbres que son las suyas. Sin embargo se hizo la pregunta. Si a Irene le gustaran las mujeres, todo sería más sencillo. No habría entre ellas una especie de molestia que se debe quizás a otra cosa, pues Victoria se acuerda de haber aguantado muy mal a su propia madre, pero que quizá se debe a eso. Victoria no está muy segura de que Irene resista siempre a los hombres, moralmente se entiende.
Encuentra a su hija muy ociosa, ¡y no vaya a ser que haya trabajado tanto para un yerno al que odia ya de antemano! Victoria, cuando se habla a sí misma por la noche -empieza a no dormir tan bien-, se muestra severa para con las chicas que se enamoran, así como así, de un hombre, sólo porque sirve para la cama y no en el campo. Ya se ha dado cuenta de que su hija no suele acostarse con los mejores trabajadores. Hasta granujas le han gustado. Y eso sí que irrita a Victoria. Además, piensa ella, no es que ella misma hubiese querido... sí hubiese querido, pero al fin y al cabo, Victoria no está acostumbrada a que se le resistan. No lo ha probado, pero es que se hubiese topado con un rechazo, con un desprecio. En fin, digámoslo de una vez, no hay intimidad posible entre una madre y una hija en esas condiciones. Victoria, cansada de dar vueltas en la cama, se levanta y va a contemplar por la ventana sus propiedades en la noche.
Ha llevado muy lejos los límites de su poder. Reina sobre esta región. Y como no es reina, todo lleva la señal de sus combates. Entrevé en la sombra la gran masa de las dificultades vencidas. La tierra y la gente le pertenecen por vínculos que no están sólo escritos. Ha llevado adelante por igual su vida y su sensualidad. No se ha contentado con adquirir, se ha comprometido. Pudiendo dominar, poseer es muy poco, sin duda. Ella posee y domina a la vez. Se detiene a veces ante su padre, y lo mira, baboso. Viéndolo fue como comprendió que los hombres son buenos criados, pero deplorables amos. Cuando dejan de corretear por ahí, beben, gritan. Apenas saben ir al prostíbulo a coger la sífilis, como el viejo. Está claro que fue allí donde la cogió, con esa cara. Lo encuentran más cómodo, con chicas a quienes les importa un comino, que obedecen a todos sus sucios deseos, y además no son guapas; delgadas, pálidas, viejas. Sólo la idea del prostíbulo pone a Victoria fuera de sí. Vuelve a acostarse.
Irene, en el fondo, es cierto, concibe los vicios de su madre con cierta altura. No piensa realmente que sean vicios. Lo encuentra vulgar, simplemente. Y no muy inteligente. Sin embargo no niega la habilidad de su madre. La admira bastante por haber sabido arreglárselas con los campesinos, que son toscos y retorcidos, por haberse valido de todo, hasta del hecho de ser tortillera, para reinar en la casa y sobre todas las tierras a su alrededor. Sabe qué reputación mantiene el respeto en torno de la granja. Encuentra la jugada bien hecha, y defendería sin duda a su madre si a alguien se le ocurriese atacarla. Pero quererla, lo que se dice quererla, no la quiere nada. Si su madre, por ejemplo, cometiera la imprudencia de oponerse a sus placeres, no vacilaría ante nada contra ella. Por otra parte, según ciertos movimientos que sintió en sí misma, tuvo que reconocer las grandes probabilidades de la leyenda que le contaron con malicia, según la cual su madre habría hecho matar a su padre, o más bien lo habría matado ella misma. Eso hace que Victoria le sea a la vez bastante simpática y maravillosamente ajena. Además, Irene no es capaz de muchos sentimientos. Dice que esos matices son buenos para los hombres, pero que las mujeres no necesitan tantas argucias para engañar a quien se les resiste, las mujeres que encuentran siempre a alguien para realizar sus deseos naturales, a menos que sean unos petardos, no tienen más que gozar todo lo que puedan, sin buscarle tres pies al gato.
Y, de hecho, no se enreda en las sutilezas de sus amantes quienes por ser campesinos resultan a veces sentimentales y curiosos, creen en ciertas ocasiones en un progreso respecto al rústico amor que conocen. Es éste un rasgo que comparte con su madre, en lo que ésta tiene de viril. Irene se porta con los hombres como se portan los hombres con las chicas, abominablemente impacientes si éstas hacen proyectos para el porvenir, cuentan su vida, se enternecen.
Piensa sin grandes rodeos que el amor no difiere de su objeto, y que no hay nada que buscar en otras partes. Lo dice si es preciso de un modo francamente desagradable, directo. Sabe ser grosera y precisa. Teme tan poco a las palabras como a los hombres, y como .ellos éstas le producen a veces cierto placer. No las escatima en plena voluptuosidad. Salen de ella entonces sin esfuerzo, con toda violencia. Ah, qué basura puede llegar a ser. Se calienta, y su amante con ella, con un vocabulario ardiente e innoble. Se revuelca en las palabras como en su sudor. Cocea, delira. Qué más da, vale mucho el amor de Irene.
No lo ignora, y cuando el animal cansado que acaba de someter descansa, se yergue con su cuerpo saludable, sus largos pechos, en el abandono de su victoria, y habla con vanidad de sí misma. Oh, no mucho tiempo. Enseguida, si no se arroja sobre el hombre para extenuarlo una vez más, lo echa, no le gusta que se arrastre así a su lado, holgazán. Y sola de nuevo, realmente sola como siempre sintió que lo estaba en el mundo, se mira en un espejo enmarcado de cañas de bambú. Hermoso rostro en el que brilla el gusto por el placer, desdeñoso y ávido. Con esa nariz aguileña que le viene de su madre. Los ojos cercanos a la nariz, pero grandes, y oscuros, como de estatua. La frente muy alta, los cabellos espesos. La boca determina la voluntad. Y, sobre todo, un aire que no se puede definir, en el que se presiente el peligro sin que nada lo precise, la sensualidad conquistadora y una especie de vulgaridad que embriaga. Se gusta. Sus manos por supuesto no están cuidadas, y son demasiado fuertes para una chica. Pero eso también forma para ella parte de su belleza. Juega con sus manos mientras vuelve a peinarse, y su imagen es muy blanca entre los cabellos. Flota a su alrededor un gran perfume de morena, de morena feliz, en el que la idea del prójimo se disuelve.

El coño de Irene (Louis Aragon)


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